Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 33
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Capítulo 33: La Partitura del Desastre
El eco de la puerta metálica al cerrarse se arrastró por el laboratorio como un último aliento agónico, un sonido sordo y definitivo que reverberaba en las paredes cromadas y se filtraba en los huesos de Aria Stephen, dejando un vacío que no era solo físico, sino algo más profundo, más crudo: el peso de una decisión que acababa de permitir que se escapara de sus manos. Jake se había ido, tragado por la noche herida afuera, y el clic del cerrojo —frío, mecánico— sonaba ahora como una sentencia irrevocable, un punto final que separaba el refugio estéril de la academia destrozada. El zumbido constante de las máquinas —ese ronroneo bajo de cápsulas de regeneración y monitores que parpadeaban con datos fríos— se sentía ahora como un latido nervioso, un contrapunto incesante a la quietud que apestaba a miedo rancio, a sudor frío y a ese regusto metálico que la onda antinatural había dejado pegado en la lengua, como sangre de cobre oxidado.
Aria se quedó un segundo más junto al panel de control, la mano aún sobre el dial helado, como si pudiera girarlo hacia atrás y retroceder el tiempo: traer de vuelta a Jake, a Sophia, al profesor Aldrich antes de que todo se torciera en esta pesadilla viscosa. El aire del laboratorio era opresivo, cargado de desinfectante que no lograba tapar el olor subyacente a quemado astral —ese aroma dulzón y nauseabundo que se colaba de las quemaduras de Reiss y recordaba que la oscuridad no solo destruía cuerpos, sino que los marcaba como ganado—. Las luces blancas del techo proyectaban sombras duras en las estanterías llenas de artefactos que zumbaban débil, como insectos atrapados en ámbar tecnológico, y el suelo —liso, impoluto— parecía inclinarse sutilmente, como si la academia entera se estuviera hundiendo en un pozo invisible.
Reiss yacía en la camilla cercana, pálido como un cadáver que aún no se ha dado cuenta de que está muerto, la respiración superficial silbando leve con cada inhalación, como viento filtrándose por grietas en una pared rota. Sus ojos —vidriosos por el dolor que le mordía los bordes, quemaduras negras crepitando bajo vendajes improvisados que olían a carne chamuscada y fracaso— estaban fijos en ella, expectantes, con una curiosidad que no se apagaba ni con el agotamiento que le pesaba en los huesos. Él había sentido la misma onda: ese golpe que no era físico, sino algo que te revolvía las tripas desde adentro, un eco de nada que succionaba el calor del cuerpo y dejaba un frío que no se iba con mantas.
La urgencia científica —esa lógica fría, afilada como bisturí, que siempre había sido el ancla de Aria en el caos— seguía ahí, latiendo en su sien como un dolor de cabeza incipiente. La pantalla cercana seguía vomitando datos de la marca de Jake: gráficos erráticos que subían y bajaban como latidos de algo enfermo, líneas mutando a colores que le picaban en el fondo de la mente, patrones que se retorcían como venas de un tumor vivo. Pero esa lógica ahora chocaba con algo más visceral: la partida de Jake —esa determinación desesperada en sus ojos, el peso de saber que Sophia corría sola hacia el Coliseo donde Aldrich había sido… reducido a un cascarón inerte— se mezclaba con el secreto que Aria llevaba como una piedra en el estómago desde niña, una carga que le apretaba el pecho y le hacía difícil respirar en momentos como este.
Se giró lento hacia Reiss. Él la observaba, no solo con fragilidad herida —el sudor perlando su frente, el temblor sutil en las manos que intentaba ocultar—, sino con esa intensa curiosidad académica que brillaba incluso a través del velo del dolor. Había sentido la misma onda. Había leído los tomos que hablaban de sellos y vínculos, textos que olían a polvo antiguo y secretos que quemaban los ojos al leerlos. No era un estudiante cualquiera; era, en ese momento, el único con quien podía descargar la carga que le quemaba por dentro, el único que podía entender sin juzgar, porque él también había tocado lo prohibido.
