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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 41

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  4. Capítulo 41 - Capítulo 41: Amanecer: El Llanto de Lunavia
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Capítulo 41: Amanecer: El Llanto de Lunavia

Los héroes se miraron en el silencio que siguió a la disipación de Raven, un silencio tan denso que parecía absorber incluso el eco de sus respiraciones jadeantes. Sus rostros, despojados de todo color, eran lienzos pálidos surcados por el agotamiento que devoraba su carne desde dentro, y por un dolor más sutil, un vacío silencioso que había carcomido sus almas como un ácido lento e inexorable. No eran meras heridas las que portaban: eran grietas profundas, crueles, talladas por el horror implacable y esculpidas por la pérdida irreparable, fisuras que se extendían más allá de la piel, hacia lo más hondo de su ser. Cada músculo temblaba con un agotamiento que rayaba en la rendición; cada nervio ardía con el residuo de una batalla que aún reverberaba en sus venas. Sus cuerpos suplicaban el olvido del reposo, pero en sus ojos persistía una chispa débil, un deber que se negaba a extinguirse del todo.

Era una victoria, sí —una chispa táctica que habían logrado encender en la oscuridad absoluta—, pero teñida de una amargura profunda, la clase de amargura que solo nace cuando el precio ha sido desmesurado, cuando lo ganado palidece ante lo sacrificado. Habían quebrado un eslabón crucial en la cadena oscura que estrangulaba al mundo, habían ganado un tiempo precioso en la vasta extensión del conflicto. Pero lo perdido… era un vacío que ni el tiempo ni los milagros podrían restituir: la agonía de Raven, su camarada, su hermano en armas, transmutado en víctima de su propia cruzada redentora. Y peor aún, la amenaza que acechaba desde las sombras, oculta y paciente, más insidiosa que nunca, un presagio que se cernía como una niebla persistente.

El amanecer no trajo consuelo, solo una luz enferma y grisácea, casi rosada en sus bordes, que se filtraba con lentitud sobre las ruinas como un velo de luto, burlándose en silencio del desastre con su indiferencia cósmica. Y fue entonces, atravesando aquella calma rota y frágil, que la voz distorsionada de Reiss cruzó los comunicadores, rasgando el silencio cual cuchillo frío que penetra una herida aún abierta.

—Es hora —anunció, su tono grave y desprovisto de júbilo, cargado de una gravedad tan densa que parecía detener el aliento en sus gargantas—. La energía de contención alrededor de la Academia… el “Velo de la Llama Eterna” … se ha estabilizado. A duras penas, pero resistirá lo suficiente. Podemos desactivarlo. Lunavia y Solaria deben saberlo. La verdad ya no puede permanecer oculta.

No había rastro de esperanza en sus palabras, solo una resignación solemne, un reconocimiento de que el velo de ilusión había cumplido su propósito efímero y ahora debía caer, revelando la crudeza subyacente.

Jake cerró los ojos un instante, sintiendo cómo aquella frase —la verdad ya no puede ocultarse— se hundía en su pecho como una sentencia inevitable. Significaba exponer al mundo no solo la devastación, sino el horror primordial que la había engendrado, un dolor que hasta entonces habían cargado en solitario. Sophia, apoyada contra un pilar agrietado que gemía bajo su peso, alzó la vista con lentitud. Su mirada, antaño rebosante de vida y calidez, era ahora una máscara helada de resignación, un velo de fatiga que apenas contenía el torrente de emociones reprimidas. El Prisma CEES reposaba inerte en sus manos temblorosas, desprovisto de brillo, un artefacto que había cumplido su destino trágico.

—Reiss… ¿estás seguro? —murmuró ella, su voz un hilo frágil—. La gente… no está lista para esto.

—No hay elección, Sophia —respondió él, con una firmeza que cortaba como el filo de una espada antigua—. Las fluctuaciones energéticas son demasiado inestables. Mantener el velo pondría en peligro el tejido mismo entre mundos. No podemos arriesgarnos. Y además… deben saberlo. Necesitan comprender la magnitud de lo que enfrentamos.

