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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 38

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Capítulo 38: La Lógica del Sacrificio

El aire que impregnaba las ruinas de la biblioteca académica no era el sudario asfixiante del Coliseo, esa membrana de oscuridad que devoraba la luz y el aliento mismo; era, en cambio, un hálito cargado de polvo milenario suspendido en el tiempo, de papel chamuscado que exhalaba un aroma acre a conocimiento incinerado, y de un frío residual, una resonancia glacial de la energía antinatural que había desgarrado el edificio como un vendaval primordial, un escalofrío que se adhería a la piel como el rocío de una noche eterna, dejando en la boca un sabor metálico a vacío incipiente. Jake, Sophia y Aria se habían guarecido entre montículos ingentes de escombros y estanterías derrumbadas que se inclinaban como colosos abatidos en batalla, sus cuerpos lacerados por contusiones invisibles y caídas precipitadas, hematomas floreciendo bajo la epidermis como constelaciones de dolor, sus pulmones inflamados por el esfuerzo implacable de la fuga, cada inspiración un latigazo ardiente que recordaba la fragilidad de la carne mortal. El silencio que los envolvía era una tensión palpable, frágil como un cristal a punto de estallar, interrumpido tan solo por sus respiraciones entrecortadas que reverberaban en las sombras como suspiros de espectros agotados, y por el gemido lejano y funesto de la academia que continuaba rindiéndose a la noche lacerada, un lamento tectónico que hacía temblar la tierra y erizaba la piel con augurios de ruina final.

La certeza de que Raven no los acosaba con premura, que no irrumpía como una tempestad desatada, no procuraba alivio alguno; era la quietud serena y aterradora de un predador primigenio que intuye a su presa encerrada en un laberinto sin escapatoria, deleitándose en el temor que se destilaba en el ambiente como un elixir sutil, dilatando la cacería por el deleite puro de lo inevitable.

Sophia se dejó caer contra un muro sesgado y fracturado, el mármol helado perforando su espalda a través de las telas desgarradas, el Fulcro Luminar en su palma ahora un resplandor exangüe y titilante, casi extinguido, un fulgor lánguido que apenas esbozaba sus rasgos exhaustos. La vitalidad succionada del artefacto y de su propio ser en el Coliseo era una oquedad tangible en su interior, un abismo que le oprimía el pecho como una losa sumergida en abismos insondables, despojándola no solo de vigor, sino del calor esencial que antes la animaba. Jake se recostó contra un montón de volúmenes destrozados y dispersos, tratados antiguos de cubiertas cuarteadas que desprendían un olor a moho y erudición perdida, la marca en su brazo derecho aun latiendo con fiebre maligna, su tormento ahora entretejido con la percepción persistente y nauseabunda de la “conexión” impuesta con Zephyr, un pulso extraño que resonaba bajo su epidermis como un intruso despierto, murmurando ecos de abismo en sus arterias. Aria, pese al cansancio que le velaba los ojos y le provocaba un temblor imperceptible en las extremidades, conservaba una vigilia tensa e inquebrantable, sus ojos azules recorriendo las tinieblas con la exactitud de un mecanismo afinado, su intelecto ya desmenuzando los fragmentos de su derrota en busca de una falla oculta.

—Estamos… a salvo, por el momento —musitó Sophia, su voz un hilo ronco y frágil, impregnado de la duda que le estrangulaba la garganta.

—Por el momento —ratificó Aria, sin relajar su guardia ni un instante, su silueta recortada contra el resplandor espectral que se filtraba por las brechas del techo colapsado. Su Nano-Astral Suit carmesí, aunque inmaculado en su textura viva y centelleante, adquiría un tono casi fúnebre bajo la luz escasa, un rojo profundo que parecía absorber las sombras en vez de disiparlas—. No nos ha perseguido. No con apremio ni ferocidad. Intuye nuestro agotamiento hasta la médula. Y intuye que nos ha mermado, que ha bebido de nuestra esencia vital.

