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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 Combate en el Umbral de la Muerte
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21: Combate en el Umbral de la Muerte 21: Combate en el Umbral de la Muerte Coliseo de la academia, minutos antes del incidente.

El coliseo de la academia se erguía bajo un firmamento que ardía como un incendio lento, tonalidades anaranjadas y doradas derramándose sobre el horizonte como sangre de un sol herido, pintando las torres de piedra estelar con un resplandor que olía a gloria efímera.

El murmullo de las graderías era un zumbido vivo, miles de estudiantes apiñados como sardinas enlatadas, maestros con rostros de halcón y un puñado de figurones estirados —directivos con trajes que crujían como pergaminos viejos— conteniendo el aliento en asientos tallados en roca que aún palpitaba con ecos de batallas pasadas.

La expectación era un bicho gordo y pegajoso, trepando por las nucas, porque esto no era un partido de fútbol: era la final del torneo anual, el momento en que los chicos dejaban de ser promesas y se convertían en leyendas…

o en carne para los libros de historia.

El corazón de la academia latía allí, en la arena central, un pulso colectivo que hacía vibrar el suelo como si la tierra misma apostara por los ganadores.

Dos duelos simultáneos, como dos tormentas chocando en una botella, acaparaban todas las miradas.

En uno, Lyra y Kael bailaban un tango letal, ráfagas de energía estelar pura cruzándose como relámpagos violetas y verdes esmeralda que rebotaban en el aire, dejando estelas humeantes que lamían el suelo y envolvían todo en un caos de chispas que olía a ozono quemado.

Se movían con una sincronía jodidamente telepática, anticipando golpes antes de que el otro parpadeara, como si compartieran un cerebro enfermo.

—¡Ni se te ocurra subestimarme, Kael, hijo de puta!

—gruñó Lyra, la voz entrecortada por la adrenalina que le corría como whisky por las venas, una sonrisa salvaje torciéndole los labios mientras esquivaba por milímetros.

—Jamás cometería ese error de novato —replicó él, sin un gramo de humor, impulsándose con una hoja de energía estelar que vibraba como un diente de sierra cósmico, cortando el aire con un silbido que prometía partirla en dos.

A unos metros, Vahn y Jake libraban su propia guerra sucia, un choque de martillos contra cristal.

Jake, empapado en sudor que le picaba en los ojos como sal en heridas frescas, zigzagueaba con agilidad de rata acorralada, esquivando los puños de Vahn y soltando contraataques rápidos como latigazos, empujando su cuerpo más allá del límite donde el sentido común grita “para, imbécil”.

Vahn era una sombra tenaz, un tanque con cerebro, persiguiéndolo con precisión que helaba la sangre, cada paso calculado como una partida de ajedrez con cuchillos.

—¿Eso es todo tu puto arsenal, Jake?

¿En serio me vas a hacer creer que no tienes más?

—rugió Vahn, ojos brillando con un azul oscuro que parecía succionar la luz, la voz profunda como un pozo sin fondo.

—Es…

lo suficiente…

para no caer de rodillas y lamerte las botas —jadeó Jake, girando sobre los talones en un contraataque que partió el aire con una onda de choque invisible, haciendo temblar las graderías más cercanas y arrancando un “¡oooh!” colectivo de la multitud.

La tensión era un velo espeso, asfixiante, que apretaba gargantas y hacía que el tiempo se estirara como chicle.

Cada crujido de armaduras, cada jadeo ahogado, resonaba como un trueno lejano.

Esto no era un show para idiotas; era el rito final, años de sudor, moretones y noches sin dormir destilados en estos minutos.

Para Lyra, Kael, Vahn y Jake, era la chance de grabar sus nombres en piedra estelar, de mirar a los maestros a los ojos sin bajarlos, de subir un escalón más en esa escalera resbaladiza hacia la maestría…

o de caer rodando hasta el fondo, como tantos antes.

Lyra tejía luz violeta como látigos de serpiente eléctrica, buscando enredar a Kael con patrones que parecían arte abstracto asesino; él respondía con arcos verdes impenetrables, paciente como un tiburón oliendo sangre, esperando el resbalón para clavar el contraataque que volteara la tortilla.

Era hipnótico, un arte marcial cósmico donde la intuición olía mejor que cualquier ojo.

Al otro lado, Vahn machacaba con fuerza bruta, puños envueltos en energías oscuras que retumbaban como cañonazos, acorralando a Jake contra las paredes invisibles de la arena.

Pero Jake, el desvalido con carácter, compensaba con velocidad de liebre y astucia callejera: esquives por centímetros que dejaban a Vahn golpeando aire, contraataques desde ángulos imposibles que le sacaban gruñidos de frustración.

No cedía; era terco como una mula pateando al destino.

La multitud estaba al borde, dividida entre la elegancia casi porno del duelo Lyra-Kael y la carnicería visceral de Vahn-Jake.

Maestros con caras de piedra analizaban cada tic, previendo estrategias futuras; leyendas vivientes —esos viejos zorros con cicatrices que contaban historias peores— asentían, recordando sus propias palizas en esa misma arena, cuando el polvo aún les sabía a sueños rotos.

El aire era una mezcla de excitación eléctrica y nervios que picaban como pulgas: el destino colgaba de un hilo invisible, cada golpe un paso hacia la gloria o el pozo de los perdedores.

No era entretenimiento barato; era fuego purificador, forjando caracteres en la fragua de la derrota o la victoria.

El cielo seguía sangrando anaranjado y dorado, testigo mudo de esa furia controlada, iluminando el camino resbaladizo hacia la cima…

o la caída que te rompe la espalda.

Desde la tribuna norte, allá arriba donde el viento cortaba como navaja, los espectadores entrecerraban los ojos para captar detalles, la atmósfera vibrando no solo con hype, sino con algo más rancio: una tensión antigua, como una promesa rota flotando en el éter, un olor a tormenta que nadie nombraba, pero todos sentían en las tripas.

Y en las entrañas del coliseo, bajo capas de piedra ancestral que susurraban secretos olvidados y conductos de energía estelar dormida como venas de un gigante muerto, una silueta se movía con resolución silenciosa.

Pasos medidos, una sombra entre sombras, deslizándose como aceite por tuberías ocultas.

No era un ratón perdido; era algo deliberado, paciente, con el peso de un plan que ya empezaba a torcer el día en pesadilla.

Nadie lo veía aún, pero el aire se espesaba, como si el coliseo mismo oliera la traición acechando en sus tripas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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