Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 68
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Capítulo 68: El Perro Guardián y el Fantasma Gris
El viento de la madrugada en la pista de aterrizaje privada del ITNL era cortante. Frente a mí, el jet supersónico de la presidencia estudiantil ronroneaba como una bestia de metal negro, listo para devorar la distancia hasta Ginebra.
Yo estaba parado en el asfalto, sosteniendo mi vieja maleta azul, con el uniforme impecable que me marcaba como parte de la delegación oficial. A mi lado, Aria se había levantado a las cinco de la mañana solo para despedirme, frotándose los brazos para combatir el frío y mirándome con esa expresión de preocupación que intentaba ocultar.
Reiss estaba al pie de la escalerilla, revisando tres tabletas diferentes a la vez, luciendo aún más miserable que en el hospital.
Entonces llegó Alice.
No llevaba traje diplomático. Llevaba un abrigo de piel sintética rosa fosforescente sobre su ropa de diseñador y unas gafas de sol gigantes, a pesar de que todavía era de noche. Caminó hacia mí con pasos rápidos, tarareando.
Antes de que pudiera decir una palabra, Alice me arrancó la maleta azul de las manos con una fuerza sorprendente para su tamaño, soltando una carcajada cristalina.
—¿Qué haces? —pregunté, parpadeando.
—¡Ay, Jakey! —dijo Alice, pasándole mi maleta a uno de los guardias del clan Vauren—. ¿De verdad creíste que te iba a llevar a Suiza? ¿A una sala llena de viejos aburridos con trajes caros que te harían preguntas psicológicas?
Miré a Reiss, buscando una explicación. El comandante ni siquiera levantó la vista de sus pantallas.
—Pero Reiss me dijo…
—Reiss dice muchas cosas porque le gusta seguir el protocolo —me interrumpió Alice, dándome un golpecito en la nariz con la punta de su cetro de bolsillo—. Pero yo hago la estrategia. Y llevar mi arma de destrucción masiva a la mesa de negociaciones es de novatos.
Alice se giró hacia el avión, subió el primer escalón y me miró por encima del hombro. Su sonrisa infantil desapareció, reemplazada por la mirada de una reina del ajedrez que acaba de poner en jaque al tablero entero.
—La verdadera jugada de poder no es mostrarte, Jake. Es dejarte aquí. —Extendió los brazos hacia el campus a nuestras espaldas—. Voy a llegar a la ONU y les voy a decir a las potencias mundiales: “He dejado a mi Perro Guardián suelto en la casa. Si a mí o a Reiss nos pasa algo, si nuestro avión no aterriza de vuelta en Lunavia a la hora acordada… él no tiene correa. Y todos saben lo que hace con los barcos”.
Un escalofrío me recorrió la espalda. No era un diplomático. Era un botón rojo humano que Alice estaba usando para chantajear al mundo.
—Así que te quedas —concluyó Alice alegremente—. Ve a clases. Come puré. No rompas nada que sea muy caro. ¡Nos vemos en unos días!
Reiss suspiró, finalmente guardando sus tabletas. Me miró a los ojos.
—No provoques incidentes, Aris. Y Aria… vigílalo.
Sin más ceremonias, entraron al jet. Las puertas se sellaron. Aria y yo nos quedamos parados en la pista congelada, viendo cómo los motores se encendían y el avión desaparecía en el cielo gris en cuestión de segundos.
Aria me miró. Yo la miré a ella.
—Bueno —dijo Aria, rompiendo el silencio—. Supongo que tienes clase de Álgebra Lineal a las ocho.
Dejé escapar una risa cansada, sintiendo un alivio inmenso por no tener que ir a Europa, mezclado con la extraña sensación de ser la pieza más letal que alguien acababa de dejar olvidada en el tablero.
—Vamos a desayunar —dije.
Con Alice y Reiss en el otro lado del mundo, el ITNL quedó bajo la jurisdicción del Consejo Estudiantil Interino.
Kael, Kotori, Ryan y Xander tomaron las riendas. Esperaba que el campus se volviera un caos, pero la realidad fue sorprendentemente… normal. Exasperantemente normal.
