Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 48
- Inicio
- Todas las novelas
- Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas
- Capítulo 48 - Capítulo 48: Voces Dispersas
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 48: Voces Dispersas
El refugio temporal del campus se había convertido en una especie de centro de operaciones improvisado: mesas hechas con puertas arrancadas, pantallas recicladas que parpadeaban con mensajes entrantes, y un mapa físico clavado en la pared con chinchetas marcando las ciudades de Solaria. Lunavia era el centro rojo; Elyden, Solenith y Serelium tenían puntos verdes y amarillos que se multiplicaban cada hora.
Jake estaba sentado frente a una de las pantallas, leyendo en silencio. Los mensajes llegaban en oleadas: textos cortos, audios entrecortados, incluso videos de treinta segundos grabados con dispositivos viejos. Ex-alumnos que se habían dispersado después del ataque. Algunos habían huido a Elyden buscando familia; otros se habían refugiado en Solenith con amigos; unos pocos habían llegado hasta Serelium y se habían quedado allí, trabajando en lo que podían.
“Desde Elyden: si el consejo nace sin el Pacto, cuenten conmigo. No quiero que nos conviertan en soldados de nadie.” “En Solenith estamos reconstruyendo un nodo de práctica básico. Si necesitan apoyo logístico, avisen. Pero no firmen esa mierda.” “Serelium manda saludos. Aquí la gente dice que el ITNL ya ganó. Yo digo que mientras haya uno que no firme, no han ganado nada.”
Jake leyó el último en voz alta, sin emoción aparente. La marca en su brazo dio un escalofrío repentino —no calor esta vez, sino un frío que le recorrió la espalda como si alguien hubiera dejado una ventana abierta en su médula. Crisis interna. No era Zephyr. Era él mismo: el torrente aetheriano que empezaba a agitarse sin permiso, respondiendo al peso acumulado de voces que no podía ignorar.
Aria entró en ese momento, con una tableta en la mano y el rostro tenso. Se dejó caer en la silla frente a él sin saludar.
—Más mensajes —dijo, deslizando la tableta hacia él—. La mayoría apoyan, pero hay un grupo que ya está hablando de “negociar con el ITNL”. Dicen que el Pacto no es tan malo si nos deja reconstruir. Cobardes.
Jake la miró.
—No son cobardes. Están cansados.
Aria soltó un bufido corto.
—Cansados no es excusa para rendirse. Si cedemos ahora, no habrá nada que reconstruir que valga la pena.
Silencio. Jake sintió otro escalofrío en la marca, más profundo. La conversación derivó, como siempre, a terreno personal sin que ninguno lo planeara.
—¿Y tú? —preguntó él, voz baja—. ¿Qué harías si el consejo nace con el Pacto?
Aria lo miró fijamente, sin parpadear.
—Renunciaría. No me quedaría en un lugar donde me obligan a fingir que mi energía es peligrosa por default. ¿Y tú?
Jake tardó en responder.
—No lo sé. Parte de mí quiere quemarlo todo. Otra parte… solo quiere que deje de doler.
Aria se inclinó hacia adelante, codos en la mesa.
—Duele porque estás intentando cargar solo. Siempre haces lo mismo. Te pones la capa de héroe y esperas que los demás te sigan sin preguntar. Pero no todos somos tú, Jake. Algunos solo queremos sobrevivir sin sentir que traicionamos lo que éramos.
Jake sintió el escalofrío subir por el cuello. La marca no ardía; temblaba. Como si el torrente aetheriano dentro de él estuviera probando límites, recordándole que no era invencible.
—No estoy cargando solo —dijo, aunque sabía que sonaba falso.
Aria levantó una ceja.
—¿Ah, no? Entonces ¿por qué no has dormido más de tres horas seguidas desde hace una semana? ¿Por qué cada vez que alguien duda, sientes que es personal? ¿Por qué sigues hablando como si el futuro del consejo dependiera solo de ti?
Jake abrió la boca, pero no salió nada. Aria no esperó respuesta.
—Mira, no te estoy atacando. Solo te estoy diciendo la verdad. Porque si sigues así, vas a romperte. Y cuando te rompas, no va a ser bonito. Ni para ti, ni para nadie.
El silencio se estiró. Jake miró la pantalla, los mensajes que seguían llegando. Voces dispersas. Apoyos, dudas, miedo.
Aria se levantó, pero no se fue de inmediato.
—Voy a ayudar a Sophia con las tareas de reconstrucción. Está en el ala este, limpiando escombros para hacer espacio para el padrón físico. Si quieres hablar sin que parezca una pelea… búscame allí.
Se fue.
Jake se quedó solo un momento. Luego se levantó y caminó hacia el ala este.
