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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 65

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Capítulo 65: Una Carta sin Remitente

La casa de mis padres siempre había olido a madera vieja, a cera para muebles y al estofado de carne que mi madre dejaba cocinando a fuego lento. Era un olor denso, cálido, una manta invisible que te decía que el mundo exterior no podía tocarte.

Hoy, ese olor me daba ganas de llorar.

Mi maleta estaba en la entrada, junto al perchero. No era una cápsula de vacío ni una caja de aleación estelar del ITNL. Era una maleta de tela azul con una rueda que chirriaba, la misma que usábamos para las vacaciones de verano en la costa.

Margaret, mi madre, salió de la cocina secándose las manos en el delantal. Tenía los ojos brillantes, rojos en los bordes, pero mantenía esa sonrisa valiente y temblorosa que usan las madres cuando saben que sus hijos se van a una guerra que ellas no pueden pelear.

—Te puse tres recipientes con lasaña congelada —dijo, ajustándome el cuello de la chaqueta civil con movimientos rápidos y nerviosos—. Y un frasco de mermelada de mora, la que te gusta. Sé que en ese Instituto tienen chefs y comida sintética de alta gama, pero… necesitas comer comida de verdad, Jake. Comida hecha con manos, no con máquinas.

—Gracias, mamá —dije, dejándome abrazar. Sentí su fragilidad contra mi pecho. Después de enfrentar flotas armadas y dioses oscuros, me di cuenta de lo aterradoramente fácil que sería romper este mundo pequeño y perfecto que ellos habían construido para mí.

Jeremy, mi padre, estaba recostado en el marco de la puerta que daba a la sala. Él no sonreía. Me miraba con esa intensidad tranquila de quien sabe secretos que nadie más conoce. Jeremy me había encontrado cuando yo no era más que un bebé extraño caído del cielo. Él sabía que mi ADN no pertenecía a este código postal, ni siquiera a este sistema solar. Y aun así, en diecisiete años, nunca me miró como a un experimento. Siempre fui su hijo.

Caminó hacia mí y puso sus manos callosas y pesadas sobre mis hombros.

—Escúchame, hijo —dijo Jeremy, ignorando la maleta y el coche negro oficial del ITNL que esperaba afuera con el motor en marcha—. Sé lo que dicen en las noticias. Sé que ahora eres… importante. Que tienes responsabilidades geopolíticas que un chico de tu edad no debería cargar.

Apretó mis hombros con fuerza, transmitiéndome su propia estabilidad.

—Pero no dejes que esas luces de neón y esos uniformes te cieguen. No dejes que te convenzan de que eres un arma o un símbolo. Eres Jake. Eres nuestro hijo. Y esta casa… —golpeó el marco de madera con el puño— …esta casa es tu ancla. No importa qué tan alto vueles o qué tan lejos te lleven esas estrellas tuyas, tú aterrizas aquí. Aquí siempre serás humano. ¿Entendido?

—Entendido, papá —susurré, con la garganta cerrada por un nudo imposible de tragar.

Me abrazaron los dos al mismo tiempo. Un abrazo de tres, apretado y silencioso, que duró lo suficiente para grabar el momento en mi memoria para siempre. Luego, tomé la maleta de la rueda rota y salí hacia el coche negro, dejando atrás la única vida normal que me quedaba.

Los nuevos dormitorios del ITNL no olían a estofado. Olían a “nuevo”. A pintura fresca, a polímeros sintéticos, a ozono filtrado y a soledad.

Mi habitación estaba en el recién inaugurado Bloque Residencial Alpha. Era enorme, casi obscena para un solo estudiante. Tenía más metros cuadrados que la sala de estar de mis padres. Una cama king-size flotante con sábanas de seda térmica, un escritorio de cristal inteligente, un armario que esterilizaba la ropa automáticamente y un ventanal panorámico que daba a la ciudad de Lunavia, brillando bajo la noche.

Dejé la maleta vieja en medio del suelo de mármol sintético. Se veía ridícula allí. Pequeña, desgastada y humana en medio de tanto lujo frío y funcional.

Me senté en el borde de la cama y el silencio me golpeó.

Hace una semana estaba estudiando para exámenes de mitad de periodo. Hoy, había sobrevivido a un torneo mortal, a una invasión militar y a mi propia oscuridad. Tenía dieciséis años y me sentía como un veterano de cien. El trauma no era un grito; era este zumbido constante en mis oídos, esta sensación de extrañeza al ver mi reflejo en el cristal y no reconocer del todo al chico que me devolvía la mirada.

Tocaron a la puerta.

No era el timbre electrónico. Eran golpes suaves, rítmicos.

Abrí y encontré a Aria. Llevaba ropa casual del campus y traía dos cafés humeantes del economato en la mano.

—El café de la máquina de tu piso es demasiado sofisticado, sabe a tuercas —dijo ella, entrando sin pedir permiso y dejándome uno sobre el escritorio—. Pensé que necesitarías algo con cafeína real para procesar… todo este palacio.

