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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 28

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28: Sin Diagnóstico 28: Sin Diagnóstico La pesada puerta metálica del laboratorio aún resonaba en los oídos de Jake como un latido moribundo, un eco sordo y metálico que se arrastraba por las paredes cromadas y se negaba a morir, recordándole que Sophia se había ido sola al infierno que esperaba afuera.

El cierre había sido un veredicto: clic final, cerrojo encajado, y luego nada más que el zumbido bajo de las cápsulas de regeneración y el olor estéril a desinfectante mezclado con sangre seca y ozono quemado.

Se dejó caer en la camilla fría —el metal le mordió la espalda a través de la camiseta rota, un beso helado que le erizó la piel—, y extendió el brazo derecho bajo la luz cruda y blanca que colgaba del techo como un sol artificial y cruel.

La marca estaba ahí, expuesta en toda su gloria traicionera: líneas intrincadas que se retorcían como venas de mercurio vivo, patrones estelares que fluían y se reformaban bajo la superficie de la piel, brillando con un fulgor interno que no era cálido ni amistoso, sino algo frío y calculador, como luz de estrellas muertas.

El ardor inicial había bajado a una brasa constante, un calor sordo que latía al ritmo de un corazón ajeno, un segundo pulso que antes era un susurro lejano y ahora gritaba posesión.

Jake lo sentía en los huesos: algo había despertado dentro de él, y no pedía permiso.

Aria —con esa máscara de concentración clínica que la hacía parecer una doctora diseccionando un cadáver aún tibio— ya tenía el escáner portátil sobre su antebrazo.

Sus dedos delgados, precisos como bisturís, giraban diales con clics suaves, calibrando frecuencias que zumbaban bajo, un sonido que le vibraba en los dientes.

La luz del dispositivo bailaba sobre la marca, haciendo que las líneas parecieran cobrar vida propia: se estiraban, se contraían, respondían al escrutinio como un animal acorralado que enseña los colmillos.

—Quédate quieto, Jake —dijo ella, voz plana y fría, desprovista de toda calidez salvo esa curiosidad voraz que siempre la consumía en momentos así, como si el brazo de él fuera un espécimen fascinante y no la carne de un amigo que se estaba desmoronando por dentro.

Jake miró la pantalla: picos que se disparaban como latidos de pánico, valles profundos como abismos, líneas que mutaban de azul estelar a un violeta sucio y enfermo que le revolvía el estómago.

Formas geométricas brotaban y se deshacían como humo tóxico, patrones que no reconocía pero que le picaban en el fondo del cráneo, como recuerdos que no eran suyos.

—¿Qué… qué ves?

—preguntó, voz ronca, tragando el nudo de miedo que le apretaba la garganta—.

¿Es… malo?

¿Me está comiendo por dentro?

—“Malo” es subjetivo —respondió Aria sin alzar la vista, ojos pegados a los datos que fluían como sangre digital—.

Es… anómalo.

Jodidamente anómalo.

La firma no encaja con nada que tenga archivado.

Ni estelar pura, ni la podredumbre abisal de Raven.

Ni potencial crudo.

Es… otra cosa.

Ajena.

Lo que la hizo explotar así… eso es lo que tenemos que destripar.

Frunció el ceño —esa arruga profunda y rara en ella, señal de que algo la había pinchado de verdad en su armadura racional—.

Acercó el guante sensor, rozando apenas la piel sobre la marca.

La pulsación se aceleró como un corazón asustado; Jake sintió un pinchazo agudo que le subió por el brazo hasta el hombro, no dolor puro sino una resonancia que le erizó cada vello, como si la marca oliera a Aria y decidiera responder… o advertir.

—Resonancia secundaria —murmuró ella, voz bajando a un susurro clínico, casi reverencial—.

Un eco.

Débil como un aliento en la nuca, pero ahí está.

Antiguo.

Distante.

Oculto.

Como si la marca fuera solo la cáscara… y esto lo que late debajo, esperando.

Resonancia… antinatural.

Totalmente fuera de lo que conocemos, como si viniera de un lugar donde las estrellas no brillan, solo devoran.

Reiss, desde la camilla cercana —pálido como un cadáver fresco, quemaduras negras crepitando bajo vendajes improvisados que olían a carne chamuscada—, se incorporó un poco más, dolor grabado en cada línea de la cara, pero curiosidad ganando la batalla contra el sufrimiento.

—Eco… resonancia… antinatural —jadeó, voz rota—.

Leí sobre eso.

En los tomos restringidos, esos que apestan a polvo y secretos que queman los ojos.

Marcas de vinculación.

Sellos de propiedad.

Vestigios de pactos antiguos… o transferencias.

Latentes.

Invisibles hasta que el momento es perfecto.

Y entonces… florecen como flores venenosas en carne viva.

Jake tragó saliva, la garganta seca como arena, el miedo trepándole por la espalda como dedos helados.

—¿Pactos?

