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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 43

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  4. Capítulo 43 - Capítulo 43: Ecos en la Plaza
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Capítulo 43: Ecos en la Plaza

La plaza central del campus, con su estatua torcida de un astrónomo que parecía estar mirando hacia el cielo con resignación eterna, se había convertido en un hervidero improvisado. El sol del mediodía convertía el suelo agrietado en una plancha caliente; el aire olía a polvo caliente y a sudor adolescente mezclado con el leve aroma químico de los desinfectantes que aún usaban para limpiar las zonas seguras. Jake estaba subido a un banco volcado que hacía las veces de podio, sintiendo cómo el sudor le corría por la espalda bajo la chaqueta que se negaba a quitarse. Si me la quito, la marca se ve. Y si se ve, empiezan las preguntas que no quiero responder.

Alrededor de él, unos cuarenta jóvenes —la mayoría ex-estudiantes de la Academia, algunos con vendajes nuevos, otros con mochilas que parecían haber sobrevivido a una mudanza forzada— formaban un semicírculo irregular. El entusiasmo era contagioso: risas nerviosas, alguien que gritaba “¡Vamos a reconstruirlo mejor que antes!” y otro que respondía con un puño en alto y un “¡Estrellas, no faroles!”. Jake lo sentía en el pecho, una chispa que casi lo hacía creer que esto podía funcionar de verdad.

Casi.

Aria estaba a su derecha, brazos cruzados, escaneando la multitud con esa mirada suya que parecía diseccionar intenciones antes de que se pronunciaran. Cada vez que un chico o una chica se acercaba demasiado a Jake para hacerle una pregunta —el de pelo azul eléctrico que hablaba muy rápido, la chica con tatuajes estelares en los antebrazos que lo miraba con admiración evidente—, Aria se tensaba un milímetro. No eran celos descarados. Era algo más sutil: un leve apretón en los brazos cruzados, un parpadeo más lento, el modo en que su mandíbula se contraía apenas. Jake lo notaba, pero lo archivaba bajo “estrés colectivo”. Todos estamos rotos. No hay espacio para dramas adolescentes de manual.

—…y si el consejo se elige por votación abierta, ¿quién garantiza que no se cuele gente del comité del Instituto Tecnológico Nacional de Lunavia disfrazada de estudiantes? —preguntó el chico de la cicatriz fresca en la mejilla.

Jake abrió la boca, pero Aria se adelantó con esa calma afilada que siempre lo impresionaba.

—Nadie lo garantiza al cien por cien. Por eso propongo registro biométrico con el viejo sistema de identificación estelar que aún corre en los servidores de emergencia. Si no tienes huella energética residual de la Academia pre-tragedia, no votas. Simple y limpio.

El chico asintió, claramente impresionado. Jake la miró de reojo y sintió una punzada de orgullo que se mezclaba con algo más cálido, algo que no quería etiquetar todavía. La marca en su brazo respondió con un latido sordo, un calor que se extendía despacio bajo la piel como tinta tibia, acumulándose sin hacer ruido.

Entonces Sophia apareció desde el borde de la plaza, cargando una caja de cartón llena de volantes impresos en la impresora de emergencia que Reiss había “prestado” antes de desaparecer. Llevaba el cabello suelto y desordenado, ojeras marcadas, y una expresión que intentaba ser neutral, pero fallaba estrepitosamente.

—Aquí están —dijo, dejando la caja en el suelo con un golpe seco—. “Elecciones al consejo del ITNL: tu voz decide si seguimos siendo estrellas o nos convertimos en faroles apagados”. Poético, ¿verdad?

Jake sonrió, pero notó cómo Sophia evitaba el contacto visual prolongado.

—¿Todo bien? —preguntó en voz baja.

Ella se encogió de hombros, forzando una media sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Más o menos. Mis padres me llamaron anoche. Dicen que… es mejor que me vaya un tiempo. Con unos familiares en otro país de Europa. Suecia, creo. O Noruega. Uno de esos lugares fríos donde nadie espera que controles energía estelar en la escuela.

Aria se tensó visiblemente, los brazos cruzados con más fuerza.

—¿Irte? —repitió, voz baja pero controlada—. ¿Cuándo?

—No lo sé exactamente. Pronto. En unas semanas, quizás antes. —Sophia se pasó una mano por la cara, como si quisiera borrar la expresión—. No es que me esté rindiendo. Es solo que… después de todo esto, de ver lo que la energía estelar puede hacer cuando se sale de control… estoy un poco conmocionada. Conmigo misma incluida. Cada vez que siento el pulso en mis venas, me acuerdo de Raven. De Aldrich. De cómo todo se torció tan rápido.

