Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 50
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Capítulo 50: Entre Estrellas Rotas y Versos de Guerra
El sol de Lunavia no se ponía; se desangraba. Se hundía en el horizonte como un ojo colosal que parpadeaba con pesadez, tiñendo el firmamento de un naranja pirotécnico que se asfixiaba entre las columnas de humo de las reconstrucciones.
El amanecer trajo consigo un silencio patológico. Era esa clase de quietud que se filtra en la médula, transformando cada paso en una detonación. Jake no había dormido. No podía. En su antebrazo, la Marca latía con una voluntad propia, un corazón parásito que bombeaba energía estelar en lugar de sangre. El torrente aetheriano no conocía el descanso; era un incendio contenido tras una represa de carne y hueso.
El campus era una cicatriz de lo que alguna vez fue. Ahora, se fragmentaba en “Zonas Seguras”: burbujas de realidad donde las barreras de energía residual de Reiss mantenían a raya las fluctuaciones del Velo.
Jake caminaba por un patio interno, un esqueleto de bancos astillados donde el arte había comenzado a brotar como flores entre las ruinas. Era un lienzo vivo. Murales de estrellas entrelazadas con manos humanas cubrían los muros; esculturas de metal retorcido se alzaban como prismas rotos que aún desafiaban a la oscuridad.
Buscaba aliados. No con gritos, sino con susurros que pesaban más que el plomo.
Se detuvo ante una fogata eléctrica. Un grupo de artistas y músicos —los soñadores que la muerte olvidó— lo rodeaban. Un chico de cabello azul estelar acariciaba un violín improvisado, arrancándole una melodía que imitaba el flujo del Aether.
—Jake —el chico detuvo el arco, el silencio regresó con fuerza—. Oí lo del Pacto. Si el consejo nace libre, cuenta conmigo. El arte es la última trinchera. No dejes que nos arrebaten eso.
Firmó la carpeta con un trazo frenético: una estrella estallando. A su lado, una chica con constelaciones tatuadas en la piel añadió su nombre con una sonrisa gélida pero firme. —Haremos que cada muro cante autonomía. Si el ITNL nos encadena, la belleza morirá primero.
Jake sintió una descarga de adrenalina. Esperanza pura. Para ellos, el Instituto no era un centro de entrenamiento; era un faro donde la energía cósmica y la creatividad humana se fundían en un solo rugido.
Pero la luz siempre proyecta sombras.
En la periferia del grupo, un joven de ojos hundidos y piel translúcida rompió la armonía. Su voz era un hilo de duda razonable, el tipo de veneno que mata lentamente. —Es lindo soñar con arte… ¿pero y la paz? —preguntó, su mirada fija en las cenizas—. Después de lo de Raven… quizá el Pacto nos salve de nosotros mismos.
Paz absoluta. Las palabras flotaron en el aire, seductoras y peligrosas. Varios asintieron.
En ese instante, la Marca de Jake reaccionó. Un pulso gélido recorrió su sistema, un torrente de energía fría acumulándose bajo su piel como agua rugiendo tras una grieta en la presa. No ardía. Se concentraba. Esperaba.
Al anochecer, Jake caminaba solo por las zonas seguras. En un muro, una nueva pintada lo detuvo: una estrella siendo devorada por fauces de sombra. Debajo, una sentencia: “Zephyr: La Penumbra Eterna”.
El pulso en su brazo subió un grado de intensidad. La sangre en su interior no era indiferente a la oscuridad que se gestaba en las esquinas de Lunavia.
—Ganas algunos, pierdes otros.
Aria apareció como un espectro entre las sombras, sentándose a su lado bajo una lona que filtraba la luz lunar como un velo desgarrado. —Los que quieren paz no son el enemigo —murmuró Jake, su voz cargada de cansancio—. Solo tienen miedo. —¿Y tú no? —Aria lo atravesó con la mirada. —Todos lo estamos. Pero si el miedo gana, ya estamos muertos.
Entonces, la tensión se quebró. Por un momento, dejaron de ser soldados y líderes. Jake imitó la voz del moderado dubitativo de la mañana, una parodia tan precisa que Aria soltó una carcajada nerviosa. Fue un sonido cristalino, humano, que rompió el aire viciado de la guerra. —Eres terrible imitando voces —dijo ella, riendo de nuevo, como si se permitiera sentir alivio por primera vez en mucho tiempo. —Al menos te hice reír —replicó Jake con una sonrisa genuina.
El tiempo se detuvo. Hablaron de futuros imposibles, de una Lunavia sin cadenas. Bajo ese banco, la Marca de Jake se serenó, reconociendo que no todo en la existencia era una batalla a muerte.
Mientras tanto, en el refugio principal, Sophia sellaba su destino. No hubo fanfarrias. Solo té racionado y abrazos breves con aquellos que habían reconstruido muros a su lado. —Voy a Noruega. Necesito distancia. No es una rendición… es una recarga.
Sus ojos reflejaban el vacío de quien ya ha empacado el alma. La caja de sus recuerdos estaba cerrada. La partida era inminente.
Al alba, el mundo exterior comenzó a golpear las puertas de Lunavia. Los rumores filtrados eran incendios forestales: satélites detectando anomalías en el Pacífico, diplomáticos cuestionando “islas ocultas”, y la palabra “Solaria” apareciendo por primera vez en la prensa europea.
El tiempo se agotaba.
Jake y Aria se reunieron en una sala bañada por luz filtrada, sus hombros rozándose sobre mapas y padrones electorales. La química entre ellos era una corriente eléctrica, una sincronía perfecta de mentes y cuerpos. —Si los rumores estallan, el ITNL usará el miedo para forzar el Pacto —advirtió Aria. —Entonces votamos antes —sentenció Jake—. Mañana. O pasado. —Juntos, entonces —susurró ella, y el roce de sus brazos fue una promesa más fuerte que cualquier contrato.
Mientras Sophia dejaba una carta final sobre la mesa y cerraba su maleta, un mensaje anónimo cruzó las redes internas de la academia, helando la sangre de quienes lo leyeron:
“Zephyr: El Ciclo Inevitable.”
En la mente de Jake, la Marca no solo latió; rugió. Una voz que no era suya, más real que el aire que respiraba, susurró en el abismo de su consciencia:
«El ciclo se cierra. Y tú eres el epicentro.»
Un escalofrío de proporciones cósmicas lo dejó petrificado. Lunavia dormía en una paz falsa, pero en las profundidades de la realidad, algo antiguo y voraz acababa de despertar.
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