Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 49
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Capítulo 49: Lazos Rotos
El sol de Lunavia quemaba sin piedad, convirtiendo el sector de refugios en un horno de lonas y metal oxidado. Jake caminaba entre las tiendas improvisadas y los contenedores reciclados, carpeta en mano: una petición sencilla, escrita a mano en hojas que ya empezaban a arrugarse por el sudor. “Firma si crees que el consejo debe nacer libre. Sin Pacto. Sin cadenas.” No era un manifiesto grandioso; era solo papel y tinta, pero cada firma pesaba como una promesa.
En un contenedor con puerta improvisada, una mujer mayor con el brazo en cabestrillo firmó sin dudar.
—Mi hijo murió esa noche. No quiero que los que quedaron vivan con miedo a su propia energía.
En otro grupo, un chico de diecisiete años con cicatrices frescas en la cara dudó.
—¿Y si firmamos y el ITNL nos echa? ¿O peor, nos marca como traidores?
Jake sintió el pulso frío en la marca, un escalofrío que le recorrió el antebrazo como si alguien hubiera pasado un dedo helado por sus venas. No era dolor; era tensión, el torrente aetheriano dentro de él empezando a agitarse.
—No lo sé —admitió—. Pero si no firmamos, ya estamos traicionados.
El chico firmó al final, pero con mano temblorosa.
La desigualdad post-tragedia se veía en cada rincón: quienes tenían familia en otras ciudades ya habían salido; los que no, se quedaban aquí, racionando comida, agua, medicinas. Algunos recibían paquetes de ayuda estatal; otros no. El resentimiento crecía en silencio, y cada vez que alguien mencionaba el Pacto, el aire se cargaba más.
Aria lo encontró cerca del mediodía, cuando Jake estaba sentado en una caja de madera, contando firmas. Se acercó sin ruido, se sentó a su lado y miró la carpeta.
—¿Cuántas?
—Setenta y dos. Falta mucho.
Aria soltó un suspiro corto.
—No es suficiente. Y lo sabes.
Jake la miró. Ella tenía polvo en la mejilla y ojeras que no intentaba disimular.
—No vine a discutir números —dijo ella—. Vine porque te vi hablando con esa gente y parecías… perdido.
Jake no respondió de inmediato. La marca dio otro pulso frío, más profundo.
Aria extendió la mano, vacilante, y le tocó el antebrazo —justo donde empezaba la marca—. No fue un gesto suave; fue torpe, casi incómodo, como si no supiera si era lo correcto o si él lo rechazaría.
—Mira —dijo, voz baja pero firme—. No te estoy consolando. Solo te estoy diciendo que… si sigues cargando todo esto solo, vas a colapsar. No porque seas débil. Porque eres humano. Y los humanos se rompen cuando intentan ser más que eso.
Jake sintió el contacto como un ancla fría contra el pulso helado de la marca. No se apartó. Ella tampoco retiró la mano de inmediato. El momento se estiró, tenso, real, sin palabras dulces ni promesas. Solo dos personas agotadas tratando de no hundirse.
Finalmente, Aria soltó el brazo.
—No te estoy pidiendo que pares. Solo que… no te mates en el intento.
Se levantó y se alejó hacia el refugio principal, donde Sophia estaba.
Sophia empacaba recuerdos en una caja pequeña: una foto arrugada de ella con Raven y Aldrich, un brazalete estelar que ya no brillaba, un cuaderno con notas de clases que nunca terminaría. Lo hacía con movimientos lentos, casi rituales, como si cada objeto pesara más que el anterior.
Cuando Aria entró, Sophia levantó la vista.
—¿Vienes a ayudarme a decidir qué tirar?
Aria se sentó en el suelo frente a ella.
—No. Vengo a verte antes de que te vayas.
Sophia sonrió débilmente.
—Dos días. Luego me subo al transporte. —Tomó el brazalete y lo miró—. Cada vez que lo veo, recuerdo cómo se sentía canalizar sin miedo. Ahora… solo siento miedo.
