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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 57

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Capítulo 57: El Contrato del Abismo

El viento en el balcón no era frío; era inexistente. El tiempo pareció detenerse, congelando el movimiento de los destructores en el horizonte y el zumbido de la estática en el aire.

Cerré los ojos. Y al abrirlos, ya no estaba en la torre administrativa de Solaria.

Estaba en un océano negro, liso como un espejo de obsidiana, bajo un cielo sin estrellas. No había ruido. No había viento. Solo yo, de pie sobre la superficie del agua oscura, y mi propio reflejo mirándome desde abajo.

Pero el reflejo no imitaba mis movimientos.

La figura bajo el agua sonrió. Una sonrisa que no llegaba a los ojos. Lentamente, ascendió, rompiendo la tensión superficial del agua sin provocar ni una sola onda, hasta quedar de pie frente a mí.

Era yo. Pero era una versión de mí depurada de dudas. Su postura era relajada, casi arrogante. Llevaba las manos en los bolsillos de un pantalón que parecía hecho de humo solidificado. No había miedo en su rostro, solo una paciencia depredadora.

—Qué patético te ves ahí arriba —dijo. Su voz era la mía, pero sin los temblores, sin las vacilaciones. Sonaba como el eco de un cañón en una catedral vacía—. Apretando los puños. Calculando probabilidades. Esperando a que el “Consejo” de abajo decida si eres útil o si deben sacrificarte.

—Tú eres Zephyr —dije, retrocediendo un paso.

La otra versión de mí soltó una risa seca.

—No me insultes. Zephyr es el poder bruto, el combustible. Yo soy la Intención. Soy la parte de ti que has estado matando de hambre desde que llegaste a esta isla. La parte que sabe exactamente qué hacer, pero a la que le tienes demasiado miedo.

Caminó alrededor de mí, como un tiburón circulando a una presa herida.

—Míralos, Jake. Míralos bien. —Hizo un gesto y el escenario cambió. El océano negro se convirtió en una pantalla gigante mostrando la flota estadounidense, los cañones cargados, los oficiales dando órdenes de fuego—. Vienen a matarte. No vienen a negociar. La diplomacia es un lujo para los que tienen tiempo, y tú no tienes ni un segundo.

—Reiss tiene un plan —repliqué, aunque mi voz sonó débil incluso para mis propios oídos—. El Consejo…

—¿El Consejo? —me interrumpió con desprecio, acercando su rostro al mío hasta que nuestras narices casi se tocaron—. ¿Esos niños jugando a ser soldados? Kael te tiene miedo. Reiss te quiere en una jaula. Aria… —su expresión se suavizó con una crueldad calculadora— …Aria va a morir en la primera oleada de bombardeo. Y será culpa tuya.

Sentí un golpe en el estómago. La sola mención de su nombre rompió mis defensas.

—No dejaré que le pase nada.

—Ya lo estás permitiendo —susurró la sombra, su voz deslizándose en mi oído como veneno dulce—. Mientras juegas al mártir, ellos cargan las armas. Las armas persuaden, Jake. El miedo educa. Si quieres proteger a tu gente, a Aria, a Sophia, a todos esos idiotas que votaron en tu contra… tienes que dejar de ser su víctima y convertirte en su pesadilla.

Me agarró del brazo derecho. Su tacto quemaba.

—Tienes el poder de un dios en las venas y estás pidiendo permiso para usarlo. Es insultante. Ellos entienden un solo idioma: la fuerza absoluta. Si te ven dudar, te aplastarán. Si te ven romper el mundo… se arrodillarán.

—Si hago eso… —empecé a decir, temblando.

—Si haces eso, dejarás de ser humano —terminó la frase por mí, con una sonrisa triunfal—. Pero salvarás a todos. ¿No es ese el trato del héroe? Tu alma a cambio de sus vidas. Es una ganga, Jake.

Me soltó y extendió la mano.

—Acepta lo que eres. Deja de contener el río. Déjalo que inunde todo. Dales una razón para no volver a mirar a esta isla jamás.

Miré su mano. Luego miré el vacío negro. La rabia, esa rabia que había estado guardando, la frustración por la traición política, el miedo a perder a Aria… todo convergió en un punto singular.

Tenía razón. La paz no se pedía. Se imponía.