La veracidad de aquellas palabras descendió sobre ellos con la pesadez aplastante de las ruinas circundantes, un mutismo opresivo que se posaba en sus hombros como ceniza de épocas extinguidas. Habían confrontado a Raven, a la Coreografía Negra que hilvanaba la realidad cual tapiz de pesadillas, y habían desvelado que su potencia más pura constituía su flaqueza letal. Cada impacto propinado, cada estallido de energía estelar, había obsequiado al monstruo con un banquete invisible, robusteciendo sus venas de tinieblas. Era un enigma cruel e inexorable, una celada táctica urdida con la lógica pervertida de un ente que invertía las leyes mismas de la existencia, de la cual ignoraban cómo evadirse sin auto inmolarse.

Aria deslizó sus dedos con precisión intencional sobre un panel discreto de su traje, un dispositivo de comunicación emergiendo de la muñeca con un zumbido sutil y etéreo, activándose con un destello azul tenue que hendía las sombras como una estrella remota. Buscaba una señal a través del torbellino de energía residual que interfería cual estática cósmica, un velo que torcía las ondas con murmullos antinaturales.

—Reiss —pronunció, su voz baja y nítida pese al agotamiento que le nublaba la mirada, un timbre que convenía premura sin histeria—. ¿Me recibes?

Un intervalo de silencio cargado, preñado de expectación, donde solo se percibía el galope desbocado de sus corazones. Luego, una voz deformada por la interferencia crepitante, pero inconfundiblemente la de Reiss —aguda, analítica, teñida de congoja—, respondió: —Aria… ¡Alabadas sean las estrellas imperecederas! ¿Se encuentran… ilesos? ¿Lograron… el Profesor…?

El nudo en la garganta de Jake regresó con violencia brutal, un espasmo que le obstruía el aliento, un duelo crudo que le abrasaba los ojos. Sophia se contrajo sobre sí misma, el rictus de aflicción surcando su rostro como una nube pasajera, sus hombros convulsionándose en un sollozo reprimido.

—El Profesor Aldrich… pervive, Reiss. Por un hilo tenuísimo —declaró Aria, su entonación recuperando la frialdad clínica y desapasionada para impartir los datos esenciales sin el peso de la emoción, aunque un leve estremecimiento delataba su entereza—. Permanece en un estado crítico, suspendido al filo del precipicio. La energía antinatural lo… lo neutralizó en su raíz vital, vaciando su esencia hasta reducirlo a una envoltura vacía. No pudimos trasladarlo sin sentenciarlo. Tuvimos que retroceder. Raven… su dominio… es más solapado de lo que anticipábamos.

Explicó el hallazgo en el Coliseo con exactitud quirúrgica: cómo Raven absorbía su energía estelar cual vacío famélico, cómo sus asaltos lo robustecían en lugar de vulnerarlo, transmutando su oposición en alimento. Reiss atendió en mutismo, su respiración al otro lado del comunicador acelerándose con una amalgama palpable de alivio por su supervivencia y consternación creciente ante la revelación, un resuello que delataba el espanto intelectual frente al desvelamiento.

—Comprendo… Comprendo ahora los datos con una claridad espeluznante. Sus firmas energéticas se desplomaron de modo abrupto tras el enfrentamiento, un colapso vertiginoso. La de Raven se elevó cual supernova de tinieblas. No era mera resistencia pasiva… era… simbiosis parasitaria a escala colosal —la voz de Reiss adquirió un timbre febril, el intelecto académico inflamado por el horror cual motor recalentado, desentrañando implicancias a velocidad vertiginosa—. Mis indagaciones sobre la marca… sobre la Coreografía Negra… indican que Zephyr altera las leyes primordiales de la energía y la existencia misma. No aniquila con crudeza; subvierte con malicia sutil. Emplea la vida como combustible, como bloques para erigir su imperio de nada. Raven es… la encarnación perfecta de esa subversión, un avatar que transmuta la luz en su propia sombra.

