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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 51

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Capítulo 51: ¿En dónde estoy?

¿En dónde estoy?

El pensamiento llega antes que el cuerpo. Antes que el aire. Antes que el primer latido agónico que me confirma, con una violencia innecesaria, que sigo vivo.

Abro los ojos —o creo que los abro— y lo primero que me golpea es la luz. Pero no es luz solar, ni el resplandor ámbar de los neones de Lunavia filtrándose entre los edificios de metal y hollín. Es una luminiscencia que nace de la médula misma de las cosas. A mi alrededor, la arquitectura desafía cada ley física que mis ojos intentan procesar. Las estructuras no parecen construidas; parecen condensadas. Son torres de una altitud vertiginosa, hechas de un cristal que no es vidrio, sino algo más denso, más vivo. Pulsan con venas de energía estelar azulada que suben y bajan en un ritmo hipnótico, como sangre fluyendo por las arterias de un titán de cristal.

Me obligo a ponerme de pie. El suelo no es piedra ni metal. Cede apenas bajo mis botas, con la resistencia elástica de un lago congelado que aún recuerda el movimiento del agua. Puentes curvos flotan en el vacío sin columnas, hechos de una claridad sólida que se curva en arcos imposibles. El aire aquí no sopla; vibra. Tiene un sabor eléctrico, una mezcla de ozono y algo insoportablemente dulce, como si alguien hubiera quemado estrellas y dejado el residuo suspendido en el viento.

Nunca había visto una ciudad así. No hay suciedad, no hay ruido, no hay rastro de la decadencia humana. No reconozco nada, y ese vacío de referencias me aterra más que el silencio absoluto que envuelve las torres.

El Latido del Poder

Me incorporo despacio, esperando el habitual latigazo de dolor de la energía estelar que vive en mi pecho. Pero lo que siento es… distinto. Siempre ha sido una presión acumulada, un calor furioso queriendo escapar de mi piel, una bestia enjaulada que me quema desde dentro. Ahora no. Ahora es quietud.

Por primera vez, la energía estelar se siente en casa. No hay fricción. No hay lucha. Se expande por mis venas con la suavidad del aceite, encajando en el ambiente como si este lugar fuera el molde original de mi propia existencia. Y esa paz, esa ausencia de conflicto interno, me asusta más que cualquier amenaza. Si no estoy luchando contra el poder, ¿quién soy yo?

—¿Hola? —El nombre sale solo, un susurro que se deshace en la atmósfera densa. No hay respuesta. Solo un eco distorsionado, una mofa de la ciudad que rebota en las paredes de cristal.

Sacudo la cabeza. Antes. ¿Qué pasó antes? El recuerdo llega como un flash de estática. Una niña. Pelo corto, ojos demasiado grandes. La veo arrodillada a mi lado, su voz suave: “Oye, ¿estás bien?”. Yo quería responder, pero mi boca no obedecía. Y luego, el grito. Un grito que todavía resuena en mis oídos con la fuerza de un puñetazo:

—¡EL EPISCOPADO!

¿Por qué dije eso? La palabra me golpea el pecho. ¿Es un lugar? ¿Una persona? ¿Un error de mi mente colapsando bajo el peso del poder? Miro de nuevo a mi alrededor. Las torres siguen pulsando. Los puentes siguen flotando. No hay niña. No hay enemigos. Solo yo, respirando electricidad y algo antiguo.

Suspiro. Por un segundo, me permito el alivio. Estoy a salvo. No hay sangre. La energía estelar está en calma.

Y entonces, como si alguien hubiera cortado un cable, todo se apaga.

La oscuridad que cae no es la ausencia de luz. Es una presencia. Es una oscuridad que pesa, que respira, que me envuelve como si yo fuera el centro de un corazón negro que late despacio. Y entonces llega la voz.

