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Atada al Alfa enemigo - Capítulo 16

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  3. Capítulo 16 - 16 Capítulo 16 Humo y Fuego
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16: Capítulo 16: Humo y Fuego 16: Capítulo 16: Humo y Fuego Perspectiva de Damien
El monstruo se dejó caer de los árboles como un peñasco, con sus garras desgarrando el suelo.

Me preparé para el impacto…

Pero entonces Serena gritó: —¡Nova!

Giré la cabeza de golpe.

Nova estaba cayendo.

La tierra se abrió bajo ella y las raíces se abrieron de golpe como las fauces de una bestia.

Durante un latido, vi su rostro —ojos muy abiertos, labios entreabiertos— antes de que las sombras se la tragaran.

Se me oprimió el pecho.

Me moví.

Demasiado lento.

Kieran no.

Una luz plateada explotó de su mano.

El bastardo de hada se abalanzó, la agarró por la muñeca y tiró de ella hacia él.

Aterrizó con fuerza, con los brazos aferrados a su cintura como si le perteneciera.

Su magia brilló con intensidad, derramándose en el pecho de ella como si fuera lo único que importara.

Y ella estaba inerte.

Inmóvil.

Me hirvió la sangre.

—Ni se te ocurra morirte, loba —susurró Kieran, tan bajo que casi no lo oí.

Pero lo hice.

Cada maldita palabra.

Su rostro estaba a centímetros del de ella, con la mano brillando sobre su corazón como si tuviera derecho a tocarla ahí.

Serena se acercó a él tambaleándose, pálida.

—¿Está…?

No respira…

Oh, diosa mía…

—Lo hará —la interrumpió Kieran, cortante y sereno.

Se inclinó más, con sus labios casi rozando los de Nova—.

Despierta, Sinclair…, a no ser que quieras que te despierte con un beso.

El ardor me atravesó como una cuchilla.

Serena ahogó un grito.

Apreté la mandíbula con tanta fuerza que me dolió.

Y entonces…, Nova se movió.

Su pecho se alzó con una respiración entrecortada.

Sus pestañas temblaron y sus ojos plateados se abrieron lentamente.

El alivio me golpeó con tanta fuerza que dolió.

Pero no fue a mí a quien vio primero.

Fue a él.

Su mirada aturdida se clavó en Kieran, como si el mundo se hubiera reducido solo a ellos dos.

Él le dedicó una sonrisita arrogante, apartándole un mechón de pelo de la cara con un roce que hizo que me picaran las garras por las ganas de hacerlo pedazos.

—¿Ves?

—murmuró con voz aterciopelada y engreída—.

Siempre caes rendida a mis pies.

Apreté la empuñadura de mi espada con tanta fuerza que los nudillos me ardieron.

—Patético —gruñí, y clavé mi espada en la pierna del monstruo solo para purgar mi rabia.

Pero por muy fuerte que golpeara, no podía borrar la imagen de ella, de Nova, tirada en el suelo, mirándolo de esa forma.

Serena alternó la mirada entre nosotros, y sus ojos se entrecerraron con una expresión afilada y suspicaz.

Y entonces Nova —aún pálida, aún débil— giró la cabeza.

Solo por un instante.

Nuestras miradas se encontraron.

Algo titiló en sus ojos.

Una pregunta.

Una atracción.

Algo que ella no podía nombrar y que yo, desde luego, no tenía ninguna intención de hacerlo.

El rugido del monstruo me sacó de mi ensimismamiento.

Bien.

Necesitaba algo que matar.

Arranqué mi espada, con la voz más fría que el acero.

—Basta de perder el tiempo.

Acabemos con esto.

La sonrisita arrogante de Kieran se ensanchó.

Maldito bastardo engreído.

Sabía perfectamente lo que acababa de hacer.

Pero los ojos de Nova…

Seguían fijos en mí.

***
Perspectiva de Nova
Lo primero que sentí fue una oleada de calor recorriéndome.

Luego una chispa, como un relámpago en mi pecho.

Jadeé y abrí los ojos de golpe, solo para encontrar el rostro de Kieran flotando a centímetros del mío, brillando con una tenue luz de fae.

