Atada a mi Enemigo - Capítulo 69
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69: CAPÍTULO 69.
69: CAPÍTULO 69.
Estoy viviendo la puta vida, cuando vuelvo en mí, el colchón es taaan jodidamente suave que no quiero levantarme nunca.
No es el de mi dormitorio, al que ya me he acostumbrado, sino profundo y cálido, como si hubiera retenido el calor toda la noche.
El aire también huele diferente, algo así como…
¿jabón?
Y piel y tan…
¿tan masculino?
Mis ojos permanecen cerrados mientras mi cerebro lucha por ubicarlo.
Entonces lo siento, hay…
hay una mano alrededor de mi cintura.
¿Pero qué cojones?
Mi cuerpo se pone rígido y mi corazón martillea tan fuerte que lo siento en la garganta.
Abro los ojos.
Lo primero que veo es piel, piel desnuda.
Un pecho ancho que sube y baja lentamente, cubierto de cicatrices tenues, un rastro de vello oscuro bajo mi mejilla.
Mi cara está presionada contra él, mi nariz está prácticamente enterrada en su esternón.
Mi brazo rodea su cintura y mi pierna está enganchada sobre su muslo, con la rodilla bien pegada, mi cuerpo amoldado al suyo como si hiciéramos esto todas las noches.
No lo hago.
No lo hago en absoluto.
La luz del sol entra a raudales por el cristal porque ninguno de los dos se molestó en correr las cortinas.
Es media mañana por lo menos, quizás más tarde.
La luz es cálida, completamente ajena al hecho de que estoy medio abrazada a mi esposo.
Zane.
Mi cabeza está sobre el pecho de Zane.
Oh, Dios mío.
Me aparto de un brinco como si la cama estuviera en llamas.
—¡QUÉ PUTOS COJONES…!
Me bajo de la cama a trompicones, enredándome en las sábanas, tropezando con mis propios pies hasta que aterrizo con fuerza en el suelo, apoyando las palmas para amortiguar la caída.
El corazón me late tan deprisa que me marea.
Zane se despierta con un gruñido, sonando molesto.
Se mueve y se pone boca arriba, con un brazo sobre la cara como si hubiera interrumpido su preciado sueño.
—¿Por qué gritas?
—murmura con la voz grave y ronca por el sueño.
Lo miro fijamente.
Las sábanas se le han deslizado hasta la cintura.
Y…
joder, la hostia puta.
No lo digo en un sentido romántico, tampoco lo digo de una forma embelesada, lo digo de una forma objetiva y profundamente inoportuna.
Es insultantemente guapo.
Músculos que no necesitaba ver en absoluto, pero mis ojos los devoran con avidez, líneas que no necesito que se me graben a fuego en la memoria.
Un pecho que parece el de una estatua, su piel es de tono cálido y tersa.
Su abdomen es plano y duro, con seis músculos bien definidos que hacen que mi cerebro haga cortocircuito durante medio segundo antes de que el pánico vuelva a apoderarse de mí.
Aparto la mirada bruscamente.
—¿Por qué demonios estoy en tu cama?
—exijo, poniéndome en pie como puedo.
Baja el brazo y me mira.
—Te quedaste dormida aquí —dice.
—Ni de coña.
—Pues sí.
—Yo no vine a tu habitación —espeto—.
Me fui a la cama en la mía, si no recuerdo mal estaba en casa de Margaret, pero sé que no hay forma de que haya dormido aquí por mi cuenta, ni siquiera sé dónde está tu puta habitación, Zane.
Se incorpora, las sábanas se deslizan aún más, y yo me doy la vuelta de inmediato, sintiendo un calor que me sube por el cuello.
—Anoche te desmayaste encima de mí —dice—.
No iba a arrastrarte hasta el otro ala, así que te traje aquí.
—¿Así que simplemente…
qué?…
¿decidiste acurrucarte conmigo?
—me giro de nuevo hacia él, furiosa—.
¿Esa es tu excusa?
Él enarca una ceja.
—Fuiste tú la que se acurrucó contra mí, pequeña impetuosa.
—Eso es mentira.
—Me rodeaste con tu pierna —añade con calma—.
Con mucho entusiasmo.
—No estaba entusiasmada —espeto—.
Estaba intoxicada por la hierba y el agotamiento.
Me observa durante un largo momento, luego pasa las piernas por el lado de la cama y se pone de pie.
Totalmente desnudo de cintura para arriba.
Me quedo helada.
Hay un momento en el que mi cerebro simplemente deja de funcionar porque mi cuerpo es estúpido y encuentra que este hombre tan irritante está bueno.
Aparto ese pensamiento de inmediato.
—Cúbrete —ladro.
—Eres mi esposa —dice secamente.
—Eso no te da licencia para traumatizarme antes del desayuno.
Esboza una ligera sonrisa ante eso, coge una camiseta de la silla y se la pone.
Luego vuelve a mirarme, ahora completamente serio.
—A partir de hoy —dice—, duermes aquí, en mi cama.
Siento un vuelco en el estómago.
—No.
No haré tal cosa.
—No es negociable.
—Claro que lo es —digo, cruzándome de brazos—.
No voy a compartir una puta cama contigo.
Él se acerca un paso y yo me planto frente a él, mirándolo directamente a la cara.
—¡No soy una puta niña!
—No, pero actúas como si lo fueras.
Aprieto los puños.
—No me mudo a tu habitación y no voy a dormir en tu cama.
—Ya lo has hecho.
—Eso no fue consentido.
Su mandíbula se tensa.
—Estabas colocada.
—Y te aprovechaste de eso —replico.
Algo brilla en sus ojos entonces, pero desaparece tan rápido que no puedo analizarlo.
—Cuidado —dice—.
Esa es una línea que no puedes cruzar.
Trago saliva, con el corazón desbocado, pero no retrocedo.
—Dormiré en mi habitación, no me mudo a la tuya —digo.
Exhala lentamente por la nariz.
—Crees que esto va de sexo, ¿verdad?
—dice—.
No es así.
—Entonces, ¿por qué?
—exijo.
El silencio se instala entre nosotros cuando no responde.
La cabeza me da vueltas de repente durante un segundo, la habitación se inclina ligeramente, como si el suelo no estuviera bien nivelado.
Me apoyo en la cómoda para estabilizarme.
Zane se da cuenta, por supuesto.
Sus ojos se entrecierran ligeramente, fijos en mí.
—¿Estás bien?
—Estoy bien —miento.
Me observa un instante más y luego se da la vuelta.
—Vístete —dice—.
El desayuno está esperando.
—No estoy de acuerdo con este arreglo —le grito a su espalda.
Se detiene en la puerta.
—No tienes que estar de acuerdo, pequeña impetuosa —dice sin darse la vuelta.
Entonces la puerta se cierra tras él.
Sea cual sea el juego al que crea que está jugando, no voy a perderme en él.
Ni en su cama, ni en su casa.
Nunca.
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