—Hay algo más —dijo Aria, voz baja, despojada de la aspereza habitual que usaba como escudo, como si hablar alto pudiera romper el frágil equilibrio que aún quedaba en el laboratorio. Caminó hacia el centro del espacio —pasos suaves sobre el suelo liso que reflejaba su silueta distorsionada—, rodeada de tecnología que zumbaba como insectos nerviosos: campos aislados que crepitaban leve, artefactos en vitrinas que pulsaban con luz tenue y sospechosa. Normalmente, este era su reino, su dominio donde el caos se doblegaba a ecuaciones y datos. Pero esta noche, se sentía como una jaula de cristal fino, frágil ante la voracidad que acababa de sentir, esa onda que les había revuelto las tripas como si algo antiguo y hambriento hubiera pasado rozándolos.
Se sentó en una silla cercana —no por cansancio físico, sino porque la confesión pesaba como plomo fundido en el estómago y necesitaba anclarse antes de soltarla—. La decisión no fue fácil; revelar esto era como abrir una herida vieja, una que había cicatrizado mal y aún supuraba en noches como esta. Pero la marca de Jake, esa resonancia antinatural que olía a eco de Zephyr —fría como el vacío entre estrellas, con una malicia que picaba en la nuca—, lo cambiaba todo. Necesitaba contexto. Necesitaba ayuda. Y Reiss, con sus textos antiguos que hablaban de mitos que se sentían demasiado reales esta noche, era la pieza que faltaba en su rompecabezas podrido y sangriento.
Reiss la miró, ojos brillando débil pero atentos, esperando en silencio.
—La energía que sentimos antes… la de Raven, o lo que lo controla… tiene esa resonancia antinatural —empezó Aria, organizando pensamientos con la precisión de quien disecciona un cadáver aún tibio, incluso al hablar de lo que le revolvía las tripas como ácido—. La detecté antes. O algo muy similar. Muy… personal.
Pausa. Tragó saliva, el nudo en la garganta apretando como garra. El recuerdo subió como bilis: oscuridad de niña, dolor que aún le picaba en los huesos.
—Cuando tenía doce años, en Solaria… me atacaron. Una figura oscura. Rápida como humo vivo, imposible de seguir con los ojos. Me hirió grave. Estaba sola en un callejón olvidado, el aire olía a sal marina y a algo más podrido, como muerte antigua. Sentí el corte antes de ver la sangre: ardor que me robaba el aliento, frío que se extendía como veneno. Estuve… al borde. Sangre por todos lados, visión nublándose, el mundo girando lento como si me estuviera despidiendo.
Describió con frialdad clínica —el ataque repentino, la sombra moviéndose como si el espacio mismo se doblara a su voluntad, el dolor que le hacía gritar hasta que la voz se quebraba—, pero las manos le temblaban leve sobre las rodillas, traicionando el horror que aún le erizaba la piel en noches solitarias, que le hacía despertar sudada y jadeando.
—Guerreros me salvaron. No de Solaria. Diferentes. Símbolos que no reconocí entonces: patrones estelares que brillaban como si respiraran. Me llevaron a un lugar seguro —un refugio oculto, paredes que olían a ozono y antigua sabiduría—. Estaba muy malherida. Necesitaba… transfusión.
Sus ojos se clavaron en Reiss, buscando ancla en su mirada.
—Me hicieron una de su sangre. Sangre Aetheriana, dijeron. Una herencia.
La palabra cayó pesada, resonando en el laboratorio como un gong lejano. Reiss abrió ojos un poco más, a pesar del dolor que le mordía los bordes.
—Aetheria… ¿cómo en los Mitos del Origen? ¿Protectores de las Estrellas? Pero eso es… leyenda, joder.
—No, Reiss —dijo Aria, voz ganando fuerza, anclada en la verdad que le había quemado la vida—. Es real. Su sangre me curó. Pero me cambió. Conexión directa con energía estelar. Más pura, intensa. Por eso hago lo que hago. Por eso concebí el Fulcro. Esa sangre… es canal. Vínculo con fuente antigua, con algo que fluye más profundo que venas.
Silencio. La magnitud asentándose como polvo después de una explosión: Aria, la fría prodigio, portaba sangre de leyenda en las venas.
—Me dejaron un diario —continuó, voz firme ahora, pero con un temblor subyacente que delataba el peso—. Escrito en lenguaje que descifré años —noches en vela, ojos ardiendo bajo luces tenues, páginas que olían a tiempo olvidado—. Historia suya. Advertencias. Conocimiento sobre energía estelar… y lo que la corrompe, lo que la retuerce hasta que devora en vez de nutrir.
