Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 63

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas
  4. Capítulo 63 - Capítulo 63: Visitas
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 63: Visitas

La sonrisa de Aria en la puerta duró exactamente tres segundos. El tiempo suficiente para comprobar que yo respiraba, que tenía las extremidades en su sitio y que no me había convertido en una estatua de sal estelar.

Luego, la sonrisa se rompió, reemplazada por una tormenta.

Cruzó la habitación no como una visita, sino como un huracán. Antes de que pudiera decir “hola”, ya estaba al pie de la cama.

—Eres un idiota —dijo. Su voz temblaba, oscilando peligrosamente entre el llanto y la furia.

—Aria, yo…

—¡Cállate! —me interrumpió, agarrando mi brazo derecho con fuerza.

No llevaba el uniforme de la batalla. Se había cambiado a unos jeans oscuros y un suéter gris que le quedaba un poco grande, probablemente ropa que tenía en su casillero de emergencia. Olía a jabón neutro y a cansancio. Arremangó la manga de mi bata de hospital con brusquedad, buscando la piel, buscando la marca.

—¿En qué estabas pensando, Jake? ¿En qué demonios estabas pensando al saltar tú solo contra una flota entera?

Sus dedos recorrieron mi antebrazo. La piel estaba limpia. La comilla invertida, esa marca negra y pulsante que me había atormentado, ya no estaba en la superficie. Se había fundido, hundido en mi carne, convirtiéndose en una red invisible bajo la dermis. Pero Aria sabía que seguía ahí. Podía sentir el calor residual, la vibración de algo que no era humano.

—Tenía que hacerlo —dije, bajando la voz. El contacto de sus manos frías sobre mi piel afiebrada me desarmó—. No había tiempo para votaciones, Aria. No había tiempo para planes.

—¡No se trata de tiempo! —gritó ella, y vi una lágrima solitaria escapar de su ojo, trazando un camino furioso por su mejilla pálida por el estrés—. ¡Se trata de confianza! Estábamos ahí abajo. Kael, Kotori, Ryan… yo. Estábamos listos para pelear contigo. ¿Y qué hiciste? Nos empujaste. Nos sacaste del tablero como si fuéramos piezas inútiles.

Se secó la lágrima con el dorso de la mano, un gesto brusco, negándose a romperse del todo. Sus ojos estaban enrojecidos, hinchados de haber llorado en la sala de espera mientras Xander y los médicos me estabilizaban.

—Me dejaste mirando desde la playa, Jake. Me dejaste aterrada, pensando que iba a ver morir a la única persona que… —se detuvo, tragando saliva, incapaz de terminar la frase—. Pensé que te perdería.

El silencio que siguió fue pesado. No el silencio clínico del hospital, sino el silencio denso de las verdades no dichas.

Suspiré, dejándome caer contra las almohadas. No podía mentirle. No a ella.

—No fue solo estrategia, Aria —admití, mirando al techo estrellado—. Tuve miedo.

Ella levantó la vista, sus ojos clavándose en los míos.

—¿Miedo de los barcos?

—Miedo de mí mismo —corregí—. Cuando la marca se activó… no fui solo yo. Había algo más. Una voz. Una sombra que se parece a mí pero que no tiene frenos. Me dijo que podía desarmarlos. Me dijo que podía hundirlos. Y por un segundo, Aria… por un segundo quise hacerlo. Quise borrarlos del mapa.

Apreté los puños sobre las sábanas.

—Si ustedes hubieran estado cerca… si te hubiera pasado algo por mi culpa, por una explosión descontrolada o porque yo perdiera el juicio… no me lo perdonaría. Ya vi morir gente en el Torneo. Ya vi lo que Raven hizo. No iba a arriesgarte a ti también. Prefería ser un monstruo solitario que un líder con las manos manchadas de la sangre de mis amigos.

Aria me sostuvo la mirada durante un largo minuto. Su respiración se fue calmando poco a poco. La tensión en sus hombros bajó, dejando paso a una comprensión dolorosa.

—Eres un idiota —repitió, pero esta vez sin veneno. Su voz era un susurro suave—. Un idiota con complejo de mártir.

Se sentó en el borde de la cama, derrotada. El espacio entre nosotros se redujo. Ya no era una confrontación; era una tregua.