Jake sintió el calor en su brazo subir un grado más, un ardor sutil que se ramificaba hacia el codo, como si la marca estuviera tomando nota de la grieta que se abría en el grupo.

—No te culpo —dijo él, sincero—. Si yo pudiera apagarlo todo por un rato, quizás lo haría también.

Sophia soltó una risa breve, casi amarga.

—Claro que no lo harías. Tú eres el que se queda a pelear. Por eso confío en que ustedes dos mantengan esto en pie. —Miró alternadamente a Jake y a Aria—. Solo… no se maten entre ustedes discutiendo detalles. Y no dejen que el ITNL les robe el consejo antes de que nazca.

Aria asintió, pero su expresión era una máscara de contención. Jake quiso decir algo más reconfortante, pero las palabras se le atoraron. En cambio, extendió la mano y le dio un apretón breve en el hombro a Sophia.

—No te vayas sin despedirte bien.

—No lo haré —prometió ella, y por un segundo sus ojos brillaron con algo que podría haber sido lágrimas contenidas.

Se alejó hacia el grupo de voluntarios que repartían volantes, dejando un silencio pesado que el bullicio de la plaza no lograba llenar del todo.

Aria se acercó un paso a Jake, lo suficiente para que él sintiera el calor de su cuerpo contra el suyo en medio del aire abrasador.

—No va a ser lo mismo sin ella —murmuró.

—No —convino él—. Pero seguiremos.

Ella lo miró directamente entonces, y por un instante el ruido de la plaza se desvaneció. Los ojos de Jake tenían ese gris tormentoso que ella siempre había pensado que parecía un cielo a punto de romperse en lluvia. Aria tragó saliva, visiblemente nerviosa, y apartó la mirada hacia la multitud.

—Tenemos que hablar del proceso electoral —dijo, cambiando de tema con una torpeza que resultaba casi entrañable—. Si queremos que sea justo, hay que definir el padrón ya. ¿Solo ex-estudiantes con registro previo a la tragedia, o también los que entraron este ciclo y sobrevivieron por milagro?

Jake asintió, agradecido por el regreso a terreno práctico.

—Solo los que estaban inscritos antes. No queremos infiltrados del ITNL de última hora. Pero hagamos una asamblea abierta para discutir excepciones. Que se vea que no estamos cerrando puertas.

Aria sonrió, breve y genuina.

—Siempre tan inclusivo. Hasta que te convenzan de algo estúpido.

Él rio por lo bajo.

—Oye, que soy terco, no idiota.

Ella se mordió el labio, conteniendo otra risa, y por un segundo sus hombros se rozaron. Ninguno se apartó de inmediato. El calor en el brazo de Jake subió otro peldaño, un ardor sutil que se extendía, paciente, acumulando.

En ese momento, un chico del grupo gritó desde el fondo:

—¡Jake! ¡Alguien dice que Zephyr no está muerto! ¡Que lo vieron en las sombras de la red estelar anoche!

La plaza se calló un segundo. Luego estallaron murmullos, algunos nerviosos, otros escépticos.

Jake alzó la mano para calmarlos.

—Rumores —dijo en voz alta, firme—. Zephyr es un fantasma conveniente ahora. Un cuento para asustar a los que dudan. Centrémonos en lo real: el consejo, las elecciones, reconstruir esto antes de que el ITNL nos lo quite del todo.

Los murmullos bajaron, pero no desaparecieron del todo. Aria se acercó un poco más, su voz solo para él.

—¿Crees que es solo rumor?

Jake la miró, serio.

—No lo sé. Pero si Zephyr sigue ahí fuera… entonces esto es más importante que nunca.

Ella asintió, y por un instante sus dedos rozaron los de él al ajustar un volante en la caja. Ninguno lo comentó. El calor en su brazo latió una vez más, lento, insistente.

La plaza volvió a llenarse de voces, planes, risas nerviosas y discusiones acaloradas.

Pero en el fondo, Jake sabía que el mito de Zephyr no era solo un rumor. Era una sombra que esperaba su momento.

Y la marca lo sentía también.

El auditorio B-7 era un desastre funcional: techo cubierto con lonas azules que goteaban cuando llovía, sillas de distintos edificios alineadas sin orden y una pizarra digital que solo encendía si le dabas tres golpes secos en la esquina inferior derecha. El olor a yeso húmedo y electricidad residual llenaba el aire. Afuera, Lunavia seguía reconstruyéndose: martillazos constantes, voces discutiendo en las plazas, gente que limpiaba escombros con esperanza y otros que miraban con resentimiento las banderas del ITNL que ya colgaban en algunos edificios públicos.

