Atado por la lujuria: El sistema de subida de rango del prostituto. - Capítulo 121
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121: 121: rapidito (18+) 121: 121: rapidito (18+) —Está bien, lo he oído todo.
Este lugar ya estaba así cuando lo compré.
El maná es natural, ha habido una anomalía de la mazmorra aquí.
Supongo que esto fue lo que quedó.
Jezabel asintió.
—Así que es natural.
Tienes que tener cuidado.
Me preguntaba por qué había una cláusula de confidencialidad, pero lo entiendo.
Habría hecho lo mismo de estar en tu lugar.
—Creo que tuve suerte de encontrar este lugar.
—Cierto —dijo, y luego bajó la voz—.
¿Tus otras invitadas ya están aquí?
Alaric sonrió y la atrajo hacia él.
—No.
¿Quieres jugar un poco antes de que vengan?
Ella se rio entre dientes y miró a su alrededor, nerviosa.
—No es una buena idea, Al.
Alaric se arrodilló frente a ella, rodeó sus muslos con las manos y alzó la vista para mirarla.
—Por favor.
Apoya las manos en el mostrador —le dijo Alaric sin dejar de mirarla.
Ella cerró los ojos como si estuviera sopesándolo antes de reclinarse sobre el mostrador de la recepción.
Bingo.
Alaric sonrió y le alzó el vestido.
Colocó una de sus piernas sobre su hombro y le hizo a un lado la ropa interior.
—No parabas de rechazarme, pero mírate, estás húmeda —la provocó él.
—No es eso, es… fue el beso —intentó defenderse.
Alaric se rio entre dientes.
—Lo entiendo —dijo, y le separó los labios con los dedos.
Deslizó la lengua entre sus pliegues y lamió alrededor de su coño.
Se llevó el clítoris hinchado a la boca y succionó con fuerza.
Ella le sujetó la cabeza y lo apretó con más fuerza entre sus muslos, intentando que le lamiera la entrada chorreante, pero fue en vano.
—Por favor… Aahh… Yo… quiero…
Alaric le dio una última chupada a su hinchado clítoris antes de soltarlo.
—Tú qué, no oí el resto —dijo él, alzando la vista hacia su cara sonrojada.
Verla tan desaliñada y deshecha lo excitó tanto que quiso doblegarla allí mismo y follarla hasta que de ella solo goteara su semen.
—Por favor… yo… quiero… mi… agujero… por favor, lame mi… aaaah… agujero.
Alaric se rio entre dientes.
—Bueno, tú me lo has pedido.
Volvió a llevarse el clítoris a la boca y empezó a succionarlo de nuevo.
Su mano derecha se deslizó y rodeó su palpitante agujero, pero sin entrar.
Podía sentir el calor que emanaba de su interior sin siquiera introducir los dedos en ella.
Ella movía las caderas, intentando que las sensaciones que le provocaban los dedos de él llegaran a su agujero vacío, pero Alaric los mantenía fuera, torturándola al borde del orgasmo.
—Por qué… Aaah… Mmmh.
Alaric le lamió el coño, desde el agujero hasta el clítoris, antes de lamer alrededor de la abertura.
Hundió la lengua en su interior, atrayéndola más hacia él.
Intentó aferrarse al mostrador de la recepción, pero resultó difícil por lo mucho que Alaric le había abierto las piernas para encajar su cabeza en movimiento entre ellas.
Sentía la lengua de él caliente mientras se movía por su coño húmedo.
Su interior se contraía a su alrededor con cada estocada que su lengua le daba.
—Aaah… ash… Mmmmh… Alaric…
Sus gemidos eran como un afrodisíaco para él.
Los dedos de él se deslizaron hasta su clítoris, frotándolo y tirando de él de vez en cuando.
Sus fluidos eran cada vez más abundantes a medida que se acercaba al orgasmo.
Alaric tomó su otra pierna y la colocó sobre su hombro, haciéndole perder el equilibrio.
Ella se apoyó en el mostrador, intentando aferrarse con todas sus fuerzas mientras Alaric la empujaba hacia el orgasmo.
Su coño sufrió espasmos más fuertes y se contrajo a su alrededor antes de que un torrente de fluidos saliera disparado de su vagina y entrara en la boca de él.
Él lo tragó con avidez mientras removía la lengua dentro de su coño convulso.
Tras el orgasmo, Alaric permaneció de rodillas, lamiéndole y limpiándole el coño hasta que casi todos sus fluidos desaparecieron.
Los únicos que quedaban eran los que goteaban continuamente de su intimidad, todavía excitada.
Alaric le bajó ambas piernas y se puso de pie.
La sujetó por la cintura y se inclinó para besarla, dejándola saborearse a sí misma.
—¿A qué sabes?
—le preguntó Alaric tras separarse.
Tenía la cara sonrojada, y los labios brillantes e hinchados por los besos.
Su aliento salía en pequeños jadeos mientras intentaba recuperar el aire.
—¿Qué?
—preguntó ella, con la mirada todavía desorientada y fija en él.
Alaric sonrió y le dio un besito en la nariz.
—Eres tan adorable.
La llevó hasta un asiento y la sentó.
Le arregló el vestido, bajándoselo hasta la cintura y estirándolo un poco antes de incorporarse.
—Me voy —le susurró.
