Atada a mi Enemigo - Capítulo 136
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136: Capítulo 136.
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Retrocedo rápidamente, recuperando el equilibrio.
—Eso te habría dado de lleno en la mandíbula —dice con calma.
—Ah, genial, ahora hacemos comentarios.
Vuelvo a lanzar un golpe, esta vez más rápido.
Él lo esquiva y mis nudillos pasan justo por delante de su pecho.
Contraataca de inmediato, dándome un golpecito en el costado del brazo.
—Descubierta.
Aprieto los dientes.
—Lo sé.
No me da tiempo a reponerme; su pie barre ligeramente mi tobillo.
No lo suficiente para derribarme por completo, pero sí para obligarme a saltar hacia atrás para mantenerme en pie.
Vale.
Ahora estoy empezando a cabrearme.
—¿En serio?
—mascullo.
—Concéntrate.
—Estoy concentrada.
—Entonces, deja de reaccionar tarde.
Me muevo de nuevo, intentando acortar la distancia más rápido esta vez.
Pruebo con la mano izquierda, luego con la derecha y, después, un codazo rápido hacia sus costillas.
Por un segundo, creo que podría acertar, pero Zane me agarra el brazo a medio movimiento y se desplaza hacia un lado, un gesto que me hace perder el equilibrio otra vez.
Antes de que pueda recuperarme, su pie presiona ligeramente la parte de atrás de mi rodilla y caigo a la lona con un golpe sordo.
Lo miro desde el suelo.
Él me mira desde arriba como si fuera la cosa más normal del mundo.
—Otra vez —dice.
Me levanto, sacudiéndome las palmas de las manos contra mis mallas.
—Eso ha sido un golpe bajo.
—Ha sido básico.
—Venga, ya.
Volvemos a movernos en círculo, pero esta vez tengo más cuidado.
La voz de Lucas vuelve a flotar en mi cabeza, como siempre que intento pelear.
«No te precipites, vigila los hombros y busca una apertura».
Respiro hondo y avanzo lentamente mientras Zane me observa todo el tiempo.
Hago una finta a la izquierda, él se mueve ligeramente para bloquear y es entonces cuando lanzo un golpe con la derecha.
Mi puño impacta con fuerza en su costado y el aire se le escapa en un breve gruñido.
Durante medio segundo, sonrío con suficiencia.
—¿Ves?
—digo.
Entonces se mueve, más rápido esta vez.
Su mano atrapa mi muñeca y la gira lo justo para romper mi postura, dándome un empujoncito en el hombro.
Vuelvo a trastabillar y, antes de que pueda recuperarme, me toca el pecho con dos dedos.
—Ya van tres veces que te quedas descubierta.
—Sí, bueno, es que tú estás siendo un pesado.
—Adáptate y aprende.
—¡Me estoy adaptando!
Lanzo otro golpe, frustrada.
Él bloquea y contraataca.
Su antebrazo vuelve a golpear mi hombro y pierdo el equilibrio por segunda vez, logrando no caer en el último momento.
—¿En serio?
—le espeto.
Volvemos a la posición inicial.
Y me aparto un mechón de pelo de la cara, respirando un poco más agitada ahora, aunque este cabrón no parece ni un poco cansado, lo cual es extremadamente irritante.
Avanzo de nuevo, decidida a conectar un golpe decente esta vez.
Mi puño vuela hacia su hombro.
Él lo para, pero mi otra mano se dirige a sus costillas.
Bloquea y, a continuación, su mano me da un golpecito en el lado de la cabeza.
—Y estás muerta…
—dice.
—Qué…
Su pie vuelve a barrerme y esta vez caigo sobre una rodilla, mientras la lona resuena bajo mi peso.
Me quedo así un segundo, con la vista clavada en el suelo.
Mi pecho sube y baja mucho más rápido ahora.
En parte por el ejercicio…, pero sobre todo por la frustración.
Me levanto de nuevo.
—Vale —digo.
Zane ladea ligeramente la cabeza.
—¿Qué?
—¿Qué te pasa hoy?
No responde mientras volvemos a movernos en círculo.
Lanzo un golpe…
Él bloquea y contraataca.
Mi hombro recibe otro golpecito.
—Eso te habría dislocado algo si esa hubiera sido mi intención —dice con calma.
—Deja de hacer eso.
—Entonces, deja de darme oportunidades.
—No lo haría si dejaras de tirarme al suelo cada dos por tres.
—Eres tú la que está atacando.
Lanzo otro puñetazo, pero el cabrón vuelve a bloquearlo.
Esta vez, contraataca enganchando su brazo alrededor de mi hombro y haciéndome girar.
Trastabillo un par de pasos antes de recuperar el equilibrio.
Se acabó.
Me doy la vuelta bruscamente.
—¿Cuál es tu problema hoy?
Se detiene un instante y baja un poco las manos.
—¿Mi problema?
—Sí, tu problema —le espeto.
—Estamos entrenando.
—No, me estás avasallando.
—Tú pediste entrenar.
—¡Sí, entrenar, no que me zarandees como a una muñeca de trapo!
La sala se queda en silencio por un segundo mientras Zane me estudia.
Su expresión sigue siendo controlada, pero hay algo tenso alrededor de sus ojos.
—¿Quieres que sea más blando contigo?
—pregunta.
—No he dicho eso.
—Porque puedo hacerlo.
—Tampoco he dicho eso.
Da un paso hacia mí.
—Entonces, ¿qué es lo que estás diciendo exactamente?
Levanto las manos, frustrada.
—Estoy diciendo que está claro que estás cabreado por algo y la estás pagando conmigo.
Silencio…
Zane no habla, solo me mira.
Y, por primera vez desde que entré en la sala, veo una grieta en su máscara de calma.
Solo por un segundo; luego, desaparece de nuevo.
Durante unos segundos después de que lo confronte, la sala permanece en silencio.
Zane se queda ahí, frente a mí, respirando lenta y controladamente, como si estuviera decidiendo si merezco o no el esfuerzo de una respuesta.
Me cruzo de brazos.
Hace eso que siempre hace…, mirarte fijamente como si el propio silencio fuera a hacer que dejes el tema.
No va a pasar.
—¿Y bien?
—digo.
Nada.
Se inclina un poco y se ajusta el vendaje de los nudillos como si yo no hubiera dicho nada.
Lo miro fijamente.
—Ah, no —mascullo—.
No vas a hacer eso.
No levanta la vista.
—Hacer qué.
—Lo de ignorarme.
—No te estoy ignorando.
—Claro que sí.
Zane aprieta el vendaje una vez más y luego se endereza lentamente.
—Te dije que te concentraras en el entrenamiento.
—Y yo te dije que hoy te pasa algo.
Su mandíbula se tensa un poco.
—Estoy bien.
Resoplo.
—Esa es la peor mentira que he oído en todo el día.
—Elaine.
—¿Qué?
—Déjalo.
—No.
La palabra sale de mi boca al instante.
Me mira como si acabara de ofrecerme voluntaria para mi propio funeral.
—Déjalo —repite, más despacio esta vez.
Niego con la cabeza.
—Nop.
Un músculo de su mandíbula se contrae.
—Vuelve a tu posición.
—No.
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