Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 60
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Capítulo 60: El Hechizo de la Bruja Blanca
El océano no perdonó.
Mi mano bajó, y con ella, la montaña de agua. No fue un tsunami apocalíptico que borrara la flota del mapa; fue algo más calculado, más cruel. La ola rompió sobre la línea de vanguardia, aplastando las corbetas y patrulleras ligeras como si fueran juguetes de plástico en una bañera. El acero gimió, los cascos se abollaron y las estructuras de radar fueron barridas por la espuma blanca.
No hubo fuego. No hubo explosiones nucleares. Solo la fuerza bruta de la naturaleza recordándoles quién mandaba. Los barcos no se hundieron, pero quedaron inutilizados, flotando a la deriva como chatarra mojada. No hubo bajas masivas, no por mi misericordia, sino porque la ola había sido diseñada para humillar, no para exterminar.
Pero mi mente ya no estaba en el agua.
Mis ojos, negros y rodeados de luz estelar, se fijaron en los portaaviones nucleares que quedaban atrás. Eran enormes. Complejos. Y en mi cabeza, la voz de la sombra susurraba con un entusiasmo febril: Desármalos. Mira cuántos tornillos tienen. Mira qué fácil sería separar sus reactores del casco. Hazlo. Conviértelos en lluvia.
Levanté los dedos, sintiendo la estructura molecular del USS Gerald R. Ford en la punta de mis nervios, listo para deshacerlo pieza por pieza.
Abajo, en la playa, el aire cambió. No por la humedad del mar, sino por una presión diferente. Una estática dulce, antigua, que hizo que los pelos de la nuca de Kael se erizaran.
Detrás del Consejo de los Cinco, una figura apareció de la nada.
No era alta. No parecía un soldado. Era una chica de estatura menuda, con el cabello rubio corto adornado con mechones color crema que atrapaban la poca luz del atardecer. Llevaba un uniforme de gala blanco impoluto, con botones dorados y la insignia del ITNL bordada en hilo de plata sobre el corazón.
Parecía una muñeca de porcelana fuera de lugar en un campo de batalla.
En su mano derecha sostenía un cetro que era casi más alto que ella. No era ceremonial; era tecnología Valdrakhan, una aleación de metal blanco y núcleo de energía estelar que zumbaba con vida propia.
Kael, Kotori y Ryan se giraron, alarmados. Al verla, sus posturas de combate se desmoronaron, reemplazadas por una reverencia instintiva y aterrorizada.
Era Alice Valdrakhan.
La presidenta del Consejo del ITNL. La heredera del otro gran Clan fundador. Mientras los Vauren eran los guardianes del orden y la ciencia, los Valdrakhan eran la memoria viva de la magia. Sus ancestros habían sido cazados como brujos y hechiceros por una humanidad ignorante que temía lo que no podía entender. Alice era la descendiente de esa estirpe de supervivientes: caprichosa, letal y absolutamente dominante.
—Ay, miren nada más ese desastre —dijo Alice. Su voz era fina, delicada, como campanillas de cristal—. Ese muchachito caprichoso va a dejar la bahía hecha un asco.
Kael estaba tenso, sus músculos rígidos por el estrés del combate.
—Presidenta… la situación es crítica…
Alice no le dejó terminar. Levantó el cetro y le dio un golpe seco, casi juguetón, en la cabeza. ¡Bonk!
—Relájate, Kael —dijo con una sonrisa inocente que no llegaba a sus ojos depredadores—. Si te tensas tanto, te voy a usar de maniquí para mis vestidos de gala. Y créeme, no tienes las caderas para lucirlos.
Kael se sobo la cabeza, humillado pero obediente.
—Observen —ordenó Alice, señalando al cielo con el cetro—. Tengo un hechizo de Categoría Cero preparado para detenerlo. Es muy complejo, muy antiguo. Por eso la traje a ella.
Aria salió de detrás de Alice. Estaba pálida, temblando, pero sus ojos estaban fijos en la figura oscura que flotaba sobre el mar.
—Acércame a él —dijo Alice.
Alice asintió.
—Vamos. Ustedes tres, sígannos. Pero no muy cerca, no quiero que estorben mi flujo.
El grupo avanzó hacia la orilla. La flota estadounidense, a través de sus cámaras de largo alcance, vio la escena: una chica de blanco, una estudiante civil y lo que parecían ser tres soldados en dirección hacia el monstruo que acababa de aplastar su vanguardia. El terror en los puños de mando fue absoluto. ¿Qué clase de arma iban a desplegar ahora?