Sophia estaba allí, con guantes gruesos y una mascarilla, moviendo bloques de hormigón con otros voluntarios. Cuando vio a Jake, se limpió el sudor de la frente y se acercó.
—Llegas justo a tiempo —dijo—. Necesitamos manos para mover esto. Y… gracias por venir. Sé que estás hasta el cuello con lo otro.
Jake tomó un bloque sin decir nada. Trabajaron en silencio un rato: levantar, apilar, barrer polvo. El esfuerzo físico aligeraba un poco el peso mental.
Sophia rompió el silencio primero.
—Me voy en dos días. Todo listo. —Hizo una pausa, mirando el montón de escombros—. No es que quiera irme. Es que… cada vez que intento canalizar algo, siento que podría romperlo todo de nuevo. Como si mi propia energía me recordara lo que pasó.
Jake dejó el bloque que llevaba.
—No eres la única que siente eso.
Sophia lo miró.
—Lo sé. Por eso me voy. Para no convertirme en otro Raven. Pero tú… tú no puedes irte. Así que no te rompas antes de que termine esto.
Jake sintió el escalofrío en la marca de nuevo, más intenso. El torrente aetheriano temblaba dentro de él, como si quisiera salir a responder a las palabras de Sophia. No era dolor; era advertencia.
En la pared cercana, alguien había escrito con tiza fresca:
“Zephyr: el equilibrio roto. ¿Quién lo rompe ahora?”
Jake miró las letras. El escalofrío se convirtió en un pulso frío que le recorrió la columna.
Y en el fondo de su mente, el susurro volvió, más claro que nunca:
No puedes mantener el centro para siempre.
El sol de Lunavia quemaba sin piedad, convirtiendo el sector de refugios en un horno de lonas y metal oxidado. Jake caminaba entre las tiendas improvisadas y los contenedores reciclados, carpeta en mano: una petición sencilla, escrita a mano en hojas que ya empezaban a arrugarse por el sudor. “Firma si crees que el consejo debe nacer libre. Sin Pacto. Sin cadenas.” No era un manifiesto grandioso; era solo papel y tinta, pero cada firma pesaba como una promesa.
En un contenedor con puerta improvisada, una mujer mayor con el brazo en cabestrillo firmó sin dudar.
—Mi hijo murió esa noche. No quiero que los que quedaron vivan con miedo a su propia energía.
En otro grupo, un chico de diecisiete años con cicatrices frescas en la cara dudó.
—¿Y si firmamos y el ITNL nos echa? ¿O peor, nos marca como traidores?
Jake sintió el pulso frío en la marca, un escalofrío que le recorrió el antebrazo como si alguien hubiera pasado un dedo helado por sus venas. No era dolor; era tensión, el torrente aetheriano dentro de él empezando a agitarse.
—No lo sé —admitió—. Pero si no firmamos, ya estamos traicionados.
El chico firmó al final, pero con mano temblorosa.
La desigualdad post-tragedia se veía en cada rincón: quienes tenían familia en otras ciudades ya habían salido; los que no, se quedaban aquí, racionando comida, agua, medicinas. Algunos recibían paquetes de ayuda estatal; otros no. El resentimiento crecía en silencio, y cada vez que alguien mencionaba el Pacto, el aire se cargaba más.
Aria lo encontró cerca del mediodía, cuando Jake estaba sentado en una caja de madera, contando firmas. Se acercó sin ruido, se sentó a su lado y miró la carpeta.
—¿Cuántas?
—Setenta y dos. Falta mucho.
Aria soltó un suspiro corto.
—No es suficiente. Y lo sabes.
Jake la miró. Ella tenía polvo en la mejilla y ojeras que no intentaba disimular.
—No vine a discutir números —dijo ella—. Vine porque te vi hablando con esa gente y parecías… perdido.
Jake no respondió de inmediato. La marca dio otro pulso frío, más profundo.
Aria extendió la mano, vacilante, y le tocó el antebrazo —justo donde empezaba la marca—. No fue un gesto suave; fue torpe, casi incómodo, como si no supiera si era lo correcto o si él lo rechazaría.
—Mira —dijo, voz baja pero firme—. No te estoy consolando. Solo te estoy diciendo que… si sigues cargando todo esto solo, vas a colapsar. No porque seas débil. Porque eres humano. Y los humanos se rompen cuando intentan ser más que eso.
Jake sintió el contacto como un ancla fría contra el pulso helado de la marca. No se apartó. Ella tampoco retiró la mano de inmediato. El momento se estiró, tenso, real, sin palabras dulces ni promesas. Solo dos personas agotadas tratando de no hundirse.
Finalmente, Aria soltó el brazo.
—No te estoy pidiendo que pares. Solo que… no te mates en el intento.
Se levantó y se alejó hacia el refugio principal, donde Sophia estaba.