Esas palabras sacaron a Jezabel de su embriaguez postcoital.
Vio cómo Alaric cerraba la puerta tras de sí, dejándola sola en la silenciosa habitación llena de maná.
Para distraerse, tomó una de las piedras despertadoras de un cuenco de cristal que había sobre la mesa y empezó a absorberla.
Ya podía sentir los beneficios de la cámara; su velocidad de absorción se había acelerado.
La sensación era exactamente la misma que al absorber piedras en el calabozo, a diferencia de las salas que imitaban el maná, que tenían prácticamente el mismo efecto, pero en las que era más difícil concentrarse.
«Alaric se ha superado de verdad», pensó Jezabel, mientras una pequeña sonrisa se dibujaba en su rostro.
Alaric se dirigió al salón y miró a su alrededor, pero no vio a ninguna de las chicas que faltaban.
Se acercó a la barra y se sentó.
—¿Puedes darme un vino de frutas?
—le dijo al camarero.
El camarero asintió.
El camarero le sirvió una copa y se la pasó.
Alaric se bebió el contenido de un trago antes de devolver la copa y ponerse de pie.
Quería quitarse el sabor del coño de Jezabel antes de reunirse con las demás.
Era seguro que las besaría.
Salió y se quedó de nuevo junto a la puerta.
No les había indicado una hora de llegada exacta porque quería prepararlas mentalmente para lo inevitable.
—Ya has vuelto.
Has acabado rápido —dijo Darius.
Estaba de servicio en la puerta, así que se preguntaba qué demonios le pasaba a Alaric.
Apenas había pasado media hora y ya estaba de regreso.
Normalmente se quedaba con una clienta toda la noche.
—No querrías saberlo —dijo Alaric con vaguedad.
—¿No querer saber qué?
—se oyó la voz de Mercy.
Alaric la vio de pie junto a un coche negro.
—¿Cuánto tiempo lleva ese coche ahí?
—le susurró Alaric a Darius.
—Llegó justo antes que tú —le devolvió el susurro Darius.
Alaric sintió una oleada de alivio.
—Nada, solo una cosa del burdel —respondió Alaric y caminó hacia ella.
Llevaba una minifalda de cuero marrón que apenas le cubría el culo y nada más.
Sus muslos carnosos quedaban expuestos a la vista de todos.
Su sudadera negra y ajustada marcaba la forma de su pezón erecto, ya que, como siempre, no llevaba sujetador.
Llegó a donde estaba ella y la atrajo hacia sí en un abrazo.
Ella le devolvió el abrazo a regañadientes.
—Te he echado de menos.
¿Tú a mí?
—le susurró Alaric al oído.
Ella permaneció en silencio un momento antes de asentir.
Alaric se rio entre dientes.
Le pasó la mano por el pelo corto mientras contemplaba su rostro serio.
A Alaric ese lado de ella le parecía adorable.
Actuaba como si no quisiera que la tocara, pero él sabía que en realidad le encantaba.
—¿Estás bien?
—preguntó ella de repente.
Alaric parpadeó, confuso.
—¿Qué?
—Digo que si tu polla está bien.
Alaric la miró atónito antes de que una sonrisa se abriera paso en su rostro.
—Claro que sí.
Fue duro tenerla congelada y no sentirla durante un rato, sin poder conseguir una erección, pero era un castigo, así que decidí aguantar —se quejó Alaric.
Todo lo que dijo era mentira.
Su polla había estado perfectamente bien segundos después de que ella lo congelara.
Ella asintió, pero no añadió nada más.
Alaric se inclinó y la besó.
La dejó tomar la iniciativa mientras ella exploraba su boca y ambos tragaban la saliva del otro.
Las manos de él se deslizaron hasta ahuecarle los pechos, disfrutando de la sensación.
Ella rompió el beso y lo miró, respirando con dificultad.
—¿No vas a llevarme a ese cielo que anunciabas?
Alaric sonrió y asintió.
La tomó de la mano y tiró de ella hacia la entrada secreta del sótano.
Su reacción fue poco entusiasta en comparación con la de Jezabel, pero él sabía que estaba emocionada por cómo se le dilataban las pupilas cada vez que inspeccionaba la sala.
Abrió la puerta del sótano y el maná fluyó hacia el exterior.
—Esto es más de lo que imaginaba —dijo ella al entrar en la sala.
—¿De verdad es tan bueno?
—preguntó Alaric.
Nunca la había visto tan emocionada por nada, excepto cuando lo estaba asfixiando.
—Cuando me lo contaste, pensé que sería una cantidad pequeña, pero esto es más que la cantidad de maná que hay en esas deficientes salas de maná —dijo, con la voz cargada de una emoción creciente.
—Por eso quería que fueras de las primeras en verlo.
Sabía que te encantaría.
—Entonces, ¿quién es esa que está sentada en el rincón mirándonos?
—dijo Mercy en voz alta, señalando a Jezabel.
—Una de las personas que he invitado.
Alaric se acercó y le tendió la mano a Jezabel.
Jezabel no se resistió.
Se acercó a Mercy y sonrió, extendiendo el brazo.
—Me llamo Jezabel.
Y eres realmente guapa, ¿lo sabías?
—se presentó Jezabel.
Alaric no se esperaba ese cumplido.
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