Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 35
- Inicio
- Todas las novelas
- Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas
- Capítulo 35 - Capítulo 35: Vacío Creciente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 35: Vacío Creciente
El aire en el Coliseo era un sudario opresivo, un velo tejido con hilos de penumbra y decadencia que se adhería a la piel como una segunda epidermis, fría y pegajosa. No era la brisa nocturna que susurraba en los jardines exteriores del campus, cargada de jazmines silvestres y el rumor distante de fuentes olvidadas; no, este era un peso denso, saturado de ozono quemado, como el residuo de un rayo que hubiera rasgado el velo entre mundos, mezclado con un hedor nauseabundo, casi dulcemente pútrido, que evocaba la corrupción de eras olvidadas, un aroma a podredumbre cósmica que se filtraba en los pulmones y se enredaba en la garganta, provocando arcadas involuntarias. El vasto anfiteatro, antaño un bastión de conocimiento arcano y duelos rituales bajo los auspicios de la academia ahora yacía en ruinas, sus gradas de mármol antiguo agrietadas como venas rotas, sus pilares colosales inclinados en ángulos imposibles, testigos mudos de una catástrofe que había desatado fuerzas más antiguas que la piedra misma.
Jake y Sophia, arrodillados sobre las losas irregulares y polvorientas, flanqueaban el cuerpo postrado del profesor Lysander Aldrich, ese titán de intelecto y maestría arcana, cuya presencia había sido un faro en las sombras de su educación. Ahora, reducido a una cáscara inerte, yacía allí como un monumento derribado, su túnica académica rasgada y manchada de un polvo etéreo que brillaba débilmente bajo la luz espectral que filtraba desde las grietas del techo abovedado. Sus cuerpos, tensos hasta el punto de un temblor incontrolable que les recorría las extremidades como corrientes eléctricas errantes, se rebelaban contra la evidencia inexorable ante sus ojos: los ojos vacíos de Aldrich, abiertos en un vacío insondable, sin el parpadeo de la vida ni el fulgor de la sabiduría; y en su abdomen, esa marca oscura, un agujero de ausencia absoluta que devoraba la luz circundante, absorbiendo no solo la esperanza, sino la misma esencia del aire a su alrededor, creando un vacío palpable que hacía que el espacio se sintiera contraído, como si la realidad se plegara sobre sí misma.
—Profesor… —murmuró Jake, su voz un susurro rasgado, quebrada por una emoción cruda que le atenazaba la garganta como una garra invisible, un nudo de dolor y terror que le impedía tragar, dejando un sabor amargo y metálico en su boca. Extendió la mano temblorosa hacia la marca, los dedos entumecidos por el frío que emanaba del cuerpo, pero Sophia, con un gemido tembloroso y ahogado que brotaba de lo profundo de su pecho, lo detuvo, su propia mano aferrándose a la de él con una fuerza nacida de la desesperación. Las lágrimas corrían por su rostro sin vergüenza, cálidas corrientes que contrastaban con la frialdad opresiva del lugar, trazando surcos salados en la suciedad que cubría sus mejillas, gotas que caían sobre las losas con un leve impacto, como ecos de lluvia en un desierto estéril. Se inclinaron juntos, desesperadamente, sus respiraciones entrecortadas sincronizándose en un ritmo irregular, buscando cualquier señal de aliento en el pecho inmóvil de Aldrich. Si respiraba, era tan superficial que no se sentía en su rostro inclinado cerca del suyo, ni perturbaba el polvo fino que se asentaba sobre su piel. Buscaron el pulso en su cuello, donde la vena yugular debería latir con vigor; en su muñeca, donde los tendones se tensaban bajo la piel ahora cerúlea y fría como el mármol helado. Si había un latido, era tan débil que apenas se percibía, un eco fantasmal que se desvanecía en la quietud, dejando solo la incertidumbre y el pánico creciente. Estaba vivo, apenas, suspendido en un estado de coma o shock profundo, al borde del abismo, aferrado a la vida por un hilo tan tenue como un susurro en el viento.
