Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 62
- Inicio
- Todas las novelas
- Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas
- Capítulo 62 - Capítulo 62: El Guardián del Silencio
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 62: El Guardián del Silencio
El despertar no llegó de golpe. No hubo esa inhalación violenta de aire que sigue a una pesadilla, ni la sensación de caída libre que suele acompañar al retorno de la consciencia. Esta vez, fue un ascenso lento, casi geológico, desde las profundidades de un sueño sin sueños hacia la superficie de la realidad.
Lo primero que registré no fue la luz, sino el olor. No olía a antiséptico barato ni al óxido metálico de la sangre que había cubierto la cubierta de la fragata. Olía a ozono purificado, a polímeros médicos de última generación y a algo más sutil, como la fragancia de flores nocturnas.
Luego vino el silencio. Un silencio denso, diseñado acústicamente para que el mundo exterior dejara de existir.
Abrí los ojos.
El techo sobre mí no era de yeso ni de hormigón. Era una placa inmensa de cristal inteligente, oscura y traslúcida, que proyectaba una simulación perfecta del cielo nocturno de Lunavia, pero sin la contaminación lumínica de la ciudad. Estrellas nítidas parpadeaban con un ritmo relajante, sincronizado probablemente con mis propias ondas cerebrales.
Giré la cabeza lentamente, esperando el latigazo de dolor en el cuello, pero solo encontré una rigidez muscular leve. Las paredes de la habitación eran paneles curvos de un material blanco mate, que emitían una luz difusa y suave. No había esquinas afiladas, no había cables colgando. Todo estaba integrado, oculto, diseñado para transmitir paz.
No estaba en una enfermería de campaña. Estaba en la Suite de Recuperación Intensiva del Hospital St. Magnus Von Ashford, el corazón médico de la capital. El edificio más grande y desarrollado de Lunavia, un faro de sanidad abierto a todos los ciudadanos, aunque el silencio absoluto sugería que yo estaba en un ala aislada, lejos del bullicio de las urgencias generales.
Intenté incorporarme, apoyando los codos en el colchón de espuma con memoria que se ajustó instantáneamente a mi movimiento.
—Si yo fuera tú, no forzaría los circuitos neuronales tan pronto, Jake. Tu sistema nervioso todavía está reiniciándose después del impacto del “Hechizo de Supresión”.
La voz llegó desde el otro extremo de la habitación. Era suave, modulada, con una cadencia musical que contrastaba con la frialdad del entorno. No había hostilidad en ella, pero sí una autoridad innegable.
Miré hacia la ventana panorámica de piso a techo que ocupaba toda la pared norte. Allí, de espaldas a mí, había alguien observando las verdaderas luces de la ciudad bajo la niebla.
Era un muchacho, quizás de mi edad o un año mayor. Su silueta se recortaba contra el resplandor urbano con una elegancia casi escenográfica. Llevaba un uniforme que no correspondía a ninguno de los códigos estándar de la academia: un traje de gala de manga larga, de un blanco inmaculado que parecía absorber la luz artificial. Los puños estaban adornados con botones dorados que brillaban discretamente, y detalles en un rojo profundo, casi carmesí, recorrían las costuras de los hombros y el cuello, evocando líneas arteriales sobre un lienzo virgen.
En el lado izquierdo de su pecho, sobre el corazón, el emblema del Instituto Tecnológico Nacional de Lunavia estaba bordado en hilo de oro y platino.
El muchacho se giró lentamente, apartando la vista de la ciudad para posarla en mí.
Su apariencia era tan impactante como su voz. Tenía el cabello lacio, de un rojo fuego intenso que caía ordenadamente sobre su frente, interrumpido solo por un único mechón de blanco puro en el lado izquierdo, como una cicatriz de luz en medio de las llamas. En su oreja derecha, un pendiente largo de plata con una pequeña gema incrustada captaba los reflejos de la habitación, oscilando suavemente con su movimiento.
Su rostro tenía una expresión relajada, casi serena. No había tensión en su mandíbula ni juicio en sus ojos. Me miraba con la curiosidad de un científico que observa el resultado de un experimento complejo, pero con la calidez de un anfitrión que recibe a un invitado cansado.
Instintivamente, me llevé la mano a la coronilla. A pesar de la tecnología médica de vanguardia, todavía sentía un bulto fantasma allí, palpitando al ritmo de mi corazón.
—¿”Hechizo de Supresión”? —mascullé, con una mueca de incredulidad—. ¿Así es como lo llaman en los libros oficiales? Porque desde mi perspectiva, eso tuvo muy poco de místico y mucho de traumatismo craneoencefálico con un objeto contundente. Básicamente, me dio un garrotazo con un palo de metal.
