Atrapada en un romance de mafia - Capítulo 9
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9: 9.
Morir con la cara bonita 9: 9.
Morir con la cara bonita Tras fracasar estrepitosamente tanto delante de su hermana adicta a la cafeína como de su madre emocionalmente distante, se arrastró de vuelta a su habitación.
Con un tacón en la mano y el otro pie descalzo.
Se desplomó sobre la cama.
—Bueno, eso no ha salido como esperaba —murmuró, con la mirada fija en el techo.
Todo su valor se fue al traste.
Y ni hablemos del amor propio.
¿Su intento desesperado de cancelar la cena?
Se fue a pique.
Literalmente.
Gimió contra su almohada de seda.
—Necesito un plan nuevo.
Uno mejor.
Algo digno de una villana.
Algo astuto.
Entonces se le ocurrió.
Espera un momento… espera un maldito momento.
—¿Por qué no se me ocurrió antes?
—susurró, incorporándose lentamente.
—Se supone que tengo que invitar a Dante a cenar, ¿verdad?
—Sus ojos brillaron—.
¿Y si… no lo invito y finjo que sí lo hice?
Se levantó con la gracia de quien no acabara de fingir un desmayo.
—Después actuaré confundida.
Preocupada.
Quizá un poco decepcionada.
¡Oh, no, Lord Dante debe de haber perdido la carta!
¡Qué tragedia!
—arrulló, llevándose las manos al pecho con fingido dolor.
Sus ojos chispearon.
—Ni cena.
Ni asesinato.
Ni disculpa.
Solo yo y mi plan maestro.
He vuelto a burlar a la trama.
Sintiéndose mejor, tiró su agenda y se recogió el pelo en un moño desordenado.
Se puso una mascarilla facial espesa de color rojo oscuro que la hacía parecer un tomate pelado y se cambió a su camisón de seda azul noche.
Era un poco demasiado ajustado y muy brillante, algo de lo que sin duda se arrepentiría más tarde…
—Pero me lo merezco —dijo, admirándose en el espejo—.
He sobrevivido al día.
He evitado la muerte.
He ganado la partida.
Hora del zumo de la victoria.
Por «zumo de la victoria» se refería a esa cara bebida de fruta helada que en la cocina solo le servían cuando no montaba un drama.
Caminó sigilosamente por el pasillo, tarareando, sintiéndose libre.
La casa estaba extrañamente silenciosa.
Sospechosamente tranquila.
No había criadas corriendo de un lado para otro, ni gritos de su madre, ni el sonido de su hermana amenazando a alguien por un café aguado.
—Parece que no hay nadie —susurró—.
Mejor aún.
Todo para mí.
Bajó flotando los escalones de mármol con sus zapatillas de felpa.
La cocina estaba a oscuras, el pasillo, vacío.
No se dio cuenta de que la mesa estaba decorada, de hecho, ni siquiera oyó abrirse la puerta del recibidor.
Abrió la nevera, cogió su bebida helada, destapó la botella y se dio la vuelta…
Y se quedó helada.
Justo allí, en el vestíbulo, de pie bajo la lámpara de araña, estaba su peor pesadilla…
Dante.
Alina.
Sus padres.
Y su hermana.
Todos vestidos con atuendos caros.
Dante estaba allí, con un impecable traje negro y ojos fríos, pero en los que se adivinaba un punto de diversión.
A su lado estaba Alina, adorable con un vestido de perlas.
Su madre parecía elegante y estirada, mientras que su hermana llevaba un vestido dorado, con pinta de estar lista para matar, sin duda alguna.
Y entonces… estaba ella.
De pie con su camisón de seda ceñido al cuerpo.
Con el pelo envuelto en una toalla a modo de moño.
La mascarilla facial de un rojo brillante.
Sosteniendo una bebida de fruta.
Ella parpadeó.
Dante la miró fijamente.
Alina ladeó la cabeza, confundida.
Su madre abrió la boca, horrorizada.
El rostro de su hermana se contrajo en la más satisfecha y malvada de las sonrisas.
Un largo silencio.
Se miró a sí misma.
Luego levantó la vista.
Y murmuró: —Bueno.
Creo que esto es solo una alucinación mía.
Será mejor que empiece a dormir más últimamente.
—Justo cuando Viella estaba a punto de marcharse…, se oyó una voz potente:
—¿Es esta tu idea de recibir a los invitados?
—espetó su madre.
Alina se rio.
Viella se giró, estupefacta…
«¿Supongo que…
la he cagado?».
—¿Yo…
yo pensaba que la cena era mañana?
