¡Ayuda! Sácame de la Novela de mi Hermana - Capítulo 307
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Capítulo 307: Tirar.
¿Por qué?
¿Por qué Heinz había jalado a Florián?
«¿Por qué lo he jalado?», se preguntó Heinz, con una expresión indescifrable mientras observaba al joven ahora atrapado en su agarre. Los ojos muy abiertos y sorprendidos de Florián se encontraron con los suyos; esos ojos verdes imposiblemente brillantes que siempre parecían reflejar más de lo que debían.
Y ahora estaban tan cerca.
Demasiado cerca.
Era lo más cerca que habían estado desde aquel día en el pueblo; desde aquella noche.
La noche que Heinz aún no podía olvidar, sin importar cuántos deberes o distracciones se impusiera.
—¡Oh, dioses… Su Majestad!
—Eso… ¡eso es tan bueno! Por favor… ¡por favor, no pare!
La voz entrecortada de Florián de aquella noche resonó en la cabeza de Heinz, sin ser invitada pero vívida, como si el recuerdo se hubiera grabado a fuego en sus huesos. Sus dedos se crisparon ligeramente, y solo entonces se dio cuenta de algo.
La mano que estaba usando para sujetar a Florián ahora…
Era la misma mano que había usado para tocarlo esa noche.
Para arrancarle esos jadeos temblorosos. Para hacer que el cuerpo de Florián se estremeciera de maneras que habían atormentado a Heinz desde entonces.
Y ahora…
Ahora estaba aquí de nuevo. Justo frente a él. Ajeno. Inconsciente.
La mirada de Heinz descendió por un segundo. El aroma de la piel de Florián —sutil, limpio, pero cálido como la lavanda y el aire matutino— se deslizó más allá de sus defensas.
«Huele bien». Las cejas de Heinz se fruncieron ligeramente, casi confundido consigo mismo. Esto era desconocido. Extraño. Imprevisto.
«¿Por qué mi cuerpo se mueve por sí solo?».
Se lamió el labio inferior lentamente, entrecerrando los ojos apenas un poco, y apretó ligeramente el agarre en el brazo de Florián. Su cuerpo parecía decidido a traicionarlo.
Y aun así, Florián solo parpadeó, mirándolo. Ingenuo. Inconsciente.
«No lo recuerda».
—¿S-Su Majestad…? —La voz de Florián era suave. Inocente. Parpadeaba como un ciervo asustado. Aún en la ignorancia. Aún sin recordar.
Seguía mirando a Heinz como si no supiera lo que habían hecho.
Algo en el pecho de Heinz se oprimió.
Para disimular el momento —no, para redirigirlo—, habló sin pensar.
—Florián, ¿cómo vas a peinarte para la cumbre?
—¿…Eh? —Florián frunció el ceño, confundido, con los labios entreabiertos. Su expresión era tan desconcertada, tan genuina, que casi hizo reír a Heinz.
«Dioses, ¿cómo puedes ser tan fácil de provocar?».
—He preguntado cómo piensas peinarte —dijo Heinz con suavidad, dejando que su voz adoptara esa calma practicada que siempre desarmaba a la gente—. Tus rizos son siempre tan rebeldes…
Mientras hablaba, levantó la mano libre y pasó suavemente los dedos por los suaves rizos de color púrpura claro de Florián. Los mechones se deslizaron entre sus dedos como seda, cálidos y elásticos. Heinz tragó saliva con dificultad.
Era demasiado suave.
Demasiado tentador.
El rostro de Florián se sonrojó al instante, adquiriendo un brillante tono de rojo que hizo que la sonrisa de Heinz se acentuara.
«Adorable».
—Yo… yo no… no lo sé, Su Majestad —tartamudeó Florián, claramente nervioso e intentando con todas sus fuerzas —y fracasando— mantener la compostura—. Solo… iba a dejarlo así…
Heinz inclinó la cabeza ligeramente, divertido por el pánico evidente que Florián intentaba reprimir.
—Deberías echártelo un poco hacia atrás. Así —susurró, inclinándose, con voz baja. Luego, con dedos cuidadosos, apartó el cabello de Florián de su frente. El gesto fue engañosamente íntimo: sus nudillos rozando la piel, su palma peligrosamente cerca de la mejilla de Florián.
