Atrapada en un romance de mafia - Capítulo 48
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Capítulo 48: 48. Debajo del escritorio
Punto de vista de Viella
Ya ni siquiera sé cuánto tiempo ha pasado.
¿Minutos? ¿Horas? ¿Días?
Lo único que sé es que esta habitación es un infierno.
Fría, húmeda y deprimente. Esta dura cama de metal me está matando la espalda lentamente.
Lo curioso es que… solo tuve una cama tan mala en mi mundo original.
Mi mundo original…
Maldición. De repente, echo de menos a mis padres. A mis amigos. Mi pésimo trabajo de media jornada. Incluso la máquina expendedora rota de fuera de mi residencia.
Entonces, me asaltan los recuerdos.
Esa conversación entre Alina y ese tal Señor Escritor.
Me incorporo de golpe.
Vale…, así que el libro original sí existe en este mundo.
Y, según ellos, se estaba escribiendo solo.
Lo que significa… ¿qué? ¿Que la trama cambió y ahora Viella se ha convertido en la protagonista?
¿Así que ahora Alina es la villana? ¿Y yo soy la «protagonista femenina»?
Pero no… si ese fuera el caso… Me miro las piernas. Las marcas de los mordiscos de Dante todavía son visibles.
—Ah, sí… Esto no estaría pegado a mi cuerpo ahora mismo.
—¿Qué pasaría si en vez de eso destruyera el libro…? —murmuro, dándome golpecitos en la barbilla—. ¿Se detendría todo sin más?
¿Volvería a mi mundo? ¿Se reiniciaría el tiempo? ¿O simplemente… haría puf?
Ugh.
También mencionaron cambiar la línea temporal, ¿verdad?
¿Significa eso que ese escritor espeluznante sabe cómo enviarme de vuelta?
Pero luego está Alina.
Su voz resuena en mi cabeza.
Un escalofrío me recorre la espalda. Parecía una maníaca demente.
Genial. Estoy atrapada entre una «heroína» celosa y un psicópata obsesivo de la mafia.
Una quiere borrarme, el otro quiere enjaularme.
Qué triángulo amoroso tan encantador.
—Tsk… —Me froto las sienes—. Si salgo ahí fuera, puede que Alina me mande directa con Dios. Pero si me quedo aquí… tengo que lidiar con ese psicópata obsesivo.
Mis mejillas se acaloran al instante.
No es porque me guste ni nada de eso, ¡NO! Es solo que… ¡ese maldito libro tenía algunos capítulos picantes, joder!
Me aclaro la garganta, fingiendo que no acabo de pensar eso.
—¡¿Pero en qué estás pensando, Viella?! —me siseo a mí misma.
Pero aun así, algo me inquieta.
En la trama original, Dante se enamoró de Alina por su inocencia.
Como esta vez no es ni de lejos inocente…, usó esas estúpidas pociones de amor.
Incluso estaban funcionando. Entonces, ¿qué pasó de repente para que ya no funcionen?
—Maldita sea, demasiados misterios… —mascullo, dejándome caer de espaldas en la cama.
Si esto fuera una novela de verdad, lo juro, dos arcos no serían suficientes para desenredar este lío.
Empiezo a reírme como una idiota en la oscuridad, agarrando la manta.
Y entonces me detengo.
Porque, ¿sinceramente?
Al final de este libro, o resuelvo la trama…
…o acabo en un manicomio.
Probablemente ambas cosas.
—
Presión.
Tanta presión alrededor de mi garganta.
Jadeé, intentando respirar, pero algo apretaba más fuerte: caliente, furioso, asfixiante. Abrí los ojos de golpe y…
Alina.
Su rostro se cernía sobre el mío, con los ojos desorbitados y las manos alrededor de mi cuello.
—Desaparece —siseó, con los dedos hundiéndose en mi piel.