Arriba, mi cordura se estaba fracturando.
Los portaaviones eran rompecabezas. Desatornillar aquí. Romper enlace allá. Fisión fría. Era tan fácil. Tan tentador. La realidad era arcilla en mis manos.
—¡Jake!
La voz de Aria rompió mi concentración por un microsegundo. Bajé la mirada. La vi en la playa, pequeña, insignificante al lado del poder que yo sostenía. Pero su presencia fue un ancla.
Alice estaba a su lado, midiendo la distancia con un ojo cerrado, como una niña jugando a los dardos.
—Ahora, querida —susurró Alice.
Alice sacó un dardo pequeño de su manga. No era metal; era energía cristalizada. Lo lanzó hacia mí con un movimiento de muñeca fluido.
El dardo cruzó el aire silbando.
Mi instinto de defensa se activó. Iba a detenerlo. Iba a desintegrarlo como hice con los misiles.
Pero justo antes de que el dardo me tocara, Alice desapareció de la playa.
No hubo sonido de teletransportación. Fue un corte en la edición del universo.
En un parpadeo, Alice reapareció suspendida en el aire, justo detrás de mí. Estaba en una pose perfecta: rodillas flexionadas, piernas hacia atrás para ganar impulso, el uniforme blanco ondeando inmaculado.
Levantó el cetro con ambas manos por encima de su cabeza. El núcleo del arma brilló con una luz cegadora.
Abajo, Kael, Kotori y Ryan contuvieron el aliento.
—¡Es el Gran Hechizo de Supresión Valdrakhan! —exclamó Ryan, esperando ver runas antiguas, cadenas de luz o un sello dimensional.
Alice sonrió.
—¡Toma tu medicina, niño berrinchudo!
Y le bajó el cetro con toda la fuerza de su cuerpo directo en la coronilla.
¡CRACK!
El sonido fue seco, brutal y extrañamente cómico. No hubo magia. No hubo luces místicas. Fue un golpe físico, potenciado con energía estelar, en el punto exacto para apagar el sistema nervioso central.
Mis ojos se pusieron en blanco al instante. La energía negra de mi traje parpadeó y se desvaneció, volviendo a ser tela inerte. La “Intención” en mi cabeza se calló de golpe.
Me desplomé en el aire.
Alice me atrapó por el cuello de la chaqueta antes de que cayera al mar.
Flotando allí, pequeña y terrible, me levantó con una sola mano como si yo fuera un muñeco de trapo, un trofeo de caza inerte frente a la flota más poderosa del mundo.
Se giró hacia la playa. Kael, Kotori y Ryan tenían la boca abierta, una expresión de incredulidad absoluta pintada en sus rostros. ¿Ese era el hechizo legendario? ¿Un garrotazo en la cabeza?
Alice les hizo un gesto impaciente con la cabeza para que subieran.
—¡Suban aquí! ¡No tengo todo el día! ¡Aria, tú también!
El Consejo y Aria, impulsados por sus propios medios, levitaron hasta quedar a su lado, formando una línea de defensa improvisada en el aire. Aria me miró, inconsciente en la mano de Alice, con una mezcla de alivio y horror.
Alice se giró hacia los barcos. Hacia las cámaras. Hacia los satélites chinos, rusos y europeos que miraban.
Su voz, amplificada mágicamente, resonó en todo el Atlántico con una claridad cristalina y una dulzura venenosa:
—Presten mucha atención, resto del mundo.
Sacudió mi cuerpo inerte una vez, demostrando que la amenaza había sido neutralizada… por ella.
—Solaria no es su campo de juego. Y si vuelven a despertar a mi muchachito caprichoso sin mi permiso… —levantó el cetro, que ahora goteaba estática pura— …yo misma iré a sus capitales a darles las buenas noches.
—Aria la miró con mucha sorpresa por lo que acababa de decir.
Sonrió, y por primera vez, el mundo entero sintió el verdadero terror de los Valdrakhan.
Reiss Vauren bajó sus armas, pero no bajó la guardia.
Desde su posición en el búnker, observaba la pantalla principal donde Alice Valdrakhan, esa pequeña figura vestida de blanco impoluto flotaba sobre la playa con la naturalidad de quien camina por su propio jardín. A su lado, Jake yacía inconsciente, flotando como un satélite apagado bajo el control telequinético de la chica.
Reiss sintió una mezcla indigesta de alivio y resentimiento.