Miró alrededor de la habitación, impresionada pero incómoda.

—Es… espacioso —comentó.

—Es frío —corregí yo—. Demasiado silencio.

Aria asintió. Se quedó parada un momento, mordiéndose el labio inferior, debatiendo consigo misma. Finalmente, sacó un sobre de color crema del bolsillo de su chaqueta.

El papel estaba impecable, sellado con cera, pero se notaba que había sido escrito con prisa.

—Fui a los antiguos dormitorios a recoger mis cosas —dijo Aria en voz baja, su tono volviéndose sombrío—. Encontré esto bajo tu puerta. Es de Sophia.

Sentí un vuelco en el corazón. Sophia Johnson. Nuestra compañera. La chica fuerte y decidida que había clavado el Fulcro Luminar en el pecho de la oscuridad para disipar a Raven. La misma que me había prometido, mirándome a los ojos, que se iría durante las elecciones pero que nunca se iría sin despedirse de mí.

—Ella… se despidió de todos —dije, sintiendo el dolor agudo de la traición—.

—Léela, Jake —dijo Aria, extendiéndome la carta.

Tomé el sobre. Mis manos temblaban ligeramente. Lo abrí. La letra de Sophia era firme, fuerte, como ella, pero al final de los párrafos la tinta se corría, como si hubiera dudado.

Jake,

Sé que rompí mi promesa. Sé que prometí que no me iría sin decir adiós. Y sé que, ahora mismo, debes estar pensando que huí por miedo, o que no tuve el valor de mirarte a la cara.

No me voy porque sea débil. Tú me viste en la arena. Viste cómo usé el Fulcro. Sabes que puedo pelear. Sé controlar la energía estelar mejor que muchos en este maldito Instituto. Pero eso es justamente el problema.

Lo que pasó con Raven, lo que vi en el Torneo, y luego ver cómo el Consejo manipulaba todo… me hizo entender algo. No quiero ser un soldado. No quiero ser una pieza en su tablero. Tengo la fuerza, Jake, pero no tengo el estómago para esta guerra.

Me despedí de los demás porque fue fácil. Son compañeros. Pero tú… tú eres diferente. Eres la gravedad que me mantenía aquí.

Si hubiera ido a tu habitación, si te hubiera visto a los ojos… no habría podido subirme a ese tren. Me habrías convencido de quedarme. Habrías dicho algo heroico y estúpido, y yo me habría quedado a pelear una guerra en la que no creo, solo por cuidarte.

Tengo que salvarme a mí misma antes de que este lugar me consuma. Perdóname por no ser lo suficientemente fuerte para decirte adiós en persona. Fue mi única cobardía.

No dejes que te rompan, Jake. Eres lo mejor de nosotros.

—Soph.

Bajé la carta. El papel no pesaba por la tristeza, pesaba por la verdad.

Sophia no se había ido por miedo a los monstruos. Se había ido por miedo a perderse a sí misma. Y no se había despedido de mí porque sabía que nuestro vínculo era lo único que podía detenerla.

—Ella era la más sensata de todos nosotros —dijo Aria. Su voz sonó rota. Se había sentado en la silla del escritorio, abrazando sus rodillas—. Entendió que ganar no siempre significa quedarse a pelear.

—Yo también la extraño —admití, sintiendo cómo el rencor se disolvía, dejando solo una tristeza limpia—. Quería protegerla. Pero al final, ella tuvo que protegerse de mí… de mi influencia.

Aria me miró. Sus ojos estaban húmedos, reflejando la luz de la ciudad y la tristeza compartida por la amiga que perdimos.

—¿Tú te irías así? —preguntó de repente, con una vulnerabilidad que rara vez mostraba—. ¿Sin despedirte? ¿Por “mi propio bien”?

La pregunta flotó en el aire frío de la habitación de lujo.

—Nunca —respondí, y fue la verdad más sólida que tenía—. No importa qué tan oscuro se ponga esto. No importa si creo que es mejor para ti. Nunca me iré sin decírtelo a la cara. Te debo eso. Nos debemos eso.

Aria se levantó y se acercó a mí. No hubo gestos teatrales. Simplemente apoyó su frente contra la mía, cerrando los ojos.

—Promételo —susurró ella.

—Te lo prometo.

Nos quedamos así un largo rato, compartiendo el luto por la amiga que eligió la paz y la promesa de los que decidimos quedarnos en la tormenta.

La mañana siguiente no trajo sol, sino una bruma gris que cubría el campus.

Me puse el uniforme negro que Alice me había regalado. La tela se ajustó a mi cuerpo como una segunda piel, fría y perfecta. Me miré al espejo y, por un segundo, no vi a Jake Aris. Vi a un oficial del ITNL. Vi al “Rompeolas”. Odié el reflejo, pero me obligué a sostenerle la mirada. Era el precio de quedarme.

Salí de los dormitorios y caminé hacia el Bloque Académico Central.