Le arañé las muñecas, mientras el pánico crecía…
Y justo cuando pensaba que de verdad iba a morir en esta maldita historia…
Me desperté de un sobresalto.
—¡Ah…!
Mi cuerpo se irguió de golpe, respirando en bruscas bocanadas. Un sudor frío se aferraba a mi cuello. Miré a mi alrededor.
Sigo aquí.
La misma habitación fría y oscura.
La misma cama de metal incómoda que intenta asesinar mi espalda.
Tsk. Vaya pesadilla.
—Supongo que hasta en sueños la gente quiere matarme —murmuré, frotándome el cuello—. Qué amables.
Justo entonces, la pesada puerta se abrió con un crujido.
Dos doncellas entraron, con rostros inexpresivos y ojos vacíos. Cada una llevaba bandejas; una con comida, otra con un botiquín de primeros auxilios y ropa doblada.
Entrecerré los ojos.
Sí. Cero emociones. Igual que su jefe.
—De tal amo, tales empleados —murmuré por lo bajo.
Una de ellas se inclinó ligeramente.
—Señorita Viella, por favor, coma y póngase esta ropa. Son órdenes de lord Dante.
Una ceja se me arqueó.
—Perdone, ¿y quién se cree que es para darme órdenes?
—Tu prometido —llegó una voz grave y tranquila desde el umbral.
Las doncellas se apartaron al instante.
Y allí estaba él: Dante.
Perfectamente vestido, mirándome de arriba abajo.
Se acercó sin decir palabra y se sentó en el borde de la cama; el suave aroma de su colonia llegó a mis fosas nasales.
Lo fulminé con la mirada. —No me mires así, piccola mia —dijo con una sonrisita, inclinándose hacia mí—. Me dan más ganas de besarte.
—¿No crees que te estás volviendo demasiado mandón y pervertido últimamente, Dante?
Se rio profundamente mientras bajaba la vista hacia las marcas.
Eso hizo que se me pusiera la piel de gallina en el cuello.
—¿Ah, sí?
—¡Sí!
—Mmm… ¿Recuerdas cuando tú también solías darme órdenes como: «No estés con esa zorra», o «¡No mires a esa bruja!»?
Mentalmente, le di una bofetada a la Viella original.
—Bueno —tosí, agitando una mano con torpeza—, ya no soy esa antigua Viella, eso ya lo sabes. Así que quizá deberías dejar de vengarte por el pasado y simplemente… dejarme salir de esta habitación.
Sin respuesta.
Me ignoró por completo.
En su lugar, Dante cogió el botiquín de primeros auxilios, me agarró las piernas y las colocó suavemente sobre sus muslos.
—¿Qué… oye? ¡¿Qué crees que estás haciendo?!
Sin levantar la vista, empezó a quitar y a poner de nuevo las vendas alrededor de mi tobillo, con un tacto preciso, silencioso y frustrantemente delicado.
—¿Hola? ¡¿Me estás oyendo?! —espeté.
Seguía sin responder.
Solo esa tranquila concentración.
Levanté las manos al aire. —¡Increíble! Primero me secuestra, luego me encierra en esta habitación de mierda y ahora me ignora como si fuera un anuncio de YouTube…
—Deja de moverte —dijo por fin, con voz grave y autoritaria mientras presionaba la herida.
Silencio instantáneo.
Mi cerebro se apagó por instinto.
Porque la forma en que lo dijo…
Sí, eso no fue una petición.
—
Finalmente terminó de limpiarme la herida. Sus dedos rozaron mi piel una última vez antes de que se levantara, se limpiara las manos y cogiera la bandeja.
—Ahora, come —dijo, tranquilo pero tajante—. ¿O prefieres que te dé de comer yo mismo?
Me crucé de brazos, fulminándolo con la mirada. —¡No comeré hasta que me dejes en paz!
Silencio.
—No me obligues a hacerte comer, Viella.
—¡Pues déjame salir de esta habitación! —repliqué.