Veintidós personas habían llegado al foro. Jake estaba junto a la pizarra, pero no llevaba el marcador mucho rato.

—Registro —dijo, señalando la primera línea del esquema—. Solo quienes tenían registro activo en la Academia antes de la tragedia. Nada más. Es la forma más limpia de evitar que el ITNL meta gente de última hora.

Una chica de cabello corto levantó la mano.

—¿Y los que entraron este ciclo pero sobrevivieron? ¿Los dejamos fuera?

Antes de que Jake respondiera, Aria se levantó. Su voz cortó el aire con claridad:

—No los dejamos fuera. Pero tampoco les damos voto automático. Abrimos un foro de excepciones controlado: cada caso se presenta aquí, con pruebas de que estaban matriculados y asistían. Así mantenemos el control y la transparencia. Si el ITNL quiere intervenir, que lo intente públicamente. Que quede claro quién está saboteando la autonomía.

Varios asintieron con energía. Jake la miró. Aria no solo apoyaba; estaba liderando el argumento, firme, sin titubeos. Él sintió una oleada de alivio al ver que no estaba solo en esto.

La discusión se encendió. Alguien propuso voto secreto, otro quería voto abierto para “presionar a los indecisos”. Aria moderó el debate con precisión, cortando cuando se repetían y sintetizando puntos. Jake intervino menos de lo esperado. Verla en ese rol le daba espacio para respirar.

Durante un receso breve, cuando la mayoría salió a tomar agua, Aria se acercó a la pizarra y borró una línea que estaba mal escrita.

—No es solo el registro —dijo en voz baja—. Es que cada vez que hablamos de autonomía, siento que estamos peleando contra una corriente que ya nos está arrastrando. A veces me pregunto si todo esto vale la pena. Si al final no vamos a terminar siendo solo una escuela más del gobierno, con uniforme y reglas.

Jake se apoyó en la mesa rota.

—Yo también lo pienso. Pero luego recuerdo que si no lo intentamos, dejamos que ellos escriban la historia. Y no quiero eso.

Aria lo miró un segundo más largo de lo habitual, como si estuviera a punto de decir algo más profundo. Sus dedos se tensaron alrededor del borrador.

—Hay cosas que quiero decir… pero siento que si las digo ahora, todo se vuelve más complicado. Y ya tenemos suficiente complicación.

Jake asintió lentamente. No presionó. El silencio entre ellos fue pesado, pero honesto.

La marca en su antebrazo hormigueó con más fuerza durante el resto del foro, especialmente cuando simularon un debate sobre posibles objeciones del ITNL. El cosquilleo se extendía como una corriente leve bajo la piel, un recordatorio constante de que la presión no paraba de acumularse.

Más tarde, cuando el grupo se dispersaba, Jake pasó cerca del refugio temporal donde se alojaban algunos estudiantes. Desde la puerta entreabierta vio a Sophia.

Estaba sola, sentada en el suelo con una mochila abierta. Metía ropa doblada con movimientos lentos y metódicos, como si cada prenda pesara más de lo normal. En su mano derecha sostenía un pequeño cristal estelar que había usado en sus prácticas —ahora opaco, sin brillo—. Lo miró largo rato, con una expresión de tristeza profunda, casi miedo. Luego lo guardó en el fondo de la mochila, como si quisiera enterrar esa parte de sí misma.

No los vio. Jake se alejó en silencio, con un nudo en la garganta.

Al atardecer, cuando Aria y Jake salían del edificio, un chico llegó corriendo desde la plaza principal, jadeando.

—¡Jake! ¡Aria! Acaban de filtrar un comunicado oficial del comité del ITNL. Lo están pasando por todos los canales internos.

Jake sintió la marca arder con fuerza.

—¿Qué dice?

El chico tragó saliva, pálido.

—Que cualquier consejo estudiantil que se elija… deberá firmar obligatoriamente el “Pacto de Contención Estelar”. Prohíbe todas las prácticas bélicas, hostiles o combatientes de energía estelar… incluso en entrenamiento o deporte. Dicen que es “prioridad absoluta de paz nacional”. Y que quien no firme, no podrá formar parte del consejo.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Aria miró a Jake, los ojos muy abiertos.

—Están matando el consejo antes de que nazca.

Y en ese momento, la marca latió tan fuerte que Jake tuvo que apretar el puño para no gritar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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