Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 25
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25: Trastorno 25: Trastorno La confianza de Raven Lockhart era una mortaja negra y pegajosa que lo envolvía como una segunda piel, asfixiante y fría.
En su mente —ya carcomida, masticada por la influencia viscosa de Zephyr Blackthorn—, el profesor Lysander Aldrich no era más que un cadáver esperando a ser reclamado.
La quietud del hombre sobre las losas heladas de la plaza principal lo confirmaba: un bulto inmóvil, ojos cerrados, respiración apenas un susurro.
Los hilos invisibles de energía abisal —esos mismos que habían destrozado vidas en el Torneo Estelar como si fueran papel mojado— se deslizaron desde sus dedos como serpientes espectrales, hebras de vacío interestelar tejidas con veneno puro, buscando carne que cortar y almas que ahogar.
El primero salió disparado como un látigo fantasma directo a la yugular de Lysander.
Otros siguieron, voraces, enredándose hacia muñecas y tobillos.
La idea era clara y cruel: atraparlo, retorcerle los huesos hasta que crujieran como ramas secas, convertirlo en una marioneta rota colgando de hilos negros.
La sonrisa de Raven se estiró, helada y ansiosa, saboreando ya el crujido de carne y el silencio final.
Pero en el último instante —ese parpadeo donde la muerte ya huele a cobre—, Lysander se movió.
No abrió los ojos.
No gritó.
Simplemente dejó de estar ahí.
Un borrón, una ausencia repentina, y reapareció un metro a la izquierda, como si el espacio mismo lo hubiera escupido a un lado.
Los hilos de Raven azotaron vacío, la energía abisal ondeando furiosa, rabiosa por el aire que no era carne.
Raven entrecerró los ojos, la petulancia de su cara agrietándose como hielo fino.
—¿Qué carajos…?
Imposible… —masculló, la voz reverberando con ese eco doble, inhumano, que ya no era solo suya.
Lysander seguía quieto, párpados cerrados, respiración tan leve que parecía muerto de verdad.
No veía los hilos, pero los sentía: un pinchazo gélido en el aire, una náusea que retorcía el flujo estelar alrededor como si algo podrido lo estuviera envenenando.
Su mente cortaba frío, clínica: “Energía abisal… Ese parásito con máscara, Zephyr Blackthorn, es el núcleo de esta mierda.
Desde que apareció, olió a podrido.
Demasiado sigilo, poder que apesta a tumba abierta… Estos hilos no solo cortan carne; buscan romper la mente, enredarla hasta que revientes por dentro.” Raven recompuso la máscara de control y lanzó otra ráfaga: hilos más rápidos, más retorcidos, tejiendo una red que quería atraparlo como mosca en telaraña negra.
Lysander bailó de nuevo —movimientos mínimos, precisos, como si palpara la oscuridad con los sentidos abiertos, anticipando trayectorias invisibles con una intuición que rozaba lo sobrenatural.
—Eres una sabandija resbaladiza, viejo —siseó Raven, la bilis subiéndole por la garganta—.
Pero nadie escapa del abismo.
El poder de Zephyr no tiene fondo.
Lysander abrió los ojos al fin.
Profundos, sombríos, clavándose en Raven como cuchillos fríos.
Sin miedo.
Solo concentración afilada y una tristeza que pesaba como plomo por lo que habían hecho con su alumno.
—Raven —dijo, voz firme, sin reproche—.
Esto no eres tú.
La oscuridad te está comiendo vivo.
—¿Yo?
¡Yo estoy despertando, cabrón!
—escupió Raven con una risa que sonó a vidrio roto—.
Ustedes se arrastraban en la mediocridad, encadenados a cuentos de hadas.
Zephyr me mostró lo que es poder de verdad: el vacío frío entre estrellas, el que no pide permiso.
Mientras las palabras envenenaban el aire, Lysander retrocedía —ágil, demasiado ágil para su calma habitual—, sin contraatacar.
Solo esquivar, ganar segundos.
“Está frustrándose.
La arrogancia inicial se le cae a pedazos,” pensó Lysander, frío como bisturí.
“Desde que ese espectro de Zephyr se coló aquí, el aire apesta a muerte.
Su influencia es cáncer… Los ataques de Raven tienen patrón una vez que lees la firma abisal.
Debo llevarlo al coliseo.
Jake necesita tiempo.” Con un giro brusco, Lysander dio media vuelta y corrió hacia las ruinas del Coliseo de la Academia Altamira, saltando escombros como un fantasma sereno.
Raven, consumido por la rabia de que su presa huyera, lo persiguió, hilos oscuros azotando el aire como látigos sedientos.
—¡Corre, gusano!
¡Al final te ensartaré y te haré pagar gota a gota!
La persecución cruzó jardines envueltos en la ilusión del Velo de la Llama Eterna —afuera, fantasmas de coches y gente repetían bucles sin sentido—.