Sophia empacaba recuerdos en una caja pequeña: una foto arrugada de ella con Raven y Aldrich, un brazalete estelar que ya no brillaba, un cuaderno con notas de clases que nunca terminaría. Lo hacía con movimientos lentos, casi rituales, como si cada objeto pesara más que el anterior.
Cuando Aria entró, Sophia levantó la vista.
—¿Vienes a ayudarme a decidir qué tirar?
Aria se sentó en el suelo frente a ella.
—No. Vengo a verte antes de que te vayas.
Sophia sonrió débilmente.
—Dos días. Luego me subo al transporte. —Tomó el brazalete y lo miró—. Cada vez que lo veo, recuerdo cómo se sentía canalizar sin miedo. Ahora… solo siento miedo.
Aria no dijo nada reconfortante. Solo asintió.
—Es normal. Todos lo sentimos.
Sophia guardó el brazalete.
—Dile a Jake que no se rompa. Y que no se quede solo con la rabia.
Aria se levantó.
—Lo haré. Aunque no me escuche.
Sophia rio por lo bajo.
—Nunca escucha. Pero siempre termina entendiendo. Tarde, pero entiende.
De regreso en el sector de refugios, Jake se enfrentó a un grupo de moderados: cinco personas que habían llegado para “dialogar”. El líder, un ex-profesor de teoría estelar, habló primero.
—El Pacto no es el fin. Es un compromiso temporal. Firmamos, reconstruimos, y después negociamos más libertad.
Jake sintió el pulso en la marca intensificarse: un latido frío que se expandía por el brazo, como si el torrente aetheriano estuviera respondiendo con rechazo físico.
—No es temporal —dijo Jake—. Es permanente. Una vez que firmamos, nos atan. Y no hay vuelta atrás.
El profesor negó con la cabeza.
—Estás exagerando. La paz sostenible es lo único que nos mantiene vivos.
La confrontación subió de tono. Voces alzadas, gestos. Jake no gritó, pero su voz se endureció.
—Paz sostenible para quién. ¿Para los que ya están a salvo? ¿O para los que siguen aquí, racionando comida y miedo?
El grupo se dispersó sin firmar. Jake se quedó solo, respirando pesado. La marca latió una vez más, fuerte, un pulso que le recorrió todo el cuerpo.
En una pared cercana, alguien había añadido con carbón fresco:
“Zephyr: el velo rasgado. Ya no hay contención.”
Jake se quedó inmóvil. No era la primera vez. Ni la segunda. Los mensajes aparecían como setas después de la lluvia: en plazas, en paredes del campus, en puertas de refugios. Siempre sobre Zephyr. Siempre con esa misma carga ominosa. “El origen del caos.” “El devorador de luz.” “El equilibrio roto.” Y ahora esto.
Se acercó a la pared, pasó los dedos por las letras aún húmedas de carbón. El pulso en la marca se convirtió en un escalofrío que le bajó por la columna, frío y lento, como si el torrente aetheriano dentro de él estuviera reaccionando no solo al estrés, sino a algo más concreto.
¿Quién escribe esto? pensó. No era grafiti casual. Las frases eran demasiado precisas, demasiado repetidas. Alguien las estaba dejando a propósito. Alguien que sabía qué botones apretar. Alguien que quería que él —que todos— empezaran a dudar de nuevo. ¿El ITNL? ¿Algún grupo interno que ya había decidido rendirse? ¿O… algo peor?
El escalofrío se intensificó. La marca no solo latía; parecía responder a las palabras como si las reconociera. Como si supiera algo que él no quería admitir.
Y entonces volvió el susurro, más cerca que nunca, claro y frío en su mente:
El velo ya está roto. Y tú lo sabes.
Jake retrocedió un paso, como si la pared hubiera hablado en voz alta. Miró alrededor. Nadie. Solo el viento caliente moviendo lonas y el ruido lejano de Lunavia reconstruyéndose a tropezones.
Se pasó la mano por el brazo, sintiendo la marca bajo la piel como un cable vivo. No era paranoia. Era patrón. Los mensajes aparecían cada vez que la tensión subía, cada vez que el apoyo parecía tambalearse. Alguien —o algo— estaba alimentando el miedo. Y la marca… la marca lo sentía antes que él.
¿Y si no es solo alguien? pensó, y el escalofrío se convirtió en un nudo en el estómago. ¿Y si es él? ¿Y si Zephyr no se fue del todo?
Se obligó a respirar hondo. No podía permitirse derrumbarse ahora. No con las firmas aún incompletas, con Aria esperando respuestas, con Sophia contando los días para irse.
Pero cuando se alejó del contenedor, miró una última vez las letras en la pared. Y juró que, por un segundo, el carbón pareció moverse, como si las palabras mismas respiraran.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com