Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 70
- Inicio
- Todas las novelas
- Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas
- Capítulo 70 - Capítulo 70: Diplomacia de Aniquilación
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 70: Diplomacia de Aniquilación
El Palacio de las Naciones en Ginebra estaba diseñado para intimidar.
La inmensa sala de la Asamblea General, con su cúpula dorada y sus interminables filas de escaños de madera pulida, olía a poder viejo. Allí estaban reunidos los presidentes, primeros ministros y altos mandos militares de las naciones más poderosas de la Tierra. Cientos de miradas severas, cargadas de indignación y miedo, clavadas en la doble puerta de caoba del fondo.
Esperaban a los “rebeldes”. Esperaban a una pandilla de adolescentes arrogantes jugando a ser dioses con energía que no entendían.
Las puertas se abrieron con un sonido sordo.
El silencio que cayó sobre la sala fue absoluto. No hubo murmullos, ni flashes de cámaras, porque el nivel de seguridad era máximo.
Primero entró el comandante Reiss Vauren.
No llevaba su habitual taza de café ni su tablet. Iba enfundado en el uniforme de gala de Alto Mando del ITNL: negro medianoche, con líneas de plata viva que latían débilmente con energía estelar contenida. Caminaba con la precisión marcial de un veterano de cien guerras, su rostro pálido y sus ojeras dándole el aspecto de un ángel de la muerte exhausto.
A su lado, un paso por delante caminaba la presidenta del comité del ITNL Alice Valdrakhan.
Y el mundo contuvo el aliento.
No había sombreros ridículos de paja. No había vestidos pastel ni cetros de juguete. Alice llevaba un traje militar de corte prusiano, blanco inmaculado, con hombreras plateadas y el emblema del Sol Negro de Solaria bordado en el pecho. Su cabello rubio estaba recogido en una trenza tensa y militar.
Pero lo más aterrador no era su ropa. Era su expresión.
Los ojos de Alice, normalmente llenos de una chispa infantil y maníaca, eran ahora dos pozos de hielo antiguo. Caminaba con una autoridad tan densa que parecía curvar la gravedad a su alrededor.
Llegaron al estrado central. No se sentaron. Se quedaron de pie, mirando a las potencias del mundo como quien mira a un hormiguero que se ha salido de su maceta.
El secretario general de la ONU tragó saliva y asintió hacia la bancada de las superpotencias. La cacería había comenzado.
El primero en levantarse fue el Embajador Zhao, representante principal de la coalición asiática. Su tono era suave, casi maternal, pero cada palabra estaba afilada como un bisturí legal.
—presidenta Valdrakhan, comandante Vauren. Entendemos que Solaria ha logrado avances excepcionales. Sin embargo, la energía estelar no puede ser monopolizada. Por el bien de los derechos humanos y la seguridad global, esta asamblea exige la instalación inmediata de bases de observación internacional dentro de su barrera. Debemos “compartir” la carga de esta tecnología.
Reiss se acercó al micrófono. Su voz fue un látigo frío.
—La tecnología de Solaria es propiedad soberana del ITNL. Una “base de observación” es un eufemismo para espionaje industrial y ocupación militar. La respuesta es no.
Antes de que Zhao pudiera replicar, un puño golpeó una mesa en el otro extremo de la sala.
El Almirante Vance, del Estado Mayor de los Estados Unidos, se puso de pie. Llevaba el pecho cubierto de medallas y el rostro rojo de ira pura. Él era el superior directo de la Séptima Flota que Jake había humillado.
—¡Al diablo con la diplomacia, Zhao! —rugió Vance, su voz resonando en la cúpula—. ¡Estos niños destruyeron una flota soberana en aguas internacionales! ¡Cometieron un acto de guerra no provocada! Mi demanda no es un observatorio. Mi demanda es el prisionero.
Vance señaló a Reiss con un dedo tembloroso por la furia.
—Exigimos que nos entreguen al sujeto conocido como “La Anomalía”. El chico. Lo queremos en un tribunal militar internacional por crímenes de lesa humanidad. Entréguenlo, o consideraremos a Solaria un estado terrorista activo.
El murmullo estalló en la sala. Habían tirado las cartas sobre la mesa. Querían a Jake, y querían doblegar a la isla. Era un ultimátum conjunto. Rendición política o rendición militar.
