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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 40

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  4. Capítulo 40 - Capítulo 40: Un Eco Llamado Raven
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Capítulo 40: Un Eco Llamado Raven

Raven avanzó un paso, apenas un deslizamiento imperceptible entre las sombras, pero preñado de una intención letal que cortaba el aire como una hoja invisible. Su brazo se alzó con una gracia mecánica y siniestra, trazando en el vacío el preludio de un gesto que Sophia reconocía con escalofriante familiaridad: no era mera amenaza, era una sentencia irrevocable. El tiempo se contrajo, suspendido en el abismo entre una mirada y un acto irrevocable, un instante dilatado donde el mundo contuvo el aliento.

Sophia no aguardó. Con un movimiento seco, veloz y preciso cual flecha liberada de un arco tenso, se abalanzó sobre él. Su mano derecha, ya aferrada al prisma como a un ancla en la tormenta, se estrelló contra el pecho de Raven, hundiendo la punta del artefacto directamente hacia su corazón con una fuerza nacida no de la furia, sino del miedo primordial y la convicción absoluta. No fue un golpe; fue una decisión irrevocable, un veredicto ejecutado en carne y sombra. Y mientras la punta del Prisma CEES se incrustaba con inexorable determinación, Sophia lo envolvió con ambos brazos, atrayéndolo hacia sí en un abrazo desesperado y feroz, como si pudiera contener la disolución misma con la tenacidad de su voluntad. No halló resistencia. Solo el contacto gélido de una piel que parecía ya al borde de la evanescencia, la rigidez de un cuerpo que se desvanecía en el umbral del olvido.

En aquel instante, el mundo dejó de respirar. La quietud nocturna se fracturó con una disonancia que no era sonido audible, sino una mordida helada en el tejido mismo del aire, un escalofrío que calaba hasta los huesos primordiales. La silueta de Raven, ya un eco parpadeante y espectral, se retorció bajo el impacto del Prisma CEES que Sophia le había clavado como una daga de luz agonizante. No sobrevino el crujido familiar de metal contra carne mortal, sino una distorsión antinatural que reverberaba en el alma, el lamento cósmico de algo que se deshilachaba desde los cimientos mismos de su existencia, un gemido que era la negación del ser.

Sophia, con la desesperación grabada en cada línea de su rostro demacrado, no soltó el prisma. Al contrario, lo oprimió con mayor ferocidad, hundiendo la punta aún más profundo y atrayéndolo hacia un abrazo que era tanto contención como despedida. Con los ojos cerrados con fuerza, rehusaba contemplar la verdad inexorable que se desplegaba; solo quería sentirla, absorberla, contenerla mientras el mundo en derredor se distorsionaba en un reflejo grotesco de la agonía de Raven. Incluso la tierra bajo sus pies parecía vibrar con una fiebre antinatural, como si el suelo mismo respondiera en silencio al desgarramiento de la realidad, un pulso telúrico que hacía crujir las ruinas con empatía profana.

Jake, a escasos metros, se tambaleaba como un titán herido. La marca en su brazo derecho, que un momento antes había sido un canal para la disonancia desatada, ahora latía con una furia sorda y contenida, como si un motor primordial sobrecargado amenazara con estallar bajo su epidermis. No podía apartar la mirada de Sophia, ni de la macabra intimidad de su acto sacrificial. El terror no emanaba solo de la figura retorcida de Raven, sino del precio atroz que esta contienda les extraía a cada uno, transmutándolos en algo que trascendía su antigua humanidad, forjándolos en el crisol del abismo.

La tenue luz del Prisma CEES, ahora una brasa agonizante en la mano de Sophia, proyectaba sombras danzantes y espectrales sobre sus rostros exhaustos, acentuando las grietas de fatiga y desesperación como surcos en mármol antiguo. Cada inhalación era un esfuerzo titánico, cada segundo una eternidad suspendida en el aliento gélido de la noche que se cernía sobre las ruinas de la Academia Altamira como un sudario vivo.

En aquel instante fatal, cuando la silueta de Raven se desvanecía entre los brazos de Sophia cual humo disipado por un viento inexorable, las mentes de los tres combatientes fueron asaltadas sin piedad. Una resonancia psíquica violenta estalló como una avalancha caótica de sensaciones, memorias fragmentadas y lógica fría e inhumana que Raven proyectaba en sus consciencias. Era su despedida agónica, el postrer grito de una conciencia que se desintegraba en el olvido eterno, un torrente incontrolable de verdad forzada por el Prisma CEES, un legado brutal impreso en sus almas.

