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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 34

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Capítulo 34: Sinfonía Carmesí

Aria permaneció inmóvil por un instante en el centro del laboratorio, el eco del grito silencioso de su decisión resonando solo en el vasto y recién descubierto espacio de su propia voluntad, un vacío interno que se expandía como una grieta en el hielo, fría y profunda. La resolución cristalizó en ella, firme y fría como el acero templado por la necesidad de una forja invisible, forjada en el calor de años de aislamiento emocional y entrenamiento secreto que le había costado noches en vela, músculos temblando bajo cargas energéticas que nadie más podía soportar. El miedo no se disipaba —persistía como un nudo helado en el estómago, un peso que le revolvía las tripas y le hacía sentir náuseas leves, como si hubiera tragado algo podrido que se negaba a bajar—, pero su dominio sobre él, forjado en la disciplina de una mente que diseccionaba el caos como un bisturí corta carne, era absoluto. Ya no era la científica confinada a la teoría y la investigación desde la distancia segura de un laboratorio que olía a control y previsibilidad. Era la hija de Aetheria. Era una guerrera. Y su lugar no estaba aquí, entre vitrinas que zumbaban con artefactos que pulsaban luz tenue y sospechosa, rodeada de estanterías llenas de viales que tintineaban leve con cada vibración residual de la onda que había atravesado los muros como un fantasma hambriento.

Se giró hacia Reiss, quien la observaba con una mezcla de aprensión por la energía sentida —esa onda que aún le picaba en las quemaduras astrales como sal en heridas frescas, haciendo que su piel crepitara débil bajo los vendajes improvisados que olían a carne chamuscada y fracaso— y una expectativa cautelosa tras la magnitud de la revelación que acababa de compartir, una verdad que le había dejado la boca seca y los ojos brillando con un fuego febril que no se apagaba ni con el dolor que le mordía los bordes de la conciencia. El sudor perlando su frente pálida como cera derretida, el temblor sutil en las manos que intentaba ocultar bajo la manta raída.

—Sé lo que vas a decir, Reiss —dijo Aria, voz tranquila pero cargada de una autoridad que él no le había oído antes, un tono que resonaba en el espacio confinado como un eco de algo más antiguo, más profundo, como si la sangre Aetheriana en sus venas hablara a través de ella—. Que es un riesgo suicida. Que esa energía antinatural es demasiado potente, como un vacío que succiona todo lo que toca y lo deja hueco por dentro. Que mi lugar es aquí, descifrando la marca de Jake, rodeada de estos monitores que parpadean datos como estrellas moribundas en un cielo negro. Y tienes razón, en teoría. Pero la teoría se va a la mierda cuando no hay nadie vivo para aplicarla.

Se acercó a él, y por un instante —breve como un parpadeo— su expresión dura se suavizó con algo que rozaba la compasión, un velo de calidez que rara vez dejaba asomar, como si el dolor de Reiss le recordara su propia vulnerabilidad infantil, esa herida que aún supuraba en noches como esta. Hizo un gesto hacia sus heridas, el olor a quemado astral picándole en la nariz.

—Tú no puedes moverte. Y Jake… y Sophia… van solos hacia… eso. La firma energética del profesor Aldrich se extinguió tras ese pico de energía antinatural —la voz se le quebró un segundo, un crack sutil en su armadura, el peso de la deducción aplastándola como una losa fría—. Todo indica… que ha caído. Que esa cosa lo redujo a un cascarón inerte.

Reiss palideció aún más ante la crudeza lógica de su deducción, la implicación golpeándolo como un puñetazo en el estómago, náuseas subiendo por la garganta mientras imaginaba al profesor —el pilar de sabiduría, el que siempre tenía una respuesta serena— roto y vacío en medio de ruinas que olían a muerte.

