Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 31
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Capítulo 31: La Sangre de Aetheria
El eco de la puerta metálica al cerrarse se arrastró por el laboratorio como un último suspiro, un sonido sordo y definitivo que dejó un vacío más grande que el espacio físico. Jake se había ido. Afuera, la noche envolvía la academia como un sudario vivo, cargado de susurros distantes —viento entre ruinas, crujidos lejanos que podrían ser pasos o solo la estructura agonizando— y la promesa de algo peor acechando en la oscuridad. Dentro, el zumbido constante de las máquinas científicas —ese ronroneo bajo de cápsulas y monitores— se sentía ahora como un latido nervioso, un contrapunto incesante a la quietud que olía a miedo rancio y ozono quemado. El aire estéril, antes reconfortante, se había vuelto opresivo, pegajoso, como si el laboratorio mismo contuviera el aliento esperando el siguiente golpe.
Aria Stephen se quedó de pie junto al panel de control, mano aún sobre el dial frío, mirando el espacio vacío donde Jake había estado un segundo ante. El clic del cerrojo aún vibraba en sus dedos, un recordatorio físico de la decisión que acababa de permitir —o forzar—. Reiss yacía en la camilla cercana, pálido como papel mojado bajo las luces crudas, respiración superficial que silbaba leve con cada inhalación, ojos fijos en ella con una mezcla de fragilidad herida y curiosidad que no se apagaba ni con el dolor.
La urgencia científica —esa lógica fría que siempre había sido su armadura— seguía ahí, latiendo. El escáner proyectaba aún los datos de la marca de Jake en la pantalla cercana: gráficos erráticos, picos que subían como fiebre, líneas mutando a colores enfermos. Pero la partida de Jake —esa determinación desesperada en sus ojos, el peso de saber que Sophia corría sola hacia el Coliseo donde Aldrich había sido… reducido— se mezclaba con el secreto que Aria llevaba como una piedra en el estómago desde niña.
Se giró lento hacia Reiss. Él la observaba, expectante, a pesar de las quemaduras que crepitaban bajo vendajes y le robaban color a la cara. Había sentido la misma onda. Había leído los tomos que hablaban de sellos y vínculos. No era un estudiante cualquiera; era, en ese momento, el único con quien podía compartir la carga que le quemaba por dentro.
—Hay algo más —dijo Aria, voz baja, despojada de la aspereza habitual, como si hablar alto pudiera romper algo frágil. Caminó hacia una silla y se sentó —no por cansancio físico, sino porque la confesión pesaba como plomo y necesitaba anclarse—. La decisión no fue fácil; revelar esto era cruzar un umbral que había evitado años. Pero la marca de Jake, esa resonancia antinatural que olía a eco de Zephyr, lo cambiaba todo. Necesitaba contexto. Necesitaba ayuda. Y Reiss, con sus textos antiguos, era la pieza que faltaba en su rompecabezas podrido.
Reiss la miró, ojos brillando débil pero atentos.
—La energía que sentimos… la de Raven, o lo que lo controla… tiene esa resonancia antinatural —empezó Aria, organizando pensamientos con precisión quirúrgica, incluso al hablar de lo que le revolvía las tripas—. La detecté antes. O algo muy similar.
Pausa. Tragó saliva, el recuerdo subiendo como bilis.
—Cuando tenía doce años, en Solaria… me atacaron. Una figura oscura. Rápida. Imposible. Me hirió grave. Estuve… al borde. Sangre por todos lados, frío que me comía viva.
Describió con frialdad clínica —ataque en un callejón olvidado, sombra que se movía como humo vivo, dolor que le robaba el aliento—, pero las manos le temblaban leve sobre las rodillas, traicionando el horror que aún le picaba en los huesos.
—Guerreros me salvaron. No de Solaria. Diferentes. Símbolos que no reconocí entonces. Me llevaron a un lugar seguro. Necesitaba transfusión. Me dieron… sangre Aetheriana.
La palabra cayó pesada. Reiss abrió ojos un poco más, a pesar del dolor.
