Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 56
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Capítulo 56: La Arquitectura del Silencio
KAEL
El ajuste de la manga direccionadora en mi brazo izquierdo siempre dejaba una sensación residual de estática, como si miles de hormigas invisibles caminaran bajo mi piel. No era doloroso, pero era un recordatorio constante: no eres normal, Kael. Eres una herramienta.
Ajusté los cierres magnéticos de la tela sintética. La manga, una obra maestra de ingeniería del ITNL, no parecía un arma a simple vista. Era una pieza de tela negra, elegante, que cubría desde mis nudillos hasta el hombro. Pero en su tejido había hebras de energía estelar sintetizada, micro-canales diseñados para interceptar, enhebrar y redirigir el flujo de cualquier artefacto canalizador externo.
No era fuerza bruta. Era cirugía.
Levanté la vista hacia la torre administrativa que seguía en pie, una de las pocas que no mostraba cicatrices visibles del caos reciente. Allí arriba, en el balcón de la presidencia, estaba Jake.
Desde el patio central, Jake parecía pequeño. Una figura solitaria recortada contra el cielo plomizo y la inmensidad de la flota estadounidense que manchaba el horizonte. Tenía los puños apretados sobre la barandilla. No necesitaba verle la cara para saber que estaba librando una guerra interna.
—Se ve… solo —murmuró alguien a mi lado.
Era Kotori. Se había cruzado de brazos, protegiéndose del viento húmedo que traía olor a sal y diesel quemado. Su uniforme del nuevo Consejo le quedaba impecable, pero sus ojos delataban el cansancio de quien ha visto demasiado en muy poco tiempo.
—Es el hombre más peligroso de la isla, según Reiss —respondió Ryan desde el otro lado, con esa voz nerviosa que intentaba disfrazar de bravuconería. Ryan se tronaba los dedos, una y otra vez, liberando chispas inconscientes de energía residual—. Si baja, tenemos que anularlo. Esas son las órdenes.
—No bajará —dije, con una calma que no sentía del todo—. No todavía.
Miré a Jake otra vez. Algo en mi estómago se revolvía, una disonancia que no lograba silenciar con los manuales tácticos del ITNL. ¿Por qué él?
Jake Evernight era, por consenso tácito, el estudiante más fuerte de nuestra generación. En cualquier otro ciclo, en cualquier otro año escolar, él habría sido el presidente natural de este Consejo. Él debería estar aquí abajo, con nosotros, liderando la defensa contra los barcos extranjeros. Su exclusión no tenía lógica estratégica… a menos que el Comité supiera algo que nosotros no.
—Kael —la voz de Kotori me sacó de mis pensamientos—. ¿Crees que Reiss tiene razón? ¿Crees que Jake es el detonante?
Suspiré, bajando la mirada a mi manga.
—No lo sé, Kotori. Pero sé lo que pasa cuando no hay control.
Cerré los ojos un segundo y, sin querer, el recuerdo me asaltó. No era una imagen nítida, era una sensación. El olor a ozono quemado y sangre. El sonido de gritos ahogados. El Torneo Estelar. Recordé la cara de mis compañeros de curso, chicos con los que había compartido almuerzos y apuntes, desintegrados o rotos por la locura de Raven Lockhart.
Raven había sido el caos puro. Una fuerza de la naturaleza sin diques de contención.
Y si Jake representaba, aunque fuera remotamente, la posibilidad de que eso se repitiera… entonces yo sería el muro. No por odio a Jake. No le conocía lo suficiente para odiarlo. Sino porque nadie más debería morir por una fluctuación de energía mal gestionada. Quería volver a los días donde nuestra mayor preocupación era un examen de balística o la calidad de la comida en la cafetería. Quería la normalidad aburrida y segura que habíamos perdido.
—Reiss nos da estructura —dije finalmente, más para mí que para ellos—. Y ahora mismo, con la mitad de la OTAN apuntándonos con misiles, la estructura es lo único que impide que el techo se nos caiga encima.
Ryan asintió, aunque seguía mirando de reojo a los destructores en el mar.