Aria permaneció inmóvil por unos segundos, su mirada perdida en el horizonte que se clareaba con reticencia. Cerró los ojos, y las imágenes persistentes danzaron en la oscuridad de su mente: la penumbra huyendo cual espectro voraz, la conexión helada que aún erizaba su piel, la última mirada etérea de Raven… y el nombre de Lucian, un eco inquebrantable que resonaba en lo profundo de su ser.

—Que así sea —susurró finalmente, su voz lejana y despojada de emoción, como si hubiera dejado atrás toda calidez con la última lágrima derramada—. Que el sol revele la verdad.

Reiss impartió la orden final con una precisión contenida. Un pulso casi imperceptible recorrió la Academia Altamira, un estremecimiento sutil que hizo vibrar el aire residual. El campo de distorsión que la había aislado del mundo exterior comenzó a desvanecerse, no con brusquedad, sino con una lentitud luctuosa, como un lamento prolongado, un desgarro en cámara lenta que parecía exhalar el dolor acumulado. La energía se disipaba en ondas sucesivas, cual lágrimas de un velo que lloraba al ser arrancado, dejando expuesto el corazón lacerado del desastre.

Los primeros rayos del sol naciente, antes emblema de renacimiento y esperanza, no trajeron alivio alguno. Se deslizaron como una luz cruel y forense sobre las ruinas, implacable en su claridad, exponiendo la devastación en toda su magnitud sin piedad ni misericordia. El complejo de la Academia, que horas antes había sido un faro brillante de conocimiento y aspiración, se revelaba ahora como un esqueleto retorcido de metal y piedra, un monumento macabro a la brutalidad de la noche, un testimonio silencioso de la masacre que había consumido vidas y sueños por igual. Las torres de cristal yacían reducidas a astillas relucientes; las cúpulas de observación, esqueletos de hierro expuestos al viento; el césped impecable, ahora empapado en una oscuridad que trascendía la sangre, impregnado de la esencia misma de la Coreografía Negra.

A medida que el velo se levantaba por completo, el silencio introspectivo de la confrontación dio paso, con una transición inexorable, al cacofónico coro del horror colectivo: una sinfonía de desolación que arrancaba el alma de raíz. Las sirenas, primero un gemido distante y solitario, se multiplicaron en un lamento incesante y desgarrador, perforando el aire cual aullido mecánico que anunciaba la irrupción del mundo exterior. Ambulancias, camiones de bomberos y vehículos de rescate se precipitaron hacia el lugar desde Lunavia, sus luces intermitentes rojas y azules girando en un ballet frenético que proyectaba sombras fantasmales sobre los escombros, añadiendo una capa surrealista al paisaje de tragedia.

Lejos, en las afueras de la capital, los destellos de cámaras y drones de prensa comenzaron a brillar como ojos depredadores atraídos por la sangre fresca. Un enjambre de aparatos zumbaba en el horizonte, seguido de helicópteros que ascendían con furia, compitiendo por capturar la catástrofe que hasta entonces había permanecido velada. Las noticias ya irrumpían en las ondas, presentadores de rostros graves anunciando la impensable devastación.

Y entonces emergió el sonido más desgarrador de todos, no el estruendo de escombros ni el chirrido de metales retorcidos, sino el llanto inconsolable de las familias que habían velado toda la noche en una vigilia interminable, aferradas a una esperanza que ahora se desmoronaba. Los cordones de seguridad improvisados apenas contenían la marea de desesperación: padres, madres, hermanos y amigos se precipitaban hacia las ruinas con furia impotente, sus rostros distorsionados por la angustia primordial, clamando nombres entre el humo y el polvo en aullidos que rasgaban el alma. Una mujer, con el cabello despeinado y el rostro surcado de lágrimas, intentaba franquear la barrera gritando el nombre de Elara. Un hombre caía de rodillas, el pecho agitado por sollozos que le desgarraban la garganta, su mirada perdida en el caos. La esperanza residual se evaporaba en lágrimas amargas, un torrente incontrolable de dolor colectivo sobre la tierra devastada.

