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Astral Edge: El Último Heredero de las Estrellas - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 Prisión Eterna
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8: Prisión Eterna 8: Prisión Eterna Raven sonrió con una leve curvatura en los labios, un gesto que no llegaba a sus ojos, y se puso en pie con una fluidez casi felina, como si el peso del mundo no lo tocara.

Jake permaneció solo en la mesa, el diario reposando ante él como un relicto cargado de promesas y amenazas.

El aire de la cafetería se había vuelto más denso con la caída del sol, las sombras alargándose como dedos espectrales sobre el suelo de madera desgastada.

Mientras hojeaba las páginas con dedos temblorosos, notaba detalles que se clavaban en su mente: trazos irregulares en la tinta, como si el autor hubiera escrito con manos apresuradas por el miedo, y un leve aroma a humo antiguo que emanaba del cuero, evocando fogatas extintas y secretos sepultados.

En ese instante, una idea relampagueó en su cerebro como un rayo en la tormenta: ¿y si el diario contenía pistas sutiles para completar las secciones ausentes?

El pulso se le aceleró, un calor repentino subiendo por su pecho mientras imaginaba las posibilidades.

Decidió que su primer paso sería diseccionar cada técnica descrita, compararla con lo que sabía, y buscar patrones que pudieran rellenar los vacíos, como un cartógrafo trazando mapas de tierras inexploradas.

Jake pasó el resto de la tarde hundido en la cafetería, el diario absorbiéndolo por completo.

El rumor constante de la máquina de café, un zumbido bajo y rítmico como el latido de un corazón mecánico, se fundía con las conversaciones murmuradas de los pocos clientes restantes, un tapiz sonoro que se desvanecía en el fondo mientras sus ojos devoraba las páginas.

El aire se impregnaba de un dulzor amargo de granos tostados, mezclado con el polvo sutil del atardecer que filtraba a través de los ventanales empañados.

Su espalda se encorvaba sobre la mesa, los músculos tensos por la concentración, y un hormigueo persistente en las yemas de los dedos al pasar las hojas, como si la energía descrita en el texto se filtrara a través del papel.

Cuando al fin se levantó para marcharse, el sol se había hundido por completo, dejando el cielo en un velo de oscuridad punteado por estrellas distantes.

Jake guardó el diario en su mochila, sintiendo su peso como un ancla en su pecho, una mezcla de anticipación que le aceleraba el corazón y determinación que endurecía su mandíbula.

Sabía que este manual incompleto era mero umbral de un viaje vasto, y estaba resuelto a desentrañar todos sus enigmas, aunque el aire nocturno le erizara la piel con un frío premonitorio.

Al salir de la cafetería, una oleada de resolución lo invadió, caliente y firme como sangre fresca en las venas.

El futuro bullía de incógnitas, sombras danzando en los bordes de su visión, pero con el diario en su poder, al menos poseía una brújula en la penumbra.

Mientras caminaba bajo la noche estrellada, el viento susurrando entre los edificios como un secreto compartido, estaba convencido de una cosa: se hallaba preparado para afrontar lo venidero, armado con el conocimiento de la Energía Estelar.

Al planear la incursión al templo, los protagonistas se congregaron esa tarde alrededor de una fogata improvisada en las afueras de la ciudad, donde el humo acre se elevaba en espirales perezosas, picando en los ojos y tiñendo el aire de un aroma a madera quemada que se pegaba a la ropa.

“Tal vez no sea tan mala idea después de todo”, pensó Jake, mientras revisaba su mochila por quinta vez, sus dedos rozando el metal frío de la linterna y el cuero áspero del diario, un ritual obsesivo que calmaba el nudo de ansiedad en su estómago.

—Bien, ¿y qué esperamos hallar allí?

—preguntó Sophia, mordisqueando una galleta cuya miga seca se adhería a sus labios, el crujido resonando en el crepitar de las llamas.

—No lo sé, tal vez un premio por ser los más imprudentes en la historia —replicó Jake con una sonrisa ladeada, su tono oscilando entre la ironía que le curvaba la boca y un entusiasmo que le hacía brillar los ojos—.

