Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 32
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Capítulo 32: Fuego y Castigo
La pesada puerta metálica del laboratorio se cerró tras Jake con un golpe final que retumbó como un portazo en una tumba, un eco sordo y metálico que cortó de raíz el zumbido clínico de las máquinas, el aliento entrecortado y doloroso de Reiss, y esa mirada severa de Aria que parecía clavarlo en el sitio. El clic del cerrojo fue definitivo, un veredicto que lo dejaba solo con la noche herida afuera. El pasillo científico —normalmente impoluto, blanco como hueso lavado— estaba oscuro, manchado por sombras que bailaban bajo las luces de emergencia lejanas, rojas y parpadeantes como ojos de bestia moribunda. Cada paso suyo resonaba demasiado alto, un taconeo solitario en la vasta estructura agonizante de la academia. El aire interior era pesado, enrarecido: olía a polvo levantado, a ozono quemado de energía derramada, y a algo más dulce y metálico que se pegaba a la garganta como sangre coagulada. Las paredes lisas mostraban grietas finas, arañazos de la onda que había llegado hasta aquí, como si el edificio mismo hubiera gritado y nadie lo hubiera oído.
La marca en su brazo derecho ardía ahora con fiebre viva, no un dolor punzante sino una pulsación violenta y constante, un tambor de guerra bajo la piel que resonaba con el eco lejano de esa explosión antinatural. No sabía si lo empujaba adelante o solo reaccionaba, pero sentía la conexión como un hilo invisible tirando de él hacia el epicentro: una guía aterradora, silenciosa, que le erizaba la nuca y le aceleraba el corazón.
Salió. El aire frío de la noche le golpeó la cara como una cachetada, cortante y cargado de olores que no quería nombrar: polvo de piedra machacada, ozono residual que picaba en la nariz, y ese dulzor metálico —sangre, sí, pero también algo más podrido, corrupción que se filtraba del abismo mismo—. La academia, antes faro de luz y conocimiento, era ahora un cementerio mutilado bajo la luna indiferente: árboles desarraigados como si una mano gigante los hubiera arrancado de cuajo, cráteres humeantes donde la energía había besado la tierra, fachadas marcadas por cicatrices negras que parecían venas de tinta derramada. El Velo de la Llama Eterna parpadeaba a lo lejos, una ilusión patética de normalidad —coches y figuras fantasmales repitiendo bucles eternos— que solo hacía más cruda la desolación real.
La decisión no había sido impulsiva. Jake la había masticado en el laboratorio: riesgos, agotamiento, la marca como bomba desconocida. Pero la imagen de Sophia corriendo sola hacia esa explosión —esa columna negra que había sentido en los huesos— le revolvía las tripas más que cualquier miedo propio. Y el profesor… si esa onda significaba lo que temía, la inacción era traición. Aria era clave para descifrar; Reiss, inútil en combate. Él era el único móvil. El prisma en su bolsillo —pesado, tibio— era esperanza frágil. Y la marca… terror puro, sí, pero también validación retorcida: estás ligado, no puedes huir.
Caminó rápido, cada sombra un posible enemigo, cada crujido un corazón acelerado. La pulsación en el brazo se intensificaba, guiándolo como brújula rota hacia el centro del campus. La plaza principal —vacía, muerta— vibraba aún con memoria del Torneo destrozado: bancos astillados, suelo agrietado, olor a carne quemada que el viento no se llevaba.
Y entonces la vio.
Una figura corriendo en dirección opuesta, deteniéndose en seco, girando. Sophia. Agitada, rostro pálido bajo la luna como papel mojado, ojos brillando con determinación febril que no ocultaba el miedo crudo. El aire alrededor vibraba con su urgencia, con el impacto de lo que había presenciado.
—¿Jake? —jadeó, incredulidad, alivio y confusión mezclados—. ¿Qué coño haces aquí? ¡Te dije que te quedaras!
Corrió hacia ella; la marca latió más fuerte, resonando con la energía agotada pero viva de Sophia.
