Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 59
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Capítulo 59: Depreciación
Me elevé.
No hubo impulso físico, ni salto. Simplemente, la gravedad dejó de aplicarse a mi cuerpo. Me separé de la cubierta de la fragata y ascendí lentamente hasta quedar suspendido a cincuenta metros sobre el nivel del mar, un punto negro y solitario flotando entre la flota de acero y la isla de niebla.
El Almirante del USS Gerald R. Ford no dudó. Había visto lo que hice con su infantería y entendió que la carne era irrelevante en esta ecuación. Así que recurrió a lo único que los humanos perfeccionan con devoción religiosa: la aniquilación a distancia.
La orden fue silenciosa, transmitida por fibra óptica y encriptación de grado militar, pero yo sentí la intención antes que la ejecución.
Tres cosas sucedieron al mismo tiempo.
Primero, el zumbido agudo, casi ultrasónico, de los sistemas ADS (Active Denial System). Paneles de microondas concentradas se encendieron en los destructores de escolta, disparando haces invisibles diseñados para hervir el agua dentro de las células humanas.
Segundo, el cielo se oscureció. No por nubes, sino por enjambres. Cientos de drones tácticos kamikaze, pequeños como gorriones pero cargados de explosivos de alta densidad, salieron disparados desde los silos de cubierta. Un zumbido de avispas metálicas llenó el aire, convergiendo hacia mí en una nube caótica y letal.
Tercero, y más aterrador, fue el cañón de riel. En la proa del destructor líder, los capacitores se descargaron con un estruendo eléctrico que superó al trueno. Un proyectil de tungsteno sólido fue acelerado a velocidad hipersónica —Mach 7— en una fracción de segundo. No era explosivo; era pura energía cinética diseñada para atravesar búnkeres de hormigón reforzado.
El proyectil venía directo a mi pecho. El calor de las microondas ya lamía mi piel. Los drones estaban a metros de detonar.
Y entonces, el universo parpadeó.
El tiempo se congeló.
El proyectil de tungsteno quedó suspendido frente a mi nariz, rotando lentamente en el aire estático. Los drones se detuvieron, sus hélices congeladas en un desenfoque gris. Incluso las ondas de calor de las microondas parecían cintas de distorsión atrapadas en ámbar.
Suspiré. Y al exhalar, mi aliento formó una nube blanca en el vacío temporal.
—Es fascinante, ¿verdad? —dijo la voz.
Mi otro yo, la sombra con el traje impecable y la sonrisa de tiburón, caminaba tranquilamente sobre el aire, rodeando el proyectil hipersónico como si fuera una obra de arte en un museo.
—Mira esto —dijo, tocando la punta del tungsteno con un dedo—. Aleación de alta densidad. Propulsión electromagnética. Los humanos son criaturas sorprendentes. Su evolución biológica es lenta, patética incluso… pero dales una guerra, y su tecnología da saltos cuánticos en cuestión de años.
Se giró hacia mí, flotando relajado entre el enjambre de drones detenidos.
—Para ellos, esto es la cumbre de la ingeniería. Es el infierno mismo desatado sobre la Tierra. Fuego invisible, pájaros suicidas, lanzas que viajan más rápido que el sonido. Es aterrador… si eres humano.
Se acercó a mi oído, su voz bajando a un susurro conspirador y burlón.
—Pero para un ser de linaje estelar… para alguien como tú, Jake…
Soltó una risa corta, seca.
—Esto son resorteras. Son avioncitos de papel y punteros láser infrarrojos. Es insultante que crean que pueden tocarte con chatarra.
Me miró a los ojos, y su expresión se endureció. La burla desapareció, reemplazada por una lección técnica.
—Tu marca no solo “empuja” cosas, Jake. La energía estelar es el código fuente de la materia. Tu marca tiene la capacidad de desconectar. De desmontar la estructura lógica que mantiene unidas estas cosas. No tienes que golpearlos. Solo tienes que decirles que dejen de ser lo que son.
Se alejó, desapareciendo en la grieta de la realidad.
—Desármalos.
El tiempo se reanudó con un chasquido violento.
El mundo esperaba una explosión. Esperaba ver mi cuerpo desintegrado por el impacto cinético, cocinado por las microondas y destrozado por la metralla de los drones.
Lo que vieron fue ingeniería inversa.
Extendí ambas manos. No hubo barreras, no hubo escudos de luz.