—Aetheria… ¿cómo en los Mitos del Origen? ¿Protectores de las Estrellas? Pero eso es… leyenda.
—No, Reiss —dijo Aria, voz ganando fuerza, anclada en verdad que le quemaba—. Es real. Su sangre me curó. Pero me cambió. Conexión directa con energía estelar. Más pura, intensa. Por eso hago lo que hago. Por eso concebí el Fulcro. Esa sangre… es canal. Vínculo con fuente antigua.
Silencio. Magnitud asentándose como polvo después de explosión.
—Me dejaron diario —continuó, voz firme ahora—. Lenguaje que descifré años. Historia suya. Advertencias. Conocimiento sobre energía estelar… y lo que la corrompe.
Llegó al núcleo que la atormentaba desde el torneo.
—Tuve sueño, Reiss. Después del choque inicial. Horrible. Club de ocultismo. Cuerpo joven muerto. Zephyr apareció. Usó energía oscura. Abisal. Absorbió algo del cadáver. Retorció. Manipuló vida y muerte violando todo natural. Sombras vivas, realidad distorsionada. Zephyr habló… de que no era final.
Describió pesadilla vívida: imágenes sombrías pintando laboratorio con horror —cadáver convulsionando, sombras devorando luz, Zephyr susurrando promesas de eternidad retorcida.
—Y ahora… explosión del Coliseo. Resonancia idéntica. Raven destrozado… luego regenerado. ¿Cómo? ¿Con qué? ¿Y si Zephyr hizo en sueño lo que Raven en realidad? Nutrirse de caídos, retorcer vida para regenerarse.
Voz bajó a susurro tembloroso.
—Figura que me atacó niña… sentí su energía en sueño. Y ahora… como eco en marca de Jake. Resonancia antinatural. Creo que estaba ligada a Zephyr. Energía abisal no solo destruye: subvierte vida. Se nutre, retuerce. Marca de Jake… firma secundaria… creo es eso. O respuesta a eso. Conexión activada por exposición masiva —prisma estelar, combate abisal—. O implantada. Vínculo para observar. Controlar.
Reiss escuchó, rostro pálido, ojos brillando comprensión terrible. Locura de historia encajaba con mitos y advertencias antiguas: Aetheria real, protectores, corrupción subvirtiendo flujos, marcas como anclas.
—Textos… —voz débil pero firme—. Hablan eras oscuras. Entidades desequilibrando cosmos. Corrompiendo flujos. Usando vida combustible. Creando abominaciones. Marcas en contacto directo. No señales: anclas. Canales.
Miró pantalla con datos de Jake.
—Resonancia antinatural… si parece Blackthorn… textos correctos… marca no efecto secundario. Propósito. Forma Zephyr expandir influencia. Vigilar potencial interesante. O acceder algo través él.
Verdad pesada cernió sobre ellos. Sophia y Jake enfrentaban enemigo. Jake portaba pieza fundamental misterio Blackthorn. Marca no daño colateral: vínculo directo oscuridad destruyendo mundo.
Aria y Reiss se miraron, silencio lleno enormidad desenterrada. Sangre Aetheriana Aria, textos Reiss no daban superpoderes batalla física. Daban herramientas entender enemigo verdadero.
Mientras Jake y Sophia enfrentaban peligro afuera con valentía desesperada, lucha Aria y Reiss era aquí: ciencia y leyenda. Descifrando marca. Entendiendo resonancia antinatural. Preparando conocimiento que quizás diera amigos oportunidad sobrevivir oscuridad nutriendo vida, dejando muerte paso.
Laboratorio transformó: no refugio, base operaciones. Monitores brillaban promesa respuestas. Quietud noche lienzo guerra antigua sospechada.
Verdad —mezcla escalofriante trauma personal, mitos antiguos, ciencia vanguardia— revelada. Más aterradora pesadilla. Oro narrativa no solo acción: doloroso desentrañar horror incrustado realidad misma.