Y, dioses… quería tirar de él. Solo un poco. Solo para ver si Florián volvía a hacer ese sonido.
Florián tembló bajo su contacto.
Una sacudida sutil.
Pero Heinz se dio cuenta.
«Igual que aquella noche… cuando mis dedos también lo hicieron temblar».
Por un brevísimo segundo, Heinz se preguntó…
«¿Qué pasaría si presiono solo un poco más?».
Entonces se contuvo.
«No. Para».
Si no se detenía ahora, no estaba seguro de lo que haría a continuación.
Así que soltó el brazo de Florián. Su mano fue lo último en abandonar el cabello de Florián, con los dedos deteniéndose medio segundo más de lo debido.
Por un momento, podría haber jurado que Florián parecía… decepcionado.
Pero ignoró eso.
—Ya puedes irte —dijo Heinz, dando un paso completo hacia atrás. Su voz era firme, pero ambas manos permanecían abiertas a los costados, como si aún no estuviera seguro de si aferrarse o soltar—. Ve a descansar. Mañana, estoy seguro de que te agotarás de tanto socializar.
Florián asintió rápidamente, con las mejillas aún sonrojadas. —A-Ah… cierto. De acuerdo. Lo… veré mañana, Su Majestad —murmuró, inclinándose profundamente para ocultar su rostro antes de escabullirse como un conejo asustado.
La puerta se cerró tras él.
El silencio regresó a la habitación.
Y Heinz soltó una risita, baja y para sí mismo.
«No podría haber sido más obvio».
Pero lo que inquietaba a Heinz no era la obviedad de Florián.
Sino la suya propia.
Heinz permaneció de pie en el silencio de su despacho, con el chasquido de la puerta ya desvanecido en la nada. Pero su cuerpo no se había movido. Todavía no.
Bajó lentamente la mirada hacia la mano que había tocado el cabello de Florián, la misma mano que había peinado esos rizos imposiblemente suaves apenas unos momentos antes. Todavía hormigueaba débilmente, cálida por el recuerdo.
«No puedo negarlo más».
La verdad, pesada y palpitante en su pecho como un segundo latido, se negaba a ser ignorada ahora.
Había estado evitando a Florián, limitando a propósito sus interacciones durante la última semana. Poniendo excusas. Delegando tareas a otros asistentes. Pospusiendo reuniones. Todo bajo el pretexto de estar «ocupado».
Pero en el fondo, Heinz lo sabía.
Había empezado a gustarle demasiado la presencia de Florián.
Disfrutaba viéndolo retorcerse. Disfrutaba lo fácil que era ponerlo nervioso con una simple mirada, una broma sutil, unas pocas palabras bien elegidas. Disfrutaba de la inocencia, la forma desprotegida en que Florián reaccionaba a todo, como si el mundo aún lo sorprendiera.
Pero más que diversión…
Lo extrañaba cuando no estaba.
Cada vez que Florián salía de la habitación, Heinz se encontraba a sí mismo permaneciendo en silencio, con los pensamientos derivando hacia las expresiones sonrojadas del muchacho, sus tartamudeos torpes, su voz suave. Y ayer… y hoy… Heinz no había hecho planes para convocarlo.
Y no lo había visto en absoluto.
Hasta ahora.
Hasta que Florián había aparecido sin anunciarse, de pie fuera de su despacho, con aspecto inseguro, casi como si él mismo no supiera por qué estaba allí.
Y Heinz… lo había hecho entrar. Sin pensar. Sin razón. Sin una sola justificación lógica.
Había querido saber por qué Florián actuaba de forma extraña.
Había sentido curiosidad —quizá preocupación—, pero si era sincero consigo mismo…
Solo quería verlo de nuevo.
«Solo quería mantenerlo aquí más tiempo».
Y cuando Florián había intentado irse…
La mano de Heinz se había movido por sí sola.
Lo había agarrado. Lo había jalado de vuelta.
«Como un idiota».
La imagen de aquella noche —la forma en que Florián había jadeado debajo de él, con el cuerpo temblando, los labios entreabiertos y los ojos nublados— brilló tras los ojos de Heinz como un sueño cruel. Aún podía oírlo.