—La próxima vez —dijo ella, señalándome con un dedo acusador que temblaba ligeramente—, si hay una voz en tu cabeza diciéndote que eres un dios de la destrucción, me lo dices. No tomas decisiones ejecutivas sobre mi seguridad. Yo decido cuánto me arriesgo por ti. ¿Entendido?

Asentí, sintiendo un nudo en la garganta.

—Entendido.

Ella suspiró, cerrando los ojos un momento. Luego, rebuscó en la bolsa de tela que había dejado en la silla.

—Toma.

Sacó un recipiente de plástico transparente. Dentro, había una mezcla colorida de manzanas, peras y uvas cortadas en cubos perfectos.

—¿Ensalada de frutas? —pregunté, arqueando una ceja.

—La comida del hospital sabe a cartón reciclado —dijo ella, abriendo la tapa y pasándome un tenedor de plástico—. Y no comiste nada antes de salir a jugar a los superhéroes. Come. O se lo daré a Xander, que parece que necesita vitaminas el pobre, está muy pálido.

Sonreí. Fue una sonrisa pequeña, rota, pero real. Tomé el recipiente. La fruta estaba fresca, dulce. Un toque de normalidad en medio de la locura.

Comimos en silencio. Un silencio cómodo, compartido, donde el único sonido era el de los tenedores y mi propia respiración calmándose. Aria no se fue. Se quedó allí, vigilando, asegurándose de que el monstruo bajo mi piel se mantuviera dormido.

No me dieron el alta esa noche. Ni la siguiente.

Xander insistió en mantenerme bajo observación estricta durante tres días. Según los médicos del Clan Vauren, mi cuerpo había canalizado suficiente energía para iluminar una ciudad pequeña, y mis “circuitos biológicos” necesitaban enfriarse antes de que pudiera volver a caminar sin riesgo de colapso.

Aria venía todos los días. A veces traía libros, a veces solo se sentaba a conversar mientras yo comía. A través de ella, empecé a entender la magnitud del cambio afuera.

—El campus ha evolucionado, Jake. Ya no es solo la academia —me explicó el segundo día, mostrándome fotos en su tableta—. Alice ha autorizado la expansión territorial. Están levantando nuevos bloques de investigación y facultades profesionales en tiempo récord.

Miré las imágenes. No eran búnkeres ni trincheras. Eran edificios de cristal y acero blanco, estructuras vanguardistas con laboratorios experimentales visibles desde el exterior, jardines de energía estelar y domos geodésicos para prácticas de alto nivel. Solaria no se estaba atrincherando; estaba floreciendo.

—Es el ITNL en su máxima expresión —continuó Aria—. Ya no somos solo estudiantes. Se han abierto divisiones profesionales completas: Medicina Estelar, Ingeniería de Vacío, Diplomacia Cuántica. Y lo más extraño… son los uniformes.

—¿Uniformes?

—Todos los llevan. Desde los de primer año hasta los doctores del hospital y los ingenieros civiles. Es la visión de Alice: una sola identidad, un solo propósito.

Me mostró otra foto. El patio central estaba lleno de gente, pero ya no era un caos de ropa civil. Era un mar de uniformes del ITNL, elegantes y funcionales. Variaban en color según la facultad —azul para ciencias, rojo para táctica, verde para biología, blanco para administración—, pero todos llevaban el mismo corte impecable y el emblema del Instituto sobre el corazón.

La Academia Altamira había dejado de ser una escuela para convertirse en una tecnocracia utópica.

—¿Y la gente? —pregunté—. ¿Cómo se lo toman?

—Con orgullo, sorprendentemente —admitió Aria—. Se sienten parte de algo más grande. Ya no son supervivientes en una isla; son los pioneros de una nueva era.

Al tercer día, su reporte fue más personal y menos académico.

—Te llaman “El Rompeolas” —dijo con una mueca de disgusto—. Algunos de la Facultad de Artes están diseñando murales digitales con tu silueta enfrentando a la flota. Es ridículo. Te tratan como si fueras el símbolo de esta nueva potencia.

—Preferiría que me trataran como a un estudiante que quiere graduarse —mascullé, incómodo con la idolatría.

—Buena suerte con eso. En este nuevo ITNL, el poder es estatus. Y tú estás en la cima, te guste o no.

La tarde del cuarto día, la paz de mi habitación se rompió.

La puerta se deslizó con un siseo suave, pero las personas que entraron no traían la calma monacal de Xander ni la calidez protectora de Aria.

Primero entró Alice Valdrakhan.