Grave error.
Porque al segundo siguiente, se acercó. Demasiado. Su sombra me engulló por completo. Mis pulmones olvidaron cómo funcionar.
—Te lo digo de nuevo —dijo suavemente, su aliento rozando mi mejilla—, come antes de que tenga que obligarte.
Una mirada a las doncellas y estas se inclinaron, saliendo en silencio.
«¡No se vayaaan! ¡No me dejen con este maníaco!», grité mentalmente, viendo cómo la puerta se cerraba tras ellas con un clic.
Perfecto. Solo yo… y la bandera roja andante.
Tragué saliva y forcé una risa. —¡Va-vale! ¡De acuerdo! ¡Voy a comer! Vale… ¡Pero tú… déjame en paz!
Tras una larga pausa, finalmente se enderezó, con la mirada suavizándose solo una pizca.
—Acostúmbrate a que te vea comer de ahora en adelante —murmuró, con la mano en el pomo de la puerta—. Pero por ahora… te daré tu espacio.
Y con eso, se fue.
Me dejé caer contra la cama, exhalando temblorosamente.
Las doncellas cerraron la puerta con llave tras él.
Solté una risa temblorosa y malvada, levantando la mano que había birlado las llaves.
Je, je.
Se las quité en el momento en que se acercó lo suficiente. Como las doncellas cerraron la puerta con llave, estaba bastante segura de que no se daría cuenta…, pero eso no significa que no se daría cuenta nunca.
Esto es mío. Un poquito de libertad, solo para mí.
Antes de echar a correr, mis ojos volvieron a la bandeja.
…Eh, ¿debería terminármela primero?
Quiero decir, es comida. ¿Y dejarla? Una falta de respeto total. ¿Verdad? Je, je.
Suspiré dramáticamente, agarrando un trozo.
—Vale… comeré. ¡Pero solo porque soy educada, no porque él lo haya dicho!
—
Después de terminar la comida, me asomé fuera. Nadie. ¿Está la suerte de mi lado hoy? Fui de puntillas hasta la puerta y, con un silencioso clic, se abrió.
Por fin, algo de libertad. Eché un vistazo… seguía sin haber nadie. ¿Dónde está todo el mundo? Da igual. No es asunto mío.
Salí disparada por el pasillo, pegada a las paredes, escondiéndome detrás de los pilares.
¿Por dónde era este camino otra vez…? Tsk…
De repente, el leve sonido de unos pasos. Una doncella, llevando una bandeja, se dirigía hacia mí.
Me quedé helada, apretujándome en las sombras.
—La señorita Viella tiene tanta suerte de que lord Dante la quiera… ugh, es tan desagradecida —susurró una.
—¡Chis! ¿Y si alguien te oye? —siseó la otra.
Sí, la he oído. Definitivamente he oído eso.
Entrecerré los ojos y murmuré por lo bajo.
Me aseguraré de que pierdan su trabajo en cuanto salga de este lío.
Las doncellas pasaron sin darse cuenta, murmurando entre ellas.
Tiene tanta suerte… mis narices. Imagina que te secuestren y te traten como a un perro.
Puse los ojos en blanco, murmurando con sarcasmo.
Sacudiendo la cabeza, volví a concentrarme.
Avancé sigilosamente por el pasillo… y me detuve en seco.
Disparos.
Uh-uh-uh…
Me asomé por una ventana justo a tiempo para ver a Dante de pie, recto, con una pistola en la mano. Me daba la espalda mientras sus hombres sujetaban a alguien.
Oh, mie… mi cerebro dejó de funcionar.
Ese hombre… me resulta familiar. Espera, ¿no es el tipo que dejé inconsciente ayer? ¿El hombre de Alina?
—¿Qué está pasando…? —susurré, con el corazón martilleándome.
No puedo oír lo que dicen, pero definitivamente puedo ver a Dante con su sonrisa malvada mientras apunta con la pistola a la frente de ese tipo.
