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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 72

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Capítulo 72: El Pulitzer de Vainilla y el Filántropo de Cristal

Las manos de Kaori estaban heladas contra mi boca. Sus ojos, normalmente brillantes por la curiosidad morbosa, estaban dilatados por el pánico genuino.

—Tú eres el único que no hace ruido en los radares, Jake —susurró, pegándose a mi pecho—. Tienes que ayudarme… acabo de ver lo que hay en el frasco de cristal.

Mi corazón dio un vuelco. El aire de la habitación de repente pareció pesar una tonelada.

El Fantasma Gris, pensé. Lo encontró. Vio el residuo del Abismo. Vio la energía de Zephyr. Si Kaori publica eso, Reiss la va a desaparecer y la ONU tendrá su excusa para bombardearnos.

La aparté suavemente por los hombros, tenso como la cuerda de un arco.

—Kaori, escúchame bien —dije, con la voz más seria y baja que pude—. ¿Qué había en ese frasco? ¿Era radiación estelar? ¿Armas químicas? ¿Energía oscura? Dime exactamente qué viste.

Kaori tragó saliva, asintió frenéticamente y sacó su cámara digital del bolsillo de su chaqueta. Miró hacia la puerta, como si esperara que un escuadrón de la muerte entrara en cualquier segundo, y me mostró la pantalla LCD.

—Míralo con tus propios ojos, Jake. La corrupción llega hasta lo más alto.

Me incliné sobre la pequeña pantalla, preparándome psicológicamente para ver materia oscura o algún experimento biológico atroz del ITNL.

La foto estaba borrosa, tomada con mucho zoom desde un ducto de ventilación. Mostraba un escritorio de caoba y, sobre él, un pequeño frasco de cristal tallado con letras doradas y un líquido ambarino en su interior.

Fruncí el ceño, acercando más la cara a la pantalla.

—Kaori… eso dice L’Étoile Noire.

—¡Exacto! —chilló ella en un susurro histérico—. ¡Es perfume de diseñador importado de París! ¡Cuesta más de tres mil créditos la onza!

Me quedé en blanco. Mi cerebro, que estaba operando en modo de supervivencia táctica, hizo un cortocircuito.

—¿Perfume?

—¡Sí! ¡El Jefe de Suministros del campus ha estado desviando fondos del presupuesto de la cafetería para comprar lujos! ¡Por eso el puré de papas sabe a cartón reciclado desde hace dos semanas! —Kaori apretó los puños, con lágrimas de indignación asomando en sus ojos—. ¡Están robándole a los estudiantes para oler a vainilla y sándalo, Jake! ¡Esto es el Pulitzer de la academia! ¡Si esto sale a la luz, el Instituto se hunde en un escándalo financiero!

El silencio que siguió fue absoluto.

La tensión asesina que había acumulado en mis músculos se desvaneció de golpe, reemplazada por un alivio tan masivo y repentino que mis rodillas casi ceden. Me apoyé contra el escritorio y solté un suspiro que sonó como un globo desinflándose.

Y luego, el alivio se transformó en una irritación monumental.

La miré. Ella seguía temblando por su “gran primicia”.

—Kaori —dije, frotándome el puente de la nariz, sintiendo que había envejecido diez años en dos minutos—. Estás a tres segundos de salir volando por esa ventana. Sal de mi habitación. Ahora.

—Pero Jake, ¡necesito que me cubras mientras hackeo los servidores de contabilidad! ¡Tu vacío es el camuflaje perfecto!

—¡Fuera!

La empujé hacia el pasillo y la puerta se cerró con un siseo, dejándome solo en el silencio. Me dejé caer en la cama, mirando el techo. Perfume. Había estado a punto de tener un ataque al corazón por un frasco de perfume.

A Doscientos Kilómetros al Sur: Solenith

El aroma en la oficina del piso 120 no era vainilla, ni sándalo. Era ozono filtrado, cuero italiano y el olor metálico del dinero viejo.

La ciudad corporativa de Solenith era el reverso de la moneda de Lunavia. Mientras el ITNL era una fortaleza militar disfrazada de instituto, Solenith era una metrópolis de cristal negro y neón dorado que latía con el verdadero poder del mundo moderno: el capital. Aquí no gobernaban los soldados ni los académicos. Gobernaban las juntas directivas.

En la cima de la Torre Cénit, mirando a través del inmenso ventanal cómo la nieve sintética golpeaba el cristal blindado, estaba Silas Thorne.

Llevaba un traje a medida tejido con hilo de vacío, valorado en unos cinco mil dólares, que se ajustaba perfectamente a su complexión delgada pero imponente. En su muñeca izquierda, un reloj suizo de edición limitada brillaba con un mecanismo impulsado por cristales de maná microscópicos, latiendo en sincronía con su propio pulso.

Silas no miraba la ciudad. Miraba al hombre sudoroso que estaba de pie frente a su escritorio de obsidiana.

