Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 73
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Capítulo 73: Filantropía Hostil y Té de Hierbas
Desde la galería del segundo piso del edificio administrativo, el campus nevado parecía una postal pacífica. Pero la nave de transporte privado que acababa de aterrizar en el patio central arruinaba la estética. Era un modelo corporativo negro, liso y tan obscenamente caro que probablemente costaba más que el presupuesto anual de tres facultades juntas.
De la nave descendió Silas Thorne, seguido por media docena de hombres y mujeres en trajes de sastre grises.
Yo observaba la escena apoyado en la barandilla de cristal, con Aria a mi izquierda y Mila a mi derecha.
En ausencia de Alice y Reiss, el encargado de recibir a la delegación fue Xander. El líder interino del Consejo Estudiantil los esperaba en el vestíbulo principal, de pie junto a una pequeña mesa de caoba donde una tetera de porcelana humeaba suavemente.
Silas caminó hacia él con la barbilla en alto, abotonándose el saco con un gesto que destilaba superioridad.
—Silas Thorne, CEO de la Corporación Cénit —se presentó, ofreciendo una mano con un reloj que valía más que mi vida entera—. Traemos un fondo de alivio humanitario. Supongo que la presidenta Valdrakhan estaba demasiado ocupada jugando a la política en Ginebra como para recibir una donación de nueve cifras. Es una lástima que hayan enviado a un estudiante a recibir a los inversores.
Xander no le dio la mano. En su lugar, tomó la tetera con una elegancia exasperante y sirvió una taza perfecta.
—El té de manzanilla es excelente para la tensión arterial baja, señor Thorne —dijo Xander, con una voz tan suave y vacía de emociones que hizo que la sonrisa de Silas vacilara un milímetro—. Y en Solaria no tenemos inversores. Tenemos invitados. ¿Azúcar o prefiere que su deducción de impuestos se la sirva amarga?
Silas soltó una risa seca, cínica. Lejos de ofenderse, pareció disfrutar el intercambio.
—Un chico listo. Me gusta la eficiencia. Espero que el resto de las instalaciones estén a la altura de tu insolencia.
Xander le tendió la taza.
—Disfrute su recorrido. No toque los cristales. Algunos muerden.
Una hora más tarde, intentaba encontrar algo de paz en la cafetería, escarbando una ensalada sintética que Kaori me había asegurado que no estaba financiada por el desvío de fondos del “escándalo del perfume”.
Una sombra bloqueó la luz de mi mesa.
—Jake Aris. El famoso “Rompeolas”.
Levanté la vista. Silas Thorne se deslizó en la silla frente a mí sin pedir permiso. Olía a ozono y a dinero viejo. Dos de sus “ejecutivos” se quedaron de pie a un par de metros, escaneando el perímetro con la rigidez de estatuas de piedra.
—He oído maravillas de ti, muchacho —dijo Silas, entrelazando los dedos sobre la mesa. Me miraba como un entomólogo mira a un escarabajo raro clavado en un corcho—. Toda esa carga que llevas… El ataque a la flota, la presión académica. Como filántropo, me rompe el corazón ver cómo el ITNL exprime tu juventud.
No dije nada. Mantuve mi “vacío” activado, esa represión absoluta de mi energía que había perfeccionado para sobrevivir.
Silas ladeó la cabeza. Su reloj de maná parpadeó levemente, intentando leer mis niveles, pero no obtuvo nada. Cero. Su sonrisa de tiburón se tensó apenas una fracción.
—Mi corporación tiene a los mejores psiquiatras del continente, Jake —continuó, bajando el tono a un susurro confidencial, como si fuéramos viejos amigos—. Terapeutas especializados en traumas por sobrecarga estelar. No tienes que ser un arma para el gobierno. Podrías venir a Solenith. Te ofrezco un entorno corporativo. Seguro. Estructurado. Podrías canalizar toda esa… energía oscura tuya en algo productivo. Rentable, incluso.
Era un discurso brillante. Disfrazaba su codicia por Zephyr de preocupación médica. Quería comprar mi monstruo interno.
—Gracias por la oferta, señor Thorne —dije, apartando mi bandeja y levantándome lentamente—. Pero estoy bastante ocupado con mis clases de cálculo. Y mi psiquiatra me recomendó evitar las corporaciones vampíricas. Dice que son malas para el estrés.