Y sinceramente, no sabía si saludarla o pedirle la receta de sus galletas. No llevaba su uniforme de gala blanco. Llevaba un vestido de verano color pastel, ligero y vaporoso, y un sombrero de paja con una cinta tan grande que probablemente tenía su propio código postal. Parecía que venía de un brunch en un club de campo, no de dirigir una nación tecnocrática en crisis.

Entró tarareando una melodía inconexa, girando su cetro (que ahora parecía reducido a tamaño de bolsillo, como un accesorio de moda) entre los dedos.

Detrás de ella, entró Reiss Vauren.

Y el contraste no podía ser más doloroso. Reiss apenas era tres años mayor que yo, pero en ese momento parecía cargar con la hipoteca de tres vidas pasadas. El joven Comandante del ITNL tenía unas ojeras tan oscuras que parecían maquillaje gótico mal aplicado. Su uniforme estaba arrugado y sostenía una taza de café con la desesperación de un náufrago aferrado a una tabla.

—¡Buenos días, bella durmiente! —canturreó Alice, acercándose a mi cama y pinchando mi pierna con el dedo, como si estuviera comprobando si un pavo ya estaba listo en el horno—. ¿Ya te funcionan las piernas o te tengo que llevar flotando como un globo de feria?

La miré, parpadeando. Era surrealista. Hablaba con esa cadencia de tía millonaria excéntrica, esa mezcla de dulzura venenosa y autoridad absoluta que uno espera de una mujer de treinta y tantos años que acaba de divorciarse de su tercer marido petrolero, no de una estudiante de preparatoria que mide metro y medio.

—Estoy bien, Alice —dije, sentándome con esfuerzo e intentando no reírme de lo absurdo de la situación. Aria se puso de pie de inmediato, tensa como una cuerda de violín ante la presencia de la Presidenta.

—Excelente —dijo Alice, ignorando a Aria y girándose hacia Reiss con las manos en las caderas—. ¿Lo ves, Reiss? Te dije que estaba bien. Deja de preocuparte tanto, te van a salir arrugas antes de los veintidós. Y créeme, querido, con esa cara de amargado que tienes, si te arrugas vas a parecer una pasa con uniforme.

Reiss cerró los ojos y tomó un sorbo largo y ruidoso de café, probablemente imaginando que era whisky… o veneno. Cualquier cosa que acabara con esa conversación.

—No estoy preocupado por él, Valdrakhan —gruñó Reiss, con la voz ronca de quien ha estado gritándole a pantallas durante 96 horas—. Estoy preocupado por el hecho de que tenemos tres satélites chinos intentando escanear mis nuevos laboratorios de fusión cada hora, y tú estás aquí… jugando a las visitas sociales con sombreros ridículos.

—No es una visita social, tontito —Alice le guiñó un ojo a Jake con una coquetería exagerada—. Es una visita de estado. Y el sombrero es fabuloso, acéptalo. Tu envidia se nota.

Jake intercambio una mirada rápida con Aria. ¿Estos eran nuestros líderes? ¿La diva mágica y el zombi cafeinómano?

De repente, la expresión de Alice cambió ligeramente. La sonrisa de socialité se mantuvo, pero sus ojos brillaron con esa chispa de autoridad impaciente.

—Jake, cariño. Tienes el alta. Aria, tú vienes también.

—¿A dónde? —pregunté, sintiendo que mis vacaciones en el hospital habían terminado abruptamente.

Reiss suspiró, dejando la taza de café sobre la mesa con un golpe seco. Parecía un estudiante universitario en semana de finales al que le acaban de avisar que tiene examen sorpresa.

—Al “Salón de los Fundadores” —dijo Reiss, masajeándose las sienes como si intentara empujar su cerebro de vuelta a su sitio—. Alice ha convocado la primera sesión oficial del nuevo Comité. Y desgraciadamente, ustedes dos son los invitados de honor.

Alice aplaudió, encantada, como si le hubieran traído el postre.

—¡Exacto! Vamos a rediseñar el mundo, chicos. Y necesito que el niño más berrinchudo del campus esté despierto y vigilado para que no rompa nada más sin mi permiso.

Me señaló con el cetro, como una maestra estricta regañando a un alumno de preescolar.

—Arriba, Jake. Se acabaron las siestas de bebé. Tenemos una nación que construir y, honestamente, llegamos tarde para el té.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo