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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 66

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Capítulo 66: La Cafetería de Guerra

La cafetería de la Academia Preparatoria del ITNL no era un comedor escolar. Era un campo minado social con opciones de menú gourmet.

Había estaciones de comida sintética de alta calidad, dispensadores de bebidas energéticas moleculares y mesas flotantes que se ajustaban a la altura de los estudiantes. Pero la jerarquía era tan antigua como la humanidad: los fuertes se sentaban en el centro, los populares cerca de las ventanas, y los marginados… bueno, los marginados intentaban no existir.

Yo no era un marginado. Era algo peor. Era una atracción turística peligrosa.

Caminé hacia una mesa vacía en la esquina, sosteniendo mi bandeja con puré de papas y algo que parecía pollo con esteroides. El uniforme negro que Alice me había regalado absorbía la luz artificial, haciéndome parecer una mancha de tinta en un lienzo blanco.

—Miren quién decidió bajar del Olimpo —dijo una voz a mi espalda.

Suspiré. Aquí vamos.

Eran tres chicos de tercer año. No llevaban insignias de rango, ni medallas de duelo. Eran simplemente… estudiantes. Del tipo que se aburre y busca picar al oso con un palo corto para ver si ruge.

—¿Es cierto que desintegraste un portaaviones? —preguntó el del medio, un chico larguirucho con cara de roedor—. Porque te ves bastante pequeño para eso.

—Permiso —dije, intentando rodearlos.

El chico de la izquierda, uno más robusto con el uniforme manchado de mostaza, dio un paso lateral, bloqueándome el camino.

—No tan rápido, “Rompeolas” —se burló—. Queremos ver un truco. Haz que mi bebida flote. O mejor… haz que la bandeja desaparezca.

—No hago trucos —respondí, sintiendo cómo el brazalete biométrico en mi muñeca vibraba suavemente, recordándome el contrato: Cero agresión. Cero energía.

—Qué aburrido —dijo el larguirucho. Con un movimiento rápido de los dedos, lanzó un micro-hechizo de viento.

Fue algo patético, apenas una brisa concentrada, pero suficiente para golpear mi bandeja. El vaso de jugo de uva se volcó, derramándose directamente sobre mi pecho.

El comedor entero se quedó en silencio, esperando mi explosión. Esperando al monstruo.

Pero no pasó nada.

El líquido morado golpeó la tela negra de mi uniforme… y resbaló. Como si fuera mercurio sobre cristal, el jugo se deslizó sin dejar ni una sola mancha, cayendo al suelo en un charco triste. El uniforme de Alice no solo era resistente; era hidrofóbico, autolimpiable y, aparentemente, a prueba de idiotas.

Me sacudí la chaqueta impecable.

—¿Eso es todo? —pregunté, más cansado que enojado.

Los matones parpadearon, confundidos. Su pequeña broma había fallado por culpa de la ingeniería textil de alta gama.

—Se cree muy especial con su ropita de diseño —gruñó el robusto, y esta vez extendió la mano para empujarme físicamente. Quería contacto. Quería provocar una reacción visceral.

Cerré los ojos, preparándome para el impacto y calculando cuánto me costaría la expulsión si le rompía la nariz por accidente.

Pero el empujón nunca llegó.

En su lugar, escuché un sonido seco. Thwack. Como un libro de texto golpeando una mesa.

Abrí los ojos.

Mila estaba allí. No había usado magia. No había brillado. Simplemente había aparecido en el espacio personal del matón y le había agarrado la muñeca con una mano, mientras con la otra sostenía tranquilamente su propia bandeja con una manzana y un yogur.

—Estás vibrando mal —dijo Mila, con el tono de quien le habla a una licuadora descompuesta.

—¿Q-qué? —balbuceó el matón, intentando soltarse. No podía. El agarre de Mila era biomecánicamente perfecto, presionando un nervio que anulaba la fuerza del brazo.

—Tu frecuencia —explicó ella, aburrida—. Estás generando picos de estática emocional innecesarios. Es ruido. Me estás dando dolor de cabeza y estoy tratando de comer mi manzana en paz.

—¡Suéltame, loca! —gritó el chico, intentando cargar un hechizo con la otra mano.

Mila suspiró.

—Demasiado ruido.