No es un grito. No necesita serlo. Es mi propia voz, pero despojada de toda duda. Tiene mi timbre, mi cadencia, pero está impregnada de una rabia contenida y una altanería que corta como vidrio roto. Es como si alguien hubiera tomado todo lo que odio de mí mismo y lo hubiera amplificado hasta que doliera.

—¿En serio, Jake? ¿Esto es lo que haces con el linaje de la energía estelar?

Me quedo paralizado. La voz continúa, lenta, saboreando cada sílaba.

—Un regalo conveniente, ¿no? Te aparece de repente en un mundo de mortales débiles que se regocijan en su propia debilidad. ¿Y qué sentimiento predomina en ellos? Odio. Puro, rentable. El sistema recompensa al que más odia. Al que más sacrifica. Al que más daña. A costa de la experiencia que debería ser estar vivo.

Siento la energía estelar en mi pecho. Ya no está quieta. Empieza a latir al unísono con las palabras de la voz. No es una amenaza; es un acuerdo.

—¿Quién eres? —logro preguntar. Mi voz suena ridícula en la oscuridad.

La voz ríe. No es cruel, es algo peor: es una risa de alguien que está cansado de lo predecible.

—No voy a responder eso. Lo que quiero es que te hagas las preguntas correctas. ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué alguien con tu capacidad juega a ser el héroe en un planeta de insectos? ¿Qué pretendes? ¿Ser el salvador que todos aplauden mientras se arrodilla ante mortales que lo usarán hasta que se rompa?

—No busco poder —replico, tratando de recuperar el aliento—. Busco…

—¿Equilibrio? —me interrumpe con altanería—. Qué bonito. Te arrodillas porque te han enseñado que el poder es malo. Que usarlo es corrupción. Que debes domesticarlo, racionarlo como si fuera comida en tiempos de escasez. Y mientras tanto, el sistema te recompensa por odiar más. Por sacrificar más. Por dañar más. ¿Y tú qué haces? Juegas al héroe. Aumentas tu poder poco a poco, como en todas las historias que ya leíste. Esperas que el fracaso sea heroico. Que perderlo todo sea noble.

El latido en mis costillas se vuelve insoportable. La verdad en sus palabras es un ácido que quema mis defensas.

—¿Sabes qué es lo único que me parece divertido? —La voz ahora es un susurro—. Cuando el héroe fracasa. Una y otra vez. Pierde todo. Sufre brutalmente. Y luego da media vuelta para sufrir de otra forma distinta. Cada una más cruel que la anterior. Sin piedad. Porque se lo merece. Porque es inaudito que alguien con tanto potencial se doblegue ante humanos que no tienen ni la décima parte de lo que tú llevas en las venas.

Siento la marca en mi antebrazo arder. No es calor ni frío; es la vibración de la energía estelar escuchando y asintiendo a cada palabra.

—¿Qué pretendes, Jake? ¿Tomar la presidencia del consejo? ¿Ser el líder benevolente que todos aplauden mientras se arrodilla ante mortales que lo usan? Tarde o temprano vas a empezar a despellejar enemigos. Porque no te queda opción. Es cuestión de poner las cosas en la balanza, y la balanza siempre se inclina hacia el que odia más.

La voz hace una pausa. Luego, con una ternura falsa:

—La energía estelar está rota. Es absurda en este mundo. Como las armas en ese planeta tuyo: solo sirven para matar. Su uso no cambia a las personas; las persuade por miedo. Subordinan por instinto de supervivencia. Cualquier cosa capaz de albergarla y usarla para beneficio propio… debe borrarse de este mundo.

Intento hablar, defender mi humanidad, pero la voz ya no está. La oscuridad se vuelve silencio, y luego nada. Solo quedo yo, de pie en el vacío, sintiendo cómo la energía estelar late una vez más dentro de mí.

Como si supiera que la voz tiene razón. Como si estuviera esperando a que yo, finalmente, dejara de ser un héroe y me convirtiera en algo mucho más necesario.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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