Observaba la dinámica desde lejos. Kael, siempre el soldado rígido, quería aumentar las patrullas en el perímetro del muro. Ryan, lanzando su eterna moneda al aire, sugería relajar las reglas para que la gente no entrara en pánico. Kotori pasaba sus horas tratando de mediar entre ambos.
Y Xander… Xander era el ancla. Se sentaba en la cabecera, con su uniforme inmaculado, asintiendo y dando órdenes con esa voz que aplastaba cualquier argumento sin necesidad de levantarla. Mantenía la maquinaria funcionando en perfecto estado. Los estudiantes iban a clases, los laboratorios operaban al máximo, y la cafetería seguía sirviendo comida sintética.
La vida seguía.
Hasta el tercer día.
Estaba sentado en un banco del patio central, leyendo un libro digital de física bajo un árbol de hojas bioluminiscentes, cuando Mila apareció.
Se dejó caer en el extremo opuesto del banco, con una carpeta de apuntes en el regazo. No me saludó. Simplemente se quedó mirando fijamente hacia el techo del edificio de Ciencias Aplicadas, a unos trescientos metros de distancia.
—Pensé que no te gustaba el ruido del patio —le dije, pasando una página de mi lectura.
—No me gusta —respondió ella, sin apartar la vista del edificio—. Pero hay algo que hace menos ruido que tú, y me está volviendo loca.
Cerré el libro, mi instinto poniéndose alerta al instante. Desde la simulación en el domo, Mila había demostrado que sus sentidos eran mil veces más precisos que cualquier radar del ITNL.
—¿Qué cosa? —pregunté, siguiendo su mirada. No vi nada más que gárgolas de acero y ventanas cerradas.
—Un espectro —murmuró Mila. Sus ojos grises se entrecerraron—. Lo vi por primera vez ayer cerca de la Facultad de Ingeniería de Vacío. Hoy lo vi en los ductos del invernadero. Ahora mismo, acaba de pasar por la cornisa del nivel cuatro de Ciencias.
—¿Un estudiante colándose en áreas restringidas?
—No. Se mueve demasiado rápido. Físicamente imposible para un estudiante de tercer año, y sin usar propulsión estelar. Es pura biomecánica y agilidad.
Me puse de pie, agudizando la vista.
—Allí —señaló Mila.
Por un segundo, una fracción de segundo, lo vi.
No era una sombra, ni llevaba las típicas capas negras de los asesinos o sectarios de películas. Llevaba una capucha de un color grisáceo y amarillento, desgastada, como una lona vieja que hubiera sido expuesta a lluvia ácida y arena durante años.
Se movía por la cornisa vertical con la fluidez de una gota de agua cayendo por un cristal. No interactuaba con el entorno. No rompía ventanas, no forzaba cerraduras. Era sombrío, casi imperceptible.
Y llevaba algo en las manos.
—¿Viste eso? —pregunté, sintiendo que un nudo se formaba en mi estómago—. Tenía un recipiente.
—Cilíndrico. Metálico. Y está buscando algo —confirmó Mila, poniéndose de pie y ajustándose las correas de su mochila—. No se queda quieto en un solo lugar más de diez segundos. Rastrea, no encuentra lo que busca, y desaparece.
El encapuchado llegó a la esquina del edificio, se detuvo una milésima de segundo, la brisa ondeó su tela amarillenta, y luego simplemente se dejó caer en el vacío entre dos bloques de aulas. No hubo sonido de impacto. Simplemente dejó de existir en nuestro campo de visión.
—¿Se lo dijiste al Consejo? —pregunté, mirando a Mila.
—¿A Kael y Ryan discutiendo por los turnos de guardia? —Mila bufó—. No me harían caso. Dirían que es un estudiante de primer año saltándose clases. Además… su frecuencia, Jake. No es normal.
Mila me miró, y por primera vez desde que la conocí, vi un destello de genuina intriga científica mezclada con precaución.
—Cuando pasa cerca, los medidores estelares no registran nada. Pero el aire se vuelve… pesado. Igual que cuando tú esquivaste ese láser.
El fantasma gris no estaba aquí para estudiar. Estaba buscando algo en el corazón de Solaria mientras nuestros líderes estaban en el extranjero. Y Mila y yo éramos los únicos que nos habíamos dado cuenta.
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