—dijo, con la voz quebrada, mientras retrocedía de lado hacia la escalera como un cangrejo.
—Tú planeaste esta cena —espetó su madre.
Señaló su bebida de fruta.
—¿¡Pero qué llevas puesto!?
¿Qué es todo eso que tienes en la cara y, SOBRE TODO, QUÉ LLEVAS EN LA MANO?
—Eh…, zumo de la victoria, jaja.
Su hermana bufó.
—Más bien zumo de los delirios.
Alina sonrió con incomodidad.
—Mmm…, ¿quizá hemos llegado demasiado pronto?
Dante no dijo nada.
Porque le estaba mirando directamente al alma a Viella.
—Encantada de verte, Dante —dijo Viella, poniendo la sonrisa más falsa del mundo—.
Me habría arreglado, pero…
estoy probando nuevos…
venenos faciales.
Su madre ahogó un grito.
—¿¡Qué!?
—¡Cuidado facial!
¡Quería decir cuidado facial!
—chilló—.
Totalmente inofensivo.
No es veneno.
Digo, a no ser que cuentes el extracto de menta.
—Ve a tu habitación —dijo su padre, que acababa de entrar en el recibidor, con el tono tranquilo de alguien que ya se arrepentía de haber tenido hijos.
—¡Encantada!
—gorjeó ella.
Subió las escaleras de lado como un cangrejo.
En cuanto la puerta se cerró tras ella, se tiró sobre la cama.
—Por qué.
Por qué.
¡¡¡POR QUÉ!!!
Rodó fuera del colchón, agarró la campanilla de su mesita de noche y la agitó.
Momentos después, llegó su doncella principal, parpadeando como si la acabaran de despertar de una bofetada.
—¿¡CÓMO —siseó— es que Dante está AQUÍ?!
La doncella se encogió.
—Yo…
yo pensaba que lo sabía.
—¿Saber qué?
—Su padre… envió una invitación de respaldo esta tarde.
Por si acaso.
Se quedó mirando el techo.
Luego gritó contra la almohada.
—Esta familia es una dictadura con perlas —murmuró.
La puerta se abrió de golpe otra vez.
Levantó la vista justo a tiempo para ver entrar a su madre, con la mirada afilada.
—No sé en qué fantasía te crees que vives —comenzó su madre con frialdad—, pero Dante está aquí.
Y te comportarás como una señorita como es debido o, por mi vida, que…
Se detuvo, entrecerró los ojos y sonrió con dulzura.
Peligrosamente.
—Si vuelves a avergonzar a esta familia una vez más, personalmente te coseré dentro del corsé, te encerraré en unos tacones tres tallas más pequeños y te arrastraré del moño hasta la mesa.
Viella parpadeó.
—Sí, Madre —chilló.
—Bien.
—Su madre se giró con un asentimiento de satisfacción y, por encima del hombro, añadió—: Y, por el amor de Dios, lávate esa pasta de tomate demoníaca de la cara.
Parecías una tarta de frutas podrida.
Y con eso, se fue.
—…Qué mujer tan desastrosa —le susurró al espejo—.
Voy a morir hidratada.
—
Estaba de pie frente al espejo, ya lavada, empolvada y por fin libre de la maldita mascarilla de tomate.
El camisón de seda había sido sustituido por un elegante vestido negro con la espalda descubierta.
Se le ceñía a la cintura y se abría en las caderas.
Su pelo, ahora perfectamente peinado en un recogido suelto pero majestuoso.
Se contempló a sí misma.
«Qué desperdicio de cara bonita».
Pensó.
—Vale —susurró, con las manos aferradas al tocador—.
Tú puedes.
Eres elegante.
Una mujer fantástica.
No pierdas los estribos.
Le tembló un labio.
—…Y que no se te ocurra tropezar en las escaleras.
Respiró hondo.
Y otra vez.
—…Nop, no es suficiente.
Una más.
Inhaló como si estuviera a punto de entrar en un campo de batalla.
Lo cual, para ser justos, era cierto.
Su prometido, la sentencia de muerte andante, la esperaba.
También la protagonista femenina original, Alina, tan dulce que por alguna razón parecía falsa.
¿Su hermana?
Probablemente tramando cómo hacer comentarios en directo.
¿Y su madre?
Bueno… su madre estaba afilando dagas invisibles, seguro.
Y mejor ni hablemos del padre.
—Es hora de enfrentarse a la mierda de verdad —murmuró, agarrando el bajo de su vestido.
Respiró hondo, echó un último vistazo a su reflejo…
«No puedo derrumbarme.
Todavía no».
Va a ser una noche larga~
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CONTINUARÁ
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