El campus era distinto a la luz del día. Ya no era una escuela; era una ciudadela. Los estudiantes caminaban con paso rápido, todos uniformados, con tabletas holográficas y dispositivos de medición.

Cuando entré al Auditorio de Teoría Estelar Avanzada, el murmullo de cien conversaciones se cortó de golpe.

Fue como si hubiera bajado el volumen del mundo. Cien pares de ojos se clavaron en mí. Había miedo, sí. Pero también había curiosidad morbosa, envidia y cálculo. Caminé hacia la última fila, buscando la esquina más oscura y lejana. Nadie se interpuso en mi camino. De hecho, se apartaron, creando un círculo de aislamiento a mi alrededor. Era radiactivo.

Me senté, saqué mis cuadernos viejos (que desentonaban con las pantallas flotantes de los demás) y esperé a que la clase empezara, deseando volver a mi habitación.

Entonces, alguien rompió el círculo de seguridad.

—¿Está ocupado?

Levanté la vista.

Había una chica parada frente a la silla vacía a mi lado. Llevaba el uniforme estándar, pero con la chaqueta abierta, revelando una camiseta deportiva de alto rendimiento debajo. Tenía una postura atlética, hombros relajados pero fuertes, y el cabello recogido en una coleta alta y práctica que dejaba ver su cuello largo.

Lo que más me llamó la atención no fue su apariencia, sino que no me estaba mirando a la cara. Estaba mirando el aire alrededor de mí, como si estuviera leyendo subtítulos invisibles.

—No —dije, confundido—. Pero nadie quiere sentarse ahí.

—La gente es ruidosa —dijo ella simplemente.

Se sentó. Dejó una mochila pesada en el suelo y sacó un termo de metal abollado.

Desde la fila de abajo, otra chica se giró. Tenía el cabello corto, gafas de montura gruesa y una cámara digital colgada del cuello con la lente destapada. Me miró, luego miró a la chica a mi lado y abrió los ojos con sorpresa, tecleando algo furiosamente en su comunicador. Esa debía ser Kaori, la encargada de la Red de Difusión, documentando el suicidio social de su amiga.

Pero la chica a mi lado, Mila, me ignoró por completo durante los primeros diez minutos de clase.

El profesor, un hombre mayor con voz monótona, hablaba sobre “Resonancia Armónica en Campos de Batalla”. Yo intentaba tomar notas, pero sentía la mirada de Mila periféricamente. No era una mirada visual. Era… una atención.

De repente, ella habló, sin dejar de mirar la pizarra.

—Eres silencioso.

—No he dicho una palabra —susurré, sin querer llamar la atención del profesor.

Mila giró la cabeza lentamente hacia mí. Sus ojos eran de un color gris claro, casi transparentes, y tenían una intensidad analítica que me hizo querer retroceder.

—No hablo de tu voz, Jake Aris. Hablo de tu frecuencia.

Dejó el bolígrafo sobre la mesa y se inclinó ligeramente hacia mí.

—Llevo años estudiando la composición de la energía estelar. Para mí, la mayoría de la gente aquí… zumba. Son como cables de alta tensión mal aislados. Kael suena como metal raspado. Alice suena como una orquesta desafinada que toca demasiado fuerte. Incluso Aria… ella tiene un tono cálido, pero constante.

Se llevó una mano a la sien, como si tuviera jaqueca.

—Es agotador. El ruido de fondo nunca para.

Me miró directamente a los ojos, y por primera vez, vi algo que no era miedo. Era alivio.

—Pero tú… tú eres un vacío.

Su mirada recorrió mi brazo, donde la marca descansaba bajo la manga del uniforme.

—No emites estática. No hay zumbido. Es como estar parada al borde de una fosa oceánica. Hay una presión inmensa, sí, una gravedad aterradora… pero hay silencio absoluto.

Mila exhaló profundamente, y sus hombros bajaron dos centímetros, relajándose por primera vez desde que entró al salón.

—Es la primera vez en tres años que mi cabeza no me duele al sentarme junto a alguien. Así que, si no te importa, me voy a quedar aquí. No porque seas el héroe que hundió la flota. Sino porque eres el único lugar tranquilo en este maldito edificio.

Se volvió hacia el frente y siguió tomando notas sobre resonancia armónica.

Me quedé helado, con el bolígrafo suspendido en el aire.

Aria me daba calidez. Sophia me había dado valor. Pero esta chica… esta desconocida acababa de mirar dentro del abismo que yo cargaba, ese vacío oscuro que me aterraba, y no había gritado. Había encontrado paz en él.

Miré a Kaori, la chica de las gafas, que nos observaba desde abajo con una sonrisa de complicidad, como si acabara de capturar el momento más interesante del semestre.

Por primera vez desde que llegué a Solaria, sentí que tal vez, solo tal vez, mi oscuridad no tenía por qué ser solitaria.

El profesor cambió la diapositiva, pero yo ya no estaba prestando atención a la teoría. Estaba pensando en el silencio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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