Alivio, porque la crisis inmediata había terminado sin un invierno nuclear. Resentimiento, porque quien lo había solucionado no era su protocolo militar, ni su escuadrón táctico, ni años de ciencia Vauren. Había sido ella.
Alice Valdrakhan. La anomalía académica.
Reiss apretó los dientes al recordar el expediente académico de Alice. Era un desastre de prioridades mal calibradas. Se saltaba los exámenes de Balística Aplicada porque decía que “las parábolas matemáticas le quitaban el alma al vuelo”. Ignoraba las clases de Táctica de Supresión para pasar horas en los invernaderos de cristal, “escuchando” cómo la energía estelar afectaba la fotosíntesis de las orquídeas negras.
Para un Vauren, que veía la energía como una ecuación a resolver, Alice era un insulto. Para un Valdrakhan, la energía era arte. Era música. No la diseccionaban; la invitaban a bailar.
Y lo más irónico descansaba en su mano derecha: el Cetro de Mando.
Esa vara de aleación blanca y núcleo resonante no era una reliquia ancestral sacada de una cueva mística. Había sido fabricada hace seis meses en los Laboratorios de Ingeniería Bélica del Clan Vauren. Reiss mismo había firmado la orden de producción. Era la pieza de tecnología de canalización más avanzada del planeta, diseñada con precisión micrométrica. Y, sin embargo, en manos de Alice, dejaba de ser una herramienta científica para convertirse en una varita mágica.
Ella tomaba la ciencia de los Vauren y la vestía con el misticismo de los Valdrakhan. Y funcionaba. Maldita sea, funcionaba mejor que cualquier otra cosa.
Mientras las cámaras del mundo hacían zoom en su rostro, Alice mantenía esa sonrisa serena, casi infantil. Pero detrás de esos ojos claros había un cementerio.
Nadie en la playa sabía lo que pesaba esa sonrisa.
Alice no era una niña caprichosa por elección; lo era por supervivencia. El Clan Valdrakhan, que antaño llenaba salones enteros con “hechiceros” de la energía, se había reducido a una sola línea de sangre. A ella.
El recuerdo de su madre siempre venía acompañado de un frío que no era de este mundo. No había muerto en combate, ni por un error de cálculo. Había sido algo mucho más humano y cruel: una enfermedad degenerativa. Pero no una cualquiera. El virus había mutado al entrar en contacto con una fuente de Energía de Abismo Estelar, una radiación oscura y corrupta cuyo origen nadie en Solaria había logrado identificar todavía.
Alice recordaba estar sentada al borde de la cama, viendo cómo la mujer más poderosa que conocía se marchitaba, consumida por una oscuridad que ni la “magia” Valdrakhan ni la ciencia Vauren pudieron purgar.
Y luego estaba su padre. El último hechicero hombre, alguien que había envejecido tres décadas en un año tras la muerte de su esposa, sosteniendo el clan con manos temblorosas hasta que su corazón simplemente dejó de latir el año pasado.
Alice se había quedado sola en la mansión Valdrakhan, rodeada de retratos de ancestros muertos y el silencio de un legado que ahora descansaba enteramente sobre sus hombros estrechos.
No se quebró. No se volvió una mártir. Al contrario, decidió que si el universo iba a ser tan cruelmente aleatorio, ella sería deliciosamente impredecible. Maduró de golpe, pero escondió esa madurez detrás de capas de encaje, modales de realeza y una excentricidad que mantenía a todos —incluso a Reiss— a una distancia segura.
Si nadie la tomaba en serio, nadie podía ver lo peligrosa que realmente era.
Esa misma excentricidad fue la que le ganó la presidencia del ITNL.
Cuando se anunciaron las elecciones, los candidatos del establishment —incluido el favorito de Reiss— hablaron de contención, de protocolos de seguridad, de muros y escudos. Hablaron de la energía estelar como si fuera una bestia rabiosa que había que mantener enjaulada. El cuerpo estudiantil, ya asustado, se sentía asfixiado.
Entonces llegó Alice.
No presentó gráficos ni planes de contingencia. Se paró en el podio, con su uniforme de gala, y en lugar de hablar, hizo.
Liberó una onda de energía estelar que no empujó a nadie, no quemó nada. La energía flotó sobre el auditorio como una aurora boreal, convirtiéndose en mariposas de luz, en lluvia cálida que no mojaba, en una melodía que vibraba en los huesos de cada estudiante.
