Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 47
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Capítulo 47: Paz Forzada
El comunicado oficial del ITNL llegó como un golpe seco en los canales internos de Lunavia esa mañana. No era un rumor más; era un documento firmado, con membrete oficial y sello digital del comité:
“En aras de la paz sostenible y la integridad del Instituto Tecnológico Nacional de Lunavia, se establece como principio rector la contención absoluta de toda práctica estelar de naturaleza bélica, hostil o combatiente. Esto incluye entrenamientos, simulacros, competiciones deportivas o cualquier manifestación que implique uso agresivo o confrontacional de la energía estelar. El consejo estudiantil, una vez elegido, deberá adherirse obligatoriamente al Pacto de Contención Estelar para ser reconocido y operar dentro del Instituto. La seguridad de Lunavia y la preservación del conocimiento estelar así lo exigen.”
Jake no se quedó en el campus. Tomó el sendero viejo que subía por las colinas al norte de Lunavia, el que pocos conocían porque estaba medio oculto por maleza y rocas. El camino lo llevó hasta la casa del Maestro Hiroshi: una estructura simple de piedra y madera encajada en la ladera de la montaña, con techo inclinado para que la lluvia corriera y un porche que daba al valle. No había letrero, no había puerta con nombre. Solo una campana de viento hecha de fragmentos de cristal estelar que tintineaba suavemente con la brisa.
Hiroshi estaba en el porche, sentado en una silla de madera tallada, mirando el horizonte donde Lunavia se extendía como una herida luminosa. No se sorprendió al ver a Jake subir los escalones. Simplemente señaló el banco vacío a su lado.
—Tu frecuencia llegó antes que tú —dijo sin preámbulos—. Está hecha mierda. Demasiado ruido.
Jake se sentó. El aire aquí arriba era más limpio, pero el peso en su pecho no disminuía.
—No vine por una clase.
El viejo sabio tomó una esfera de cristal estelar rota que tenía en el regazo. La giró una vez, como buscando un ángulo perdido.
—No es clase. Es diagnóstico. Esta esfera era un nodo de contención que usaba cuando eras niño y tu energía aetheriana amenazaba con romperte cada vez que intentabas canalizarla. Ahora es basura. Igual que el pacto que te quieren meter.
Jake miró la esfera. Recordó las tardes aquí arriba: él con diez, once, doce años, sudando, temblando, mientras Hiroshi lo guiaba para que el torrente no lo consumiera.
—El ITNL no quiere destruirte —continuó Hiroshi—. Quiere domesticarte. Y lo peor es que lo harán usando tu propia fuerza. Cada vez que gritas “autonomía”, ellos responden “caos”. Cada vez que empujas, ellos aprietan la cadena. Y la cadena… —levantó la mirada directamente a los ojos de Jake— …es esa marca que llevas.
El calor subió de golpe. La marca ardía ahora con una intensidad que le hacía jadear. No era ira; era espejo. Le mostraba exactamente lo que Hiroshi decía: miedo, duda, rabia acumulada, todo canalizado hacia un conducto que nunca había sido diseñado para tanta presión.
Hiroshi lo miró sin piedad.
—Cuando eras niño, tu energía aetheriana era un torrente. Te enseñé a mantener el centro porque si no lo hacías, te consumía. Ahora eres mayor, pero el torrente es el mismo. Solo que ahora lo alimentas con algo peor: orgullo herido. Si sigues así, llegará el momento en que la marca no responda a ti. Responderá por ti. Y cuando se abra… no serás tú quien salga.
Jake apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.
—¿Y qué hago? ¿Me rindo?
Hiroshi dejó la esfera en el banco con un golpe seco que resonó en el silencio de la montaña.
—Encuentra el centro. No el centro de la pelea. El centro de ti. Porque si no lo haces, cuando el pacto te obligue a elegir entre firmar o romperte… elegirás romperte. Y arrastrarás a todos los que te siguen al abismo contigo.
Hiroshi se levantó, pasó junto a él y se detuvo en la puerta de la casa.
—Recuerda las palabras que te dijo Jeremy el primer día de clases en Altamira. No las repitas como consuelo. Escúchalas como si aún estuvieran frescas.
Y entró, dejando la puerta entreabierta.
Jake se quedó solo en el porche, con la esfera rota y el eco que Hiroshi acababa de invocar.
Mantén el centro, Jake —dijo Jeremy con esa gravedad suave que siempre calmaba todo—. La academia es solo otro ecosistema. No dejes que el ruido de los demás interfiera con tu propia frecuencia.
La voz resonó en su cabeza con una claridad que dolía físicamente. Jake cerró los ojos y vio la escena como si estuviera ocurriendo ahora: Jake nervioso por la energía aetheriana que empezaba a manifestarse con más fuerza en público, Jeremy poniéndole una mano firme en el hombro y diciendo exactamente eso.
Mantén el centro, Jake. La academia es solo otro ecosistema. No dejes que el ruido de los demás interfiera con tu propia frecuencia.
Y luego, con una sonrisa que Jake nunca había olvidado, añadió:
—Porque cuando pierdas tu frecuencia, hijo… el universo te encontrará. Y no será amable. Te romperá hasta que aprendas a ser el que rompe.
Jake abrió los ojos. La marca ardía ahora con una intensidad que le hacía jadear. No era castigo. Era verdad. El calor no lo quemaba; lo reflejaba. Le mostraba el torrente aetheriano que Hiroshi había ayudado a domar de niño… y que ahora, de adulto, amenazaba con ahogarlo de nuevo, justo cuando el primer día de Altamira parecía un recuerdo lejano de inocencia perdida.
Bajó la montaña en silencio. Cuando llegó a la plaza principal de Lunavia, Aria estaba allí, de pie junto a uno de los memoriales, mirando las velas. No lo vio llegar. Jake se detuvo a unos metros, sintiendo el roce accidental de sus dedos de antes todavía en la piel.
No dijo nada. Solo se acercó y se paró a su lado.
Aria lo miró de reojo.
—¿Ya pensaste? —preguntó, directa, sin suavizar.
Jake tardó en responder.
—Estoy empezando.
Ella bufó, pero no había desprecio. Solo cansancio compartido.
—Pues empieza más rápido. Porque Sophia se va en tres días. Y si no encontramos una forma de pelear sin rompernos, no quedará nadie para votar.
Sus manos estaban cerca, apoyadas en la misma baranda rota. Los dedos se rozaron de nuevo —accidental, mínimo—, pero esta vez ninguno se apartó. El calor de la marca latió al ritmo del pulso compartido entre ellos.
En el fondo de la plaza, alguien había añadido un nuevo mural: una figura oscura devorando una estrella, con letras irregulares debajo:
“Zephyr: el devorador de luz.”
Y por primera vez, la marca no solo latió.
Respondió.
Un susurro interno, claro, frío, imposible de ignorar:
Ya viene.
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