Aria no dijo nada reconfortante. Solo asintió.
—Es normal. Todos lo sentimos.
Sophia guardó el brazalete.
—Dile a Jake que no se rompa. Y que no se quede solo con la rabia.
Aria se levantó.
—Lo haré. Aunque no me escuche.
Sophia rio por lo bajo.
—Nunca escucha. Pero siempre termina entendiendo. Tarde, pero entiende.
De regreso en el sector de refugios, Jake se enfrentó a un grupo de moderados: cinco personas que habían llegado para “dialogar”. El líder, un ex-profesor de teoría estelar, habló primero.
—El Pacto no es el fin. Es un compromiso temporal. Firmamos, reconstruimos, y después negociamos más libertad.
Jake sintió el pulso en la marca intensificarse: un latido frío que se expandía por el brazo, como si el torrente aetheriano estuviera respondiendo con rechazo físico.
—No es temporal —dijo Jake—. Es permanente. Una vez que firmamos, nos atan. Y no hay vuelta atrás.
El profesor negó con la cabeza.
—Estás exagerando. La paz sostenible es lo único que nos mantiene vivos.
La confrontación subió de tono. Voces alzadas, gestos. Jake no gritó, pero su voz se endureció.
—Paz sostenible para quién. ¿Para los que ya están a salvo? ¿O para los que siguen aquí, racionando comida y miedo?
El grupo se dispersó sin firmar. Jake se quedó solo, respirando pesado. La marca latió una vez más, fuerte, un pulso que le recorrió todo el cuerpo.
En una pared cercana, alguien había añadido con carbón fresco:
“Zephyr: el velo rasgado. Ya no hay contención.”
Jake se quedó inmóvil. No era la primera vez. Ni la segunda. Los mensajes aparecían como setas después de la lluvia: en plazas, en paredes del campus, en puertas de refugios. Siempre sobre Zephyr. Siempre con esa misma carga ominosa. “El origen del caos.” “El devorador de luz.” “El equilibrio roto.” Y ahora esto.
Se acercó a la pared, pasó los dedos por las letras aún húmedas de carbón. El pulso en la marca se convirtió en un escalofrío que le bajó por la columna, frío y lento, como si el torrente aetheriano dentro de él estuviera reaccionando no solo al estrés, sino a algo más concreto.
¿Quién escribe esto? pensó. No era grafiti casual. Las frases eran demasiado precisas, demasiado repetidas. Alguien las estaba dejando a propósito. Alguien que sabía qué botones apretar. Alguien que quería que él —que todos— empezaran a dudar de nuevo. ¿El ITNL? ¿Algún grupo interno que ya había decidido rendirse? ¿O… algo peor?
El escalofrío se intensificó. La marca no solo latía; parecía responder a las palabras como si las reconociera. Como si supiera algo que él no quería admitir.
Y entonces volvió el susurro, más cerca que nunca, claro y frío en su mente:
El velo ya está roto. Y tú lo sabes.
Jake retrocedió un paso, como si la pared hubiera hablado en voz alta. Miró alrededor. Nadie. Solo el viento caliente moviendo lonas y el ruido lejano de Lunavia reconstruyéndose a tropezones.
Se pasó la mano por el brazo, sintiendo la marca bajo la piel como un cable vivo. No era paranoia. Era patrón. Los mensajes aparecían cada vez que la tensión subía, cada vez que el apoyo parecía tambalearse. Alguien —o algo— estaba alimentando el miedo. Y la marca… la marca lo sentía antes que él.
¿Y si no es solo alguien? pensó, y el escalofrío se convirtió en un nudo en el estómago. ¿Y si es él? ¿Y si Zephyr no se fue del todo?
Se obligó a respirar hondo. No podía permitirse derrumbarse ahora. No con las firmas aún incompletas, con Aria esperando respuestas, con Sophia contando los días para irse.
Pero cuando se alejó del contenedor, miró una última vez las letras en la pared. Y juró que, por un segundo, el carbón pareció moverse, como si las palabras mismas respiraran.
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