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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 54

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Capítulo 54: Coordenadas Cero

Los días siguientes no pasaron; se arrastraron. Se fundieron en una niebla espesa y grisácea que Lunavia parecía tragar sin esfuerzo, ocultando el horizonte como si la isla misma intentara esconderse del cielo. El sol, cuando se dignaba a aparecer, salía tarde y se ponía con una prisa cobarde.

Yo apenas dormía. El sueño se había convertido en un riesgo táctico. La marca en mi brazo derecho ya no era solo un recordatorio pasivo; había evolucionado. Se había convertido en una corriente constante, un río subterráneo de energía estelar que corría paralelo a mi propia sangre y que parecía tener una inteligencia depredadora. Se alimentaba de cada noticia, de cada rumor, de cada mirada de duda que cruzaba los rostros de los estudiantes en las plazas.

La comilla invertida, ese trazo geométrico de oscuridad absoluta, brillaba sutilmente bajo la piel cuando cerraba los ojos. No era luz; era radiación. Como si mi brazo fuera una baliza encendida en medio de la oscuridad, gritando nuestra posición al universo.

Todo empezó con China.

No fue un ataque destructivo. No lanzaron virus para borrar nuestros discos duros. Fue algo mucho más aterrador: un intento de triangulación.

Estábamos en el centro de mando improvisado —una sala de servidores zumbando con el calor de equipos sobre exigidos— cuando Aria golpeó la mesa con el puño.

—Nos están buscando —dijo, con la voz temblando de rabia contenida—. No están robando datos, Jake. Están lanzando ecos de sonar digital.

Me acerqué a su monitor. El mapa holográfico de la región mostraba líneas rojas cruzando el océano, convergiendo peligrosamente cerca de nuestra ubicación.

—¿Qué significa eso? —pregunté, sintiendo cómo la marca en mi brazo reaccionaba con un pico de calor, como si supiera que la estaban mirando.

—Significa que China sospecha que Solaría existe, pero no saben dónde está. No figuramos en ningún mapa oficial, en ninguna carta de navegación comercial, en ningún registro satelital público. Somos un vacío en el océano. Y esas sondas… son dedos ciegos tanteando la oscuridad, buscando tocar tierra firme. Buscan confirmar que la isla es real para ponerle coordenadas.

La gravedad de la situación me golpeó. Si nos mapeaban, se acababa el juego. Una vez que tienes latitud y longitud, ya no eres un mito; eres un objetivo. Eres un lugar donde pueden aterrizar aviones, donde pueden apuntar misiles, o peor, donde pueden enviar “ayuda humanitaria” armada.

La respuesta internacional fue inmediata. Brasil y Japón entendieron el movimiento al instante. Si China mapeaba Solaría primero, reclamarían derechos de descubrimiento o de “protección” sobre la anomalía.

Las sanciones preventivas llovieron esa misma tarde. Japón desplegó una red de satélites de interferencia sobre el Pacífico, creando “ruido” visual para cegar los intentos de cartografía china. Brasil bloqueó los puertos de datos. Se formaron alianzas en silencio, una red invisible que se tejía alrededor de nuestra isla, no para salvarnos, sino para evitar que otros nos encontraran primero.

El ITNL capitalizó el miedo con una eficiencia brutal.

A la mañana siguiente, convoqué una asamblea en el atrio. El ambiente estaba cargado, denso. Llevaba mi carpeta con las propuestas de autonomía, pero al subir al estrado, me di cuenta de que el debate ya estaba perdido. No me miraban con esperanza; me miraban con cálculo.

—La autonomía es un riesgo de seguridad —dijo Marcus, un ingeniero del equipo del comité académico, interrumpiéndome antes de que pudiera terminar mi frase—. China está golpeando la puerta digital. Si nos encuentran y no tenemos estatus legal, somos combatientes enemigos no declarados.

—El Pacto nos da cobertura —añadió alguien desde el fondo. No gritaba; hablaba con la lógica fría del superviviente—. Si firmamos con el ITNL, pasamos a ser un activo protegido. Paz absoluta a cambio de control. Es una ecuación simple.

Intenté argumentar. Hablé de lo que significaba ceder el control del consejo, de cómo el Pacto convertiría a Solaria en una prisión corporativa. Pero mis palabras sonaban abstractas frente a la amenaza concreta de un ataque aéreo. Vi cómo bajaban la vista. Vi cómo guardaban los bolígrafos. El apoyo político se evaporó no por malicia, sino por pragmatismo. Preferían estar encadenados y vivos que libres y bombardeados.

Esa tarde, Aria y yo nos retiramos a un pasillo de mantenimiento en el subsuelo.

Desplegamos los mapas físicos, los únicos seguros ahora que la red era un campo de batalla.

—¿Y si tienen razón? —pregunté, rompiendo el silencio. Me sentía físicamente enfermo, el estrés manifestándose como náuseas—. ¿Y si mi resistencia es solo vanidad? Quizás el Pacto es la única estructura capaz de soportar esto.

Aria no me consoló. Me miró con una dureza necesaria.

—El Pacto no es un escudo, Jake. Es una correa. Tú sientes eso en el brazo. ¿Crees que el ITNL lo entiende? Solo quieren clasificarlo, archivarlo y usarlo. Si firmas, validas su burocracia.

—Pero si no firmo, nos exponen.

Aria se acercó. No hubo gestos teatrales. Solo se sentó a mi lado, hombro con hombro, mirando el mismo mapa.

—Si nos exponen, lidiamos con eso. Pero no entregamos las llaves antes de que intenten abrir la puerta.

Rozó mi mano. Su piel estaba fría. No era un momento romántico; era un reconocimiento mutuo de la fatalidad. Éramos dos personas de pie frente a un tsunami, decidiendo no correr.

La situación se deterioró rápido. Islandia y Suiza emitieron comunicados conjuntos reconociendo la soberanía educativa de Solaria, un intento diplomático de ponernos bajo el paraguas de la ONU. La Unión Europea ofreció respaldo logístico pasivo.

Estados Unidos respondió cortando la sutileza. El Departamento de Defensa emitió un boletín público: “Detección de anomalías energéticas de Nivel 6 en el Pacífico Sur. Se prepara grupo de tarea para contención humanitaria y estabilización nuclear.”

“Humanitaria”. La palabra colgaba en el aire como una broma macabra.

Noruega bloqueó la resolución en el Consejo de Seguridad, pero fue solo una maniobra dilatoria. El reloj corría.

La presión interna en Solaria se volvió insostenible. En las reuniones, ya no había debate, solo ultimátums. “Firma o renuncia. Danos al ITNL o danos una solución armada.”

Sophia, que había estado coordinando la logística de evacuación, entró en el refugio esa noche. Su mochila estaba cerrada.

—Salgo mañana en el primer transporte de suministros —dijo, revisando su reloj—. Voy a intentar mover influencias desde Ginebra. Aquí adentro ya no hay nada que negociar. Mantengan la posición.

Cuando se fue, me quedé solo con Aria y el zumbido de los servidores. La marca en mi brazo comenzó a calentarse. No era un pulso; era una subida de temperatura constante, como un reactor alcanzando masa crítica.

Un nuevo reporte de inteligencia brasileña parpadeó en la pantalla: “Zephyr no es un código local. Es una designación estratégica global. Si el ciclo se cierra, la intervención es inevitable.”

Y entonces, sucedió.

La marca dejó de emitir calor y generó un vacío. Una succión en el pecho, seguida de una expansión violenta de energía estelar. No hubo explosión, sino una onda de presión que hizo vibrar el hormigón del búnker.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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