Pero si Raven omitió algo, lo desenterraremos nosotros.

Al día siguiente, se levantaron antes del amanecer, el frío del alba clavándose en sus huesos como agujas heladas, el aliento formando nubes efímeras en el aire quieto.

El viaje no sería extenso, pero las leyendas sobre el templo abandonado ya les habían infundido un escalofrío persistente, un hormigueo en la nuca que no desaparecía.

“Templo de la Llama Eterna…

suena más místico que acogedor”, musitó Jake en voz baja mientras ajustaba la cinta de su espada, el cuero crujiendo bajo sus dedos tensos.

La caminata hacia el templo fue exactamente como la habían imaginado: árboles retorcidos cuyas ramas se enredaban como venas expuestas, niebla espesa que se adhería a la piel como un velo húmedo y pegajoso, y esa irritante sensación de ojos invisibles perforando sus espaldas, erizando el vello de los brazos.

Sophia bromeó sobre que el GPS los conducía a otro plano dimensional, su risa forzada cortando el silencio opresivo, mientras Jake escrutaba las sombras entre los troncos, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.

—Tú ríete, pero estoy bastante seguro de que, si nos perdemos aquí, ni siquiera nuestra aplicación de mapas nos salvaría —dijo él, su voz amortiguada por la bruma que amortiguaba todo sonido.

Cuando al fin arribaron al templo, los pilares antiguos, cubiertos de musgo viscoso y húmedo al tacto, los recibieron con una pesadez que oprimía el pecho, como si el aire mismo cargara siglos de silencio.

En el centro, la Llama Eterna ardía con un fulgor constante, pero había algo anómalo: una energía casi imperceptible vibraba en el ambiente, un zumbido sutil que recorría la piel como electricidad estática, distorsionando levemente el contorno de las cosas.

—Esto no es un simple fuego, ¿verdad?

—preguntó Sophia, su voz más grave de lo habitual, un escalofrío recorriéndole la espina dorsal.

—No —respondió Jake, observando los pilares que formaban un círculo alrededor de la llama, el calor de esta lamiendo su rostro como una lengua invisible—.

Creo que estamos dentro de un hechizo…

y no es cualquiera.

Este lugar está aislado, como si lo hubieran arrancado del resto del mundo.

Ambos se miraron, el peso de la comprensión asentándose en sus estómagos como plomo frío.

La risa previa se evaporó, dejando solo el pulso acelerado y el desafío inminente que les erizaba la piel.

La energía en el aire era palpable, casi como si el templo respirara, exhalando una vibración sutil que trepaba por las piernas de Jake y Sophia, haciendo que sus músculos se contrajeran involuntariamente.

“No es un fuego común, y definitivamente no es un hechizo de bajo nivel”, pensó Jake, analizando la estructura del lugar mientras caminaba en círculos, el suelo pedregoso crujiendo bajo sus botas, su mirada clavada en los pilares con una intensidad que le secaba la boca.

Sophia, esforzándose por mantener la compostura, comenzó a examinar el terreno, deteniéndose ante uno de los pilares.

Sus ojos se entrecerraron al notar runas desgastadas en la piedra, el musgo húmedo rozando sus rodillas al arrodillarse.

Un leve resplandor azul emanó de las grietas, y la tierra bajo sus pies se estremeció suavemente, un temblor que le subió por las piernas como un pulso vivo.

—¿Qué demonios fue eso?

—Jake retrocedió un paso, los músculos tensos como cuerdas de arco, listo para desenvainar su espada, el corazón martilleando en sus oídos.

Pero nada los asaltaba…

al menos, no aún.

—No lo sé, pero creo que acabamos de activar algo —dijo Sophia, intrigada, pero con un nudo de inquietud en el estómago—.

Mira las runas, están conectadas.

Y esa energía…

tiene un patrón cíclico.

Como si fluyera entre los pilares, formando un campo alrededor del templo.

Jake se acercó, siguiendo las líneas con la vista, el aire vibrando contra su piel como un susurro inaudible.