Algunos sobrevivientes, milagros preservados en rincones angostos y fortuitos —o aquellos que ni siquiera habían asistido aquella fatídica noche—, emergían tambaleantes de los confines del complejo, sus rostros cenicientos por el terror vivido, sus ojos vacíos como pozos de ausencia. Eran fantasmas errantes entre los vivos, testimonios mudos de la barbarie, portando la mirada de quien ha rozado el abismo y regresado cambiado para siempre.

Los héroes, agotados hasta la médula, con el alma lacerada por la magnitud de la tragedia que ahora se desplegaba ante el mundo, solo pudieron observar desde las sombras residuales de su refugio efímero. No había espacio para la celebración de un éxito póstumo; solo la cruda realidad del amanecer, la brutal exposición de un desastre que había salvado al mundo de una amenaza mayor, pero no de la devastación que había engendrado. El eco de la penumbra huyendo —una sombra persistente en la memoria— y las palabras finales de Raven —un susurro que aún flotaba entre ellos— resonarían como presagios de desafíos venideros. Pero por ahora, el mundo contemplaba solo la ruina superficial, mientras ellos guardaban la verdad más profunda, demasiado pesada para ser ignorada, demasiado dolorosa para ser olvidada.

El sol ascendía con lentitud inexorable, pero la oscuridad se había asentado profundamente en los corazones de Solaria, un manto que no se disiparía con la luz del día.

Y en aquel amanecer teñido de luto, cuando la tragedia cobraba rostro público y el caos humano irrumpía en las ruinas, ocurrió lo inevitable: no llegaron con estruendo ni fanfarria, sino que simplemente emergieron de las sombras residuales del velo disipado, materializándose con una fluidez antinatural en los límites del perímetro, cual espectros que decidieran adquirir solidez. Equipos de élite, envueltos en trajes sin insignias diseñados para fundirse con la penumbra, operativos silenciosos y quirúrgicos, la voluntad invisible de Solaria ejecutándose sin testigos innecesarios.

Se movieron con precisión escalofriante, ajenos al torbellino emocional que los rodeaba, guiados por un objetivo único y prioritario. Uno de ellos se plantó frente a Sophia, que aún se aferraba al Prisma CEES como a un talismán exhausto. Su voz fue una orden desprovista de alma: —Sujeto Alpha. Prioridad Uno. Vienes con nosotros. Ahora.

No hubo margen para protestas ni preguntas. Dos operativos la flanquearon con eficiencia mecánica, levantándola como si su voluntad ya no perteneciera al mundo visible. Jake sintió la presión férrea de una mano en su brazo, un agarre que no admitía resistencia. —Sujeto Beta. Prioridad Dos. No hay tiempo para diálogo.

Intentó resistirse por instinto, pero su cuerpo, traicionado por el agotamiento, apenas respondió. Mientras era conducido lejos, captó un grito desgarrado clamando el nombre de Elara, una punzada que le atravesó el estómago como un recordatorio cruel: la tragedia que ahora devoraba al mundo en público, ellos la habían vivido en secreto, en soledad absoluta.

Aria apenas tuvo tiempo de girarse cuando su captor la interceptó. —Sujeto Gamma. Prioridad Tres. Muévase. Rápido.

Reaccionó con un estallido reflejo de energía estelar, un chispazo final de autonomía. Fue neutralizado con precisión quirúrgica, como si sus poderes hubieran sido previstos y contrarrestados de antemano.

Mientras eran guiados hacia un vehículo blindado camuflado entre los restos de un edificio colapsado, la voz de Reiss Vauren resonó en sus comunicadores, ya no como la de un aliado cercano, sino con el tono distante de quien ha cruzado una línea irrevocable. —Extracción Alpha-3 en curso. El perímetro está bajo mi supervisión. La dispersión energética reveló la anomalía, pero el protocolo de fachada está activo. Repito: la seguridad de Solaria y la integridad del conocimiento estelar dependen de la inmediatez. Nadie debe verlos.