¿Transferencias?

¿Latentes en mí?

Pero… ¿quién?

¿Por qué yo, joder?

¿Fue el prisma lo que la despertó del todo?

Aria no quitó los ojos del escáner, pero su voz se endureció.

—La conexión temporal es obvia, sí.

El Fulcro es energía estelar pura, comprimida hasta el límite.

En este puto caldo —combate, abisal residual, estrés astral al rojo— pudo ser el detonador.

Como echar gasolina a una chispa que ya ardía bajo tu piel.

Pero la marca no nació del prisma.

El prisma solo… la encendió.

Quizás el combate te abrió en canal, te hizo vulnerable como una herida fresca.

Y el CEES fue el dedo que hurgó dentro.

Quitó el escáner un segundo y se caló el visor espectral, lentes que filtraban lo invisible y mostraban el flujo como ríos de luz y sombra.

Miró el brazo como quien mira un tumor vivo.

—Canales sutiles —dijo, voz baja—.

Se extienden bajo la piel, tejiéndose con tu red astral como raíces en tierra fértil.

No drena activamente… por ahora.

Pero está conectada.

Como una prótesis que nadie te pidió.

O una… inyección que alguien más te puso mientras dormías.

—¿Inyección de qué?

—preguntó Jake, voz temblando apenas, estómago revolviéndose ante la imagen de algo ajeno injertado en su esencia, creciendo en silencio.

Reiss tosió, un sonido húmedo y doloroso.

—Los textos decían que eran bidireccionales.

Canal abierto.

A veces dan poder… o información del otro lado.

Otras… dejan que el otro lado mire dentro.

Influya.

Controle.

Una vez despiertas, el propósito se activa.

Como una puerta que se abre desde dentro.

Control.

La palabra cayó como una losa fría en el pecho de Jake.

Pensó en Raven: ojos vacíos, sonrisa torcida, cuerpo movido por hilos de otro.

Si esta marca era un canal… ¿quién miraba desde el otro lado?

—¿Control… como Raven?

—susurró, voz apenas audible, miedo crudo subiéndole por la garganta como bilis.

Aria se quitó el visor, expresión grave como una sentencia.

—Es una posibilidad que no podemos ignorar.

La firma secundaria es sutil, casi un aliento en la nuca, pero tiene esa… anti-naturalidad que hiela la sangre.

No es estelar conocida.

Podría enlazarse directo a la fuente abisal.

A Blackthorn.

La pregunta es si la marca es la puerta que abrió… o si ya estabas marcado de antes, y esto solo la hizo visible, como una cicatriz que por fin sangra.

Jake miró su brazo.

La marca pulsaba, viva, ajena, como si respirara con él.

¿Algo dormido en su sangre todo este tiempo?

¿Esperando el momento perfecto para estirarse?

La impotencia de ver a Sophia irse sola —esa puerta cerrándose como un ataúd— se mezcló con un terror nuevo, visceral: miedo a lo que llevaba dentro, a que la oscuridad ya hubiera echado raíces en él sin que lo supiera.

—¿Por qué yo?

—susurró, voz quebrada—.

¿Por qué ahora?

¿Prisma, combate… todo junto?

—Esa es la puta clave —dijo Aria, volviendo al escáner con urgencia que olía a pánico contenido—.

Necesito más datos.

Comparar con lo que Reiss sintió de Blackthorn.

Reiss cerró ojos, cara contorsionada por el esfuerzo de revivir el horror.

—Intentaré… Era… fría.

Vacío interestelar con intención detrás.

Malicia que quema más que el hielo.

Esa resonancia secundaria que sientes… la sentí en él.

Cuando destrozó el coliseo.

Similar.

Antinatural, como algo que no debería existir, pero respira.

El laboratorio —antes refugio estéril— se sentía ahora como una tumba viva: pitidos suaves del escáner como latidos de máquina, respiración trabajosa de Reiss como un fuelle roto, silencio de Jake cargado de preguntas que apestaban a miedo.

La marca no era enigma abstracto.

Era amenaza real, grabada en carne.

Recordatorio de que la guerra afuera tenía tentáculos adentro, que la oscuridad de Blackthorn encontraba caminos retorcidos para filtrarse, incluso en quienes la combatían.

No podían salir tras Sophia.

Reiss no se movía.

Jake, con esa cosa activa y desconocida latiendo en su brazo, era una bomba con cuenta atrás.

Aria no podía sola.

Su pelea era aquí: destripar la marca.

Entender esa resonancia antinatural que había anclado en la piel de Jake como un parásito despertando.

Porque quizás —solo quizás— la forma de parar el horror afuera no estaba en correr tras él con puños y energía… sino en leer lo que había florecido bajo su piel, y por qué había elegido este momento para abrir los ojos y mirar desde dentro.

La luz del escáner seguía su danza lenta, metódica.

La marca pulsaba, paciente, viva, esperando que la descifraran… o que la dejaran ganar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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