La pesada puerta metálica del laboratorio se cerró tras Jake con un golpe final que retumbó como un portazo en una tumba, un eco sordo y metálico que cortó de raíz el zumbido clínico de las máquinas, el aliento entrecortado y doloroso de Reiss, y esa mirada severa de Aria que parecía clavarlo en el sitio. El clic del cerrojo fue definitivo, un veredicto que lo dejaba solo con la noche herida afuera. El pasillo científico —normalmente impoluto, blanco como hueso lavado— estaba oscuro, manchado por sombras que bailaban bajo las luces de emergencia lejanas, rojas y parpadeantes como ojos de bestia moribunda. Cada paso suyo resonaba demasiado alto, un taconeo solitario en la vasta estructura agonizante de la academia. El aire interior era pesado, enrarecido: olía a polvo levantado, a ozono quemado de energía derramada, y a algo más dulce y metálico que se pegaba a la garganta como sangre coagulada. Las paredes lisas mostraban grietas finas, arañazos de la onda que había llegado hasta aquí, como si el edificio mismo hubiera gritado y nadie lo hubiera oído.
La marca en su brazo derecho ardía ahora con fiebre viva, no un dolor punzante sino una pulsación violenta y constante, un tambor de guerra bajo la piel que resonaba con el eco lejano de esa explosión antinatural. No sabía si lo empujaba adelante o solo reaccionaba, pero sentía la conexión como un hilo invisible tirando de él hacia el epicentro: una guía aterradora, silenciosa, que le erizaba la nuca y le aceleraba el corazón.
Salió. El aire frío de la noche le golpeó la cara como una cachetada, cortante y cargado de olores que no quería nombrar: polvo de piedra machacada, ozono residual que picaba en la nariz, y ese dulzor metálico —sangre, sí, pero también algo más podrido, corrupción que se filtraba del abismo mismo—. La academia, antes faro de luz y conocimiento, era ahora un cementerio mutilado bajo la luna indiferente: árboles desarraigados como si una mano gigante los hubiera arrancado de cuajo, cráteres humeantes donde la energía había besado la tierra, fachadas marcadas por cicatrices negras que parecían venas de tinta derramada. El Velo de la Llama Eterna parpadeaba a lo lejos, una ilusión patética de normalidad —coches y figuras fantasmales repitiendo bucles eternos— que solo hacía más cruda la desolación real.
La decisión no había sido impulsiva. Jake la había masticado en el laboratorio: riesgos, agotamiento, la marca como bomba desconocida. Pero la imagen de Sophia corriendo sola hacia esa explosión —esa columna negra que había sentido en los huesos— le revolvía las tripas más que cualquier miedo propio. Y el profesor… si esa onda significaba lo que temía, la inacción era traición. Aria era clave para descifrar; Reiss, inútil en combate. Él era el único móvil. El prisma en su bolsillo —pesado, tibio— era esperanza frágil. Y la marca… terror puro, sí, pero también validación retorcida: estás ligado, no puedes huir.
Caminó rápido, cada sombra un posible enemigo, cada crujido un corazón acelerado. La pulsación en el brazo se intensificaba, guiándolo como brújula rota hacia el centro del campus. La plaza principal —vacía, muerta— vibraba aún con memoria del Torneo destrozado: bancos astillados, suelo agrietado, olor a carne quemada que el viento no se llevaba.
Y entonces la vio.
Una figura corriendo en dirección opuesta, deteniéndose en seco, girando. Sophia. Agitada, rostro pálido bajo la luna como papel mojado, ojos brillando con determinación febril que no ocultaba el miedo crudo. El aire alrededor vibraba con su urgencia, con el impacto de lo que había presenciado.
—¿Jake? —jadeó, incredulidad, alivio y confusión mezclados—. ¿Qué coño haces aquí? ¡Te dije que te quedaras!
Corrió hacia ella; la marca latió más fuerte, resonando con la energía agotada pero viva de Sophia.