Estreché su mano.

El océano negro estalló.

Abrí los ojos en el mundo real.

El aire en el balcón cambió. La humedad desapareció, evaporada al instante por una temperatura que no era calor, sino pura presión atmosférica.

Miré mi brazo. La marca, esa comilla invertida que me había definido durante semanas, empezó a desdibujarse. No se estaba borrando; se estaba hundiendo. La tinta negra se disolvió y penetró mis poros, fusionándose con mi torrente sanguíneo, desapareciendo de la piel para convertirse en parte de mi estructura molecular.

El dolor fue exquisito.

Y entonces, mi ropa reaccionó. El uniforme estándar de la academia, desgastado y sucio, comenzó a oscurecerse. La tela se estiró, se reconfiguró, perdiendo los colores de Solaria para adoptar el tono del abismo que acababa de visitar.

No era magia de cuento de hadas. Era materia respondiendo a una voluntad absoluta.

La chaqueta se alargó ligeramente, convirtiéndose en un abrigo táctico de corte moderno, ajustado al torso, con un cuello alto y rígido. El tejido no era tela; parecía hecho de sombras tejidas con fibra de carbono, mate, absorbiendo la luz. Los pantalones se aligeraron, flexibles pero blindados. No había capas ondeando al viento, ni adornos ridículos. Era un traje funcional, sombrío, elegante como la hoja de un cuchillo negro. Era la vestimenta de un mago contemporáneo, alguien que no necesita varitas porque su sola presencia dobla la realidad.

Me sentí pesado. Sólido. Como si la gravedad hubiera decidido que yo era el nuevo centro del planeta.

Me acerqué al barandal. Mis pasos no hacían ruido.

Abajo, en el patio, vi a Kael, Kotori y Ryan. Pequeños. Insignificantes. Sus “Artes de Supresión” me parecieron juguetes de niños.

Levanté la vista hacia la flota estadounidense. Los cañones. El acero. La arrogancia de creer que podían venir a mi casa y dictar las reglas.

Una sonrisa fría, idéntica a la de mi reflejo, cruzó mi rostro.

—Se acabó el recreo —susurré.

Y salté dejándome caer hacia el frente.

No fue una caída descontrolada. Fue un descenso deliberado.

Abajo, el instinto de Kael se disparó.

—¡Objetivo en movimiento! —gritó, su voz rompiendo la parálisis del patio—. ¡Protocolo de contención! ¡Ahora!

Los tres miembros del Consejo reaccionaron con una velocidad impresionante. Kael activó su manga direccionadora, los filamentos brillando con luz azul. Kotori y Ryan saltaron en perfecta sincronía, impulsándose con estallidos de energía cinética para interceptarme en el aire. Iban a placarme, a envolverme en redes de estática, a neutralizar la amenaza antes de que tocara el suelo.

Eran rápidos. Eran buenos.

Pero yo ya no jugaba a su velocidad.

Estaba a cinco metros del suelo cuando ellos llegaron a mi altura, sus manos extendidas, sus rostros contraídos por el esfuerzo de la técnica de supresión.

—¡Jake, detente! —gritó Kotori, lanzando una red de contención.

Ni siquiera tuve que esquivarla. Solo miré hacia abajo.

—Abajo.

La palabra no fue un grito. Fue una orden a la física.

Antes de que mis botas tocaran el hormigón, liberé un pulso. No fue una explosión caótica. Fue una Onda de Autoridad.

El aire se solidificó alrededor de mí. Kael, Kotori y Ryan, que estaban a centímetros de tocarme, fueron repelidos como si hubieran chocado contra una pared de diamante en movimiento. Salieron despedidos hacia atrás con violencia, rodando por el pavimento, sus escudos personales estallando en chispas inútiles.

Aterricé.

No hubo polvo. No hubo escombros volando.

Solo hubo un sonido grave, un estremecimiento profundo que resonó en el pecho de cada persona en la isla, como si el corazón de la tierra hubiera latido una sola vez. Las ventanas de los edificios vibraron sin romperse. La niebla se disipó instantáneamente en un radio de un kilómetro, empujada por mi mera presencia.

Me incorporé lentamente, alisando la solapa de mi nuevo traje negro.