—Lo que intento explicarle, señor Thorne… —tartamudeaba el ejecutivo de nivel medio, secándose la frente con un pañuelo— …es que la reubicación de los refugiados del Sector 4 está costando más de lo proyectado. Los fondos de la Corporación Cénit para “Ayuda Humanitaria” se están agotando.

Silas se giró lentamente. Su rostro era una máscara de elegancia gélida, con pómulos afilados y ojos de un azul tan claro que parecían deslavados.

—Martin —dijo Silas, y su voz era suave, casi compasiva—. La Corporación Cénit fue fundada para limpiar las zonas de desastre estelar. Para estabilizar la energía residual y darle un hogar a los desposeídos. Es un deber sagrado. ¿Entiendes eso, verdad?

—S-sí, señor. Por supuesto.

—Entonces, comprenderás que no te estoy despidiendo —Silas sonrió, una sonrisa de filántropo de plástico—. Estoy reestructurando tu potencial. Tu ineficiencia para gestionar los fondos está, literalmente, robándole el pan de la boca a esos pobres refugiados. Me rompe el corazón, Martin. Pero por el bien humanitario de Solaria, tendré que absorber tus acciones y pedirte que vacíes tu escritorio. Seguridad te escoltará.

Martin palideció, asintió torpemente y salió huyendo de la oficina. Silas Thorne era un maestro en eso: destruir vidas y carreras, pero siempre envuelto en la bandera de la caridad y la optimización de recursos. Para él, los empleados no eran personas; eran variables en una ecuación que siempre debía dar resultados a su favor.

Cuando las puertas se cerraron, una sección de la pared de madera se deslizó, revelando a un hombre alto y lleno de cicatrices que vestía un traje oscuro mucho más táctico que corporativo. Era Marcus, su Jefe de Seguridad Privada.

—Excelente actuación filantrópica, señor —dijo Marcus, acercándose al escritorio con una tableta.

—Los vacíos legales y la moralidad pública son las herramientas más afiladas del mercado, Marcus —respondió Silas, sirviéndose un vaso de agua mineral—. ¿Tienes lo que te pedí?

Marcus asintió y colocó un dispositivo proyector sobre el escritorio de obsidiana.

El aire se iluminó con imágenes satelitales clasificadas. No provenían de la base de datos del ITNL, sino de los satélites privados de la Corporación Cénit. Las imágenes mostraban la costa de Lunavia durante el ataque de la Séptima Flota. Mostraban el momento exacto en que una masa de oscuridad absoluta devoró cientos de miles de toneladas de acero y vidas humanas en un parpadeo.

Silas se inclinó sobre el holograma. Sus ojos deslavados brillaron con una codicia absoluta y depurada. No había ni un gramo de miedo en su rostro.

—Ahí está —murmuró Silas, casi fascinado—. Zephyr.

—Nuestros analistas confirman que el epicentro fue el estudiante de segundo año, Jake Aris —informó Marcus—. El ITNL lo mantiene atado con acuerdos legales, pero su nivel de amenaza es categoría Omega. Es un monstruo.

Silas soltó una carcajada seca, despectiva.

—¿Un monstruo? No seas vulgar, Marcus. Es energía cruda. Y un desperdicio absoluto. Ese mocoso, Jake Aris, se cree el depredador alfa de Solaria solo porque tiene talento innato. Pero el poder sin estructura, sin el refinamiento del capital y el linaje… es solo un animal salvaje haciendo ruido en una jaula.

Silas pasó un dedo revestido de hilo de vacío por el holograma de la explosión oscura.

—Alice Valdrakhan y su ridícula academia creen que pueden monopolizar el futuro. Yo voy a demostrarles que el dinero, la infraestructura y la ambición son la verdadera energía dominante de este mundo.

—¿Quiere que organicemos una extracción del chico Aris, señor?

—No me interesa el chico —lo corrigió Silas, enderezándose y abrochándose el botón de su saco—. Me interesa Zephyr. Me interesa la matriz del Abismo Estelar. Y para aislar esa entidad, necesito una muestra de su energía pura.

Silas miró su reloj de maná.

—Prepara a tu mejor equipo táctico, Marcus. Viajaremos a Lunavia mañana a primera hora.

—¿Una incursión armada encubierta, señor?

—Por el amor de Dios, Marcus, somos una ONG humanitaria, no terroristas —dijo Silas, sonriendo con arrogancia—. Disfraza al equipo de choque con trajes de negocios a medida. Entraremos por la puerta principal. Vamos a ofrecerle al Instituto Tecnológico Nacional de Lunavia una generosa “subvención filantrópica” para sus estudiantes afectados por el trauma de la guerra.

El CEO de la Corporación Cénit miró la nieve chocar contra su ventana de cristal.

—Vamos a hacer una adquisición hostil de un dios oscuro. Y lo vamos a hacer legalmente

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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