Astral Resonance - Susurros de las estrellas - Capítulo 29
- Inicio
- Todas las novelas
- Astral Resonance - Susurros de las estrellas
- Capítulo 29 - 29 Capítulo 10 – Nuestro tiempo robado 2
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
29: Capítulo 10 – Nuestro tiempo robado (2) 29: Capítulo 10 – Nuestro tiempo robado (2) Parte 2 Esa misma noche Shizuki caminaba hacia la plaza central, una costumbre suya cuando buscaba un momento de silencio.
En una mano llevaba una pequeña bolsa con una porción de pastel; en la otra, un café caliente.
Una noche tranquila y agradable para leer en paz.
El murmullo de las hojas, la calma del entorno… todo se sentía armónico.
Hasta que no lo fue.
Un escalofrío recorrió su espalda.
El tipo de alarma que no venía del exterior, sino de su instinto.
Se detuvo y entonces lo vio… un ser emergiendo de una grieta espacial, como si la realidad hubiera sido rasgada desde adentro.
Tenía forma humanoide, pero su cuerpo distorsionaba la luz con energía violeta.
Era un soldado Nulvoid, un enemigo que ella conocía a la perfección.
—Tch… justo cuando la noche se estaba poniendo interesante —murmuró, dejando caer su café.
—Golden Time.
El mundo se congeló en un tono dorado.
Las hojas suspendidas en el aire.
Las farolas fijas como cuadros.
El Nulvoid detenido en pleno salto.
Shizuki invocó su pistolón Lancaster Volt, apuntó con calma y disparó.
Una línea de electricidad cruzó el aire congelado, el disparo impactó directo el Nulvoiddesintegrándolo en una nube polvo estelar.
El tiempo volvió a la normalidad.
Pero algo estaba mal… un zumbido irritante en su cabeza… una sensación de opresión leve en el pecho.
Ya no recordaba que estaba haciendo antes del ataque.
—¿Dónde estoy?
¿Qué estaba haciendo?
– dijo mirando el pistolón Un recuerdo más… desaparecido.
Shizuki apretó los dientes.
Cada uso de su poder venía con un precio… y nunca sabía cuándo ese precio sería cobrado.
—Olvidé recargar el segundo cartucho otra vez… —murmuró Shizuki, abriendo la recamara de su arma para comprobar el estado da la misma.
Entonces, el aire volvió a estremecerse.
—¡Shizuki, cuidado!
—gritó una voz familiar.
Un segundo Nulvoid apareció detrás de ella, más rápido, más agresivo.
Shizuki alzó la mano hacia su reloj.
—Gol— Pero no alcanzó a terminar.
El Nulvoid golpeó su brazo con fuerza, y el reloj salió volando por los aires.
—¡Abuelooooo!
—gritó, viendo impotente cómo el reloj se alejaba.
Touma corrió, y con un salto desesperado atrapó el reloj entre sus manos, rodando por el suelo tras la caída.
Sin perder un segundo, se puso de pie y se lo lanzó de vuelta a Shizuki.
Ella lo atrapó al vuelo con una sonrisa confiada.
—¡Golden Time!
En un destello, su espada apareció en su mano.
Con una elegante estocada, el segundo Nulvoid se desvaneció en el aire, como si jamás hubiera estado allí.
Esta vez, Shizuki pareció tambalearse.
Touma corrió apresuradamente hacia ella y la sostuvo entre sus brazos.
—¡Hey, Shizuki!
¡Despierta!
—dijo con urgencia, pero ella no respondía.
Todo se volvió gris.
Y entonces, Shizuki regresó… a un recuerdo.
La imagen recorrió su mente como una vieja película de cinta desgastada, escapando al paso del tiempo.
Era apenas una niña de cinco años, con un hermoso vestido blanco.
Era primavera.
Caminaba al lado de un lago donde patos nadaban plácidamente y palomas se paseaban entre los transeúntes.
A su lado, un hombre mayor sonreía.
—¡Abuelo, abuelo!
¡Mira los patitos!
¡Se ven tan lindos en el agua!
—dijo con una sonrisa resplandeciente.
—Jo jo… tienes razón, pequeña.
En eso te pareces a tu madre… —¿En que soy como un patito?
—preguntó, confundida.
—Qué linda eres.
No, mi querida nieta… tu madre solía amar a los patos.
—¿Es cierto?
Mamá ya casi no sonríe… —Es porque ha tenido malas experiencias, eso es todo.
No es dura contigo porque sí.
—Desearía ser como los patitos y poder nadar tranquila en este parque para siempre —dijo, mientras arrojaba migas de pan al agua.
—Querida Shizuki… el tiempo nunca se detiene.
Pero podemos hacer que cada segundo valga la pena.
—Ya me lo habías dicho… aunque el tiempo sí parece detenerse en clases de música.
Pero cuando estoy contigo… el tiempo vuela.
Su abuelo rió con ternura, alzándola sobre sus hombros.
—Eso es porque cuando uno se divierte, el tiempo pasa volando.
Por eso debemos valorar cada instante.
—Y nunca pierdas tu sonrisa,no seas como tu madre… no quiero que te vuelvas una adulta seria y fría, Shizuki.