Oh, uh… alguien está a punto de reunirse con Dios.
Un disparo más…
Y ese hombre cayó inerte, desplomado en el suelo. Sangre por todas partes.
Dante se limpió las manos con calma.
Se me encogió el estómago.
Se giró de repente.
Me escondí detrás de un pilar, conteniendo la respiración, con los ojos como platos.
Por favor… por favor, que no me vea… por favor, que no me vea…
Y así, corrí. Rápido. En silencio.
—
Ni siquiera pude intentar correr hacia la puerta principal, porque, ¿adivinen qué? Estaban justo fuera. Probablemente entrando ya.
Mierda, mierda, mierda, ¡¿qué hago?!
Mi corazón latía con fuerza mientras escudriñaba el pasillo. Entonces vi una puerta ligeramente abierta. Sin pensar, me lancé hacia ella, me colé dentro y me agaché bajo un enorme escritorio.
Me acurruqué allí, apenas respirando. El sonido de botas resonó en algún lugar cercano.
Entonces…
Crac.
La puerta crujió. Mis ojos se abrieron de par en par. Oh, no… ¡oh, no, no me digas que va a entrar alguien!
Pero en vez de eso… clic.
La cerraron con llave.
—¿QUÉÉÉÉ? —articulé en silencio, mirando fijamente la puerta.
Salí de debajo del escritorio, corriendo hacia el pomo y girándolo como una loca. Nada. No se movía.
—¡Jodeeeeeer! —siseé por lo bajo, golpeándome la frente ligeramente contra la puerta.
Cinco minutos de frustración después, finalmente me rendí, respirando con dificultad. Mi cerebro buscaba ideas a toda prisa: ¿una ventana?, ¿un conducto de ventilación?
Entonces mis ojos recorrieron la habitación.
Estanterías oscuras. Caras botellas de licor. Una única chaqueta negra colgada en la silla. Papeles apilados ordenadamente, ni una mota de polvo.
Me quedé helada.
Espera.
—Este… —susurré lentamente, mientras la comprensión me golpeaba—, es el despacho de Dante.
Se me cayó la mandíbula al suelo.
—Oh. Genial —reí temblorosamente, pasándome una mano por el pelo—. Así que, sin saberlo, he corrido directamente a la guarida del diablo. Perfecto. Fantástico. Un diez de diez, Viella.
Me desplomé en la silla detrás del escritorio, mirando al techo.
Ya que estoy aquí de todos modos… veamos qué tipo de negocios turbios hace un jefe de la mafia además de matar gente.
Empiezo a hojear sus archivos y papeles —uf, números, tratos, armas, bla, bla, bla— cuando algo me llama la atención.
Una pequeña caja negra metida en el cajón.
—¿Eh? ¿Qué se supone que es esto? —murmuro, sacándola.
La abro…
Y vi algo inesperado que no debería estar aquí.
—¿Esta… pulsera…? —susurro, con los ojos como platos—. Espera, ¡¿cómo demonios tiene esto?!
Me la quedo mirando sin comprender.
—¡Le dije a mi hombre que la destruyera por completo! ¿Cómo… cómo ha acabado aquí?!
Mi cerebro empieza a entrar en pánico.
Vale, vale, cálmate Viella… o no…
Si tiene la pulsera, significa que lo sabía. Sabía que Viella, la original, fue quien intentó borrar a Alina.
—Espera… si ya lo sabía todo… entonces, ¿por qué no me ha hecho nada? —mascullo, agarrándome la cabeza.
—Entonces, básicamente, sabiendo toda la verdad, ¿decidió ignorarla?
Parpadeo y luego me susurro a mí misma: —Ni hablar… eso es imposible… ¿verdad?
Pero cuanto más lo pienso, peor se pone.
—Oh, genial —gimo en voz baja, pasándome una mano por el pelo.
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CONTINUARÁ
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