Tenía la mano apretada contra mi pecho, y su magia se filtraba en mí, calmando el frenético latido de mi corazón.

Parpadeé, intentando recomponerme, pero mi mirada se desvió más allá de él.

Damien.

Estaba de pie a unos metros de distancia, con sangre y tierra manchándole la mandíbula de la lucha contra la bestia del bosque.

Sus ojos dorados estaban fijos en mí: afilados, ardientes, indescifrables.

Por un instante, juraría haber visto algo puro y descarnado en ellos.

Algo que me oprimió el pecho.

Pero con la misma rapidez, apartó la mirada.

Frío.

Distante.

Como si yo no fuera nada.

Eso dolió más que mis heridas.

—No te fuerces —me espetó Serena, aunque le temblaba la voz.

Parecía alterada—.

Casi te mueres.

Me obligué a incorporarme, ignorando el escozor en mis miembros.

Mi vista se posó en la bandera resplandeciente en la distancia, atrapada tras unas gruesas enredaderas espinosas que palpitaban con magia.

—No me iré sin ella —dije, con voz ronca pero firme.

Kieran soltó una risita, como si le hiciera gracia que tuviera fuerzas para discutir.

—Estás loca.

Me gusta.

La batalla seguía en su apogeo: Damien destrozaba a otro monstruo con una fuerza pura y brutal; Kieran se lanzaba al ataque con golpes certeros y precisos.

Incluso Serena repelía un ataque, con el rostro desfigurado por la furia.

¿Y yo?

Estaba débil.

Ensangrentada.

Apenas podía mantenerme en pie.

Pero la bandera estaba justo ahí.

Avancé tambaleándome.

Las enredaderas sisearon cuando alargué la mano.

Me ardió en el instante en que las toqué, y un dolor abrasador me recorrió el brazo.

Mi cuerpo me gritaba que me detuviera.

No lo hice.

Un paso más.

Un empujón más.

Las espinas se me clavaron en la piel, y la sangre caliente goteó hasta el suelo.

Grité de dolor, pero aun así forcé el paso de mi brazo, apretando los dientes para soportar la agonía.

Mis dedos rozaron la tela.

Y la aferraron.

La bandera.

Una luz explotó a mi alrededor; un torrente de magia se estrelló contra mi cuerpo como fuego y hielo al mismo tiempo.

Me fallaron las rodillas y, por un segundo, pensé que me desplomaría, pero resistí.

Cuando el resplandor se desvaneció, estaba de rodillas, temblando y aferrando la bandera con fuerza contra mi pecho.

El claro se quedó en silencio.

El silbido grave de Kieran rompió el silencio.

—Joder.

De verdad lo has conseguido.

—Su sonrisa se ensanchó, con los ojos clavados en mí como si fuera algo que jamás hubiera esperado ver.

El rostro de Serena se desfiguró por la indignación.

—¡Esto no es posible!

¡Es una débil!

Hizo trampa…

—Ha sangrado por conseguirla —la atajó Kieran, con una sonrisita afilada como una cuchilla—.

Y eso es más de lo que tú has hecho, princesita.

Le sostuve la mirada y, por primera vez, vi algo genuino en ella.

Desvié la mirada —solo una vez— en busca de Damien.

Me estaba observando, con sus ojos grises indescifrables y la mandíbula apretada.

La tormenta en su mirada hizo que se me contuviera el aliento.

Pero entonces se dio la vuelta, como si yo no importara.

El rechazo quemó más hondo que las espinas.

Antes de que pudiera decir nada, la voz de la directora retumbó por todo el bosque.

—Por primera vez en décadas, dos parejas se alzan victoriosas.

Damien Blackwood y Serena Sinclair.

Kieran Vane y Nova Sinclair son los ganadores del juego.

En cuanto esas palabras salieron de sus labios, caí en la oscuridad.

****
Desperté con el tenue resplandor de la luna que se colaba por las cortinas.

Sentía el cuerpo pesado y la garganta seca, pero no estaba en la enfermería, sino en mi habitación.