—Pero tú, Aria… la energía… tu sangre… no sabemos cómo reaccionará tu conexión con esa fuerza antinatural a tan corta distancia. Podría ser una… una vulnerabilidad. Y el Fulcro Luminar… sabes lo inestable que es, y tú…

—Lo sé —lo interrumpió Aria de nuevo, pero esta vez con un asentimiento que era una afirmación de su comprensión, no una negación, ojos brillando con una determinación que le erizaba la piel propia—. Sé el riesgo. Sé que mi conexión con la energía estelar me hace… visible de una forma que otros no lo son para esa oscuridad, como si mi sangre fuera un faro en la niebla, atrayendo lo que acecha. Pero precisamente por eso debo ir. La resonancia antinatural que sentimos… es la firma de esa energía. Y mi sangre Aetheriana… es la resonancia de la energía estelar pura, el opuesto que brilla donde esa mierda succiona. Si algo puede oponerse o, al menos, comprender a un nivel fundamental esa fuerza, es alguien que encarna su contrario. Quizás… quizás mi conexión no sea solo una vulnerabilidad. Quizás sea también una… una clave, un arma que no esperan.

Su mirada se endureció, ojos turquesa brillando como mares agitados bajo tormenta, reflejando la luz cruda del laboratorio en destellos que parecían chispas de energía contenida. Se apartó de la camilla de Reiss, el enfoque cambiando como un interruptor: de la compasión fugaz a la urgencia fría, mente calculando distancias, tiempos de reacción, perfiles de energía conocidos con la precisión de una máquina que no comete errores. La urgencia era un latido febril bajo su piel, un calor que le subía por el cuello y le aceleraba el pulso, recordándole que el tiempo se escurría como sangre de una herida abierta.

Mientras caminaba hacia una sección específica del laboratorio —pasos suaves pero decididos, botas resonando leve en el suelo liso que reflejaba su silueta distorsionada como un espejo roto—, sus pensamientos se desviaron por un instante, como un asteroide saliendo de órbita, hacia Jake. El chico imprudente del pasillo, el que se hacía el interesante con ese carisma despreocupado y sonrisa fácil que le curvaba los labios de forma que le picaba en el pecho de manera irracional. Lo había observado más de lo que admitiría: la forma en que su energía astral, cruda y sin pulir, estallaba con potencia sorprendente en momentos de crisis, como un fuego que no se apaga con agua; la lealtad feroz con que protegía a sus amigos, incluso lanzándose ciego al peligro con esa estupidez heroica que la irritaba y atraía al mismo tiempo. Había algo magnético en él, una calidez genuina que contrastaba con la frialdad lógica que ella cultivaba como armadura. Una parte de ella —la que rara vez dejaba salir, la que se ocultaba bajo capas de ecuaciones y datos— sentía una punzada al reconocer la fuerza de su espíritu. Era el tipo de chico que atrapaba miradas sin intentarlo, que inspiraba lealtad sin pedirla. Que, quizás, ya había encontrado a quien proteger con esa intensidad: Sophia, con su abrazo efusivo y su conexión evidente. La idea era un eco silencioso en el torbellino de su mente, un muro sutil que percibía, pero no cruzaba, una distancia que sentía como una ecuación sin solución. Lógica, desprovista de melodrama, pero con un toque de melancolía fría que le dejaba un regusto amargo en la boca.

Pero no había tiempo para eso ahora. No había tiempo para contemplar conexiones que se sentían inalcanzables, como estrellas lejanas que brillan, pero no calientan. Había una batalla que librar, un abismo que cerrar antes de que los devorara a todos.

Llegó a una unidad de almacenamiento vertical incrustada en la pared —no un armario simple, sino una caja fuerte energética sellada con runas que zumbaban bajo, brillando tenue como venas de luz contenida—. Deslizó la mano sobre el panel, dedos temblando leve por la adrenalina que empezaba a bombear, ingresando secuencia de códigos astrales y numéricos que solo ella conocía —clics suaves, zumbidos que vibraban en los dientes—. La unidad emitió un suave zumbido ascendente, el sello de energía se disipó con un destello invisible que le picó en la piel como estática, y un compartimento oculto se abrió con un susurro hidráulico, revelando…

Un pequeño disco metálico. Intrincado como un reloj cósmico, pulsando con energía contenida que le hacía vibrar en la palma cuando lo tomó, superficie fría pero viva, como tocar un corazón de metal latiendo al ritmo de estrellas lejanas.

Lo llevó al hombro derecho y lo presionó suave contra el tejido de su uniforme de laboratorio —la tela crujió leve bajo la presión, como si supiera que era el final de su era—. El disco latió una vez, cálido, y la transformación comenzó: no un estallido brusco, sino una cascada sensual, íntima, como si la energía misma se deslizara por su cuerpo con dedos ansiosos, reconociéndola, moldeándola.