Aún podía sentirlo.
E incluso antes… cuando montaron juntos a Azure. Cuando Florián había estado presionado contra su espalda, agarrándolo con fuerza, riendo suavemente contra su hombro…
Heinz se estremeció. No por el frío, sino por el peso de la revelación.
Con una maldición en voz baja, se llevó esa misma mano a la cara, los dedos rozando sus labios mientras exhalaba temblorosamente. Su nariz captó el rastro más tenue del aroma de Florián, que aún persistía. Dulce. Limpio. Un toque de lavanda y algo más cálido por debajo. Algo humano.
Cerró los ojos, apretando la mandíbula.
—Mierda —masculló Heinz en voz baja, con la voz áspera, casi amarga.
Ahí estaba. La verdad, dicha en voz alta por fin.
No solo se entretenía con Florián.
No solo estaba intrigado.
Se sentía atraído por él. Sexualmente atraído.
Era el primer día de la Cumbre.
—… Joder.
Florián estaba de pie, rígido, en la gran entrada del Palacio de Diamante, con los brazos rectos a los costados, los ojos rodeados de fatiga y ligeramente hinchados por la falta de sueño. El mármol bajo sus zapatos relucía como el cristal y, sin embargo, en lo único que podía concentrarse era en el martilleo de su cráneo y la pesadez tras sus ojos.
De un momento a otro, llegarían los duques.
Y Florián se sentía fatal.
Parpadeó varias veces, tratando de mantenerse alerta. Los terrenos del palacio estaban impolutos y llenos de vida. Se habían extendido las alfombras rojas y las puertas doradas se habían abierto de par en par en una fanfarria de ceremonia. Todo el mundo iba vestido para impresionar. Incluso los guardias estaban más alerta de lo habitual, en una rígida posición de firmes.
Y, sin embargo… Florián apenas podía mantenerse en pie.
No había dormido. Ni una sola hora.
«Dioses, me veo fatal».
—¿Por qué pareces cansado? —susurró una voz grave a su lado, suave y fría como la seda sobre su piel.
Florián ni siquiera tuvo que girar la cabeza para saber de quién se trataba.
Heinz.
La mismísima razón por la que estaba cansado.
—Nervios —respondió Florián en un susurro suave y bajo, con cuidado de mantener la voz firme. Al menos, era parcialmente cierto. Pero su agotamiento tenía mucho menos que ver con la ansiedad por la Cumbre…
Y todo que ver con él.
La noche anterior no dejaba de repetirse en su mente como un hechizo roto. Heinz lo había tocado… el pelo, de todas las cosas. Con tanta delicadeza. Tan inesperadamente. Sus dedos habían rozado los rizos de la sien de Florián como si fuera la cosa más natural del mundo.
Pero para Florián, no fue natural en absoluto. Se había sentido como si lo hubieran arrojado a la parte más profunda de un lago helado.
Se había quedado helado. Se le había cortado la respiración. Su piel siguió hormigueando mucho después de que la mano se hubiera ido.
Y esa voz… Heinz le había susurrado, inclinándose más, rozando el aire cerca de su oreja, de forma cálida, íntima y demasiado cercana.
«No fue nada. Solo estaba bromeando… ¿verdad?».
Intentó creerlo. Quería creerlo.
Pero su cerebro traidor no dejaba de reproducir el momento. Una y otra vez. No solo el roce en el pelo. Sino sus labios, sus dedos. La cercanía. La forma en que Heinz lo había mirado esa noche en el pueblo, y la forma en que lo había vuelto a mirar fijamente ayer.
Y lo peor de todo…
La parte de él que no lo odió.
«¿Qué coño me pasa?». Florián apretó los dientes e inhaló profundamente por la nariz. Sentía que estaba perdiendo la cabeza.
A eso se sumaba todo lo demás: Lucio discutiendo con él, los celos del Florián original agítandose de nuevo como una olla a punto de desbordarse… y luego Heinz, de la nada, yendo y tocándolo como si no significara nada.
¿Cómo podía nadie esperar que durmiera después de todo eso?
Por el rabillo del ojo, Florián miró a las princesas que estaban a solo unos pasos detrás de ellos. Sujetaban ramos ornamentados, listas para recibir a los duques que llegaban.