La compuerta del vehículo se cerró con un golpe sordo y definitivo. Afuera, el mundo se desgarraba en llanto y dolor colectivo. Adentro, solo quedaba la oscuridad operativa y el silencio de quienes enterraban verdades incómodas. Ya no eran héroes visibles. Eran variables sensibles, elementos a contener en la gran maquinaria de la nación.

Mientras la extracción se ejecutaba con eficiencia implacable, Reiss Vauren permanecía como el ojo sereno en el centro de comando subterráneo de Solaria, una extensión profunda de las redes neuronales de la nación. No era un político ni un militar convencional; era un joven que cargaba el peso de su linaje y el conocimiento estelar sobre hombros aún marcados por la juventud. Como Segundo al Mando del Consejo Académico de Altamira, su autoridad emanaba de siglos de sabiduría acumulada por su familia y las casas científicas aliadas. Su rostro, iluminado por la luz azulada y fría de las pantallas holográficas, era una máscara de concentración absoluta, pero detrás de aquella quietud, cada pensamiento era una fisura contenida, un eco de dudas reprimidas.

“Modelos de desviación de tráfico activados,” ordenó, sus dedos danzando sobre la interfaz translúcida con precisión quirúrgica. “Desplieguen los drones de distracción en el sector Oeste, cerca de los laboratorios centrales. Quiero un patrón de humo que simule colapso estructural continuo.”

Una alerta parpadeó. Un reporte del equipo de barrido interno. Reiss lo abrió con un gesto mínimo. —“Guardián Reiss,” informó la voz del operativo, tensa y contenida. “Hemos localizado al Profesor Aldrich… en lo que resta del Coliseo. No hay signos vitales. Deceso confirmado.”

Por un instante, el tiempo en el centro de comando pareció congelarse, el aire cargado de una ausencia repentina. Reiss parpadeó una vez. Cerró los ojos. Su expresión externa permaneció inalterada, pero en su interior, algo se quebró con un crujido silencioso. Aldrich. El Primero al Mando. Su maestro. Su figura paterna en el vasto océano del conocimiento. Había creído estar preparado para esta eventualidad, pero la realidad lo desmentía con crudeza.

—“Condición de los restos, operativo,” inquirió con voz neutra, casi mecánica, un escudo contra el torrente interno.

—“Múltiples traumas. Compatible con impacto de alta energía. Estaba en posición de combate. El suelo a su alrededor está fracturado. Luchó hasta el final. Fue el único del comité que enfrentó la amenaza directamente.”

Reiss sintió un frío glacial asentarse en su pecho, un vacío que se expandía. El viejo Aldrich, que siempre predicaba que morir por el conocimiento era noble, pero vivir para preservarlo era esencial. Y, aun así, había elegido la confrontación directa. ¿Por qué? La pregunta quedó suspendida, sin respuesta.

—“Protocolo de Sucesión de Altamira, nivel Delta-9, activado,” declaró, su voz elevándose con autoridad contenida. “Confirmación del deceso de todo el Comité Directivo. La autoridad operativa temporal recae en el Segundo al Mando. Aseguren todos los archivos de conocimiento. Contención de información crítica. Que la memoria de su sacrificio sea preservada.”

Mas el silencio detrás de sus ojos era ensordecedor, un vacío que clamaba por expresión. ¿Estaba realmente listo para este peso? Una parte de él gritaba, exigía duelo, rabia, preguntas sin respuesta. Otra parte, más antigua y férrea, la acalló. No había espacio para grietas. Solaria lo necesitaba intacto.

En otra pantalla, canales de inteligencia de alto nivel —Brasil, Japón, Suiza, Islandia, Noruega— parpadeaban con urgencia. —“Reiss,” intervino una voz japonesa, cortante como acero. “El nivel de devastación es alarmante. Detectamos un patrón energético inusual. ¿Cuál es el estatus del protocolo de encubrimiento?”