Me habían cambiado el uniforme, que ahora estaba doblado cuidadosamente sobre la silla, y yo estaba envuelta en sábanas suaves.

Un gemido ahogado se me escapó al incorporarme.

Los recuerdos del bosque volvieron de golpe: la caída, la magia de Kieran quemándome por dentro, los fríos ojos de Damien desgarrándome antes de que me desmayara.

—¡Estás despierta!

Tessa casi dio un brinco en la silla de su escritorio.

Se precipitó hacia mi cama, con los ojos muy abiertos y brillantes.

—Cielos, Nova, me has dado un susto de muerte.

Kieran te trajo hasta aquí después de la competición.

Te desmayaste.

No tienes heridas graves, solo agotamiento.

Suspiré; el alivio se mezclaba con la vergüenza.

Eché un vistazo al reloj de la pared.

Es la una de la madrugada.

Miré a mi alrededor.

¿Dónde está Serena?

Entonces me fijé en la sonrisa de Tessa.

Esa sonrisa que ya estaba aprendiendo a temer.

«¡Dios!».

Aunque Serena y yo tenemos la misma edad, siempre he tenido la responsabilidad de cuidarla porque siempre ha sido una imprudente.

Me recliné en la cama.

—¿Dónde está mi hermana?

—Nunca lo adivinarías.

—Venga, dime dónde está.

—Se fue con Damien.

¡Damien!

Me incorporé de golpe y giré la cabeza hacia ella.

—¿Se ha ido?

¿Adónde?

—La fiesta de después —la sonrisa de Tessa se ensanchó—.

Es como un club.

Convierten la sala de estudiantes en un club cuando termina la fiesta oficial de la escuela.

Todo el mundo está allí.

Los Cuatro Reyes también.

Fruncí el ceño.

—¿Y la dejaste ir sola?

Tessa puso los ojos en blanco.

—Ya te lo he dicho.

No fue sola.

Fue detrás de Damien.

Claro.

¡Damien!

Algo se retorció en mi interior, afilado y desagradable.

Lo ignoré.

—Tengo que traerla de vuelta, ya es tarde.

Quién sabe en qué clase de peligro puede estar metida ahora mismo.

Los ojos de Tessa brillaron mientras me alargaba un vestido.

De seda negra, corto y ceñido.

—Entonces tienes que ir vestida para la ocasión.

Darás mucho el cante si vas en pijama.

Quise protestar, pero no había tiempo.

Unos minutos más tarde, ya caminaba a su lado por los pasillos oscurecidos, con el vestido ceñido a mi cuerpo como una segunda piel.

Al entrar en la sala, lo primero que nos golpeó fue la música.

Unos bajos potentes hacían vibrar el suelo y unas luces de colores destellaban sobre cuerpos que se contoneaban.

Calor, risas, sudor…

El aire estaba cargado de todo eso.

Y entonces lo vi.

Damien.

Apoyado en la barra, la viva imagen del pecado.

Alto y frío, con la camisa desabotonada lo justo para insinuar la dura línea de su pecho.

Las chicas lo rodeaban como polillas a una llama.

Pero una fue lo bastante audaz como para intentarlo.

Se apretó contra él, susurrándole al oído, con los labios rozándole la mandíbula.

Él no se movió, no la apartó.

Al principio, era como una estatua de piedra, con la mirada fría y vacía.

Pero cuando alzó los ojos —y se posaron en mí—, algo cambió.

Apretó la mandíbula.

Levantó la mano y la posó con pereza en la cadera de la chica.

Ella sonrió, envalentonada, y deslizó los labios por el cuello de él.

Y él la dejó.

Su boca descendió hasta la de ella, lento, deliberado, casi cruel en la forma en que por fin le siguió el juego.

La imagen hizo que me doliera el pecho.

Era humillante.

Era indignante.

Y lo peor de todo…

era excitante.

Se me cortó la respiración cuando sus labios descendieron por el cuello de la chica y su lengua recorrió su piel de una forma que parecía diseñada para la perdición.

Apreté los muslos instintivamente.

Tessa suspiró a mi lado.

—Dios, hasta su forma de lamer a una chica parece pecado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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