—Y yo te dije que no podías ir sola —respondió, aliento corto, voz ronca por el cansancio—. Sentiste eso, ¿verdad? La explosión. Vino del Coliseo.
La determinación de Sophia flaqueó un segundo, miedo puro cruzándole la cara como sombra.
—Sí. Era… enorme. Antinatural. Si eso fue Raven…
—Tenemos que ver —cortó Jake, sin dudar. Tomó su mano —ella aún apretaba el prisma CEES como salvavidas— y sintió su energía rozar la suya: agotada, pero cálida, familiar. La marca se calmó un poco al contacto, como reconociendo algo propio… o simplemente el calor humano de Sophia.
Juntos reanudaron el camino. Pasos fundiéndose, dos figuras pequeñas y rotas avanzando hacia la boca negra de la noche. Tensión espesándose con cada metro: olor a muerte creciente, viento frío que silbaba entre ruinas como lamento. El Coliseo se alzaba —mole ciclópea de piedra herida, entrada derruida como boca abierta— extrañamente silencioso. Ausencia de sonido peor que gritos: significaba fin.
Umbral principal. Olor abrumador: muerte, abisal podrida, tangible como niebla. Ruinas interiores en penumbra: suelo escombros y cuerpos destrozados. Ojos no se detuvieron en carnicería dispersa. Buscaron una figura.
Y la encontraron.
Profesor Lysander Aldrich.
No de pie. Inmóvil sobre losas rotas, postura retorcida como muñeco descartado. Ojos abiertos al vacío, luz empañada, casi extinguida. Marca oscura y helada en abdomen —no sangre, ausencia energética, agujero invisible donde vida había sido anulada.
Sophia soltó grito ahogado, mano cubriendo boca. Lágrimas calientes rodando por cara fría.
Jake sintió aire abandonar pulmones, shock y negación como puñetazo. Profesor. Sabio. Poderoso. Reducido a esto.
Corrieron, arrodillándose en escombros. Sophia mano temblorosa, sin tocar piel cerúlea. Jake buscó pulso —cuello, muñeca—: débil, imperceptible. Respiración superficial, si existía. Vivo… apenas. Coma profundo, al borde.
Golpe de Raven no herida física: anulación astral. Punto muerto en esencia.
Silencio del Coliseo aterrador. Raven no luchaba. ¿Ido? ¿Mirando?
Marca de Jake ardió —advertencia. Resonancia antinatural fuerte, como firma de ganador.
—Tenemos que sacarlo —dijo Sophia, voz temblorosa, resolución desesperada. Intentó agarrar brazo; pesado, inerte. Músculos suyos agotados apenas respondieron.
—No podemos —dijo Jake, garganta apretada—. Está… no responde. Demasiado mal. Moverlo… peor.
Miró marca en abdomen profesor: ausencia brillando débil. Profanación intentarlo.
Peligro inmediato. Si Raven regresaba…
Marca latió más fuerte.
—Tenemos que irnos —dijo Jake, palabra dura, imposible—. Quedarnos es morir.
Sophia lo miró, lágrimas corriendo, resolución flaqueando ante pérdida.
—No podemos… dejarlo así…
—Lo sé —dijo Jake, emoción apretando garganta—. Lo sé. Pero necesita ayuda que no tenemos. Y nosotros… aún sí. Raven podría…
Levantarse fue agonía: músculos protestando, heridas gritando. Alejarse peor: cada paso abandono forzoso. Miraron atrás una vez: imagen desoladora —profesor inerte, marca antinatural brillando débil, testigo mudo de victoria sombra.
Salieron al silencio tenso de jardines. Noche no menos opresiva, más aterradora. Pilar caído. Peso lucha ahora en hombros jóvenes, cansados.
No sabían qué hacer, adónde ir, cómo enfrentar amenaza que redujo al más sabio a esto.
Solo tenían uno al otro, prisma inestable de Sophia, marca resonante en brazo Jake —brillando débil en oscuridad, recordatorio de que sombra ya había encontrado camino dentro.
Horror verdadero apenas comenzaba.
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