Llegó al núcleo que la había atormentado desde el torneo, voz bajando a susurro cargado de temor que le picaba en la nuca.
—Tuve sueño, Reiss. Después del choque inicial. Horrible. Club de ocultismo —sombras alargadas, olor a polvo y velas extinguidas—. Cuerpo joven muerto, carne fría y rígida. Zephyr apareció —figura encapuchada, ojos como pozos negros que succionaban la luz—. Usó energía oscura. Abisal. Absorbió algo del cadáver —como si chupara el alma misma, retorciéndola en hilos negros que olían a vacío y podredumbre—. Manipuló vida y muerte violando todo natural. Sombras cobraron vida, realidad distorsionada como vidrio quebrándose. Zephyr habló… de que no era final, de que la oscuridad se nutría, se expandía.
Describió pesadilla vívida: imágenes sombrías pintando laboratorio con horror —cadáver convulsionando como marioneta rota, sombras devorando luz hasta que el aire se sentía espeso y vivo, Zephyr susurrando promesas de eternidad retorcida que le erizaban la piel incluso ahora, despierta.
—Y ahora… explosión del Coliseo. Resonancia idéntica. Raven destrozado… luego regenerado. ¿Cómo? ¿Con qué? ¿Y si Zephyr hizo en sueño lo que Raven en realidad? Nutrirse de caídos, retorcer vida para regenerarse —voz bajó a susurro tembloroso, miedo crudo subiéndole por la garganta—. Figura que me atacó niña… sentí su energía en sueño. Y ahora… como eco en marca de Jake. Resonancia antinatural. Creo que estaba ligada a Zephyr. Energía abisal no solo destruye: subvierte vida. Se nutre, retuerce. Marca de Jake… firma secundaria… creo es eso. O respuesta a eso. Conexión activada por exposición masiva —prisma estelar, combate abisal—. O implantada. Vínculo para observar. Controlar.
Reiss escuchó, rostro pálido como cera derretida, ojos brillando comprensión terrible que le revolvía el estómago. Locura de historia encajaba con mitos y advertencias antiguas: Aetheria real, protectores, corrupción subvirtiendo flujos, marcas como anclas.
—Textos… —voz débil pero firme, tosiendo húmedo que le hacía doler el pecho—. Hablan eras oscuras. Entidades desequilibrando cosmos. Corrompiendo flujos. Usando vida combustible. Creando abominaciones. Marcas en contacto directo. No señales: anclas. Canales.
Miró pantalla con datos de Jake, gráficos danzando como venas enfermas.
—Resonancia antinatural… si parece Blackthorn… textos correctos… marca no efecto secundario. Propósito. Forma Zephyr expandir influencia. Vigilar potencial interesante. O acceder algo través él.
Verdad pesada cernió sobre ellos como niebla fría y pegajosa. Sophia y Jake enfrentaban enemigo. Jake portaba pieza fundamental misterio Blackthorn. Marca no daño colateral: vínculo directo oscuridad destruyendo mundo.
Aria y Reiss se miraron, silencio lleno enormidad desenterrada —trauma de ella, conocimientos de él, mezclándose en aire cargado—. Sangre Aetheriana Aria, textos Reiss no daban superpoderes batalla física. Daban herramientas entender enemigo verdadero: corrupción no solo fuerza, sino parásito que se nutría de vida, dejando muerte retorcida.
Mientras Jake y Sophia enfrentaban peligro afuera con valentía desesperada —corriendo hacia abismo con poco más que esperanza rota—, lucha Aria y Reiss era aquí: ciencia y leyenda entretejidas en laboratorio que ahora olía a urgencia. Descifrando marca. Entendiendo resonancia antinatural. Preparando conocimiento que quizás diera amigos oportunidad sobrevivir oscuridad nutriendo vida, dejando muerte paso.
Laboratorio transformó: no refugio, base operaciones. Monitores brillaban promesa respuestas. Quietud noche lienzo guerra antigua sospechada.
Verdad —mezcla escalofriante trauma personal, mitos antiguos, ciencia vanguardia— revelada. Más aterradora pesadilla. Oro narrativa no solo acción: doloroso desentrañar horror incrustado realidad misma.
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