Con un movimiento fluido, casi perezoso, giró la muñeca del chico y dio un paso atrás. La física hizo el resto. El centro de gravedad del matón colapsó y se fue de cara contra el suelo, derribando a sus dos amigos como bolos de boliche.

Fue limpio. Fue silencioso. Fue humillante.

Mila los miró desde arriba, mordió su manzana (¡Crack!) y luego se giró hacia mí.

—Tienes una mancha de jugo en el zapato —señaló, masticando—. Eso el traje no lo limpia.

Antes de que pudiera agradecerle, un flash me cegó.

—¡Increíble! —exclamó una voz chillona.

Kaori apareció de la nada, saltando sobre el cuerpo de uno de los matones que intentaba levantarse. No estaba grabando a los caídos; estaba enfocando su lente directamente a mi cara, a milímetros de mi nariz.

—¡Mila tiene razón! —dijo Kaori, ajustando sus gafas con emoción—. ¡Tus lecturas no subieron ni un decimal! ¡Cero ira! ¡Cero energía asesina! ¡Eres un monje zen con ropa táctica!

—¿Kaori? —preguntó Mila, tragando el trozo de manzana.

—¡Es fascinante! —siguió la chica de las gafas, ignorando a su amiga y rodeándome como un satélite en órbita—. Pensé que eras una bomba de tiempo, Jake Aris, pero eres… eres súper estable. ¡Eres seguro!

Kaori me agarró del brazo (el mismo brazo donde tenía la marca oculta) y lo sacudió con una familiaridad que me dejó pasmado.

—Soy Kaori. Departamento de Comunicaciones. Mila dice que eres silencioso, pero yo creo que eres misterioso. ¿Te vas a comer ese puré?

Miré a Mila, buscando ayuda. Ella se encogió de hombros.

—Te lo advertí. Ella es ruidosa.

En ese momento, las puertas de la cafetería se abrieron de golpe.

Aria entró, buscando con la mirada. Había sentido el pico de tensión (probablemente el de los matones) y venía lista para la guerra. Me vio rodeado: tres tipos en el suelo gimiendo, una chica atlética comiendo manzana con indiferencia y una chica con gafas colgada de mi brazo pidiéndome el puré.

Aria se detuvo en seco, con su propia bandeja en las manos. Parpadeó una vez. Dos veces.

Caminó hacia nosotros, pasando por encima de los matones sin mirarlos, y se plantó frente a Mila.

El comedor contuvo el aliento. La novia del héroe vs. La chica nueva.

Aria miró a Mila a los ojos. Mila le sostuvo la mirada, tranquila, masticando su manzana.

—Técnica de inercia aplicada —dijo Aria finalmente, reconociendo el movimiento—. Limpio.

—Gracias —respondió Mila—. Hacían mucho ruido.

Aria asintió, satisfecha con la explicación técnica. Luego miró a Kaori, que seguía aferrada a mi brazo.

—Esa es mi chaqueta favorita, ten cuidado con las babas —advirtió Aria, pero había un brillo divertido en sus ojos.

—¡Es tela de fibra de vacío! —chilló Kaori, soltándome para anotar eso en su móvil—. ¡Aria, tienes que contarme todo! ¿Es cierto que ronca?

Aria se sentó en la mesa vacía junto a Mila. Puso su bandeja abajo y palmeó el asiento a su lado, mirándome.

—Siéntate, Jake. Antes de que se enfríe tu comida indestructible. Y preséntanos a tus nuevas… guardaespaldas.

Me dejé caer en la silla, mirando el caos surrealista que se había formado. Los matones se escabullían por la puerta trasera, humillados por la indiferencia. Mila compartía un trozo de manzana con Aria. Kaori estaba intentando hacerle una entrevista a mi puré de papas.

Suspiré, pero esta vez, una sonrisa pequeña se formó en mi rostro.

Tal vez el “Acuerdo de No-Agresión” no iba a ser tan terrible después de todo. Al menos, el espectáculo estaba garantizado.

El Domo Geodésico de Entrenamiento Número 4 parecía un estadio de gladiadores recubierto de paneles hexagonales blancos. Estábamos en la clase de “Supervivencia Táctica en Entornos Hostiles”, una de las nuevas materias obligatorias impuestas por el régimen de Alice.

