Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 64
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Capítulo 64: Diplomacia, Biometría y una Cajita de Regalo
—Sujétense las entrañas —dijo Alice alegremente, ajustándose el sombrero de paja—. La primera vez se siente como si te tragaras tu propio estómago.
Habíamos dejado atrás el ambiente estéril del hospital. Ahora estábamos en el Subnivel Cero del edificio principal del ITNL, frente a una compuerta circular de acero reforzado que parecía la entrada a una bóveda bancaria… o a un acelerador de partículas.
Reiss tecleó un código kilométrico en el panel y la puerta se abrió con un suspiro hidráulico, revelando no un ascensor, sino una cápsula de cristal y cromo suspendida sobre un túnel oscuro que se curvaba hacia las profundidades de la isla.
—¿Qué es esto? —pregunté, mirando el tubo que desaparecía en la oscuridad.
—Sistema de Transporte de Desplazamiento de Fase Cuántica —respondió Reiss, empujándome suavemente hacia adentro como si yo fuera equipaje—. En teoría, desestabiliza tu posición en el espacio para reensamblarte en el destino casi instantáneamente sin violar la relatividad general. En la práctica… marea un poco.
Entramos los tres. El espacio era reducido, diseñado para la eficiencia, no para la comodidad. Aria se agarró a la barandilla de seguridad con los nudillos blancos, pálida antes de empezar. Reiss se apoyó en la pared y siguió revisando su tableta con aburrimiento absoluto. Alice, en cambio, levantó los brazos como si estuviera en la primera caída de una montaña rusa.
—¡A la Base de Inteligencia! —gritó Alice—. ¡WIIIII!
El mundo se volvió líquido.
No hubo movimiento físico. Hubo una sensación de que mis átomos decidieron irse de vacaciones en direcciones opuestas al mismo tiempo. Sentí un sabor metálico en la boca, vi mi propia nuca durante un microsegundo y mi estómago intentó salir por mis oídos.
¡ZAS!
De golpe, la sensación paró. La puerta de la cápsula se abrió con un timbre suave y alegre.
—¡OTRA VEZ, OTRA VEZ! —gritó Alice, bajando los brazos y dando saltitos—. ¡Es mejor que el café!
Aria se llevó una mano a la boca, verde. Yo me tuve que apoyar en la pared fría para no caer de rodillas y devolver la ensalada de frutas. Reiss salió caminando tranquilamente, sin levantar la vista de su pantalla.
—Bienvenidos al Subnivel 7 —dijo Reiss—. El verdadero cerebro del ITNL.
Caminamos por un pasillo corto de hormigón pulido hasta llegar a una puerta doble de madera de caoba que parecía sacada de una universidad de la Ivy League del siglo XIX.
Al entrar, me sorprendió la normalidad.
Esperaba una sala de guerra con hologramas azules, mapas tácticos flotantes y luces rojas de alarma. En su lugar, el Salón de los Fundadores parecía la oficina de un director de escuela muy prestigiosa y obsesionado con la estética clásica. Tenía forma ovalada, alfombras persas que amortiguaban los pasos, estanterías llenas de libros físicos de lomo de cuero y una mesa de conferencias de madera oscura e imponente en el centro.
Xander, Kael, Kotori y Ryan ya estaban allí, sentados alrededor de la mesa en sillas de cuero con respaldo alto.
—Siéntate, Jake —dijo Reiss, señalando una silla plegable de metal que desentonaba horriblemente con el resto del mobiliario, ubicada en el extremo opuesto a la cabecera.
—Antes de empezar —intervino Aria, recuperando el color en la cara y tomando asiento junto a Kotori—, quiero saber una cosa. Reiss dijo que el Comité no se haría presente hasta reorganizarse internamente. ¿Por qué estamos aquí? ¿Quién ha estado tomando las decisiones terribles de las últimas semanas si el Comité “no existe”?
Aria miró a Reiss con acusación. Habíamos cedido, habíamos peleado, supuestamente bajo órdenes de ese “Comité” invisible que movía los hilos.
Alice soltó una risita. Su cetro, que había estado usando como bastón de juguete, de repente brilló y creció en longitud hasta convertirse en una vara de dos metros.
Con un movimiento fluido y cómico, Alice estiró el brazo y le puso la punta del cetro a Reiss directamente en la nariz, empujándole la cara hacia atrás y obligándolo a mirar al techo.