Al llegar a la entrada derruida del coliseo, Lysander se detuvo.
Miró dentro.
Y el estómago se le revolvió.
Asientos hechos astillas, suelo cubierto de escombros… y cuerpos.
Docenas.
Combatientes del torneo, jurados, profesores —retorcidos en ángulos que ningún hueso humano debería permitir, fracturados como muñecos rotos por un niño enfurecido.
Testimonio mudo de los hilos de Raven.
Un frío que no era miedo le subió por la espalda.
Era comprensión pura: la abominación absoluta que Zephyr había sembrado.
—Admira tu obra, Aldrich —se burló Raven, levitando en el umbral, voz hinchada de orgullo muerto—.
Esto es poder real.
¿Sigues con tus sermones de armonía interior, viejo iluso?
Lysander se quedó callado un segundo, absorbiendo la carnicería.
Luego miró a Raven, la determinación grabada en piedra.
—Esto no es poder, Raven —dijo, voz grave, cargada—.
Es la mierda más obscena: destrucción sin sentido.
Y no voy a dejar que sigas regando esta plaga.
Raven soltó una carcajada gutural, sin rastro de humanidad.
—¿”No voy a dejar”?
¿Tú, un nerd de veintinueve con libros polvorientos?
No tienes ni puta idea del poder que me corre por las venas ahora, el que Zephyr me dio.
El combate estalló de nuevo dentro del coliseo en ruinas.
Raven atacó como bestia desatada, hilos oscuros cortando aire, buscando carne que abrir.
Lysander se movía como agua entre escombros: saltos sobre losas rotas, deslizamientos entre pilares caídos, cuerpo tenso, pero sin desperdiciar energía en ataques directos.
Agotarlo, leerlo, empujarlo al borde de su propia rabia.
Mientras esquivaba un latigazo que le rozó la mejilla —sintiendo el frío quemante—, habló calmado: —¿Lo notas, Raven?
La ira te hace torpe.
Cada grito te roba precisión.
—¡Cállate, joder!
—bramó Raven, lanzando una tormenta de hilos que oscureció el aire como enjambre de avispas negras.
Lysander se contorsionó, usando ruinas como escudo, calculando.
“Velocidad sube con la rabia, pero precisión se hunde.
Desde que Zephyr apareció, este lugar apesta a cadáver.
La cordura de Raven se deshace… Es ahora.” En el pico de la furia de Raven, Lysander dejó de huir.
Se plantó en el centro de las ruinas, erguido, ojos fijos en el chico que ya no era chico.
Una energía sutil brotó de él, expandiéndose en un radio invisible: su Punto de Ruptura Sináptica.
El aire se espesó, vibró.
Raven, lanzándose con sonrisa sádica, sintió un mareo helado, pensamientos fragmentándose como vidrio pisado.
Órdenes a los hilos se volvieron espasmos; el mundo giró nauseabundo.
—¿Qué… qué coño me haces?
—balbuceó, hilos danzando erráticos, sin rumbo.
Lysander no respondió con palabras.
Se abalanzó.
Finta con izquierda, patada alta a la rodilla que crujió.
Giro rápido, codazo a costillas.
Aura azul tenue en puños —energía estelar contenida, liberada en impactos precisos.
Esquivó un hilo torpe, golpe al plexo solar que sacó el aire a Raven.
Uppercut a mandíbula, patada baja al tobillo.
Cada golpe económico, quirúrgico: no destruir, desarmar.
Controlar.
Remate al esternón —energía liberada como onda interna—.
Raven voló hacia atrás, estrellándose contra una pared derruida con crujido de huesos y piedra.
Tosió sangre, jadeó, hilos convulsionando inertes alrededor como gusanos moribundos.
Lysander se quedó quieto, mirándolo con expresión sombría.
Sin victoria.
Solo pena profunda.
Su Nexo Astral había funcionado: desorientación suficiente para romper la guardia.
Pero sabía que era pausa, no fin.
Zephyr tenía garras demasiado clavadas.
En la plaza principal, Jake —aturdido, exhausto— vio a Sophia correr hacia él desde la entrada, rostro desencajado.
—¡Jake!
Se lanzó a sus brazos, abrazo apretado, alivio tembloroso.
Aria llegaba detrás, más lenta, mirada fija en Jake con una intensidad que le picaba en el pecho.
Ver el abrazo de Sophia le dejó un nudo raro, incómodo; lo escondió tras cara neutra.
Lysander, sabiendo que sus alumnos estaban a salvo, se preparó para el siguiente round.
Raven se levantaba entre escombros, frustración y dolor mezclándose en furia mayor.
El poder abisal aún rugía dentro, bestia herida lista para morder más fuerte.
El eco de las estrellas resonaba lúgubre en el coliseo destrozado.
La danza entre luz vacilante y sombra voraz seguía, tiñéndose de rojo más oscuro.
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