La marca en su abdomen no sangraba, no exudaba el rojo vital de una herida mortal; en su lugar, era un punto muerto, una brecha donde la energía vital había sido anulada por completo, una manifestación palpable de la aniquilación que absorbía el calor del aire circundante, creando un halo de escarcha invisible que picaba en la piel expuesta de Jake y Sophia. De pronto, la marca en el brazo de Jake, esa cicatriz intrínseca que lo unía al origen primordial de esta devastación, comenzó a arder con una intensidad visceral. No era una quemadura superficial, como la de una llama ordinaria que lame la epidermis; no, era como si una brasa candente se hubiera incrustado bajo su carne, pulsando al ritmo del eco persistente de la energía antinatural que aún flotaba en el aire, un pulso que reverberaba en sus huesos, enviando ondas de agonía que le nublaban la visión y le aceleraban el corazón hasta un galope ensordecedor en sus oídos. Era la misma resonancia que sentía emanar de la herida de Aldrich, solo que en él era un recordatorio vivo, un vínculo inexorable, una brújula dolorosa que apuntaba directamente al corazón de la oscuridad, guiándolo no con luz, sino con un tormento que le robaba el aliento.
Un crujido lento, como el de huesos antiguos quebrándose bajo un peso invisible o rocas primordiales retorciéndose en agonía telúrica, se extendió desde el centro del Coliseo, reverberando a través de las ruinas como una onda sísmica que hacía vibrar el suelo bajo sus rodillas. No era el sonido de un colapso al azar, el mero capricho de la estructura debilitada; era uno con intención, una sinfonía deliberada de destrucción que transformaba el caos previo en algo organizado, casi arquitectónico, como si una mente vasta y malévola estuviera reordenando los fragmentos para un propósito siniestro. Sophia se giró bruscamente, sus ojos enrojecidos por el llanto y ensanchados por un terror primordial que le secaba la boca y le erizaba el vello de la nuca. —Jake… —jadeó, su voz un hilo quebrado, entrecortado por el pánico que le oprimía el pecho como una prensa.
Desde el centro del anfiteatro, donde Raven había colapsado en un paroxismo de corrupción y luego se había alzado renacido, la figura se movía con una gracia perturbadora. No era un movimiento errático ni salvaje, como el de una bestia acorralada; era una coreografía precisa, un ballet de sombras que desafiaba las leyes de la física mortal. Raven, o lo que quedaba de él, no caminaba; se deslizaba, sus pasos silenciosos, apenas un roce etéreo sobre los escombros esparcidos, como si flotara sobre un velo de oscuridad. El aire a su alrededor comenzó a distorsionarse, ondulando como el calor sobre un desierto abrasador, pero frío, un frío que penetraba hasta el tuétano y hacía que los dientes castañetearan involuntariamente. Las sombras en las ruinas se volvieron más densas, más vivas, reptando y alargándose como apéndices invisibles, tentáculos de negrura que se enredaban en los pilares rotos y las gradas destruidas, susurrando promesas de olvido en un lenguaje que no era audible, sino sentido en el alma.
Ya no era el muchacho consumido por la corrupción de Zephyr; era una extensión de la propia voluntad del Abismo, un avatar de anulación encarnado. Su piel, donde se alcanzaba a vislumbrar bajo las ropas rasgadas, tenía un brillo cerúleo y antinatural, como el de un cadáver iluminado por fuegos fatuos en un pantano ancestral; sus ojos, ahora pozos de oscuridad absoluta, no reflejaban nada, sino que absorbían la luz, creando vacíos que atraían la mirada y la devoraban, dejando un vacío en el observador. Las cicatrices de su antiguo estado habían desaparecido, reemplazadas por la perfección fría de una forma renacida para el caos, una escultura viviente de obsidiana pulida que exudaba un aura de inevitabilidad.
La pulsación en el brazo de Jake se intensificó hasta volverse insoportable, un martillo invisible golpeando directamente sus nervios, no solo con dolor físico, sino con una inundación de información ajena. Imágenes fragmentadas irrumpían en su mente: gritos silenciosos de almas borradas, ecos de existencias extinguidas en un instante; el sabor metálico del miedo cósmico, un regusto a hierro oxidado y estrellas muertas que le llenaba la boca; sensaciones de vastedad infinita, de un vacío que devoraba mundos. La pulsación era un torrente descontrolado, no le otorgaba un poder que pudiera empuñar como una espada, sino una conexión cruda con la fuente de la energía antinatural que emanaba de Raven, infundiéndole visiones, dolor y una resonancia que era tanto una agonía como una especie de entendimiento forzado, casi como si una fuerza ajena, un parásito primordial, anidara en su interior, susurrando secretos que ningún mortal debería conocer.