—“En fase de implementación, señor Kaito,” respondió sin titubeos. “La narrativa pública ya está siendo estabilizada. Un ataque externo. Tecnología experimental. Nada más.”

—“Necesitamos garantías,” replicó una mujer islandesa, su tono gélido. “Las grietas en su fachada comprometen a todos.”

—“Los algoritmos de disuasión estaban diseñados para amenazas conocidas,” explicó Reiss, su voz tan fría como el vacío interestelar. “Esto fue otra cosa. Pero sobrevivimos. Y ahora poseemos datos. Únicos. Valiosos. Solaria cumplirá. Siempre lo hace.”

Cuando la transmisión se cortó y el centro volvió a llenarse de murmullos y luces intermitentes, Reiss bajó la cabeza solo un segundo. Cerró los ojos, respiró hondo. Y en esa quietud fugaz, en la oscuridad detrás de sus párpados, vio el rostro de Aldrich por última vez, sonriéndole con aquella paciencia irrompible que siempre lo desarmaba.

“Lo siento, profesor,” murmuró, apenas audible. “No tengo tiempo para llorarte. Pero un día… lo haré.”

Y volvió a sus actividades. Porque el conocimiento debía perdurar, aunque él no pudiera permitirse sentir.

El silencio blanco del Centro Médico de Lunavia era una tortura sutil, no el silencio plácido de una noche estrellada, sino la ausencia ensordecedora de la vitalidad que una vez llenara los pasillos de la Academia. El zumbido apenas perceptible de las máquinas médicas se filtraba en la conciencia de Jake, cada pitido un eco distante de la tragedia que aún no se disipaba por completo. La habitación estéril exhalaba un olor químico a desinfectante que se adhería a la piel y a la memoria, un blanco clínico en las paredes que acentuaba el vacío interior.

Abrió los ojos con lentitud, los párpados pesados cual plomo, pestañeando para que la luz mortecina se filtrara a través de la niebla de su mente. El cuerpo se sentía adormecido, un entumecimiento nacido del agotamiento absoluto, como si hubiera flotado entre los restos de una batalla que se negaba a concluir. Los escombros de lo vivido se aferraban a él, invisibles pero tangibles, un peso que trascendía lo físico.

Una voz metálica surgió de una terminal cercana, rompiendo la quietud opresiva: —Paciente 07C ha recobrado la conciencia. Activando protocolo de estabilización neural…

Mas Jake no atendía verdaderamente. Su atención se desvió, dolorosamente, hacia su brazo derecho. La marca tribal persistía, un tatuaje grabado no con tinta, sino con el fuego del dolor y la pérdida. Era más oscura que antes, más viva, pulsando bajo su piel cual corazón quebrado que se negaba a detenerse.

Y entonces, todo lo asaltó: no como avalancha abrumadora, sino como una serie de impactos precisos, cada uno en un punto vulnerable de su alma. Raven cayendo, el brillo efímero de su existencia extinguido. Aldrich desvaneciéndose en un torbellino de ceniza, su sabiduría extinta. Zephyr, la traición primordial. La culpa enroscándose en sus entrañas cual serpiente fría. La impotencia, veneno amargo. Se llevó una mano al rostro, presionando los párpados, apretando los dientes hasta el dolor.

“¿Cómo llegamos a esto…?”, un lamento ahogado, no una pregunta en busca de respuesta.

—Jake. La voz suave lo sacó del abismo. Una enfermera lo observaba desde el umbral, rostro sereno, ojos compasivos. —El director Reiss Vauren solicita tu presencia. Tus compañeras también están allí.

Asintió en silencio. No había energía para palabras. Se levantó, el cuerpo protestando, pero algo mayor lo impulsaba: un deber que trascendía la miseria personal.

El centro médico era un laberinto oculto en los niveles inferiores del Instituto de Asuntos Internos, un bastión donde la luz del día nunca penetraba, donde se forjaban destinos lejos de miradas curiosas.