—Y yo te dije que no podías ir sola —respondió, aliento corto, voz ronca por el cansancio—. Sentiste eso, ¿verdad? La explosión. Vino del Coliseo.
La determinación de Sophia flaqueó un segundo, miedo puro cruzándole la cara como sombra.
—Sí. Era… enorme. Antinatural. Si eso fue Raven…
—Tenemos que ver —cortó Jake, sin dudar. Tomó su mano —ella aún apretaba el prisma CEES como salvavidas— y sintió su energía rozar la suya: agotada, pero cálida, familiar. La marca se calmó un poco al contacto, como reconociendo algo propio… o simplemente el calor humano de Sophia.
Juntos reanudaron el camino. Pasos fundiéndose, dos figuras pequeñas y rotas avanzando hacia la boca negra de la noche. Tensión espesándose con cada metro: olor a muerte creciente, viento frío que silbaba entre ruinas como lamento. El Coliseo se alzaba —mole ciclópea de piedra herida, entrada derruida como boca abierta— extrañamente silencioso. Ausencia de sonido peor que gritos: significaba fin.
Umbral principal. Olor abrumador: muerte, abisal podrida, tangible como niebla. Ruinas interiores en penumbra: suelo escombros y cuerpos destrozados. Ojos no se detuvieron en carnicería dispersa. Buscaron una figura.
Y la encontraron.
Profesor Lysander Aldrich.
No de pie. Inmóvil sobre losas rotas, postura retorcida como muñeco descartado. Ojos abiertos al vacío, luz empañada, casi extinguida. Marca oscura y helada en abdomen —no sangre, ausencia energética, agujero invisible donde vida había sido anulada.
Sophia soltó grito ahogado, mano cubriendo boca. Lágrimas calientes rodando por cara fría.
Jake sintió aire abandonar pulmones, shock y negación como puñetazo. Profesor. Sabio. Poderoso. Reducido a esto.
Corrieron, arrodillándose en escombros. Sophia mano temblorosa, sin tocar piel cerúlea. Jake buscó pulso —cuello, muñeca—: débil, imperceptible. Respiración superficial, si existía. Vivo… apenas. Coma profundo, al borde.
Golpe de Raven no herida física: anulación astral. Punto muerto en esencia.
Silencio del Coliseo aterrador. Raven no luchaba. ¿Ido? ¿Mirando?
Marca de Jake ardió —advertencia. Resonancia antinatural fuerte, como firma de ganador.
—Tenemos que sacarlo —dijo Sophia, voz temblorosa, resolución desesperada. Intentó agarrar brazo; pesado, inerte. Músculos suyos agotados apenas respondieron.
—No podemos —dijo Jake, garganta apretada—. Está… no responde. Demasiado mal. Moverlo… peor.
Miró marca en abdomen profesor: ausencia brillando débil. Profanación intentarlo.
Peligro inmediato. Si Raven regresaba…
Marca latió más fuerte.
—Tenemos que irnos —dijo Jake, palabra dura, imposible—. Quedarnos es morir.
Sophia lo miró, lágrimas corriendo, resolución flaqueando ante pérdida.
—No podemos… dejarlo así…
—Lo sé —dijo Jake, emoción apretando garganta—. Lo sé. Pero necesita ayuda que no tenemos. Y nosotros… aún sí. Raven podría…
Levantarse fue agonía: músculos protestando, heridas gritando. Alejarse peor: cada paso abandono forzoso. Miraron atrás una vez: imagen desoladora —profesor inerte, marca antinatural brillando débil, testigo mudo de victoria sombra.
Salieron al silencio tenso de jardines. Noche no menos opresiva, más aterradora. Pilar caído. Peso lucha ahora en hombros jóvenes, cansados.
No sabían qué hacer, adónde ir, cómo enfrentar amenaza que redujo al más sabio a esto.
Solo tenían uno al otro, prisma inestable de Sophia, marca resonante en brazo Jake —brillando débil en oscuridad, recordatorio de que sombra ya había encontrado camino dentro.
Horror verdadero apenas comenzaba.
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