“Es una red”, concluyó, cada pilar un nodo en una estructura energética vasta, crucial para contener lo que la Llama Eterna custodiaba, un calor que ahora le picaba en la nuca.

—¿Crees que este lugar…?

—comenzó Sophia, pero Jake la interrumpió.

—Está sellado, aislado en un dominio espaciotemporal —las palabras brotaron de él como una epifanía, un chasquido en su mente que le erizó los vellos—.

Esto no es solo un templo perdido.

Es una prisión.

Sophia se estremeció ante la palabra “prisión”, un frío que le caló los huesos pese al calor de la llama.

“Pero ¿qué o quién necesita ser aislado de una manera tan compleja?

¿Y por qué sigue activo?” Las preguntas se arremolinaban sin respuesta, pero ambos sabían que se adentraban en profundidades inimaginables, el aire espesándose con cada aliento.

Flashback: El maestro Hiroshi y la advertencia velada Mientras Jake intentaba ensamblar las piezas, recordó las palabras de su maestro de Kenjutsu, Hiroshi, cuyo eco reverberaba en su mente como un trueno distante.

Hiroshi había aludido, en más de una ocasión, a sitios sellados para resguardar a la humanidad de fuerzas incomprendidas, su voz grave resonando en el dojo húmedo por el sudor, el olor a tatami y acero impregnando el aire.

Nunca había proporcionado detalles, pero había advertido a Jake que si topaba con un lugar donde la energía fluía incesante, debía proceder con extrema cautela.

“La energía no es lo que crees que es.

A veces, se convierte en una puerta.

Otras veces, es la cadena que la cierra.” Jake tragó saliva, un nudo seco en la garganta.

“¿Estamos lidiando con algo más grande que solo un hechizo estelar?

¿Es este lugar una cadena que mantiene a raya algo mucho más peligroso?” El pensamiento le aceleró el pulso, un sudor frío perlando su frente.

El descubrimiento: Algo se mueve Sophia se concentraba en las runas cuando, de súbito, el suelo bajo ellos se sacudió levemente, como si el templo despertara de un letargo milenario, un temblor que les subió por las plantas de los pies y reverberó en sus pechos.

Los pilares emitieron una luz tenue, un eco de la energía ancestral que los había imbuido, el aire cargándose de un zumbido eléctrico que les erizaba la piel.

Pero esta vez, algo difería: la llama central parpadeó, y por un instante, Sophia sintió una presencia ajena, un peso invisible que le oprimía el pecho.

—Jake…

¿lo sientes?

Jake asintió, sin despegar los ojos de la llama, un calor que ahora le quemaba la retina.

En el perímetro de su visión, captó una figura desplazándose entre los pilares: una silueta amorfa, como una sombra deshilachada, deslizándose en la penumbra con un susurro casi inaudible.

“No puede ser solo nuestra imaginación”, pensó, el corazón latiéndole con fuerza.

—Algo está mal —dijo Jake, desenvainando lentamente su espada, el metal raspando la funda con un sonido que cortó el silencio, manteniendo la vista fija en la figura—.

No estamos solos.

Sea lo que sea lo que este lugar contiene, puede que esté empezando a despertar.

Sophia tragó saliva, un nudo de miedo filtrándose en su voz, la tensión en el aire espesándose como niebla tangible.

Estaba claro que habían desencadenado algo, una entidad que los había detectado, los pilares brillando ahora con mayor intensidad, respondiendo al peligro creciente.

—Jake, tal vez activar estas runas no fue nuestra mejor idea —su voz intentaba sostener la calma, pero el temor la teñía, un escalofrío recorriéndole los brazos.

—Lo que sea que esté aquí…

ya nos ha visto —replicó Jake, avanzando un paso, los músculos tensos mientras empuñaba la espada al frente, listo para lo inminente—.

Ahora solo podemos enfrentarlo.

Ambos sabían que no había retroceso.

El templo, sellado por un hechizo ancestral, los impulsaba hacia un conflicto inescapable, y el aire vibrando con una promesa de caos inminente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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