—Entonces… ¿cómo combatimos a un ente que se nutre de nuestra propia luz, que convierte nuestra esperanza en su vigor? —inquirió Jake, incapaz de reprimir la desesperación que se infiltraba en su voz cual toxina, un hilo fracturado por el pavor que le oprimía el tórax. La marca en su brazo llameaba con ímpetu renovado, como si atendiera al diálogo, percibiendo el lazo con el poder evocado, un latido que le propagaba oleadas de náusea y visiones efímeras de abismo.

—No podemos asaltarlo directamente con energía estelar —afirmó Aria, su mirada clavada en las tinieblas externas que se cernían cual amenaza viviente—. Cada pulso emitido, cada manifestación de poder puro, lo robustece, lo ceba. La Coreografía Negra no es mera técnica arcana; es un sistema íntegro, un ecosistema de neutralización. Y Raven es su núcleo absorbente, su corazón insaciable.

—Exacto —la voz de Reiss se agudizó, un filo de premura seccionando la estática—. Mas ha de existir una flaqueza velada. Todo sistema, por impecable que aparente, alberga un ángulo muerto, una vulnerabilidad lógica intrínseca. Algo que la Coreografía Negra no pueda subvertir o asimilar sin fracturarse. Estoy escudriñando los códices ancestrales, cruzando datos con los patrones detectados en la energía de Raven. La marca de Jake… sus resonancias me aportan información preciosa, pero es… agonizante para él, ¿cierto? Un precio que no pasamos por alto.

Jake oprimió el brazo con vehemencia, los dedos incrustándose en la carne como para contener la llama interna, la mandíbula rígida hasta el dolor. —Llamea cual ascua viva. Y me obsequia… visiones. O percepciones inefables. Es… la oscuridad absoluta. Se siente… como parte de mí ahora, un huésped que susurra en mi sangre. Y él lo percibe, lo intuye a través de esto.

—La marca podría ser un umbral bidireccional —susurró Reiss, su tono descendiendo a una especulación grave—. Un conducto para que Zephyr observe… o acceda a él en el instante propicio. O tal vez… un camino inverso, para que Jake, por su vínculo impuesto, comprenda los patrones de Zephyr a un nivel instintivo y profundo. Si pudiera… si pudiera dominar esa resonancia sin sucumbir…

—No disponemos de tiempo para que Jake domine un veneno puro y corrosivo —interrumpió Aria, su voz cortante y afilada cual escalpelo, la lógica de la coyuntura inexorable cual el vacío mismo—. Requerimos una debilidad en Raven que podamos explotar de inmediato. Algo que no dependa de nuestra energía estelar directa para surtir efecto. Una falla estructural en la Coreografía misma, un hilo que al jalar deshilache el tejido entero.

La biblioteca derruida gimió con un sonido profundo y deliberado, un lamento que no provenía del capricho eólico ni del asentamiento natural. Un desplazamiento lento y calculado en el exterior, un roce de sombras que murmuraban promesas de neutralización. Raven acechaba cerca, probablemente solo jugueteando con ellos cual felino con roedores exhaustos, deleitándose en su temor y extenuación con una paciencia infinita.

—Nos ha cercado cual presas en una jaula etérea —murmuró Sophia, su voz baja y trémula, escrutando la entrada obstruida de la biblioteca con ojos dilatados por el pavor ascendente. Podían percibir el susurro antinatural afuera, como si el aire mismo estuviera animado y hostil, cargado de intención maligna que rozaba sus epidermis expuestas.

—Aguanten, aguanten cuanto les sea posible con lo que reste de sus fuerzas —la voz de Reiss se tornó más apremiante, un torrente de palabras atropelladas por la angustia—. Estoy laborando sin tregua. Hay alusiones veladas a… desequilibrios primordiales. A cómo ciertas fuerzas antagónicas… no pueden convivir en concordia sin resquebrajarse. Pero los códices son crípticos, envueltos en metáforas arcaicas. Y los datos de la marca de Jake son… caóticos, un vórtice de señales. Necesito tiempo, aunque sea exiguo.

