Atada a mi Enemigo - Capítulo 8
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8: CAPÍTULO 8.
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Bailamos más tiempo del que me di cuenta.
El tiempo se desdibujó como siempre lo hace cuando te diviertes.
Ivy y yo nos movíamos juntas con facilidad, riendo, chocando los hombros, cantando letras que apenas conocíamos.
El sudor se me pegaba al cuello y el pelo a la piel, pero no me importaba.
Por una vez, se la veía despreocupada.
Sin estar a la defensiva.
Sin ser precavida.
Simplemente feliz.
Al cabo de un rato, Ivy se inclinó hacia mí para que pudiera oírla por encima de la música.
—Necesito ir al baño.
Asentí.
—Ve.
Empezó a girarse hacia el pasillo principal, pero dudó al ver la cola que salía del baño de mujeres.
Su expresión se ensombreció al instante.
—De eso nada —dije, agarrándola de la muñeca—.
Usa el de la sección VIP.
Parpadeó.
—¿La sección VIP?
—Sí.
Arriba.
Está más limpio y no tendrás que esperar una eternidad.
Se rio.
—Lo dices como si subieras a todas horas.
—He subido una o dos veces —me encogí de hombros—.
Confía en mí.
Miró hacia las escaleras y luego a mí de nuevo.
—¿No vienes?
—Iré a por las bebidas —dije—.
Nos vemos aquí.
—Vale —dijo, mientras ya se alejaba—.
No te vayas a ningún lado.
—No lo haré —prometí.
La vi serpentear entre la multitud y dirigirse a las escaleras antes de girarme hacia la barra.
Estaba abarrotada, con tres camareros trabajando sin parar, el tintineo de los vasos y manos agitando billetes en el aire.
Me colé en un hueco libre y me apoyé en la barra, descansando los codos sobre la superficie fría.
El camarero se fijó en mí al cabo de un momento y enarcó una ceja.
—Vodka con soda —dije—.
Dos.
Asintió y se dio la vuelta.
Mientras esperaba mis bebidas, me permití relajarme.
La música era buena, así que me balanceé ligeramente donde estaba, dando un sorbo cuando me pusieron las bebidas delante y dejando que los graves zumbaran en mis huesos.
Fue entonces cuando alguien se deslizó en el espacio a mi lado.
—¿Noche larga?
—dijo una voz de hombre.
Miré de reojo.
Era alto.
Bien arreglado.
Llevaba una camisa entallada con los primeros botones desabrochados, como si fuera parte de un uniforme.
Limpio.
Atractivo de una manera que parecía casi ensayada.
—Algo así —respondí, evasiva.
Sonrió, con naturalidad y confianza.
—¿Estás aquí sola?
Levanté mi copa y tomé un sorbo antes de responder.
—No.
—¿Novio?
—No.
Se lo tomó como una invitación, lo que no me sorprendió.
—Soy Ryan —dijo, apoyando el codo en la barra e inclinando su cuerpo hacia el mío—.
Pareces una chica que sabe cómo divertirse.
Movió las cejas de arriba abajo.
Solté una risita.
—Es una suposición muy atrevida.
Sonrió de oreja a oreja.
—Venga, va.
Llevas bailando desde que he entrado.
Me encogí de hombros.
—La música es buena.
—Mejor compañía —dijo, mientras sus ojos me recorrían de una forma que hizo que se me erizara la piel.
Me moví un poco para crear espacio.
—La verdad es que estoy esperando a alguien.
Descartó mi comentario con un gesto de la mano.
—Eso no significa que no podamos divertirnos.
No respondí de inmediato, con la esperanza de que pillara la indirecta.
No la pilló.
Por supuesto que no…
—Bueno…
—continuó—, ¿cómo te llamas?
Dudé, pero al final le di mi nombre de pila.
No había ninguna razón para no hacerlo.
—Elaine.
—Bonito —dijo—.
Te pega.
—Gracias.
Pidió una bebida para él sin preguntar y se inclinó más.
—¿Vienes mucho por aquí?
—No.
—Me lo imaginaba —dijo—.
No pareces de las que frecuentan sitios como este.
Enarqué una ceja.
—¿Se supone que eso es un cumplido?
Se rio.
—Sí.
Quiero decir, pareces… diferente.
Ahí estaba.
La frase universal.
Sonreí educadamente, pero no respondí…
No pareció darse cuenta.
—¿Y qué haces luego?
—preguntó.
Le eché un vistazo al móvil.
Ni un mensaje de Ivy, llevaba ya un rato fuera.
«Seguramente se está retocando el maquillaje», me dije, aunque una leve inquietud comenzaba a agitarse en mi pecho.
—Me voy a casa —le dije a Ryan—.
Pronto.
—Quizá no sola —dijo, esbozando una sonrisa.
Entonces me giré completamente hacia él y le sostuve la mirada.
—No estoy interesada.
Parpadeó, claramente poco acostumbrado a esa respuesta.
—Oye, solo intento ser amable.
—Lo sé —dije con calma—.
Y te estoy diciendo que no.
Soltó una risita, levantando ligeramente las manos.
—Vale, vale.
No hace falta que te pongas a la defensiva.
Me volví de nuevo hacia la barra, señalando que la conversación había terminado.
Él se quedó.
—Sabes… —dijo, bajando la voz—, la mayoría de las chicas no me dan calabazas tan rápido.
Suspiré, mientras la irritación empezaba a invadirme.
—No soy como la mayoría de las chicas.
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