Perdón… Sophia… por todo esto… El pensamiento no era una voz articulada, sino una sensación de arrepentimiento profundo y abismal, una súplica que no brotaba íntegramente de la voluntad de Raven, sino que se filtraba a través de la corrupción de Zephyr: una culpa ajena que ahora lo devoraba en sus estertores finales. Sophia sintió la punzada como una daga en el pecho, una comprensión dolorosa del ser atrapado entre sus brazos, una criatura de tinieblas que, en su núcleo más recóndito, aún albergaba un eco frágil de humanidad. Las lágrimas, no de mera tristeza, sino de una compasión abrumadora por su amigo caído, se acumularon en el borde de sus párpados, amenazando con derramarse como lluvia sobre suelo árido. La piel de Raven bajo sus dedos era fría, irreal, cual si tocara un espectro evanescente.

Luego, la resonancia se volvió hacia Jake. Su mente fue invadida por la visión de un coliseo reluciente, no las ruinas que habían contemplado, sino una arena rebosante de luz y expectación vibrante. Jake… me habría gustado… enfrentarte en el torneo en otras condiciones. En mi apogeo… con todo mi poder desplegado. Quizás… en otra vida. Una melancolía ajena a Zephyr se filtraba en el mensaje, un anhelo por una existencia robada, por una rivalidad noble y limpia que el abismo había profanado. Jake sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. No era la voz de un monstruo, sino la de un estudiante prometedor, el amigo y rival que pudo haber sido, el que fue devorado por la oscuridad primordial. El reconocimiento le golpeó como un mazazo en el pecho, un nudo de dolor y amargura que le obstruía la garganta por la pérdida irreparable de quien una vez fue Raven.

De pronto, la figura parpadeante de Raven, ya casi etérea, fijó su mirada espectral en el brazo derecho de Jake. La marca tribal, fuente constante de tormento y vínculo forzado, se retorció con una vibración inusitada, liberando una ráfaga fugaz de energía oscura que se disipó al instante cual humo en el viento. Para estupor de Jake, la marca no regresó a su forma original. En su lugar, se transmutó brevemente en un patrón de extraña belleza artística, un tatuaje vibrante y complejo que latía con una luz propia, ajena a la corrupción de Zephyr. Un destello de la antigua personalidad de Raven emergió, teñido de un humor quebrado y resignado, un último reflejo de la humanidad que Zephyr había sofocado. Amigo… ¿te volviste maleante? Ese tatuaje… Su resonancia, ahora fragmentada y evanescente, se interrumpió en un eco de incredulidad. No me gusta nada… La burla mental se disolvió en una risa amarga y agonizante, el postrer chispazo de un ser aferrado al recuerdo de su yo perdido. La revelación del nuevo patrón en la marca de Jake fue un golpe inesperado, un enigma adicional que se sumaba al peso ya insoportable, un eco de su amigo desaparecido.

Finalmente, los ojos etéreos de Raven se posaron en Aria. Solo para ella, se estableció una conexión directa e íntima en su mente, una confidencia susurrada desde el abismo de su disolución, urgente y desesperada. Tú estuviste ahí… esa noche. La noche en que… asesinaron a Lucian. O al menos, pude verte… Te desvaneciste. Una sombra… helada. No entiendo qué eres… ni lo que Zephyr hizo contigo. Pero es importante que sepas quién es Zephyr. No es solo un monstruo… es una plaga. Y… el chico de Aetheria… está en buenas manos. Aria, que había estado conteniendo el aliento como en un vacío, sintió una sacudida brutal en su lógica fría e inquebrantable. ¿Ella? ¿Presente? No conservaba recuerdos nítidos de aquella noche, solo vacíos nebulosos que ahora pugnaban por coalescer en patrones incoherentes. ¿Y “el chico de Aetheria”? ¿Aludía a Jake? ¿Cómo podía Raven conocer el origen verdadero de Jake? Ella, nacida en la Tierra, solo portaba un rastro de sangre aetheriana, un secreto celosamente guardado que a veces la hacía sentirse escindida. La mención de su propia presencia en un evento tan traumático, la naturaleza de su “desvanecimiento”, y la revelación sobre Jake la sumergieron en una confusión profunda y en un nuevo abismo de misterio. Era como si una pieza crucial del rompecabezas de su existencia hubiera sido arrojada a sus pies, desprovista de contexto para encajarla. La voz de Raven, aunque desvaneciéndose cual eco en una caverna infinita, había sembrado una semilla de duda y urgencia en su mente. ¿Qué había perpetrado Zephyr con ella? ¿Y por qué Raven se lo revelaba ahora, en el umbral de su aniquilación?