—Oye, Kael —dijo Ryan, bajando la voz—. ¿Tu manga está calibrada para eso? —señaló discretamente hacia arriba, hacia Jake.
Miré los filamentos plateados que recorrían mi antebrazo. Mi especialidad no era el combate directo; era la interrupción de artefactos. Podía inutilizar un guantelete canalizador o sobrecargar un escudo portátil con un toque de mis dedos. Pero Jake… Jake no usaba artefactos. Su marca, según los informes, era orgánica.
—Mi función es contener el entorno —respondí con diplomacia—. Si Jake usa cualquier amplificador, lo apagaré. Si usa energía pura… —hice una pausa, evaluando mis propias limitaciones— …entonces tendremos que confiar en el trabajo en equipo. Para eso somos cinco.
Kotori me dedicó una media sonrisa, triste pero agradecida. A pesar de que apenas nos conocíamos de vista antes de la selección, las últimas seis horas de entrenamiento intensivo en el búnker habían forjado un vínculo extraño entre nosotros. Éramos los elegidos, los “perfectos”, los que debían cargar con el peso de la supervivencia de tres mil almas.
—Es buena gente, ¿sabes? —dijo Kotori de repente, mirando hacia arriba—. Jake. Me ayudó una vez con unos libros en el pasillo norte el semestre pasado. No parecía un monstruo.
—Los monstruos no siempre lo parecen, Kotori —dije suavemente, poniendo una mano en su hombro para tranquilizarla. Sentí su tensión bajo la tela del uniforme—. A veces solo son personas con demasiada carga en la espalda. Nuestro trabajo es asegurarnos de que no se rompa y nos lleve a todos con él.
Volví a mirar hacia el balcón. Jake seguía inmóvil. Sus puños estaban tan apretados que, incluso a esta distancia, podía imaginar el blanco de sus nudillos. No estaba atacando. No estaba gritando. Solo estaba allí, de pie frente al abismo, mirando a los barcos de guerra como si estuviera calculando las probabilidades de un suicidio masivo.
La duda volvió a morderme. Si es tan inestable, ¿por qué no ha atacado ya? Si es el enemigo, ¿por qué siento que está protegiendo la isla tanto como nosotros?
El comunicador en mi oído siseó, rompiendo el silencio. Esperaba la voz de Reiss, o del Presidente del Consejo, dándonos la orden de subir y neutralizarlo. Me tensé, preparando los nodos de mi manga, listo para enhebrar la energía del aire y convertirla en una jaula.
Pero el canal seguía mudo. Solo estática.
El ITNL nos mantenía en espera. Éramos los perros guardianes en el patio, y Jake era el intruso en el tejado.
—Kael —susurró Ryan—. Se están moviendo.
Miré hacia el mar. Tenía razón. Uno de los destructores estadounidenses había virado. Sus cañones de proa, largos y grises como dedos acusadores, estaban girando lentamente. No apuntaban al océano. Apuntaban al campus.
Sentí un frío helado en el estómago.
—Posiciones defensivas —ordené, mi voz saliendo con una autoridad que no sabía que tenía. Kotori y Ryan reaccionaron al instante, flanqueándome—. Si disparan, nuestra prioridad es el escudo del atrio. Olviden a Jake por un segundo. Protejan a los estudiantes.
—¿Y si Jake devuelve el fuego? —preguntó Kotori.
Miré hacia arriba una última vez. Jake había levantado la cabeza. La brisa movía su cabello y, por un segundo, me pareció ver un destello azul en su brazo, una respuesta a la amenaza de acero que tenía enfrente.
—Si Jake devuelve el fuego… —dije, activando los nodos de mi manga, haciendo que los hilos de energía zumbaran con un tono agudo— …entonces rezamos para que apunte hacia afuera y no hacia abajo.
El mundo se quedó en silencio. La niebla, los barcos, nosotros tres en el patio y él allá arriba. Todo estaba suspendido en ese segundo frágil antes de que la primera detonación rompiera la historia en dos.
Apreté los dientes. Que no sea otro Torneo, pensé. Por favor, que no sea otra masacre.
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