Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 46
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Capítulo 46: Grietas en el Faro
El auditorio principal del campus —el espacio más grande que quedaba en pie— se había convertido en el foro improvisado más concurrido hasta ahora. El techo abierto en varios puntos dejaba entrar el cielo gris de Lunavia; lonas tensadas a medias protegían solo una parte del área. Las gradas derrumbadas servían de asientos naturales; los que no cabían se quedaban de pie en pasillos rotos o se sentaban en bloques de hormigón rescatados. Más de sesenta personas habían llegado esta vez: ex-estudiantes, profesores sobrevivientes, algunos padres que aún rondaban buscando respuestas. El aire olía a cemento húmedo y a café quemado de un termo compartido.
Jake estaba en el centro de lo que quedaba del escenario, sin podio, solo con un micrófono de mano rescatado de los escombros. Hablaba con voz clara, pero cada palabra le costaba más.
—Hoy no decidimos el consejo. Hoy decidimos cómo se decide. Registro abierto para excepciones, foro público para cada caso. Nadie entra por la puerta trasera. Pero tampoco cerramos la puerta a quien demuestre que estuvo aquí antes de la noche del ataque.
Un murmullo recorrió el grupo. En la tercera fila, un chico de cabello rapado y chaqueta militar improvisada levantó la mano.
—Suena bonito, Jake. Pero el ITNL ya filtró que cualquier consejo sin el Pacto de Contención no será reconocido. ¿Vamos a votar para que luego nos digan que no vale?
La pregunta cayó pesada. Jake sintió la marca latir con más fuerza, un calor que se expandía bajo la piel del antebrazo, como si las venas se calentaran desde dentro. Presión que crecía con cada desacuerdo.
Antes de que pudiera responder, Aria se levantó desde su sitio en la primera grada. No pidió el micrófono; simplemente habló alto y directo.
—El Pacto no es ley todavía. Es una amenaza. Si lo firmamos antes de existir, nos rendimos. Si resistimos y ellos lo imponen después, al menos habremos dejado claro que el consejo nació libre. La gente recordará quién quiso controlarlo y quién quiso protegerlo. Punto.
Su tono era seco, sin adornos. No motivaba con frases bonitas; exponía hechos. Varios asintieron. El chico de la chaqueta militar se cruzó de brazos, pero no replicó de inmediato. Aria no se sentó; se quedó de pie, mirando al grupo con esa calma cortante que no dejaba espacio para rodeos.
Jake la observó un segundo. Sintió gratitud, pero también algo más sutil: la forma en que otros jóvenes la miraban —con respeto, con admiración, con algo que rozaba el interés—. Un par de chicos en la fila de atrás intercambiaron comentarios bajos y risas contenidas al verla hablar. Aria no pareció notarlo, pero Jake sí. Y la marca respondió con un latido más intenso, expandiéndose un poco más hacia el codo, como si absorbiera no solo su estrés, sino también esa punzada inesperada. Solo estrés. Solo eso.
El foro siguió. Discusiones sobre cómo documentar excepciones, cómo evitar que el ITNL interceptara el padrón, cómo hacer que el voto fuera anónimo pero verificable. Cada vez que la tensión subía —un grito de desacuerdo, una interrupción sarcástica de un moderado que repetía “paz sostenible es lo único viable”—, la marca de Jake latía con más fuerza, el calor expandiéndose bajo la piel como raíces calientes que buscaban salida.
Cuando el grupo empezó a dispersarse al caer la noche, Jake y Aria se quedaron atrás recogiendo cables y micrófonos. En una zona segura del pasillo lateral —un rincón con una pared intacta y una bombilla de emergencia que aún funcionaba—, Aria se detuvo de golpe.
—Están empezando a dudar. No solo de ti. De todo esto —dijo, voz baja pero cortante—. Y tú sigues hablando como si con discursos bonitos se arreglara todo.
Jake dejó el micrófono en una caja rota.
—Lo sé. Pero si cedemos ahora, perdemos antes de votar.
Aria lo miró fijamente, y por primera vez en el día dejó salir la irritación que había estado conteniendo.
—¿Y si no cedemos, qué? ¿Nos convertimos en los rebeldes que el ITNL necesita para justificar el control total? Porque eso es exactamente lo que estás haciendo: darles munición. Sigues insistiendo en “autonomía total” como si fuera un mantra, pero no estás viendo que la gente está cansada. Están asustados. Y tú sigues empujando como si no hubiera consecuencias.
Jake se tensó.
—No estoy empujando. Estoy intentando que no nos traguen antes de empezar.
Aria soltó un bufido corto, sin humor.
—Claro. Y mientras tanto, cada vez que alguien levanta la mano para decir “quizás paz sostenible no sea tan mala idea”, tú te pones a la defensiva. No estás convenciendo; estás agotando. Y yo estoy harta de verte hacer lo mismo una y otra vez.
El silencio que siguió fue pesado. Jake sintió la marca pulsar de nuevo, un calor que se ramificaba hacia la muñeca.
Aria respiró hondo, como si se obligara a bajar el tono.
—No estoy diciendo que te rindas. Pero si sigues así, vas a terminar solo. Y no porque la gente no te siga, sino porque nadie aguanta que le digas “o todo o nada” cuando están tratando de sobrevivir.
Sus ojos se encontraron. Por un segundo, el ruido lejano de Lunavia —sirenas, martillazos, voces— se desvaneció. Aria tragó saliva, y esta vez no intentó suavizarlo con un toque o una frase amable. Solo lo miró, directa.
—No te quemes por dentro, Jake. Porque si lo haces, no vas a servir de nada. Ni a ti, ni a nadie.
Extendió la mano y le tocó brevemente el brazo —justo donde empezaba la marca, aunque no lo sabía—. No fue un gesto de consuelo suave; fue un recordatorio firme. Luego se dio la vuelta y siguió recogiendo cables, sin esperar respuesta.
En ese momento, Sophia apareció al final del pasillo, con una carpeta bajo el brazo. Parecía agotada, pero decidida.
—Oigan. Ya tengo los documentos listos para mi salida. Visado temporal, pasaje… todo. —Hizo una pausa, mirando entre ellos—. Si necesitan ayuda con el padrón antes de que me vaya, estoy aquí. Pero… creo que es hora.
Jake sintió un nudo en el estómago. La marca latió una vez más, fuerte.
—No te vayas sin que hablemos bien —dijo.
Sophia sonrió débilmente.
—No me iré sin despedirme. Prometido.
Se alejó, dejando el pasillo en silencio.
Aria miró a Jake una última vez, sin suavizar la expresión.
—Está asustada de su propia energía. Como muchos. Incluyéndote a ti.
Jake no respondió. En cambio, miró hacia la pared del pasillo: alguien había grabado con spray fresco, en letras irregulares:
“Zephyr: un fantasma en la red. ¿Y si ya está dentro?”
El calor en la marca se expandió un poco más, como si respondiera al mensaje.
Y en el fondo de su mente, Jake oyó un susurro que no era suyo.
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