Atrapado por el Rey Alfa Loco - Capítulo 338
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Capítulo 338: Capítulo 338: Otro
—Y tú —dijo Chris, gesticulando vagamente—, eres de Draxil.
—Soy el Príncipe Eryx de Draxil —anunció el muchacho, claramente encantado de decirlo en una habitación donde importaba—. Tercero en la línea, pero el más encantador.
Uno de sus guardias parecía que quería desmayarse a modo de disculpa.
El cerebro de Chris rescató el archivo correspondiente sin su permiso: Draxil, distante y de bordes afilados, una corte que coleccionaba cosas raras del mismo modo que otros reinos coleccionaban aliados. La misma gente que les había enviado a Tania, la tigresa, como un «regalo», lo que había sido la idea de Draxil de una diplomacia amistosa y la idea de Saha de un «por qué sois así».
La mirada de Eryx se posó brevemente en el collar de Chris, y la fascinación cruzó su rostro. —¿Ese es el privado, verdad?
Chris entrecerró los ojos ligeramente. —¿Cómo sabes eso?
Eryx se encogió de hombros. —Todo el mundo lo sabe. Eres famoso.
Chris miró fijamente a Dax, una acusación silenciosa.
Dax se sentó en la pequeña mesa junto a la ventana, abrió una carpeta y empezó a leer como si no acabara de dejarle a un niño en el regazo a Chris y se hubiera desentendido de las consecuencias.
—Tú —le dijo Chris a Dax— eres un gigante al que sí que se le puede molestar.
Dax no levantó la vista. —Estarás bien.
—Eso es lo que dice la gente justo antes de que las cosas empeoren.
Eryx los observaba con un interés deleitado, como si se tratara de un teatro por el que hubiera pagado. —No le gusta hablar —dijo Eryx servicialmente, señalando a Dax con la cabeza.
Chris lo fulminó con la mirada. —No, sí que le gusta hablar. Solo que lo usa como un arma y lo reserva para los momentos que puede disfrutar.
La sonrisa de Eryx se ensanchó, completamente complacido. —Me caes bien.
Chris se pellizcó el puente de la nariz. El tren zumbaba bajo ellos, constante y suave, como si también quisiera fingir que era un viaje normal.
—¿Por qué quieres mi atención —preguntó Chris, porque era mejor saberlo ahora que más tarde—, y no la del rey con el que estás compartiendo vagón?
Eryx miró a Dax y luego de nuevo a Chris. —Porque da miedo.
Chris soltó una risa corta que no contenía alegría alguna. —Sí.
—Y —continuó Eryx, bajando la voz como si estuvieran compartiendo un secreto—, parece que me tiraría por la ventana si le hiciera una pregunta.
Los ojos de Chris se desviaron hacia los anchos hombros de Dax, hacia la quietud que podía convertirse en violencia en un instante, hacia la forma en que parecía tallado en lugar de nacido.
—…No te tiraría —dijo Chris, porque un instinto diplomático en él se negaba a permitir que un niño tuviera miedo de verdad en su presencia.
Eryx ladeó la cabeza. —¿No lo haría?
Chris suspiró, lenta y controladamente. —Le delegaría el lanzamiento a Rowan. Pero solo si te lo merecieras.
Rowan, que pasaba por la puerta abierta en ese preciso instante, echó un vistazo con la mirada serena de un hombre que, de hecho, había tirado a gente y volvería a hacerlo.
La cara de Eryx se iluminó. —¡Rowan! ¿Eres tú el que…?
Rowan siguió caminando.
Eryx lo vio marcharse con una admiración trágica. —Todos me ignoran menos tú.
Chris se le quedó mirando. —Eso no es verdad. Tus guardias están ahí mismo.
Eryx les echó un vistazo como si hubiera olvidado que eran seres humanos. —Ellos no cuentan. Son parte del mobiliario.
A uno de los guardias le tembló un párpado.
Chris respiró hondo y luego sonrió de la misma forma que sonreía a los diplomáticos hostiles: una sonrisa dulce, controlada y ligeramente asesina.
—Muy bien, Príncipe Eryx —dijo—. Así es como va a funcionar esto. Puedes tener atención. Puedes hacer preguntas. Incluso puedes ser encantador. Pero vas a hacerlo en silencio, porque mi paciencia pende ahora mismo de un hilo y de mi rencor.
Los ojos de Eryx se abrieron como platos, impresionado. —Eso es increíble.
Chris parpadeó. —No se supone que sea increíble.
—Lo es —insistió Eryx—. Mis tutores nunca me dejan tener rencor.
—Eso suena a falta de habilidad —masculló Chris.
Dax pasó una página de su carpeta.
Chris se reclinó en su asiento, dejando que el ritmo del tren se asentara en sus huesos, intentando persuadir a su sistema nervioso de que ya no estaban en un salón lleno de sangre y gritos.
Eryx se acercó más, como un parásito decidido con estatus real.
—Y bien —susurró, como si fueran conspiradores—, ¿es verdad que recibiste a la tigresa?