—La energía no es su enemiga —les dijo, con esa voz finita que cortaba el silencio mejor que un grito—. Es el aire que respiran. Es lo que nos hace Solaria. ¿Por qué le temen a su propia herencia? Los Vauren quieren que vivan en un búnker. Yo quiero que vivan en un castillo.
Ganó por una avalancha histórica. Les devolvió la maravilla. Hizo que la energía estelar dejara de ser un arma nuclear y volviera a ser… natural. Mágica.
De vuelta en el presente, Alice flotaba frente a la flota paralizada. El viento del océano movía su cabello, pero su postura era de acero.
Los drones de las noticias transmitían en vivo a cada rincón del planeta. Washington, Beijing, Moscú, Bruselas. Todos miraban a la niña del cetro y al monstruo inconsciente a su lado.
Alice alzó la barbilla. Su voz, amplificada por el cetro Vauren, resonó en los sistemas de audio de los barcos y en las televisiones del mundo.
—Escúchenme bien, porque no me gusta repetirme. Soy Alice Valdrakhan, futura presidenta del comité del ITNL y hablo en nombre de Solaria.
En el búnker, Reiss escupió el café que ni siquiera estaba bebiendo. Se levantó de su silla como si tuviera un resorte, tirando la mesa táctica en el proceso.
—¡¿QUÉ?! —gritó Reiss, perdiendo la compostura militar por primera vez en diez años—. ¡¿Futura presidenta del Comité?! ¡Esos son los ancianos! ¡Es el Consejo Supremo! ¡Esa mocosa está anunciando un golpe de estado administrativo en televisión global!
Sus subordinados lo miraron, aterrados, sin saber si aplaudir o esconderse. Reiss se llevó las manos a la cabeza, caminando en círculos.
—¡Ni siquiera se ha graduado y ya se está autoproclamando jefa suprema de la isla! ¡Me va a matar de un infarto! ¡Esa niña me va a matar!
Ajena al colapso nervioso de Reiss, Alice continuó su discurso con una sonrisa angelical.
—Durante décadas, nos hemos escondido. Hemos dejado que ustedes jueguen a la geopolítica mientras nosotros estudiábamos las estrellas. Pero hoy, ustedes cruzaron la línea. Vinieron a mi casa, rompieron mis juguetes y molestaron a mi gente.
Señaló a la flota con el cetro, no como una amenaza, sino como una maestra señalando un error en la pizarra.
—Solaria no es una base militar. No es una amenaza terrorista. Solaria es, y siempre ha sido, una nación independiente. No pedimos su permiso para existir. No necesitamos sus tratados para validarnos.
Alice giró el cetro, haciendo que el aire alrededor de ella brillara con partículas de luz dorada.
—Entendemos su miedo. Sus recursos se agotan. Su mundo se está muriendo lentamente mientras el nuestro florece. Es triste, de verdad. Y no somos crueles. Solaria no les cierra la puerta… pero la entrada tiene un precio: Reciprocidad.
Su expresión se endureció. La niña caprichosa desapareció, dejando ver a la Matriarca del Clan.
—A partir de hoy, Solaria es territorio soberano absoluto. Si eligen ser nuestros aliados, si vienen con la mano abierta y no con el puño cerrado, encontrarán en nosotros la clave para su supervivencia a largo plazo. Compartiremos el conocimiento. Ayudaremos a sanar su mundo roto.
Luego, su mirada se volvió gélida, clavándose en la cámara de un dron cercano.
—Pero si eligen la estupidez… si vuelven a enviar flotas, espías o amenazas… entiendan esto: Solaria no está atada a esta Tierra. Nuestra existencia no depende de sus fronteras ni de su sistema solar. Hemos trascendido la necesidad de suelo firme hace mucho tiempo.
—Tienen dos opciones —concluyó Alice, bajando el cetro y dejando que Jake flotara suavemente hacia los brazos de Aria, que esperaba abajo con los ojos llenos de lágrimas—. Pueden aliarse con el futuro y sobrevivir. O pueden intentar dispararle al sol y ver cómo se queman. Ustedes deciden si quieren pegarse el tiro en el pie o caminar con nosotros.
Alice se dio la vuelta, dándole la espalda a la flota más poderosa de la historia, como si ya no fueran dignos de su atención.
—La decisión es suya. Pero no tarden mucho. Mi paciencia es tan corta como mi estatura.
Y con un destello de luz blanca, la transmisión se cortó, dejando al mundo en silencio y a Reiss Vauren, en su búnker, gritándole a una pantalla apagada.
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