Alice miró al Almirante Vance. Luego miró al Embajador Zhao.
Lentamente, Alice se quitó el guante blanco de su mano derecha. El leve sonido de la tela deslizándose por sus dedos pareció amplificarse en los micrófonos. Se acercó al podio, apartando a Reiss con un toque suave.
Alice se inclinó sobre el micrófono.
—Almirante Vance —dijo Alice. Su voz no era un grito. Era un susurro amplificado que heló la sangre de todos los presentes—. Su flota no estaba en aguas internacionales. Estaba apuntando cañones de riel hacia mi casa. Y respecto a su demanda…
Alice metió la mano en el bolsillo de su chaqueta blanca y sacó un elegante reloj de bolsillo de plata. Lo abrió con un clic que resonó como un disparo en la sala silenciosa.
—Ustedes creen que nos trajeron aquí para negociar —continuó Alice, paseando la mirada por los rostros pálidos de los líderes mundiales—. Creen que tienen influencia. Alianzas. Sanciones. Ejércitos. Creen que pueden doblegar a Solaria porque somos una pequeña nación contra el resto del globo.
Alice sonrió, pero fue una sonrisa sin alegría, una que mostraba los dientes como un depredador.
—Se equivocan. Nosotros no vinimos a negociar. Vinimos a informarles del nuevo orden de la cadena alimenticia.
Levantó el reloj de bolsillo para que todos lo vieran.
—Ese chico que ustedes llaman “La Anomalía”. Mi arma favorita. Jake Aris. Ustedes lo quieren en un tribunal. Bueno, lamento informarles que no lo traje. Lo dejé en casa. Suelto. Sin correa.
El Almirante Vance frunció el ceño, confundido.
—¿Qué nos importa dónde esté el chico? ¡Si no lo entregan…!
—Debería importarle, Almirante —lo cortó Alice de golpe—. Porque antes de subir a mi avión, activé el Protocolo Perro Guardián. Mi pulso cardíaco y mis datos biométricos están enlazados directamente a un receptor en la muñeca de Jake en Solaria. Si soy detenida en este edificio… si mi avión no recibe autorización de despegue en exactamente tres horas… o si simplemente olvido presionar un botón en este reloj cada cuarenta y cinco minutos…
Alice se inclinó aún más, sus ojos brillando con una energía estelar que hizo parpadear las luces de todo el Palacio de las Naciones.
—…Jake tiene una orden directa, absoluta e irrevocable. Él no necesita un ejército. No necesita barcos. Solo necesita mirar un mapa. Si mi señal se apaga, Jake borrará de la existencia la capital del país que me haya ofendido. Empezando por Washington D.C., siguiendo por Beijing, y terminando con cualquier ciudad que decida levantar la voz. Y como usted mismo presenció, Almirante… no hay nada en este planeta que pueda detenerlo.
El silencio que siguió no fue solo sorpresa. Fue terror absoluto. El terror primario de saberse completamente obsoletos.
El Embajador Zhao perdió el color de la cara. El Almirante Vance abrió la boca, pero no salió ningún sonido de su garganta. Se dejaron caer pesadamente en sus asientos.
Acababan de comprender la realidad matemática de la situación. Solaria no era una nación a la que pudieran amenazar con la guerra. Solaria era un gatillo apuntando a la cabeza del mundo, y Alice Valdrakhan tenía el dedo apoyado en él, jugando con un reloj de bolsillo.
—Así que… —Alice cerró el reloj con un chasquido alegre, su tono volviendo a ser el de una niña que acaba de ganar un juego de mesa—. Las bases de observación están denegadas. La extradición está denegada. Y cualquier intento de bloqueo económico será considerado un acto de agresión con respuesta asimétrica.
Se giró hacia Reiss, dándole la espalda a la asamblea más poderosa del mundo como si fueran estatuas sin valor.
—Vámonos, Comandante. El café aquí es terrible y tengo que enviar un pulso de vida antes de que Jake convierta un continente en un cenicero.
Reiss asintió rígidamente.
Ambos líderes del ITNL caminaron hacia las puertas dobles de caoba. Nadie los detuvo. Nadie dijo una palabra. Los líderes del mundo exterior solo pudieron mirar cómo Solaria los dejaba atrás, intocable, inalcanzable y aterradora.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com