Éramos cuatro en el equipo: Aria, Mila, yo y Kaori, quien había logrado que el profesor la dejara participar como “Operadora de Reconocimiento y Documentación” (es decir, se quedó en la zona segura de cristal blindado con su cámara).

El “profesor” no era un humano. Era el S.E.A. (Sistema de Evaluación Autónoma), una Inteligencia Artificial del ITNL proyectada como un holograma azul flotante en el centro de la arena.

—Escaneando parámetros biométricos del Escuadrón 7 —anunció la voz robótica del S.E.A., haciendo un barrido de luz roja sobre nosotros—. Ajustando dificultad base…

La luz roja pasó por Aria. Luego por Mila. Finalmente, se detuvo en mí.

El láser rojo se quedó congelado en mi pecho durante tres largos segundos. El holograma de la IA parpadeó. Hubo un pitido agudo, seguido de un sonido de engranajes mecánicos moviéndose detrás de las paredes.

—Anomalía de potencial detectada. Ajustando protocolo. Nivel de amenaza del escuadrón: Excepcional. Calibrando simulación a: Nivel Pesadilla.

—¿Nivel qué? —preguntó Aria, materializando su energía en forma de dos dagas de luz brillante.

Antes de que pudiera responder, el suelo tembló. Las paredes del domo se abrieron y escupieron una docena de drones de combate clase Titán, del tamaño de furgonetas pequeñas, armados con cañones de energía aturdidora. El problema de la energía aturdidora a ese nivel es que, si te da, te rompe tres costillas antes de dormirte.

—¡Jake, usa tu… oh, cierto! —gritó Aria, recordando mi contrato. Si yo lanzaba un solo ataque, la pulsera biométrica me delataría y estaría expulsado antes de tocar el suelo.

Los drones cargaron sus cañones, apuntando la mayoría hacia mí. La IA me había identificado como la amenaza principal.

—Jake, quédate atrás —dijo Mila, dando un paso al frente con una calma escalofriante, ajustándose los guantes tácticos—. Nosotras limpiamos el ruido.

—Negativo —dije, sintiendo que la adrenalina limpiaba mi mente. No podía usar magia, pero había estado en una guerra real. Esta IA solo seguía patrones matemáticos—. Aria, flanco izquierdo, su punto ciego está en los rotores traseros. Mila, los escudos frontales repelen energía, pero no absorben impacto cinético. Usa la física. ¡Rompan la formación!

No esperé a ver si me hacían caso. Corrí.

Un rayo de energía azul pulverizó el suelo donde yo había estado una fracción de segundo antes. Me lancé en picada, rodé sobre mi hombro y me deslicé detrás de una barricada de concreto holográfico.

—¡Entendido, Capitán! —gritó Aria. Con una agilidad letal, saltó sobre el fuego cruzado, lanzando una ráfaga de luz que cegó a los sensores de tres drones.

Mila no saltó. Corrió directamente hacia un dron que me apuntaba. Cuando el cañón disparó, ella se deslizó por debajo, agarró la pata del tren de aterrizaje del dron, y usando el propio impulso de la máquina y un cálculo perfecto de palanca, lo estrelló contra el suelo. ¡CRACK! Metal torcido.

—¡Uno para la ciencia! —anunció Mila, sin perder la respiración.

—¡Yo llevo dos, biomecánica! —le gritó Aria desde el otro lado de la arena, apuñalando el núcleo de un dron cegado—. ¡Y estoy protegiendo mejor a Jake!

—Eso es subjetivo —replicó Mila, pateando los restos de su dron hacia otro que se acercaba—. Mi técnica es más eficiente energéticamente.

Estaban compitiendo. En medio de una simulación de Nivel Pesadilla, mis dos guardaespaldas estaban llevando la cuenta.

—¡Menos charla y más destrucción! —grité desde mi barricada—. ¡Patrón de ataque Delta! ¡Vienen cuatro por el centro!

Mientras ellas destrozaban las máquinas, yo me movía. Sin una sola chispa de energía estelar, dependía puramente de mi velocidad humana, mis reflejos y mi lectura del campo de batalla. Anticipaba las trayectorias de los disparos viendo cómo se alineaban los cañones de los drones. Esquivaba por milímetros, deslizándome bajo rayos paralizantes y atrayendo el fuego para dejar a Aria y Mila con ángulos de ataque perfectos.