Chris volvió a cerrar los ojos.
—Tania —dijo secamente.
Eryx ahogó un grito de puro deleite. —¿Le pusiste nombre?
—La Princesa Heather de Rohan eligió su nombre. —Chris hizo una pausa; la frase se completó sola y luego se dio la vuelta para morderle. Parpadeó una vez, lentamente, como si tal vez, si parpadeaba con la suficiente fuerza, el universo dejara de endosarle menores para que los cuidara—. ¿Por qué les caigo bien a los niños de la realeza?
La sonrisa de Eryx se ensanchó con la confianza inmerecida de alguien a quien nunca le había dicho «no» nada más aterrador que un tutor. —Porque eres divertido.
—Estoy cansado —corrigió Chris.
—Eso es parte de ello —dijo Eryx, como si fuera obvio—. La gente cansada dice la verdad.
Chris se le quedó mirando un instante de más. Un niño de doce años acababa de diagnosticarle un nivel de honestidad al que no había dado su consentimiento.
Dax pasó otra página de su carpeta. El papel produjo un sonido suave e insultante.
Chris lo miró. —¿Es esto… una estrategia internacional? ¿Todo el mundo me está enviando a sus hijos para ver si me quiebro?
Dax no levantó la vista. —Si te quiebras, aprenden algo.
Chris inhaló muy lentamente. —Esa es una frase espantosa.
—Es precisa —replicó Dax, sin dejar de leer.
Eryx se inclinó más, bajando la voz como si compartiera secretos de estado. —Además, tienes una tigresa.
Chris entrecerró los ojos. —Sigues diciendo eso como si fuera una frase normal.
—Lo es en Draxil —dijo Eryx alegremente—. Tenemos animales exóticos en los jardines del palacio.
—Esas son exhibiciones de zoológico —dijo Chris—. Eso no cuenta.
La expresión de Eryx se volvió seria. —Tania sí cuenta. Ella también es famosa.
Chris dejó caer la cabeza hacia atrás contra el asiento. El tren zumbaba bajo él, suave e implacable, las ruedas devorando la distancia mientras su vida seguía comprometida con el caos por principio.
—Escucha —dijo Chris, abriendo los ojos de nuevo—. Tania no es un juguete. Tania no es un tema de conversación. Tania es una tigresa que ha sido entrenada para tolerar la estupidez humana, pero todavía tiene sus estándares.
Eryx pareció encantado. —Entonces es como tú.
Chris lo señaló sin pensar. —Tú.
Eryx sonrió radiante, como si ser amenazado fuera un cumplido.
Uno de los guardias de Eryx carraspeó suavemente, un sonido que llevaba el peso de un hombre que rezaba para que su paga incluyera un plus por peligrosidad.
Chris miró al guardia. —Puedes hablar. Prometo que no te denunciaré por tener personalidad.
La boca del guardia se tensó en una mueca parecida al dolor. —Gracias, Consorte. Su Alteza… tiende a apegarse.
Eryx bufó. —Yo no me apego. Investigo.
Chris asintió. —Investigas como un percebe.
A Eryx le brillaron los ojos. —Los percebes son persistentes.
—Sí —dijo Chris—. Lo son. Y son extremadamente difíciles de quitar sin dañar la superficie.
Eryx pareció totalmente complacido con esa información.
Dax finalmente levantó la mirada, solo brevemente, sus ojos púrpuras posándose en Eryx con el peso plano de la soberanía. —No te le subas encima.
Eryx se enderezó al instante, obediente de una manera que demostraba la teoría anterior de Chris: no hacía falta molestar a Dax; solo necesitaba existir.
—Sí, Su Majestad —dijo Eryx educadamente.
Luego, sin perder el ritmo, se volvió hacia Chris con renovada devoción.
Chris exhaló por la nariz e intentó recalibrar su alma.
—Dijiste que la Princesa Heather de Rohan le puso nombre —dijo Eryx, con la voz de nuevo ansiosa—. ¿Es tu amiga?
Los labios de Chris se crisparon. —Heather es… una fuerza de la naturaleza.
—Eso suena a un sí —insistió Eryx.
—Eso suena a que estás buscando cotilleos —replicó Chris.
La sonrisa de Eryx se volvió maliciosa. —Sí.
Chris se irguió un poco, interesado a su pesar. —Ah. No eres solo molesto. Eres políticamente molesto.
Eryx se pavoneó. —Gracias.
—No era un cumplido.
—Era preciso —dijo Eryx, copiando la cadencia de Dax con tal confianza que Chris casi se atraganta.
Los ojos de Dax se alzaron de nuevo, esta vez una fracción más afilados. Eryx añadió inmediatamente: —Respetuosamente.
Chris se tapó la boca con una mano, más para ocultar la sonrisa que por otra cosa. O se reía o empezaba una guerra con un niño de doce años, y estaba tratando de reducir los incidentes internacionales, no de multiplicarlos.
—De acuerdo —dijo Chris al fin, con voz más calmada—. ¿Quieres atención? Gánatela.
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