Ataviadas con seda bordada y vestidos resplandecientes, parecían elegantes e imperturbables.
Mientras tanto, al otro lado de la alfombra roja, Lucio se erguía con su atuendo de mayordomo, con una expresión ilegible como siempre, aunque Florián podía sentir que sus ojos se desviaban hacia él de vez en cuando.
Lancelot estaba a su lado, charlando con Delilah y algunos de los caballeros del palacio. Todo en el día de hoy gritaba importancia.
Florián tragó saliva con dificultad.
Esto era enorme.
«En cualquier momento». El mensajero ya había informado de que los dos primeros carruajes estaban en camino. Solo esperaba —rezaba— que primero fuera uno de los duques más fáciles de tratar.
No tenía la fuerza mental para lidiar con una pesadilla política nada más empezar.
Entonces Heinz se inclinó de nuevo, hablando en voz baja pero lo suficientemente claro como para que solo él lo oyera.
—Cálmate. Llevas tres minutos enteros dando golpecitos con el pie.
A Florián se le cortó la respiración e inmediatamente detuvo el pie mientras su rostro se sonrojaba. Ni siquiera se había dado cuenta de que lo estaba haciendo.
—Recuerda lo que te dije, Florián.
Florián parpadeó. «¿Qué me di…? Ah. Eso». Su corazón tartamudeó ante el recuerdo.
Hace unos días, durante una de sus clases particulares, Florián había preguntado —medio en broma— cómo se suponía que debía tratar a los duques si a uno de ellos no le caía bien.
Heinz, siempre franco y directo, le había dado una respuesta sin rodeos.
—Su Majestad, tengo una pregunta —dijo Florián, levantando la vista del cuaderno en el que garabateaba.
El suave crujido del papel se detuvo en sus manos, la tinta secándose en la curva de una frase inacabada. Su voz había sido ligera —casi informal—, pero había un destello de algo incierto tras sus ojos.
Heinz se giró hacia él, con expresión indescifrable. —¿De qué se trata?
Florián dudó un instante y luego sonrió; era mitad broma, mitad una súplica silenciosa.
—¿Qué voy a hacer si no les caigo bien a los duques?
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, más frágiles de lo que sonaban.
«Solo intentaba preguntar a la ligera…, pero de verdad quiero saberlo. ¿Qué pasará si todos me odian?».
Intentó enmascarar la tensión con un tono informal, pero su agarre en la pluma se había apretado ligeramente, con los nudillos palideciendo contra la madera oscura del escritorio.
Heinz no respondió de inmediato.
El silencio entre ellos se alargó; no era pesado, sino reflexivo. Su mirada no se apartó del rostro de Florián. Y entonces, lentamente, habló.
—Los superas en rango —dijo con voz firme e inquebrantable—. En más de un sentido.
Se reclinó ligeramente hacia atrás, cruzando las manos con serena facilidad. Pero ahora había acero en sus ojos. Afilado. Resuelto.
—Si alguna vez lo olvidan…, recuérdaselo.
Las últimas palabras fueron pronunciadas con una fuerza silenciosa, cada sílaba clara y deliberada.
—Nunca dejes que vean miedo. Nunca dejes que vean dudas.
Florián parpadeó, las palabras calaron más hondo de lo que esperaba.
«¡¿Pero cómo se supone que los supero en rango?! Son los duques de todo este reino. Yo solo soy un príncipe extranjero; técnicamente, ni siquiera eso. Un simple miembro del harén. Una decoración. Por ley, no somos más que… juguetes. Entretenimiento para el rey», refunfuñó Florián para sus adentros, con las cejas temblándole de frustración.
Pero decirlo en voz alta no le haría ningún favor, ni aquí, ni ahora, así que reprimió el impulso y asintió, forzando una respiración temblorosa por la nariz mientras intentaba calmar la tormenta que se retorcía en su estómago.
Entonces llegó: el sonido que puso en alerta cada nervio de su cuerpo.
Distante al principio. Cascos contra los adoquines. Un pesado crujido mecánico.
Las puertas del palacio se estaban abriendo.
La cabeza de Florián se giró bruscamente en dirección al ruido, y sus oídos captaron el rítmico galope de los caballos. La tensión en el aire se espesó, y no fue el único en sentirlo. El ambiente cambió.