El tiempo. El recurso más preciado y fugaz en este instante, una arena que se escabullía entre dedos temblorosos. Jake y Sophia se miraron en las tinieblas, sus miradas cruzándose en un intercambio mudo de terror compartido y resolución inquebrantable. El Fulcro Luminar de Sophia desprendía un resplandor exangüe y lamentable, un fulgor que apenas desafiaba las sombras. La marca de Jake llameaba sin ofrecerles un medio de defensa eficaz, solo agonía y ecos de poder ajeno. Asaltar significaba robustecer al adversario con su propia esencia. Fugar significaba toparse con otra celada hilvanada en la noche.

Aria se irguió con resolución inabarcable, su figura en el Nano-Astral Suit carmesí tensa y decidida cual hoja desenvainada, el tejido latiendo débilmente con energía remanente. —No podemos permanecer aquí aguardando pasivamente cual víctimas resignadas —declaró, su voz un decreto gélido que seccionaba la desesperación—. Si juguetea con nosotros, prolongando la cacería, podemos revertirlo en su contra. Si intenta compelernos a emplear energía estelar, buscaremos modos alternos de obstruirlo, estratagemas que no lo nutran. Reiss, enfócate en la debilidad primordial, el núcleo vulnerable. Nosotros… procuraremos ganar tiempo y eludir el enfrentamiento directo de energía a toda costa.

Su estrategia era desesperada, rozando la demencia en su osadía, un acto de voluntad pura contra la lógica del abismo. Defenderse sin recurrir a su arma primordial, su luz inherente. Enfrentar a una potencia que remodelaba la realidad sin la energía estelar que los definía. Mas era la única lógica que les restaba, un filamento frágil de esperanza en el tapiz desgarrado de la derrota.

Jake se incorporó, asimismo, su cuerpo rebelándose con dolores lancinantes en cada fibra, la marca llameando cual augurio de traición interna. Contempló a Sophia, su rostro pálido bajo la mugre y el agotamiento, sus ojos rebosantes de miedo crudo, pero centelleando con una determinación muda y compartida. Estaban unidos en esto, enlazados por vínculos más robustos que el espanto.

Un impacto contundente retumbó afuera, no una detonación caótica, sino algo que arremetía contra los escombros con la solidez inexorable de un puño forjado en sombra pura, una conmoción que hizo temblar la tierra y alzó nubes de polvo que danzaron en el aire viciado. Raven probaba sus barreras, sondeando las defensas con paciencia depredadora.

La “lógica del sacrificio” empezó a delinearse en el ambiente cargado y opresivo de la biblioteca, un concepto gélido e inevitable que se materializaba cual sombra inexorable. Desvelar la debilidad podría exigir exponer algo —o a alguien— a un riesgo extremo, un acto meditado de vulnerabilidad. Atraer a Raven a un emplazamiento preciso, un terreno preparado. Emplear a Jake cual señuelo involuntario por la marca que lo encadenaba. Arriesgarse a un peligro calculado con la esperanza remota de una brecha fugaz. El sacrificio no era una elección abstracta ni heroica; era una necesidad fría e inescapable, calculada por el intelecto estratégico e implacable de Aria y corroborada por la brutalidad pervertida de la realidad que Zephyr les infligía, un precio que se cernía cual guadaña. Ignoraban cuál sería el sacrificio preciso, ni quién lo abonaría, pero intuían, con una certidumbre aterradora que les helaba la sangre y les constreñía el corazón, que sería indispensable, ineludible. Raven acechaba al otro lado de los escombros, aguardando con la paciencia del vacío eterno. Y el tiempo de Reiss se extinguía cual reloj de arena en una borrasca. La próxima vez que actuaran, debería ser con una lógica que trascendiera la mera supervivencia, una lógica que entrañara un costo atroz, un tributo en sangre, esencia o alma.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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