—¡Boop! —hizo Alice.
Reiss se quedó bizco mirando la punta brillante, pero no se movió, acostumbrado a las payasadas de su superiora.
—Escucha, niña lista —dijo Alice, mirando a Aria pero manteniendo el cetro incrustado en la nariz del Comandante—. Este cabeza dura de aquí es un adicto al trabajo. Actuó en nombre del Comité para mantener el orden, porque si esperábamos a que los viejos fósiles se pusieran de acuerdo, nos habrían invadido hace meses. El verdadero Comité ha estado… digamos, tomando té y debatiendo filosofía mientras Reiss hacía el trabajo sucio. Así que técnicamente, el Comité está “sano” de culpa. La culpa es de su obsesión por el control. Y ahora, el Comité soy yo.
Retiró el cetro y Reiss se frotó la nariz, visiblemente irritado pero sin negar nada.
—Gracias por la defensa legal, Valdrakhan —masculló Reiss—. Ahora, al grano.
Reiss activó un proyector oculto en la mesa de madera. Un mapa del mundo apareció flotando sobre la superficie barnizada.
—La ONU ha convocado una Cumbre de Emergencia en Ginebra —anunció Reiss—. No es una declaración de guerra. Quieren hablar. Quieren saber qué somos, qué queremos y por qué tenemos a una adolescente con sombrero de paja al mando de una potencia nuclear. Es la vía diplomática.
—Es una trampa —dije instintivamente.
Todos me miraron.
—Estados Unidos se retiró demasiado rápido —continué, sintiendo un frío en el estómago que no tenía nada que ver con el viaje en cápsula—. No van a dejar que esto quede así. Si voy a esa cumbre… o si Solaria envía una delegación… van a intentar algo definitivo.
—¿Algo como qué? —preguntó Kael, cruzándose de brazos, su postura rígida.
—Nuclear —dije. La palabra cayó pesada en la sala, absorbiendo el aire.
Reiss no se inmutó. Me miró con esos ojos cansados y analíticos, como si esperara esa respuesta.
—Es una posibilidad. Un ataque táctico de baja intensidad para descabezar al liderazgo de Solaria en suelo neutral. Pero aquí está la cuestión, Jake… —Se inclinó sobre la mesa, entrelazando los dedos—. Incluso si nos lanzan una ojiva nuclear… tú podrías desarmarla, ¿verdad?
Hubo un silencio tenso. Aria abrió los ojos como platos.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Lo que hiciste con la flota —presionó Reiss, su voz subiendo de intensidad, casi desafiante—. Desarmaste la materia a nivel molecular. Convertiste tungsteno en polvo y energía cinética en luz. Una reacción nuclear es solo física. Si puedes desmontar un dron, puedes desmontar un átomo de uranio enriquecido antes de que fisione. Así que dime, Jake… ¿puedes hacerlo?
Abrí la boca para decir que sí. Para decir que por supuesto, que era fácil, que podía desarmar el sol si quisiera.
Pero me detuve.
Intenté buscar esa sensación. Intenté buscar el interruptor en mi mente que activaba el desmantelamiento, esa frialdad absoluta que había sentido frente al portaaviones. Y me di cuenta, con una sorpresa que me heló la sangre, de que no estaba ahí.
La “Intención”, la voz oscura, el poder absoluto… se había ido. O al menos, se había escondido tan profundo que no podía alcanzarlo a voluntad. Sin la adrenalina mortal, sin el miedo a perder a Aria, yo era solo… Jake. Un estudiante asustado en una silla plegable.
—No… no sé si puedo —confesé, y el miedo en mi voz fue real.
Reiss me sostuvo la mirada. No parecía decepcionado. Parecía que acababa de confirmar una teoría.
Lentamente, Reiss giró la cabeza hacia Alice.
Alice dejó de sonreír. Su expresión de “tía divertida” desapareció. Sus ojos se encontraron con los de Reiss. Fue un intercambio de miradas de un microsegundo, pero cargado de significado. Es inestable. Es un arma que no tiene gatillo manual. Es peligroso.
En la esquina de la mesa, Xander, que no había dicho una sola palabra y jugaba distraídamente con su pendiente, observó el intercambio. Una leve sonrisa cruzó su rostro. La sonrisa de alguien que acaba de ver todas las cartas sobre la mesa y ya sabe quién va a ganar la partida, pero decide guardar silencio.