Silas no se inmutó. Su sonrisa se volvió aún más fría, perdiendo cualquier rastro de falsa amabilidad. Se inclinó unos milímetros más hacia adelante, bajando la voz hasta que solo yo pude escucharlo.
—El ITNL te ve como una bomba a la que le están alargando la mecha, Jake. Te tienen miedo. Yo no te tengo miedo; veo el motor de una nueva era. Cuando te canses de ser el monstruo encadenado en su jaula de cristal para que ellos duerman tranquilos, búscame. En Cénit no encerramos a los dioses… los financiamos.
Apenas Silas desapareció por el pasillo principal, Mila apareció de la nada y ocupó la silla que el CEO acababa de dejar vacía. Estaba pálida y se frotaba las sienes con fuerza.
—Esos no son ejecutivos, Jake —susurró, con los dientes apretados—. Y definitivamente no son filántropos.
—Lo sé. Tienen pinta de mercenarios.
—No es la pinta —la interrumpió Mila, acercándose sobre la mesa—. Es el ruido. Los tres tipos de traje que lo acompañan están suprimiendo su energía con algún inhibidor de Cénit, pero la fricción interna es asquerosa. Zumban como reactores nucleares a punto de fundirse. Son fuerzas de choque de élite, Jake. Y están buscando algo.
Antes de que pudiera procesar eso, Aria llegó por el otro lado. Se sentó a mi lado, sus ojos azules brillando con esa intensidad táctica que ponía cuando olía problemas.
—Tenemos una fuga en la visita guiada —informó Aria, bajando la voz—. El equipo de trajeaditos de Thorne se acaba de dividir. Mientras el CEO te daba su discurso de ventas, vi a tres de sus guardias tomar un “desvío accidental” hacia el ala este.
—¿El ala este? —preguntó Mila, frunciendo el ceño—. Ahí solo están los laboratorios de contención de residuos. No hay nada valioso a nivel corporativo, a menos que…
Aria y yo nos miramos al mismo tiempo.
Residuos del Torneo. Las muestras de energía oscura de la explosión del Abismo.
—Tenemos que ir —dije, levantándome.
Marcus, Jefe de Seguridad de la Corporación Cénit, se ajustó la corbata de seda mientras sus dos hombres terminaban de fundir la cerradura biométrica del Laboratorio C-4 con un soplete de plasma silencioso.
Las instalaciones del ITNL eran buenas, pero la tecnología de encriptación que el señor Thorne había comprado en el mercado negro era superior.
—Rápido y limpio —murmuró Marcus por su comunicador de garganta—. Buscamos el isótopo residual de la Anomalía. Extraemos y volvemos al grupo antes de que el chico de los tés se dé cuenta.
La pesada puerta blindada cedió con un siseo hidráulico, revelando una cámara frigorífica sumida en la oscuridad. Los paneles de las paredes emitían un leve resplandor azul. En el centro, había una bóveda de cristal abierta.
Marcus desenfundó su pistola de pulso estelar. Algo andaba mal. Ellos no habían abierto esa bóveda.
Las luces de emergencia parpadearon, iluminando la sala por un segundo.
No estaban solos.
Agachado frente a la bóveda abierta, estaba una figura cubierta por una lona amarillenta y desgastada. El Fantasma Gris.
En su mano izquierda sostenía un vial de contención del laboratorio. Había llegado primero.
—Propiedad corporativa, amigo —dijo Marcus, apuntando directamente a la cabeza del encapuchado. Sus dos hombres flanquearon la salida, levantando inhibidores de maná para bloquear cualquier hechizo de escape—. Deja el frasco en el suelo y nadie tendrá que ser liquidado en el informe de gastos.
El encapuchado no se movió. No habló. No hubo jadeo de sorpresa, ni postura de combate. Bajo la sombra de la capucha, no se veía ningún rostro.
Lentamente, ignorando por completo las armas apuntándole, el Fantasma Gris levantó su muñeca derecha.
La tela desgastada se deslizó hacia atrás, revelando un dispositivo liso y negro acoplado a su brazo. No era tecnología del ITNL, ni de Cénit. Parecía alienígena. Con un chasquido suave, una interfaz holográfica cobró vida sobre el brazalete, proyectando runas de luz que giraban rápidamente.
El sujeto presionó un comando en el aire.