De pronto, una ola de energía antinatural, helada y cargada con la esencia de la anulación barrió el Coliseo como una marea inexorable. No fue una explosión violenta, un estallido de furia; fue una inundación sutil, una corriente que no buscaba empujar con fuerza bruta, sino borrar con una delicadeza aterradora, disolviendo los lazos de la materia misma. Las rocas rotas se desintegraban en motas de polvo al contacto, flotando en el aire como cenizas de un incendio extinto; los cuerpos destruidos del torneo, esparcidos en grotescas posturas, se desdibujaban, sus contornos difuminándose como tinta en agua, como si la realidad misma se estuviera deshilachando hilo a hilo, revelando el tejido vacío debajo. Jake y Sophia fueron lanzados hacia atrás, no por un golpe físico que magullara la carne, sino por la simple imposición de la presencia de Zephyr, una fuerza que repelía la existencia misma, haciendo que sus músculos se contrajeran en espasmos involuntarios y su visión se tiñera de negro en los bordes.
Sophia se aferró al brazo con el Fulcro Luminar, su conexión al prisma siendo la única ancla en la marea de la nada, un faro de luz pura que palpitaba contra su palma, cálida como el sol de un amanecer lejano, luchando por mantener la integridad a su alrededor, creando un pequeño microclima de resistencia en el corazón del caos, una burbuja donde el aire aún se sentía respirable y el suelo sólido bajo sus pies. La energía del Fulcro Luminar, cálida y pura como el fuego de una forja divina, se oponía a la anulación, enviando ondas de calidez que mitigaban el frío invasor, pero a un costo: Sophia sentía un drenaje en su propia vitalidad, un agotamiento que le pesaba en los párpados y le debilitaba las rodillas.
La marca en el brazo de Jake ardía con renovada ferocidad, un fuego interno que le hacía sudar pese al frío ambiental. Vio, por un instante, no con los ojos mortales, sino con la mente, una vasta oscuridad palpitante más allá de Raven, un vacío insondable que se extendía más allá de las estrellas conocidas, un abismo lleno de una conciencia antigua y hambrienta, un ente primordial que devoraba no con dientes, sino con la mera ausencia. Una voz sin sonido resonó en su cabeza, no en palabras articuladas, sino como una sensación de dominio abrumador, una presión psíquica que le aplastaba el cráneo desde dentro: Tuyo. La marca era suya, un reclamo indeleble. La esencia que sentía en la herida de Aldrich y en el aire viciado era la misma que ahora intentaba entrar en Jake, filtrándose como humo a través de sus poros. La visión se desvaneció abruptamente, dejándolo, jadeando, el sudor frío empapando su frente y goteando en sus ojos, salado y punzante, mientras su pecho subía y bajaba en respiraciones entrecortadas.
La realidad volvió con crudeza: el Coliseo se retorcía como un organismo vivo, las sombras alargándose para formar barreras y espinas etéreas que se erguían como defensas orgánicas, un campo de juego letal que se expandía con cada latido de la presencia de Raven. Raven levantó una mano, lento y deliberado, como un titiritero manipulando hilos invisibles, y las gradas rotas del Coliseo se elevaron, no por levitación arcana, sino por una manipulación de la gravedad misma, suspendidas en el aire como si la realidad fuera plastilina moldeada por una voluntad superior, desafiando el peso de la materia. Luego, con un movimiento sutil de sus dedos, las rocas se dispararon hacia ellos, no como proyectiles burdos, sino como astillas de una realidad fragmentada, cada una cargada con la esencia de la anulación, buscando no herir, sino erradicar.
—¡Atrás! —gritó Jake, su voz áspera y ronca, su cuerpo al límite, músculos temblando por el esfuerzo y el terror que le inundaba las venas como veneno. La pulsación en su brazo le infundía no solo terror, sino un conocimiento instintivo, pero no control, un saber que le paralizaba tanto como le impulsaba. Se aferró a Sophia, impulsándola con una fuerza nacida de la adrenalina hacia la salida más cercana, la misma por la que habían entrado, un arco derruido que se abría a la noche exterior. Sophia, con el Fulcro Luminar apretado contra su pecho, entendió sin palabras, su mente nublada por el dolor
pero afilada por la supervivencia instintiva. La lógica brutal de la preservación se impuso sobre la desesperación, un imperativo primal que les impulsaba a moverse.