—Bien —dijo Reiss, rompiendo la tensión y apagando el mapa—. Eso nos lleva al punto dos. La gestión del riesgo.
Deslizó un documento digital hacia mí sobre la mesa.
—Jake Aris. El Consejo ha llegado a una decisión unánime. Te ofrecemos una vida.
—¿Una vida?
—Una vida estudiantil normal —aclaró Alice, recuperando su tono alegre como si nada hubiera pasado—. Clases, cafetería, fiestas, graduación. Todos los beneficios de un ciudadano de Solaria. Nadie te perseguirá. Nadie te usará de conejillo de indias. Serás uno más.
—¿A cambio de qué? —pregunté, mirando el documento lleno de letra pequeña.
—A cambio de tu firma y tu biometría en este Acuerdo de No-Agresión Interna.
Reiss señaló el texto resaltado en rojo.
—Prometes solemnemente no exhibir, bajo ningún motivo, circunstancia o provocación, una sola gota de energía estelar de forma confrontativa dentro o fuera del campus sin autorización directa y escrita de este Consejo.
—¿Y si me atacan? —pregunté.
—Huyes —dijo Xander suavemente, con esa voz que calmaba y helaba al mismo tiempo—. O llamas a seguridad. Pero tú no peleas.
—¡Eso es excesivo! —protestó Aria, golpeando la mesa—. ¡Básicamente le están poniendo una correa! ¡Es un estudiante del ITNL, se supone que debe aprender a usar su energía, no a reprimirla!
—Es un estudiante que casi hunde la Séptima Flota por un berrinche emocional, Aria —cortó Reiss con frialdad—. Si Jake pierde el control aquí, en el campus, no quedará nadie para graduarse.
—Si desacatas el acuerdo —añadió Alice, su voz perdiendo toda dulzura y volviéndose acero puro—, serás borrado de las bases de datos del ITNL. Tu historial, tu identidad, tu ciudadanía… desaparecerán. Serás expulsado de forma definitiva y entregado a las autoridades continentales como un civil sin poderes. Y créeme, cariño, afuera no durarías un día.
Miré el documento. Miré a Aria, que seguía furiosa por mí, dispuesta a pelear contra el mundo. Miré mis manos, que habían sostenido el poder de un dios y ahora temblaban.
Quería normalidad. Quería dejar de ser el monstruo.
Puse mi mano sobre el panel biométrico. Una luz azul escaneó mi palma y mi retina.
—Acepto —dije.
El documento parpadeó en verde y desapareció. El contrato estaba sellado.
Una hora después, de vuelta en mi habitación del hospital para recoger mis pocas cosas, Aria entró con una caja blanca rectangular bajo el brazo.
—Alice te manda esto —dijo Aria, todavía molesta por la reunión—. Dijo que te lo diera antes de que te arrepintieras.
Me senté en la cama y tomé la caja. Era pesada, de un material suave al tacto, con el logo del ITNL grabado en plata en la tapa.
Había una nota encima, escrita en papel grueso con una caligrafía elegante y llena de curvas exageradas:
“Querido Muchachito Caprichoso:
Considera esto una disculpa oficial por el sablazo en la cabeza (aunque admito que sonó divertido). Mis diseñadores de cabecera lo hicieron exclusivamente para ti. Materiales de fibra de vacío, auto-reparable y resistente a manchas de café, sangre y lágrimas de arrepentimiento. Úsalo con orgullo.
P.D: Si lo rompes, te cobro. Y es caro.
Con amor (y vigilancia constante), Alice.”
Abrí la caja.
Dentro, perfectamente doblado, estaba el uniforme oficial del ITNL. Pero no era el estándar. La tela era de un negro profundo que parecía absorber la luz, con detalles en plata y el emblema del Instituto bordado en el pecho.
Pasé la mano por la tela. Era suave, fría.
Miré el emblema. Ese escudo había sido mi pesadilla. Representaba a Reiss, a las amenazas, a Raven, a todo lo que me había traído dolor.
Pero ahora… ahora era mi única protección. Era el precio de mi normalidad.
—Pruébatelo —dijo Aria en voz baja, su enojo suavizándose al ver mi expresión—. Mañana empieza el semestre.
Suspiré, saqué la chaqueta de la caja y sentí el peso de mi nuevo destino en las manos. Ya no había vuelta atrás. Era uno de ellos.
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