La energía estelar brotó de mí, no como un rayo, sino como un comando de anulación.
El proyectil de tungsteno, a centímetros de mi pecho, no se detuvo. Se deshizo. La cohesión molecular que mantenía el metal unido se disipó. El tungsteno se convirtió en polvo metálico inofensivo que me atravesó como una brisa brillante.
Los drones no explotaron. Se desarmaron.
Fue una cascada de destrucción silenciosa. Cientos de tornillos se desenroscaron al mismo tiempo. Las placas de blindaje se soltaron. Los circuitos se separaron de las baterías. El enjambre de avispas letales se convirtió instantáneamente en una lluvia de chatarra inerte: motores, hélices y chips cayendo al mar como confeti metálico.
Y el haz de microondas…
No lo bloqueé. Lo invoqué.
Abrí la palma de mi mano derecha. La radiación invisible que debía cocinarme se curvó, obedeciendo a una gravedad superior. La energía se hizo visible, transformándose en luz pura, un remolino de blancos y azules que se condensó en una esfera pulsante sobre mi mano.
Absorbí todo. La energía cinética del riel, el calor de las microondas, la carga eléctrica de los drones. Todo fluyó hacia mí, alimentando el traje, alimentando la marca, convirtiéndome en un reactor vivo.
Abajo, en la playa, el Consejo de Hierro observaba.
Kael bajó su manga direccionadora. Su rostro no mostraba miedo, sino una comprensión fría y absoluta.
—No está peleando —dijo Kael, su voz apenas audible sobre el viento—. Está jugando.
Reiss, en el búnker, vio los monitores de telemetría ponerse en blanco. No había lecturas. Jake había dejado de ser un objetivo biológico para convertirse en una anomalía física.
A miles de kilómetros de allí, en un centro de mando subterráneo en Beijing, un general chino observaba la transmisión satelital de alta resolución.
Vio al activo desmantelar la tecnología punta estadounidense sin mover los pies del aire.
—Señor —dijo su analista táctico—, ¿preparamos la intercepción?
El general negó con la cabeza lentamente. Era un hombre pragmático. Sabía cuándo una batalla era militar y cuándo era teológica.
—Abortar —ordenó—. Eso no es un objetivo militar. Es un desastre natural con forma humana. Si Estados Unidos quiere suicidar su flota contra él, que lo haga. China no perderá recursos en una guerra que no se puede ganar con pólvora. Borren a Solaria de los mapas de ataque. Esa isla ya no existe para nosotros.
China se retiró en silencio, con la sobriedad de quien ve un incendio forestal y decide no echarle gasolina.
En el aire, la esfera de luz en mi mano había alcanzado una masa crítica. Brillaba con la intensidad de un sol en miniatura, zumbando con el poder robado a la flota.
Miré hacia abajo, al océano.
El portaaviones Gerald R. Ford seguía allí, un gigante de acero ahora mudo, con sus sistemas electrónicos fritos por la retroalimentación de mi defensa.
—Ustedes trajeron la guerra —dije, mi voz amplificada por la energía, resonando sobre las olas—. Ahora llévensela de vuelta.
Giré la muñeca y dejé caer la esfera de energía al mar.
No la lancé contra los barcos. La lancé al agua frente a ellos.
El impacto fue silencioso por un segundo. La esfera se hundió, iluminando las profundidades con un resplandor azul fantasmal.
Y entonces, el océano rugió.
El agua se levantó. No fue una salpicadura. Fue un desplazamiento tectónico. Una pared de agua de treinta metros de altura surgió de la nada, alimentada por la energía estelar, creciendo y curvándose con una violencia majestuosa.
La ola se alzó frente a la flota, bloqueando el sol de ese atardecer, una montaña líquida que amenazaba con volcar los destructores y barrer la cubierta del portaaviones.
Me quedé flotando sobre la cresta de la ola, mirando a los marineros diminutos que corrían por las cubiertas presas del pánico. Tenía el poder de dejarlos caer. Tenía el poder de hundir la flota más poderosa del mundo con un gesto.
La ola se congeló un instante en su punto más alto, una guillotina de agua y espuma esperando mi sentencia.
El Consejo en la playa contuvo el aliento. Reiss cerró los ojos.
La flota estaba a mi merced. Y yo, Jake Aris Evernight, ya no tenía miedo.
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