Raven volvió a dirigir su mirada espectral hacia Sophia, su silueta cada vez más translúcida, la esencia misma de su ser drenándose cual arena entre dedos impotentes. Es el fin… La resonancia era débil, casi un suspiro evanescente, la postrera nota de una elegía melancólica. Sophia sintió la urgencia recorrer su cuerpo cual corriente eléctrica. Apretó con fuerza la mano de Raven, aferrándose al vestigio final de su existencia, percibiendo el vacío inminente, una amalgama de alivio por su liberación y una tristeza glacial por el destino de lo que fue y ya no sería. Podía sentir cómo la vida —o su simulacro— se extinguía bajo su contacto, cual vela consumiéndose hasta su última chispa.

Mas entonces, algo inesperado irrumpió en la sinfonía caótica de la muerte de Raven. Justo cuando su silueta estaba a punto de disiparse por completo, cuando su esencia se diluía en una neblina etérea, una penumbra oscura y compacta emergió violentamente de su cuerpo como una astilla primordial desgarrándose de la carne moribunda. No era la energía caótica que había escapado en espasmos descontrolados, ni el residuo del poder de Zephyr. Era una entidad autónoma, una sombra consciente con voluntad propia, horriblemente independiente, que se movía con fluidez antinatural, cual mancha de tinta viva expandiéndose y contrayéndose con intención malévola.

Antes de que nadie pudiera reaccionar —antes de que el cerebro de Jake procesara lo que sus ojos contemplaban, o que la lógica de Aria formulara una contramedida—, esa penumbra se abalanzó con velocidad vertiginosa hacia Aria. No fue un impulso ciego: parecía guiada por un objetivo preciso, encarnando un último acto de malevolencia desde las profundidades de Raven… o una necesidad desesperada de aferrarse a un nuevo huésped. Era cual mano forjada en sombra, extendiéndose para engullir a la astrofísica en su abismo insondable. El aire se tornó aún más glacial, absorbiendo el calor de sus cuerpos cual vacío voraz.

Aria, con los ojos abiertos de par en par por el impacto emocional de las revelaciones de Raven, percibió la intrusión no como amenaza física, sino como asalto a su esencia primordial. Un escalofrío de reconocimiento puro le recorrió la espina. Por instinto, y pese al agotamiento extremo que le pesaba como plomo, incrementó bruscamente el flujo de Energía Estelar a través de su Nano-Astral Suit. No fue un ataque deliberado, sino una descarga defensiva visceral, nacida de su linaje aetheriano. Un pulso casi imperceptible de luz carmesí vibró en su interior cual supernova contenida.

La tensión fue insoportable. Cada circuito de su traje zumbó al límite, amenazando con fundirse en sobrecarga. El efecto fue inmediato. La penumbra, ya a punto de alcanzarla, se retorció con un chillido mudo, un alarido que solo existía en el tejido desgarrado de la realidad. Era como si la energía pura de Aria la abrasara desde dentro, la repeliera, la desintegrara. Se desprendió violentamente y, con velocidad desconcertante, huyó hacia la noche, perdiéndose entre las sombras retorcidas de las ruinas de la Academia Altamira. Su fuga fue tan abrupta como su irrupción, dejando una estela helada y una nueva ola de incertidumbre que se cernió sobre ellos.

El ambiente, ya tenso por el dolor y las revelaciones, se volvió aún más denso y opresivo. La energía residual de Raven se extinguió abruptamente, dejando un vacío glacial donde antes titilaba su forma distorsionada. No quedaba cuerpo. Raven ya no existía. Su esencia había sido disuelta por completo por el Prisma CEES y la sombra que lo abandonó. Solo perduraba el silencio, un silencio espeso y cargado de cansancio, interrumpido únicamente por sus respiraciones entrecortadas y el gemido lejano de las ruinas cediendo bajo el peso inexorable de la devastación.