—¡Sí, abuelo!
¡Prometo ser una niña muy buena, y cuando crezca… inundaré el mundo con mi sonrisa!
—Jo jo… pero qué niña más divertida.
¿Qué te parece si vamos a la feria por unos algodones de azúcar?
—¡Yay!
¡¡Algodones de azúcar!!
—Pero no se lo digas a tu madre, ¿sí?
—¡Es una promesa, abuelito!
Y así, los dos caminaron hacia la feria, radiantes como el sol.
El recuerdo se desvaneció poco a poco.
Shizuki abrió los ojos lentamente.
Lo primero que vio fue el rostro de preocupación de ToumaKisaragi, muy cerca del suyo.
—¡Hey, Shizuki!
¿Estás bien?
Ella lo miró con intensidad, como si tratara de descifrar un enigma ancestral.
En todos sus años, Golden Time había tomado recuerdos de su vida al azar: algunos actuales, otros antiguos y preciados… Pero por primera vez, le había devuelto uno que creía perdido.
De sus ojos comenzaron a brotar lágrimas.
No sabía si eran de tristeza o nostalgia, pero aquel recuerdo de su abuelo desbordó sus emociones como un río sin control.
—Kisaragi Touma… —susurró, mientras las lágrimas corrían por su rostro—.
¿Quién eres realmente?
Touma se tensó.
La sostenía entre sus brazos, pero no había escuchado lo que ella murmuró.
—P-perdón por sujetarte… ibas a caerte y no sabía qué hacer —balbuceó, nervioso, como si temiera que lo malinterpretara.
Shizuki no apartaba la mirada de él.
Por primera vez desde que obtuvo su poder, había recuperado algo que creía perdido para siempre.
Un valioso recuerdo.
Uno que no debía volver.
Y, aún más inexplicable… lo había recuperado al estar junto a él.
—Touma Kisaragi… —susurró otra vez, esta vez sin lágrimas, solo con una leve sonrisa temblorosa—.
¿Por qué tú?
Touma tragó saliva.
No sabía qué decir, pero tampoco podía moverse.
La forma en que ella lo miraba… era diferente.
Inmóvil, serena, profunda.
Entonces, sin pensarlo, Shizuki se inclinó hacia él.
Solo un poco.
Sus rostros estaban cerca.
Demasiado cerca.
El corazón de Touma latía como si intentara huir de su pecho.
—…Shizuki… —murmuró él, apenas audible.
Los ojos de ella brillaban con una mezcla de tristeza y ternura.
Casi como si quisiera decirle algo más… pero decidiera expresarlo de otra forma.
Centímetros los separaban.
Pero entonces… —¡¿Qué rayos está pasando aquí?!
—una voz familiar irrumpió como una explosión.
¿¡Hinata!?
Corriendo, con el cabello hecho un desastre y el colgante brillando débilmente, se detuvo frente a ellos con la furia de mil telenovelas mexicanas.
—¡¿Me distraigo cinco minutos y ya estás con la gata rompe hogares, Touma?!
—¡N-no es lo que parece!
—gritó él, entrando en pánico instantáneo, como si lo hubieran atrapado en la escena final de un episodio prohibido.
—¡¿Entonces por qué la estás abrazando como si fueran los protagonistas de un drama de medianoche?!
¡¡Y ella está llorando!!
¡¡¿Qué hiciste, monstruo emocional?!!
Shizuki, aún algo aturdida por la interrupción, solo parpadeó.
Miró a Hina… luego a Touma… y finalmente sonrió.
Una sonrisa sincera.
De esas que no había usado en años.
—Gracias, Kisaragi Touma —dijo al fin, poniéndose de pie con la dignidad de una dama de invierno—.
Hoy… me salvaste algo más que la vida.
Touma se rascó la nuca, rojo como un semáforo.
—Ehh… de nada… supongo.
Hinata frunció el ceño, aún en guardia.
—Esto no ha terminado, ¿me oíste?
¡Se supone que teníamos una cita sin gatas!
—¡¿Qué no ha terminado?!
¡Yo no hice nada!
Mientras ellos discutían como niños de primaria en plena hora del recreo, Shizuki se giró, alzando la vista hacia el cielo estrellado.
Un día más se había ido… y, sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, sentía que su tiempo había comenzado a moverse otra vez.
Su sonrisa, dormida durante años, volvía a despertar.
Por fin lo comprendía.
Touma había derribado ese muro de hielo que la había protegido todo este tiempo… aunque ella aún no quisiera admitirlo del todo.
Observó con atención cómo Hinata correteaba a Touma, como una esposa furiosa persiguiendo al infiel de una telenovela barata.
La escena era, por demás, cómica.
Shizuki soltó una risa suave, casi imperceptible.
Luego volvió la mirada al cielo.
—Abuelo… —susurró, apenas moviendo los labios.
—Creo que me enamoré.
Por fin… me siento feliz de nuevo —dijo con una sonrisa capaz de desarmar hasta al alma más endurecida.
Pero solo las estrellas —y tal vez su abuelo, desde algún rincón del tiempo— fueron testigos de esa hermosa sonrisa que había estado escondida bajo el hielo por tanto tiempo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com