Un pitido de confirmación cortó el silencio helado del laboratorio. Había enviado un paquete de datos. A quién, o a dónde, era un misterio.
Marcus entrecerró los ojos, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del lugar.
—Fuego libre —ordenó.
—Fuego libre —ordenó Marcus.
Los rifles de pulso estelar escupieron tres ráfagas de plasma concentrado directamente hacia el pecho del encapuchado. A esa distancia, en el espacio cerrado del laboratorio frigorífico, era imposible fallar. La carne y el hueso debían vaporizarse.
Pero el impacto nunca ocurrió.
Justo cuando los proyectiles azules estaban a un milímetro de tocar la lona amarillenta, el Fantasma Gris… se rompió.
No hubo un escudo de energía. La figura entera pareció sufrir un glitch informático. Su cuerpo se dividió en cientos de cubos microscópicos, como píxeles desincronizados en una pantalla rota. La imagen del encapuchado se partió exactamente por la mitad, el plasma atravesó el espacio vacío donde debía estar su torso, y con un sonido de estática digital, el Fantasma simplemente desapareció en el aire.
Marcus parpadeó, bajando el arma. Las alarmas de máxima seguridad del ITNL estallaron de inmediato, bañando el laboratorio en luces rojas estroboscópicas y sirenas ensordecedoras.
—¿Qué demonios fue eso? —gritó uno de sus hombres, retrocediendo—. ¡Los inhibidores de maná estaban al máximo! ¡No pudo teletransportarse!
—¡Abortar! —rugió Marcus, sabiendo que su ventana de oportunidad se había cerrado—. ¡El objetivo se evaporó, salgamos de aquí antes de que llegue la guardia de Valdrakhan!
Los tres mercenarios corporativos salieron corriendo del laboratorio, adentrándose en el largo pasillo del Ala Este. Sus botas resonaban contra el metal. Estaban entrenados para no entrar en pánico, pero la forma antinatural en la que esa cosa había desaparecido les había helado la sangre.
A mitad del pasillo, la luz de emergencia del techo sobre ellos parpadeó y estalló con un chispazo.
Plaf.
Luego, la luz a diez metros por delante de ellos también se apagó.
Plaf.
Una por una, en una secuencia rápida y rítmica, las luces del corredor fueron muriendo, persiguiéndolos en dirección a la salida hasta sumergirlos en una oscuridad absoluta.
Los mercenarios se detuvieron, formando un círculo defensivo, encendiendo las linternas tácticas de sus armas. Los haces de luz blanca cortaban el polvo suspendido en el aire.
—Señor… —susurró uno de los hombres.
En el extremo opuesto del pasillo, el haz de luz iluminó una silueta. La lona grisácea y amarillenta colgaba lánguidamente. El Fantasma Gris estaba de pie, bloqueando la salida.
Marcus levantó el rifle, pero antes de que pudiera apretar el gatillo, el Fantasma volvió a glitchearse. Desapareció de la luz.
Una ráfaga de viento frío golpeó la nuca de Marcus.
Ssssss-clic.
El sonido fue mecánico, sordo. Como el de una bomba de aire.
El hombre a la derecha de Marcus se desplomó sin emitir un solo sonido. Marcus giró desesperado, iluminando el espacio vacío, pero solo vio la lona amarilla moviéndose por el rabillo del ojo.
Ssssss-clic.
Su segundo hombre cayó de rodillas, los ojos en blanco, completamente paralizado, antes de golpear el suelo.
Marcus soltó un grito de guerra y disparó a ciegas, pero una mano con un guante oscuro y metálico surgió de la oscuridad y agarró el cañón de su rifle, apartándolo con una fuerza mecánica irresistible. La otra mano del Fantasma se acercó al cuello de Marcus.
No llevaba una jeringa con aguja. Era un inyector neumático de alta presión.
El cilindro frío presionó su arteria carótida.
Ssssss-clic.
Marcus sintió que un bloque de hielo líquido se inyectaba directamente en su torrente sanguíneo a través de los poros de su piel. Sus pulmones se detuvieron. Sus músculos se bloquearon al instante. Cayó al suelo, consciente, con los ojos abiertos, pero incapaz de mover un solo dedo.
Lo último que vio Marcus antes de que su visión se nublara fue al Fantasma Gris arrodillándose en la oscuridad, comenzando a desabrochar el equipo táctico de sus hombres caídos.
