ATADA A TRES ALMAS - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 – El Sigma de la sombra
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4: Capítulo 4 – El Sigma de la sombra 4: Capítulo 4 – El Sigma de la sombra La noche había vuelto a caer sobre Lunaris.
Las luces plateadas de la ciudad temblaban bajo una lluvia fina, y el reflejo de la luna se fragmentaba en mil pedazos sobre los tejados metálicos.
Lyria caminaba sin rumbo, dejando que el instinto guiara sus pasos.
No sabía si huía o buscaba, solo que algo —alguien— la llamaba desde las sombras.
Un eco en su pecho, un pulso distinto al de Kael o Rowen.
Más profundo.
Más antiguo.
Se detuvo al sentirlo.
Un silencio extraño cubrió la calle.
Ni el murmullo de los vehículos ni el viento; solo su respiración.
—Lyria… —La voz surgió detrás de ella, tan baja que parecía formar parte del aire.
Se giró lentamente.
Entre la niebla, una figura se recortó: alta, vestida de negro, los ojos grises brillando como acero bajo la lluvia.
Eren Vale.
Su energía era distinta a la de los demás.
No irradiaba poder ni control; era una calma peligrosa, el tipo de silencio que precede a una tormenta.
—¿Quién te envió?
—preguntó ella, aunque sabía que no lo había hecho nadie.
—Nadie —respondió él—.
Solo vine a confirmar algo.
Se acercó un paso.
El agua resbalaba por su cabello, por su cuello, por las líneas tensas de su cuerpo.
Lyria sintió el aire cambiar, más denso, más cálido.
Eren extendió una mano y le rozó el mentón con la yema de los dedos.
Su contacto fue leve, casi inexistente, pero bastó para que el vínculo despertara como una corriente eléctrica.
La marca de Lyria brilló débilmente bajo la piel, y él lo vio.
—Así que es cierto —murmuró—.
Tienes tres marcas.
Lyria retrocedió apenas un paso, aunque su cuerpo pedía lo contrario.
—No deberías estar cerca de mí —susurró.
—Y, sin embargo, no puedes alejarte —replicó él, con una calma que era casi una provocación.
Sus miradas se encontraron.
El mundo volvió a reducirse a respiraciones, calor y una tensión que ardía sin fuego.
Eren dio un paso más, y otro.
Su sombra la cubrió, su aroma la envolvió: humo, hierro y algo salvaje, indomable.
—Tú no me temes —dijo él.
—Sí te temo —contestó ella, pero su voz tembló más por deseo que por miedo.
Eren alzó la mano otra vez, y esta vez su pulgar rozó la línea de su cuello, lento, atento a cada latido.
—Entonces mírame cuando lo hagas.
Lyria levantó la vista.
Sus pupilas se dilataron.
No había oscuridad suficiente para ocultar lo que ambos sentían.
El vínculo los envolvió sin permiso, una oleada de energía que les erizó la piel.
No había fuego ni control, solo instinto.
Y en ese instante, Eren comprendió que ya no había marcha atrás: ella era su centro, su redención y su condena.
Lyria sintió el mismo vértigo, esa mezcla de peligro y calma que solo él despertaba.
No necesitó tocarlo más para saberlo: su alma había reconocido a la tercera pieza del destino.
Eren bajó la mirada y se apartó con un suspiro casi imperceptible.
—Aún no —dijo, su voz ronca—.
Cuando llegue el momento, no habrá sombra que pueda separarnos.
Y desapareció entre la lluvia, dejando tras de sí solo el eco de su presencia.
Lyria se llevó una mano al pecho.
Tres llamas latían dentro de ella: fuego, mente y sombra.
Y cada una ardía con el nombre de un hombre.
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