El muchacho soltó una risa suave, elegante y contenida.
—Semántica, mi amigo. Semántica —dijo, con un brillo divertido en los ojos—. Alice tiene una inclinación por los nombres teatrales para… soluciones pragmáticas. Digamos que fue una “anestesia percutánea de aplicación inmediata”. Pero funcionó, ¿no?
—Supongo —admití, frotándome la cabeza—. Aunque la próxima vez preferiría un sedante normal. ¿Quién eres?
—Me llamo Xander.
Se separó de la ventana y caminó hacia la cama. Sus pasos no producían sonido alguno sobre el suelo pulido. Se movía con una fluidez líquida, una economía de movimiento que delataba un control físico absoluto.
—Soy el Vicepresidente del nuevo Consejo Estudiantil del ITNL —continuó, deteniéndose a una distancia respetuosa—. La mano derecha de Alice, por así decirlo. Y el encargado de asegurarme de que tu despertar no venga acompañado de otro maremoto.
—¿Cuánto tiempo…?
—Siete horas y cuarenta minutos —respondió Xander con precisión—. Tuviste suerte. El golpe de la Presidenta fue quirúrgico. Un milímetro más a la derecha y habríamos tenido que reconstruir tu corteza motora.
—La flota —dije, ignorando el dolor de cabeza mientras los recuerdos de la batalla en el mar me golpeaban de golpe. El portaaviones, los drones desarmados, la ola gigante—. Los barcos estadounidenses. ¿Qué pasó con ellos?
Xander cruzó las manos detrás de su espalda. Su postura era impecable, relajada pero alerta.
—Se han ido, Jake.
—¿Se han ido? —repetí, incrédulo—. ¿Simplemente dieron la vuelta y se marcharon?
—Nada es tan simple en la geopolítica de alto nivel, pero en esencia, sí —explicó Xander con paciencia—. El discurso de Alice cambió el tablero de juego. Al declarar la soberanía absoluta de Solaria y demostrar una capacidad de respuesta de Nivel Cero —te señaló discretamente con la cabeza—, convirtió la invasión en un cálculo matemático negativo. Estados Unidos entendió que para tomar esta isla tendrían que sacrificar toda su flota del Pacífico. Y China, observando desde sus satélites, decidió que el costo de oportunidad era demasiado alto.
Xander caminó de nuevo hacia la ventana, mirando hacia el horizonte oscuro donde el mar se encontraba con el cielo.
—Es una paz armada, por supuesto. Se retiraron más allá de la línea de bloqueo de las doscientas millas náuticas. Nos están vigilando con cada sensor que tienen, pero ya no nos están apuntando activamente. Hemos ganado tiempo. Y el tiempo es el recurso más valioso que tenemos ahora.
Asentí, procesando la información. La adrenalina del combate había desaparecido, dejando un vacío frío en mi pecho. Habíamos ganado. Solaria era libre, al menos por ahora.
—¿Y tú? —pregunté, observándolo con detenimiento. Su energía era… diferente—. No eres un Valdrakhan. No tienes la excentricidad de Alice. Y no pareces un tecnócrata Vauren como Reiss.
Xander soltó una risa suave, casi melancólica.
—No tengo un apellido ilustre, Jake. No vengo de una dinastía fundadora ni de una familia que haya escrito los libros de historia de esta isla. Soy solo alguien que cree firmemente que el orden es más hermoso que el caos. Alguien que tuvo que aprender a sobrevivir en los márgenes hasta que Alice decidió que le era útil.
Dio un paso más hacia mí, reduciendo la distancia, y por primera vez, mis sentidos —aún agudizados por la conexión con el abismo— captaron algo.
No era la presión externa y aplastante que Alice proyectaba. Tampoco era la estática eléctrica y vibrante de la tecnología de Reiss.
Era una implosión.
Al concentrarme en Xander, mi percepción de la energía estelar detectó una anomalía gravitacional en su interior. Su cuerpo no irradiaba poder; lo contenía. Era como estar frente a un agujero negro o una estrella de neutrones comprimida en forma humana. Sus músculos, sus huesos, cada célula de su cuerpo parecía estar saturada de una energía estelar de densidad infinita, circulando en bucles cerrados, perfectamente controlados.
Entendí al instante que, si él quisiera, no necesitaría lanzar un rayo. Solo necesitaría tocarme. Un golpe físico cargado con esa densidad atravesaría mi cuerpo como si yo fuera de papel mojado. Era un especialista en canalización interna. Un arma de combate cuerpo a cuerpo viviente.