La sala de conferencias era imponente: amplia, fría, con cristal polarizado y pantallas flotantes exhibiendo datos arcanos. Reiss estaba de pie en el centro, más formal, su postura rígida, expresión contenida. Los eventos habían cincelado líneas de preocupación en su rostro, borrando su antigua ligereza. Aria lo saludó con un leve gesto; Sophia, con una media sonrisa cargada de apoyo silencioso.

Jake entró, ojos fijos en Reiss: escrutinio en busca de respuestas.

—Qué bien que estás de pie —murmuró Reiss, bajando la vista un segundo.

Jake se sentó en silencio.

Reiss respiró hondo. —Antes que nada… disculpas. Por no contarte todo. Por no advertirte. Los signos estaban, pero mi fe en un sistema obsoleto nos costó caro.

—No había cómo saberlo —respondió Jake, seco.

—No busco perdón —insistió Reiss—. Solo claridad. Fue una decisión equivocada de preservar inocencia. Fútil.

Jake lo miró. —Lo sé. Peleaste. Sangraste protegiendo a los más jóvenes. No lo olvido.

Silencio denso, lleno de fantasmas.

—Dicho eso… —continuó Reiss, refugiándose en lo formal—. Protocolo de reconstrucción activado. Tras la muerte de Aldrich y el consejo, Lunavia sugiere incorporar la Academia al Consejo de Ciencia Estratégica Nacional.

Jake entrecerró los ojos, alarma creciente. —Convertirla en satélite gubernamental. Despojarla de su esencia.

—Unidad académica científica —argumentó Reiss—. Recursos mayores, defensa avanzada.

Jake se incorporó, puños sobre la mesa. —Y uniformes, entrenamientos militares, exámenes de lealtad. Lista de admitidos por burócratas. Perder autonomía.

—No se trata de eso…

—Entonces ¿de qué? —interrumpió Jake—. ¿Soldados para una nación ignorada en mapas? ¿Marionetas del sistema que nos dejó solos?

Reiss se tensó. —Yo perdí amigos. Sangré contigo. No me des ese discurso.

Jake se remangó, revelando la marca pulsante. —Esto no es experimento. Es la cicatriz de sus gritos. No permitiré que la Academia sea herramienta de quienes nos ignoran.

Sophia se puso de pie. —Jake tiene razón. Hemos perdido demasiado para entregar lo que queda.

Aria siguió. —Debe renacer autónoma. Instituto que combine ciencia, artes, filosofía. Sin depender de consejos políticos.

Jake inspiró. —Levantaremos el Velo de nuevo. Faro para los despojados. Consejo formado por estudiantes y profesores. Nosotros decidiremos.

Reiss guardó silencio largo. Observó su determinación. Asintió, mandíbula apretada. —Entiendo. Pero los Comisionados no ceden fácil. Treinta días antes del cierre académico. Si no consolidan la nueva estructura… se aplica mi propuesta.

Jake no dudó. —Treinta días bastan.

Reiss alzó una ceja, sombra de picardía. —¿Tan seguro?

—No estoy seguro. Pero tengo un fuego que no controlan. De pérdida, injusticia, esperanza.

Reiss lo miró como a un igual. —Que arda. A su manera.

El protocolo de retención se levantó. La puerta de la libertad se abrió, pero la carga era más pesada. La cuenta regresiva había comenzado: treinta días para redefinir el futuro, transformar dolor en poder, cenizas en amanecer.

Reiss los vio salir, pasos firmes pese a heridas. Un alivio sutil, mezclado con esperanza. Miró las pantallas con la propuesta burocrática. Sonrisa amarga. Jake tomaba la decisión correcta. Su espíritu puro recordaba los cimientos de Solaria: autonomía, libertad comunitaria. Organizaciones al servicio de la sociedad, no para someterla. Él lo había olvidado en la desesperación. Pero Jake se lo recordaba.

Quizás este amanecer trajera algo más que supervivencia. Un renacer verdadero.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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