Kael intentaba levantarse a diez metros de distancia, tosiendo, mirando su manga direccionadora que ahora humeaba, sobrecargada por la cercanía de mi poder.

No le presté atención.

Giré la cabeza hacia el norte. Hacia el mar.

Mis ojos, que antes eran del color del miedo, ahora eran pozos oscuros con un anillo de luz estelar fría en el iris.

Levanté una mano hacia el horizonte, con la palma abierta, apuntando directamente al puente de mando del portaaviones líder de la flota invasora.

El aire alrededor de mis dedos comenzó a distorsionarse, acumulando una presión que hizo que el espacio mismo pareciera gemir.

—Ahora —dije al viento—, hablemos de soberanía.

El mundo contuvo el aliento.

El aire alrededor de mi mano levantada no se rompió. Se densificó.

Frente a mí, a dos kilómetros de distancia, el portaaviones USS Gerald R. Ford era una ciudad flotante de acero gris. Podía ver el movimiento frenético en su cubierta: cazas preparándose para el despegue, personal de tierra corriendo con chalecos de colores, oficiales en el puente gritando órdenes que mis oídos mejorados captaban como susurros lejanos.

Cerré el puño.

No fue un ataque. Fue un gesto de propiedad.

El espacio entre mi mano y el buque insignia se distorsionó visiblemente, como el aire sobre el asfalto caliente. No toqué el barco. No lo hundí. Simplemente ejercí presión sobre el vacío, dejando que el sonido del metal crujiendo bajo una fuerza invisible llegara a la costa segundos después. Fue un gemido grave, profundo, el sonido de un titán de acero dándose cuenta de que ya no era el depredador más grande del océano.

Bajé la mano. La advertencia había sido entregada.

Ahora tocaba la lección.

No volé con la gracia de un pájaro. Me lancé al vacío como un proyectil balístico. La energía estelar en mi traje negro reaccionó a mi voluntad, anulando la resistencia del viento, convirtiéndome en una mancha oscura que cruzó la bahía en silencio absoluto.

El objetivo no era el portaaviones. Era demasiado grande, demasiado impersonal.

Mi objetivo era la fragata de asalto que encabezaba la formación, la USS Higgins. Su cubierta estaba llena de operativos tácticos: SEALs y Marines con equipo de abordaje, listos para saltar a lanchas rápidas y tomar la playa de Lunavia.

Aterricé en la proa.

El impacto no abolló el metal. Lo hizo vibrar. El sonido fue seco, como un libro pesado cayendo sobre una mesa de madera.

Treinta rifles automáticos se giraron hacia mí al unísono.

—¡Contacto en cubierta! —gritó un oficial—. ¡Fuego a discreción!

El tiempo se ralentizó. No porque yo lo quisiera, sino porque mi percepción ahora operaba a la velocidad de la luz estelar. Veía los dedos de los soldados tensándose en los gatillos. Veía el miedo dilatando sus pupilas.

No les di tiempo a disparar.

Me moví.

No fue teletransportación. Fue aceleración pura. Crucé los diez metros que me separaban del primer grupo antes de que el sonido de mi aterrizaje terminara de disiparse.

El primer soldado, un hombre enorme con blindaje completo, intentó levantar su arma. Le agarré el cañón del rifle con una mano y lo aparté como si fuera de papel. Con la otra, le di un golpe seco en el plexo solar. No usé energía explosiva. Solo fuerza cinética aplicada con precisión quirúrgica. El hombre se dobló, el aire abandonando sus pulmones en un silbido agónico, y cayó de rodillas, inconsciente antes de tocar el suelo.

El segundo intentó golpearme con la culata. Giré sobre mi eje, mi abrigo negro trazando un arco perfecto, y conecté una patada baja en su pierna de apoyo. El hueso no se rompió, pero la articulación cedió. Cayó.

Era como caminar entre maniquíes.

No había ira en mis movimientos. No había odio. Solo una eficiencia fría, mecánica. Esquivaba golpes que parecían venir en cámara lenta. Desviaba cañones. Noqueaba hombres entrenados para matar con toques precisos en el cuello, en la sien, en el hígado.

Eran bots en un nivel de dificultad bajo.

En la playa, Kael se puso de pie, sacudiéndose el polvo del uniforme. Su manga direccionadora seguía humeando, inútil. A su lado, Kotori y Ryan miraban hacia el mar con la boca abierta, incapaces de procesar lo que veían.