Sophia, con el Prisma CEES ahora una carga inerte y muerta en su mano, sintió la ausencia de Raven como un vacío palpable. El espacio que su cuerpo ocupara entre sus brazos era ahora una oquedad helada. Se dejó caer de rodillas, el agotamiento físico y emocional abatiéndola con brutalidad. Los circuitos de su traje se apagaron lentamente, sumiéndola en tinieblas. Cada célula clamaba en tormento. Su respiración era superficial y errática, sus pulmones abrasados cual si hubieran inhalado llamas etéreas. La manipulación de la distorsión, la intervención sobre la realidad misma, la habían vaciado hasta el límite absoluto. Una lágrima solitaria surcó su mejilla: una despedida muda a su amigo, a la memoria de quien fue Raven.

Jake, aún erguido junto a Sophia, temblaba incontrolablemente. La marca en su brazo, aunque ya no llameaba con la fiebre de Zephyr, pulsaba con una energía persistente, cual eco de la disonancia liberada. Su visión se nublaba. El dolor lo envolvía cual manto. Mas la opresión inmediata de Raven se había desvanecido. Y, sin embargo, lo que restaba no era paz, sino una amargura densa: la certeza de que habían conquistado una batalla, pero que una guerra vasta y primordial apenas despuntaba. Lo revelado por Raven… era solo la superficie de un abismo insondable.

Entonces, la voz distorsionada de Reiss irrumpió por el comunicador. Grave, solemne, desprovista de efusión emocional pero preñada de urgencia contenida: —Se ha logrado —anunció—. Raven ha desaparecido. Desintegrado por completo. La señal que lo unía a Zephyr… ya no existe. Esta es la disonancia anhelada. La ruptura definitiva del conducto. El Prisma CEES de Sophia, convergiendo con el Nexo Astral de Aria… fue la sinergia exacta.

Un silencio breve se impuso. Y luego, la voz de Reiss se agudizó: —Mas lo acaecido al final… esa penumbra… y la proyección postrera de Raven… exceden todas nuestras proyecciones. Un chasquido en la línea, y prosiguió: —La marca de Jake… es un fenómeno singular. Ha absorbido la resonancia íntegra del cierre de Raven. Poseo ya los datos. Todos los parámetros críticos. La lógica operativa de Zephyr, cómo subvirtió a Raven, cómo se anuda a su “red”. Confirma nuestras peores sospechas: no es una entidad aislada, sino una matriz parasitaria. Raven era solo un nodo. Un amplificador en su arquitectura.

Y entonces, su tono descendió un registro más grave: —Ahora lo comprendemos. El sistema. La estructura interna de Zephyr. Y las implicaciones de su designio… son más graves de lo que jamás osamos imaginar.

Un escalofrío recorrió a Jake al escuchar las palabras de Reiss. Haber sentido la agonía de Raven y la lógica despiadada de Zephyr no había sido mera experiencia dolorosa: fue una tortura que lo estigmatizaría eternamente. Pero si aquel tormento les había obsequiado la clave para abatir a Zephyr… tal vez había valido la pena. Aun así, un nudo amargo se le formó en el estómago al evocar las últimas palabras de su amigo. El verdadero Raven.

—La penumbra… —musitó Reiss, su voz bajando hasta un susurro cargado de consternación—. No formaba parte de Raven. Era un fragmento. Una semilla de Zephyr. Lo utilizó como anfitrión. E intentó vincularse contigo, Aria.

Un silencio denso y opresivo siguió a la revelación.

—La razón… es tu sangre Aetheriana. Tu compatibilidad con esa energía es precisamente lo que Zephyr anhela. Debes proceder con extrema cautela. Esa penumbra representa una amenaza de naturaleza incierta. Ignoramos cuán poderosa sea sin huésped… o si ya busca uno nuevo.

Aria apretó los puños hasta que los nudillos blanqueaban. La verdad descendió sobre ella cual trueno primordial. Su herencia Aetheriana —aquello que siempre había considerado su secreto más celoso, su escudo inviolable— ahora era también su flaqueza mayor. Una tentación. Un blanco designado. Mas el agotamiento no quebró su espíritu. Al contrario, forjó su mirada en acero templado. Ahora comprendía por qué Raven la había elegido para confiarle sus postreras palabras. Por qué le había advertido sobre Zephyr. Y sobre “el chico de Aetheria”. Todo comenzaba a encajar en un patrón aterrador.

La amenaza no era solo externa. Era personal, íntima. Y la oscuridad ya conocía su nombre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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