Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 42
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Capítulo 42: De Cenizas a Semillas
El sol de Lunavia se alzaba como un verdugo perezoso, filtrando sus rayos a través de las grietas en las cúpulas derrumbadas del campus de la Academia Altamira. El aire aún apestaba a metal quemado y a esa esencia indefinible de desastre —ozono mezclado con el hedor sutil de sueños incinerados. Jake sentía el polvo crujir bajo sus botas, cada paso un recordatorio crujiente de la noche que lo había cambiado todo. Su mente divagaba hacia visiones fugaces: Raven riendo en un entrenamiento antiguo, su figura disolviéndose en penumbra como un holograma fallido. Sacudió la cabeza, pero el eco persistía, un fantasma en los bordes de su visión periférica.
La marca tribal en su antebrazo derecho palpitaba con un calor que se extendía como raíces bajo la piel, no doloroso aún, pero insistente, como si absorbiera el peso del sol y lo transformara en algo personal. ¿Cuánto más puedo acumular antes de que reviente?, pensó, frotándose el brazo distraídamente. Era como si la marca tuviera su propio pulso, midiendo su estrés en oleadas silenciosas.
Aria caminaba a su lado, un paso atrás, midiendo la distancia como si fuera un campo minado. Su coleta alta se balanceaba con cada movimiento, y Jake notó cómo un mechón rebelde se pegaba a su cuello perlado de sudor. Ella olía vagamente a jabón de limón —un lujo raro en estos días de racionamiento— mezclado con el polvo omnipresente. Sus ojos, afilados como cristales estelares, hoy parecían nublados, pero aún captaban detalles que él pasaba por alto: un grafiti improvisado en una pared rota que decía “Estrellas o Cenizas: Elige”.
—No sé por dónde empezar —murmuró Jake, deteniéndose frente a la escalinata principal. El letrero colgaba torcido, las letras fundidas: ALTAM RA. Altam Ra. Suena como un mal chiste cósmico, pensó, y una risa amarga se le escapó antes de poder contenerla.
Aria se agachó para recoger un fragmento de cristal reluciente, pero tropezó ligeramente con un cable expuesto, enviando una nube de polvo al aire. Soltó un bufido frustrado, tosiendo mientras se enderezaba.
—Malditas ruinas. Si esto es el futuro, prefiero quedarme en la cama —dijo, sacudiéndose el polvo de los pantalones con más fuerza de la necesaria. Jake extendió una mano para ayudarla, pero ella ya se había estabilizado, y sus dedos se rozaron por accidente. Un momento torpe, cargado: ella se sonrojó levemente bajo la mugre, y él retiró la mano como si quemara.
—Empezamos por convocar —continuó ella, ignorando el rubor con una eficiencia que Jake admiraba en secreto—. Eso es todo. Los sobrevivientes están por Lunavia: refugios, casas prestadas, incluso algunos acampando en plazas. Si queremos que el consejo sea nuestro, llamémoslos. Aquí. Al campus. Aunque parezca el set de una película postapocalíptica barata.
Jake soltó una risa genuina esta vez, seca pero liberadora.
—Postapocalíptica barata. Sí, con presupuesto para efectos especiales de cartón. El ITNL ya nos puso el nombre: “Instituto Tecnológico Nacional de Lunavia”. Suena a lugar donde enseñan a reparar tostadoras en vez de dominar estrellas.
Aria sonrió, un destello rápido que iluminó su rostro cansado, haciendo que sus ojos parecieran menos opacos por un segundo.
—Oye, las tostadoras son útiles. Imagina: “Clase 101: Cómo no quemar el pan mientras evitas una invasión dimensional”. Podría ser un hit.
El chiste aterrizó como un bálsamo inesperado, aligerando el aire espeso entre ellos. Jake sintió el calor en su brazo retroceder un poco, como si la marca también necesitara un respiro. Pero la visión volvió: una imagen fugaz de Aldrich inclinándose sobre un diagrama estelar, su voz grave explicando equilibrios cósmicos. Se evaporó tan rápido como vino, dejando un vacío que picaba en el pecho.
—Está bien —dijo al fin, enderezándose—. Convocatoria abierta. Hoy al atardecer, en la plaza central del campus. La que aún tiene esa estatua torcida como sombra. Mensajes por canales internos, volantes en refugios. “Quien quiera decidir el futuro de lo que queda de la Academia, venga. Traigan ideas. Yo traigo el café imaginario”.
Aria asintió, pero vaciló, su mirada posándose en el brazo de Jake por un instante demasiado largo. Él se dio cuenta, y el calor subió de nuevo, sutil, como un susurro bajo la piel.
—¿Y si vienen los equivocados? —preguntó ella, voz baja—. Los que ya murmuran sobre “paz sostenible”, “contención”. Los que piensan que después de Raven… no hay espacio para riesgos.
Jake se encogió de hombros, sintiendo el tirón en sus músculos magullados, un recordatorio sensorial de la batalla reciente.
—Los escuchamos. Y si no convencen, los dejamos hablar hasta que se cansen. No vamos a empezar con exclusiones. Eso es lo que nos trajo aquí.
Se miraron, y esta vez el silencio se estiró, cargado de sensaciones no dichas: el sol quemando sus nucas, el polvo irritando sus gargantas, el pulso compartido de dos jóvenes lidiando con un mundo que se había vuelto demasiado real demasiado pronto. Aria apartó la vista primero, pero no antes de que Jake captara un destello de algo vulnerable en sus ojos —preocupación, quizás, o algo más que no se atrevía a nombrar.
—Voy a preparar los mensajes —dijo ella, rompiendo el hechizo—. Tú quédate y… practica tu discurso de líder carismático. O habla con los fantasmas. A ti te escuchan más.
Jake bufó.
—Los fantasmas me ignoran. Solo me miran con cara de “¿por qué no lo viste venir?”.
Ella rio suavemente, un sonido que cortó la tensión como una brisa fresca, y se alejó hacia el edificio administrativo derruido. Jake la vio partir, la coleta balanceándose, y una visión absurda cruzó su mente: ellos dos en un campus reconstruido, riendo sin el peso del mundo encima. Sacudió la cabeza. Sueños de idiota, pensó. Pero el calor en su brazo se calmó un poco, como si incluso la marca aprobara la ilusión momentánea.
Se sentó en el escalón roto y sacó el dispositivo de grabación de Reiss. Lo encendió.
—Día uno —dijo, voz ronca por el polvo—. Convocatoria al consejo del Instituto Tecnológico Nacional de Lunavia. O lo que diablos quede de la Academia Altamira. Si quieren decidir si esto es un faro o un cementerio… vengan al atardecer. Plaza central. Traigan esperanza. Yo traigo rabia. Y quizás un chiste malo para romper el hielo.
Apagó la grabación y miró el horizonte de Lunavia, donde el humo de reparaciones subía como señales de humo olvidadas. En algún lugar, ex-alumnos de las otras ciudades —Elyden, Solenith, Serelium— verían el mensaje filtrado. Algunos lo ignorarían. Otros empezarían a moverse.
La marca latió una vez más, paciente, acumulando.
El sol siguió subiendo, pero por un momento, el peso se sintió un poco más ligero.
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