No necesitaban binoculares. A esa distancia, la fragata era un escenario iluminado por las luces de emergencia. Veían una sombra negra moviéndose entre los uniformes de camuflaje, una danza de violencia donde nadie moría, pero nadie quedaba en pie.

—No los está matando —murmuró Kael, sus ojos entrecerrados analizando el patrón—. Los está… desmontando.

—¿Por qué no nos disparan? —preguntó Ryan, con la voz temblorosa—. La flota tiene misiles Tomahawk. Podrían volar esa fragata y a Jake con ella.

—Fuego amigo —respondió Kael, con una mezcla de horror y admiración técnica—. Jake se ha metido en la boca del lobo. Está en su barco, rodeado de sus hombres. Si el portaaviones dispara un misil, matará a cien de los suyos para acabar con uno de nosotros.

Kael apretó los puños. Entendió la jugada al instante. Jake no había atacado a ciegas. Había anulado la ventaja tecnológica de la flota estadounidense convirtiendo el campo de batalla en una pelea de bar de la que no podían escapar.

—Es un jaque mate táctico —dijo Kael—. Y ni siquiera está sudando.

En el centro de mando del ITNL, el silencio era absoluto.

Reiss Vauren miraba la pantalla principal, sus manos aferradas al borde de la mesa de control con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

Los monitores mostraban la telemetría de la fragata. Los signos vitales de los soldados estadounidenses se apagaban uno a uno: no muertos, sino neutralizados. Inconscientes.

—Comandante —dijo un técnico, con voz vacilante—. El Almirante de la flota de la OTAN está en línea abierta. Exige saber qué clase de activo hemos desplegado. Amenaza con una escalada nuclear táctica si no retiramos al “hostil”.

Reiss soltó una risa nerviosa, casi histérica.

—¿Retirarlo? —masculló—. ¡Ni siquiera yo sabía que podía hacer eso!

Miró la pantalla, viendo cómo Jake lanzaba a un Marine por la borda con la facilidad de quien tira una bolsa de basura.

Reiss estaba atrapado. Si ordenaba al Consejo atacar a Jake, estaría ayudando a los invasores. Si ayudaba a Jake, declaraba la guerra formal a Estados Unidos. Y lo peor era que no tenía información. ¿Era Jake? ¿Era Zephyr? ¿Era una fusión de ambos?

—No respondan al Almirante —ordenó Reiss, secándose el sudor frío de la frente—. Mantengan los escudos sobre la isla. No podemos hacer nada. Esto ya no está en nuestras manos.

En la fragata, el último soldado cayó.

El silencio volvió a la cubierta, roto solo por el gemido de los heridos y el sonido del mar golpeando el casco.

Me quedé de pie en el centro del caos, rodeado de cuerpos inmóviles. Mi respiración era tranquila, rítmica. No había cansancio. La energía estelar fluía por mi traje, alimentándome, reciclando mi propia fatiga.

No sentía lástima. No sentía orgullo. Solo sentía la claridad absoluta de la misión.

Levanté la vista hacia el puente de mando de la fragata. A través de los cristales blindados, vi al capitán y a sus oficiales mirándome con terror puro. Tenían las manos sobre las armas de cinto, pero sabían que eran inútiles.

No subí a por ellos. No hacía falta.

Me giré lentamente hacia el resto de la flota. Hacia el portaaviones, hacia los destructores que ahora giraban sus cañones hacia mí, dudando, calculando si valía la pena sacrificar a su propia tripulación para detenerme.

Extendí los brazos a los lados, abriendo mi postura, ofreciendo un blanco perfecto. Mi abrigo negro ondeó con la brisa marina.

Disparen, pensé, proyectando mi voluntad hacia ellos. Atrévanse a romper sus propias reglas.

Pero no lo hicieron. El miedo a lo desconocido, el miedo a matar a sus propios hombres, los paralizó.

La primera fase estaba completa. Había demostrado que su fuerza bruta era irrelevante en mi dominio.

Sin dejar de mirar al portaaviones, flexioné las rodillas. El metal de la cubierta se dobló bajo mis botas.

La flota no estaba neutralizada. Solo estaba en pausa. Y yo apenas estaba calentando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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