(Perspectiva de Jake)
Aria, Mila y yo llegamos al pasillo del Ala Este derrapando por la esquina, listos para una zona de guerra. Las alarmas seguían aullando, pero el corredor estaba envuelto en tinieblas.
Aria conjuró una esfera de luz estelar en la palma de su mano y la lanzó hacia adelante para iluminar la escena.
Nos detuvimos en seco.
No había Fantasma Gris. Y sorprendentemente, no había mercenarios.
Lo que había en el suelo, ordenado con una pulcritud espeluznante, eran tres montones de pertenencias. Trajes de sastre grises perfectamente doblados, camisas, zapatos, comunicadores de Cénit y tres rifles de pulso estelar. Faltaban los cuerpos. Se los habían llevado, dejando solo las cáscaras vacías.
—¿Qué… qué es esto? —susurró Aria, acercándose a las armas—. Desaparecieron.
—Esa frecuencia de nuevo —murmuró Mila, tocándose la sien y retrocediendo un paso—. Estuvo aquí hace menos de un minuto. Se llevó masa orgánica, Jake. Se llevó a tres hombres adultos sin dejar un rastro de arrastre.
El sonido de pasos apresurados y metálicos nos hizo girar.
Xander apareció por el otro lado del pasillo, flanqueado por seis guardias de élite del ITNL con armas desenfundadas. Y, caminando a un paso sorprendentemente tranquilo detrás de ellos, venía Silas Thorne.
Xander vio los uniformes corporativos y las armas ilegales en el suelo. Su expresión siempre neutral se endureció.
—Señor Thorne —dijo Xander, con una voz que prometía una celda de aislamiento—. Creo que me debe una explicación sobre por qué sus supuestos “filántropos” trajeron rifles de pulso estelar a un ala de contención restringida. Queda usted bajo arresto corporativo por…
—¡Dios mío! —lo interrumpió Silas.
El CEO de Cénit pasó por delante de Xander, con los ojos muy abiertos y las manos en la cabeza, actuando un horror y una indignación dignos de un premio de la Academia. Se arrodilló junto al montón de ropa y recogió un comunicador, mirándolo con fingida tragedia.
—¡Marcus! ¡Por el amor de Dios, ¿qué le han hecho a mi equipo?! —Silas se puso de pie, girándose hacia Xander con una furia impecable—. ¡Le exijo una explicación, joven! ¡Mis ejecutivos pidieron direcciones para ir a los sanitarios y ahora encuentro su ropa y equipo de seguridad tirados en este pasillo oscuro!
—Señor Thorne, no insulte mi inteligencia —replicó Xander, frío como el hielo—. Sus hombres estaban intentando robar el laboratorio.
—¡Mis hombres han sido secuestrados! —rugió Silas, señalando el pasillo vacío—. ¡Han sido abducidos y despojados en las instalaciones de máxima seguridad de su academia! Vinimos aquí en son de paz, con una donación humanitaria, ¡y ustedes albergan a un asesino o a un terrorista que hace desaparecer a las personas!
Me quedé boquiabierto. Era el guionazo perfecto. Un movimiento de judo legal absurdo pero inquebrantable.
Silas sabía perfectamente que sus mercenarios habían fallado y que habían sido neutralizados por algo superior. Pero al no haber cuerpos, no había crimen de intrusión demostrable por parte de Cénit. Solo había “víctimas”.
Xander apretó los labios. Se dio cuenta de la trampa al instante. Silas acababa de voltear el tablero.
—Si Solaria no puede garantizar la seguridad básica de los inversores internacionales —continuó Silas, alisándose el saco con falsa calma—, me veré obligado a contactar a Ginebra. Informaré a la ONU que el ITNL ha perdido el control de su propia isla y que mantienen células terroristas activas. Requeriremos una intervención internacional inmediata para encontrar a mis empleados.
El silencio fue sepulcral.
Silas no había venido solo a robar energía oscura. Había venido a buscar una excusa para que el mundo exterior invadiera Solaria, y el Fantasma Gris se la acababa de entregar en bandeja de plata.
Silas se giró y clavó sus ojos deslavados en mí. Me dedicó una levísima sonrisa torcida que nadie más vio.
—Tienen cuarenta y ocho horas para devolverme a mis hombres con vida —declaró el CEO—. O la Corporación Cénit y la ONU vendrán a desmantelar este lugar ladrillo por ladrillo.
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