Desde la cabina de cristal, Kaori transmitía todo al foro de la escuela.

—¡No lo van a creer, gente! —se escuchaba su voz amplificada por los altavoces—. ¡El Rompeolas no está usando poderes! ¡Está jugando ajedrez 4D con la IA y usando a sus compañeras como piezas de artillería! ¡Y la tensión entre Aria y la chica nueva es palpable!

La IA se desesperó.

—Protocolo de Aniquilación Simbólica activado —zumbó la máquina.

El dron principal, un monstruo blindado, descendió directamente sobre mí, ignorando a las chicas. Cargó un cañón central que brillaba con una luz roja cegadora. No había tiempo para que Aria o Mila llegaran. No había cobertura.

El disparo salió.

El tiempo pareció ralentizarse. El instinto de supervivencia me golpeó como un martillo. La sombra en mi interior, esa que había hundido la flota, exigió salir. La marca en mi brazo ardió bajo la tela. Por un solo microsegundo, las compuertas de mi autocontrol temblaron. Mátalo, susurró la voz. Desármalo. Bórralo.

Apreté los dientes hasta que me dolieron las mandíbulas y obligué a la energía a retroceder. Me negué a romper el contrato.

En lugar de atacar, usé la fuerza de mis piernas para impulsarme hacia arriba y hacia la izquierda en un salto mortal casi suicida. El rayo rojo pasó a milímetros de mi estómago, evaporando el aire a mi alrededor con un calor brutal. Aterricé de costado, rodando pesadamente sobre el suelo del domo, justo cuando Aria y Mila llegaron al mismo tiempo.

Aria cortó el cañón del dron. Mila le destrozó el núcleo de estabilización con una patada de hacha. El Titán cayó pesado e inerte.

—Simulación completada. —anunció la IA, volviendo a su color azul pacífico—. Tasa de supervivencia: 100%. Calificación: Sobresaliente.

El domo quedó en silencio, roto solo por nuestras respiraciones agitadas. Aria corrió hacia mí y me ayudó a levantarme, revisando que no tuviera quemaduras.

—¿Estás bien, idiota? —me regañó, aunque sonreía con orgullo—. Esa fue la peor idea que has tenido hoy, pero tus tácticas no estuvieron mal.

—Estoy entero —jadeé, sacudiéndome el polvo del uniforme, que milagrosamente seguía intacto.

Mientras caminábamos hacia la salida, donde Kaori saltaba de alegría detrás del cristal, noté que Mila se había quedado atrás. No estaba celebrando su victoria táctica. Estaba parada exactamente en el lugar donde yo había esquivado el rayo final, mirando el aire con el ceño fruncido.

Cuando pasé a su lado, Mila agarró mi brazo. Su agarre fue fuerte, urgente.

Su habitual expresión de aburrimiento científico había desaparecido. Estaba pálida. Sus ojos grises, siempre tan analíticos, me miraban con una mezcla de fascinación y absoluto terror.

Se inclinó hacia mí, bajando la voz para que Aria no pudiera escucharla.

—Jake… —susurró Mila, y su voz temblaba—. Cuando ese rayo te iba a dar… dijiste que eras un vacío. Un silencio absoluto.

—Lo soy —respondí, sintiendo un escalofrío—. No usé nada de energía, Mila. Mi pulsera está verde.

—No usaste energía —corrigió ella, apretando mi brazo—. Pero por un microsegundo… dejaste de estar en silencio.

Mila tragó saliva, mirando hacia los lados como si temiera que el aire nos escuchara.

—La frecuencia cambió, Jake. Fue solo un instante, pero me perforó los oídos. Sonó exactamente igual a las lecturas residuales que nos mostraron en clase sobre la masacre del Torneo. Sonó como… como Zephyr. ¿Qué tienes ahí dentro?

Me quedé paralizado, mirando a la chica que acababa de descubrir el secreto que me estaba comiendo vivo. Antes de que pudiera responder, la puerta del domo se abrió.

Allí estaba Reiss Vauren, con un traje de viaje impecable y su eterna taza de café. Nos miró con frialdad.

—Buen entrenamiento, Aris —dijo Reiss secamente—. Empaca algo ligero. La ONU adelantó la cumbre. Nos vamos a Ginebra en tres horas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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