Dos carruajes dorados aparecieron a la vista, reluciendo bajo el sol, flanqueados por caballeros con elaboradas armaduras, cuyos uniformes eran claramente diferentes a los de los guardias reales del palacio. Los emblemas bordados en sus capas y estandartes ondeaban con el viento de la mañana.
Florián entrecerró los ojos para ver los estandartes que ondeaban orgullosos sobre cada carruaje.
El corazón se le encogió en el estómago.
El primero era un halcón plateado cabalgando el viento, un símbolo que ahora reconocía: la familia Ala de Tormenta. El Duque Roland Ala de Tormenta. Eso no estaba tan mal; Florián no lo conocía realmente, y aún no había hecho nada ofensivo.
Pero el segundo…
Una rosa negra enroscada y coronada de espinas.
La familia Espina Oscura.
Los labios de Florián se separaron ligeramente, mientras el color desaparecía de su rostro. No necesitaba adivinar. Sabía lo que significaba ese emblema.
«Alaric Espina Oscura…». El nombre resonó en su mente con un peso pesado y frío. «El padre de Lucio».
Los ojos de Florián se deslizaron hacia Lucio, que permanecía inmóvil en el lado opuesto. Su expresión se había vuelto pálida, sus labios finos, sus ojos dorados oscurecidos por algo ilegible. Dolor, quizá. O quizá vergüenza. O ambas cosas.
«Y si la información que me dio Heinz era correcta…».
Cada duque había traído a su heredero.
Lo que significaba que Florián no solo estaba a punto de ver a Alaric Espina Oscura con sus propios ojos, sino que también estaba finalmente a punto de conocer a Lucas.
El hermano mayor de Lucio.
Los carruajes redujeron la velocidad al entrar en la rotonda frente a la escalinata principal del palacio, pasando junto a la fuente central, con el agua brillando tras ellos como el telón de un escenario. Los caballos resoplaron y se encabritaron ligeramente mientras los lacayos tiraban de las riendas.
Y entonces…, silencio.
Los carruajes se detuvieron, justo delante de Florián y Heinz. Todos los pares de ojos, desde los de las princesas hasta los de los caballeros y nobles, se clavaron en los invitados que llegaban. Toda la corte pareció contener la respiración.
—¿Estás listo? —preguntó Heinz, con la voz tan tranquila como siempre, aunque el peso tras la pregunta era inconfundible.
La pregunta parecía sencilla, pero no lo era. No cuando Florián estaba a punto de enfrentarse a otra ronda de escrutinio, juicios y nobles impredecibles que podían consolidar o destruir su ya inestable posición.
Florián inhaló lentamente, sus dedos jugueteando con el dobladillo de su manga. Luego, con una especie de valentía forzada, respondió:
—¿Sería muy malo si dijera que no?
Su tono tenía un matiz audaz, casi burlón, pero hasta él mismo podía oír el rastro de nerviosismo bajo la superficie.
«Es una broma. Solo una broma. Por favor, que sea suficiente para que esto no sea tan aterrador».
Heinz soltó una risita; una risa de verdad, grave y breve, pero genuina. El sonido pilló a Florián por sorpresa.
—Sí —dijo Heinz con una leve sonrisa tirando de sus labios—. Creo que sí lo sería.
Florián soltó un resoplido por la nariz, a medio camino entre la exasperación y la diversión. —Y aun así se está riendo, Su Majestad.
—Porque —dijo Heinz, mirando al frente, con un tono casi cálido—, eres divertido. Incluso en una situación como esta.
«¿Divertido otra vez?».
Florián puso los ojos en blanco —de forma dramática y sin disimulo—, ya que de todos modos Heinz no lo estaba mirando.
Florián y Heinz estaban de pie, uno al lado del otro. El sol les tocaba los hombros.
Ambos hombres inhalaron profundamente al mismo tiempo.
Y en ese breve segundo, Florián pudo sentirlo, como si un hilo invisible entre ellos se hubiera sincronizado. Por un instante, comprendió lo que Heinz estaba pensando sin necesidad de que se dijera una palabra.
Porque era exactamente el mismo pensamiento que irrumpía en su propia mente:
«Allá vamos».
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