Desde el punto de contacto, un hilo rojo intenso —vibrante como sangre fresca bajo luz de luna— se derramó por su hombro, extendiéndose con una caricia que le erizó la piel de la nuca y le subió un calor sutil por la columna, como electricidad benigna fluyendo por venas. El material era flexible, vivo: se sentía fresco al principio, luego cálido, adhiriéndose como una segunda piel que la conocía mejor que la propia, ciñéndose a cada curva con precisión que rozaba lo erótico, ligera pero fuerte, prometiendo protección sin restringir movimiento.

La bata de laboratorio se disolvió en motas de luz que se apagaron en el aire como estrellas fugaces, dejando solo el calor de su cuerpo y la promesa de lo que venía.

Primero el torso: una camisa blanca inmaculada se materializó contra su piel, fresca y suave como seda recién tejida, cuello alto enmarcando su garganta con elegancia militar. En la base del cuello, un lazo rojo intenso brotó como una flor de pasión, anudándose en un moño perfecto que contrastaba contra el blanco, con un detalle dorado en el centro centelleando como un ojo secreto.

Las piernas siguieron: medias altas de negro profundo ciñéndose a sus muslos con una presión delicada pero firme, bajando hasta justo debajo de las rodillas, suaves como sombra líquida pero resistentes como noche blindada. En los pies, botas cortas negras se formaron con un susurro —robustas, elegantes, hebillas doradas brillando como pequeños soles capturados, dándole base sólida para correr o plantarse y desafiar al abismo.

Y lo mejor: la chaqueta roja derramándose desde los hombros como vino caliente sobre piel desnuda. Corte entallado, estilo pirata moderno con aire de capitana que no pide permiso: tela roja flexible, fina pero resistente, ciñéndose a la cintura y resaltando cada curva sin apretar, solo recordándole que estaba viva, que tenía poder latiendo en las venas. Puños anchos en negro profundo con detalles dorados que captaban la luz como promesas de victoria, vueltas hacia afuera en clásico desafío. Frente cerrada en doble fila de botones dorados, brillando como medallas en pecho acelerado. Parte inferior abriéndose en levita corta, dejando ver falda plisada blanca debajo, ribete rojo ondeando leve con cada respiración, como bandera lista para guerra.

Sobre eso, guantes medio dedo en negro puro se materializaron en sus manos —dedos libres para precisión táctil, palma y dorso cubiertos en material que se sentía como piel reforzada, detalles dorados sutiles en los nudillos, listos para canalizar energía sin perder sensibilidad.

Su cabello dorado —largo, suelto, cayendo en ondas que captaban la luz como hilos de sol líquido— quedó intacto, enmarcando rostro serio, pero ahora encendido por algo nuevo: determinación que le hacía brillar los ojos turquesa como mares en tormenta.

Se miró en reflejo de vitrina cercana. El traje no era solo protección: era declaración. Sofisticado, heroico, juvenil —fusión de mente analítica, herencia arcana, decisión actuar—. Se sentía ligera. Fuerte. Jodidamente lista —corazón acelerado, piel erizada electricidad contenida, músculos tensos pero ágiles, como si el traje respirara con ella.

Y por primera vez en mucho tiempo, Aria Stephen sonrió —pequeña, afilada, peligrosa, curvando labios que rara vez lo hacían.

La hija de Aetheria acababa de vestirse para la guerra.

Miró a Reiss una última vez. Él observaba, pálido, ojos brillando fe y preocupación que le apretaba pecho.

—Cuídate —dijo, promesa silenciosa en ojos turquesa.

Reiss asintió, voz débil pero cargada.

—Tú también. Y… trae de vuelta.

Aria se dirigió a puerta pesada. Paso firme ahora, ya no incierto como Jake. Sobre hombros y cuerpo, manifestación años secreto y preparación: traje que no solo protegía, potenciaba, declaraba quién era realmente.

Abrió puerta. Aire frío noche la recibió —cortante, cargado destrucción y energía antinatural que picaba en nariz como humo tóxico.

Salió a oscuridad, pasos resonando pasillo vacío, hacia epicentro donde resonancia antinatural latía más fuerte.

Oro siendo forjado. Y esta vez, ella era la fragua.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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