—Jake —dijo Xander, sacándome de mi análisis. Su tono había cambiado sutilmente. La amabilidad seguía ahí, pero ahora había un filo de acero bajo la seda—. Necesito pedirte algo. Y te lo pido como compañero de este nuevo Consejo, no como autoridad.
—Dime.
—No vuelvas a actuar por impulso.
Sus ojos, de un color ámbar tranquilo, se clavaron en los míos. No parpadeaba.
—Lo que hiciste hoy… desarmar los drones, humillar a la infantería, levantar el océano… salvó la isla, es cierto. Pero también nos puso al borde de la extinción. Si hubieras dejado caer esa ola un segundo antes, o si hubieras decidido hundir el portaaviones, la respuesta nuclear habría sido automática. No habría habido negociación.
Xander suspiró, un sonido casi imperceptible, y se ajustó el puño de su manga blanca.
—El nuevo Instituto, el Consejo que presido junto a Alice, tiene un mandato único y absoluto: que la historia no se repita.
—¿La historia? —pregunté.
—Zephyr. La masacre de Raven Lockhart. El caos sangriento del último Torneo Estelar. Esas tragedias ocurrieron porque permitimos que el poder individual superara al propósito colectivo. Porque tratamos la energía estelar como un deporte, como un espectáculo para alimentar egos.
Se inclinó ligeramente hacia mí, y la luz de la habitación reflejó en su pendiente, creando un destello breve.
—Eso se acabó, Jake. El Torneo Estelar ha sido cancelado de forma indefinida. No habrá más juegos de gladiadores. No habrá más rankings de popularidad basados en quién explota cosas más grandes. A partir de hoy, Solaria es una nación en estado de sitio. Cada gramo de energía que usemos debe tener un propósito táctico: asegurar nuestra supervivencia.
Se enderezó, recuperando su distancia.
—Eres parte de este ecosistema ahora. Eres el activo más valioso y más peligroso que tenemos. Si te rompes, si pierdes el control de nuevo, nos rompes a todos. Y mi trabajo, mi único trabajo, es asegurar que la estructura aguante.
Sentí el peso de sus palabras. No era una amenaza vacía. Era una declaración de principios. El mundo de juegos escolares había muerto en esa playa.
—Lo entiendo —dije, sorprendiéndome de mi propia sinceridad. Sentía una extraña calma al escucharlo. Alguien tenía un plan. Alguien estaba sujetando el timón.
—Bien —Xander sonrió de nuevo, y la tensión en el aire se disipó como niebla al sol—. Descansa, Jake. Tu cuerpo humano necesita tiempo para realinearse con la cantidad de energía que canalizaste. Vas a necesitar fuerza para lo que viene. La reconstrucción empieza mañana.
Sin esperar respuesta, Xander caminó hacia la puerta. Se movía con esa elegancia silenciosa, casi aristocrática, que lo hacía parecer fuera de lugar y, al mismo tiempo, dueño absoluto del espacio.
Se detuvo en el umbral, con la mano en el panel de control.
—Ah, y una cosa más —dijo sin voltearse, con un tono ligeramente divertido—. Tienes visitas esperando. Ha sido difícil mantenerla fuera. Tiene mucha… tenacidad. Casi rompe el protocolo de seguridad tres veces.
La puerta se deslizó abriéndose con un siseo suave. Xander desapareció por el pasillo, llevándose consigo esa atmósfera de gravedad comprimida.
Segundos después, la puerta volvió a abrirse.
Esta vez no hubo protocolos de silencio, ni uniformes de gala inmaculados, ni discursos sobre el destino de la nación.
Aria estaba allí.
Llevaba la misma ropa sucia y desgastada de la batalla en la playa, manchada de arena y sal. Tenía el cabello revuelto, un desastre de nudos y viento, y ojeras profundas marcaban su rostro pálido. Parecía agotada, al límite de sus fuerzas.
Pero cuando me vio despierto, sentado en la cama y sobándome la cabeza, todo el cansancio pareció evaporarse de su cuerpo.
Se quedó parada en el marco de la puerta un segundo, como si no pudiera creer que yo fuera real, que hubiera vuelto del abismo al que me había lanzado.
No dijo nada sobre geopolítica. No mencionó a Alice, ni a la flota, ni a la energía estelar.
Simplemente cruzó el umbral, sus ojos brillando con una mezcla de lágrimas contenidas y un alivio infinito, y me sonrió. Una sonrisa cansada, genuina y humana que iluminó la habitación aséptica mejor que cualquier estrella artificial.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com