Corrieron, no con la esperanza ilusoria de una victoria inminente, sino con la desesperación cruda de la huida, cada paso una batalla contra el entorno distorsionado que Raven tejía a su alrededor. El aire se volvía denso, viscoso como melaza fría, resistiendo su avance y llenando sus pulmones con un peso que les hacía jadear; las sombras tomaban forma, figuras vagas y efímeras que susurraban promesas de oscuridad y anulación, voces que rozaban sus oídos como el roce de alas de polilla, enviando escalofríos que les erizaban la piel. El suelo parecía negarse a ceder, sus pies hundiéndose como en arena movediza primordial, cada zancada un esfuerzo hercúleo que les agotaba las reservas de fuerza. El Fulcro Luminar en la mano de Sophia pulsaba con una luz tenue, resistiendo la corrupción que se expandía por el Coliseo como una plaga, creando una pequeña burbuja de coherencia en un mundo que se deshacía, un santuario efímero donde la realidad aún obedecía leyes mortales. Jake sentía su propia energía, agotada hasta el borde del colapso, intentando sincronizarse con la de Sophia, intentando formar un escudo intangible que no existía, un acto de voluntad pura contra la marea.
Raven no los persiguió con prisa febril; se deslizó con la lentitud inexorable de una marea creciente, su figura ominosa avanzando como una sombra alargada por el sol poniente, con las manos alzadas, tejiendo los restos del Coliseo en un tapiz de destrucción. Las rocas suspendidas estallaban donde habían estado segundos antes, dejando cráteres que exhalaban un vapor gélido, un aliento de nada que congelaba el aire y dejaba un regusto a vacío en la lengua. El Coliseo se estaba transformando en un monumento viviente a la aniquilación de Zephyr, un templo profano donde la piedra misma gemía en sumisión.
Llegaron al umbral de la salida, tropezando con los escombros esparcidos, el olor a ozono y a sangre de estrellas —un hedor metálico y etéreo, como hierro fundido en el vacío— aún más fuerte aquí, mezclado con el hedor acre de la muerte terrenal, cuerpos inertes que yacían en las sombras. Jake se giró, su pecho agitado por respiraciones irregulares que le ardían en los pulmones, para echar un último vistazo al interior. Raven estaba en el centro del Coliseo, una silueta fría y poderosa contra la oscuridad distorsionada, un epicentro de negrura que absorbía la luz de la luna filtrada. Los ojos de Jake se fijaron en él, y por un instante, el dolor de la marca en su brazo se convirtió en una claridad dolorosa, un destello de comprensión que le helaba la sangre en las venas. No era Raven, el muchacho que habían conocido; era Zephyr, o la encarnación de su voluntad insaciable. Y lo que quería, lo que necesitaba, no era solo la destrucción caótica, sino la absorción, la anulación total, un hambre que devoraba existencias enteras para saciar un vacío eterno.
La marca en su brazo, ahora, no solo ardía con fuego interno; resonaba como un eco en una caverna infinita, una conexión viva, una puerta entreabierta a lo desconocido. Y Jake supo, con una certeza que le heló la sangre y le dejó un vacío en el estómago, que esa marca no era solo el vestigio de una herida pasada; era un ancla, un lazo que los ataba inexorablemente. Y Raven, o Zephyr, acababa de afianzarlo aún más a ellos, tejiendo su destino en el tapiz de la oscuridad.
Sophia lo tiró hacia adelante, fuera del umbral, hacia la noche menos densa del campus, donde el aire aún llevaba el perfume de la hierba pisoteada y el eco lejano de la vida normal. —¡Tenemos que salir de aquí! —suplicó, su voz rota por el sollozo contenido, su rostro pálido como la luna, pero sus ojos aun reflejando una determinación férrea, un fuego interior que no se extinguía ante la adversidad. No a la victoria, no todavía; a la supervivencia, al mero acto de perseverar.
Corrieron por los jardines en ruinas, entre arbustos retorcidos y estatuas derribadas que parecían guardianes caídos, lejos del Coliseo que ahora era el altar de una nueva y oscura fe. La luna, un testigo pálido e indiferente colgado en el firmamento estrellado, iluminaba su huida desesperada, proyectando sombras alargadas que bailaban como perseguidores espectrales. El eco del crujido de las rocas y el susurro sibilante de la energía antinatural los siguió, un recordatorio constante de que el vacío creciente de Zephyr los había alcanzado, impregnando el mundo con su presencia, y que la batalla apenas había comenzado, un preludio a horrores mayores. Jake sentía la marca en su brazo como una promesa ominosa, una invitación constante a la oscuridad que latía en su interior, un susurro que le recordaba su vínculo inescapable. Este era solo el principio. Y el profesor Aldrich… su sacrificio había sido el precio de su despertar a una realidad mucho más aterradora, un velo rasgado que revelaba el abismo debajo de todo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com