¡Ayuda! Sácame de la Novela de mi Hermana - Capítulo 330
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Capítulo 330: No hay mal que por bien no venga.
—Su cabello está volviendo a crecer, Su Alteza —susurró Cashew con suavidad, mientras sus manos separaban y peinaban con cuidado los sedosos mechones de pelo lavanda.
El tacto del muchacho era gentil, meticuloso. El tipo de cuidado delicado que solo alguien que de verdad admiraba a Florián podía dar.
Habían pasado unas horas desde el caos de la mañana, y ahora solo quedaban treinta minutos para que Florián se reuniera con Heinz. El tiempo se le escapaba de entre los dedos y, aunque estaba sentado frente al espejo, intentando parecer sereno, el pánico le erizaba la piel.
«Cálmate. Respira. Has sobrevivido a cosas peores».
Por suerte, Drizelous había estado trabajando duro para arreglar el atuendo dañado en un rincón de la habitación. Estaba inusualmente silencioso, salvo por la ocasional sarta de elogios que se susurraba a sí mismo o las maldiciones dirigidas a la tela.
Mientras tanto, Cashew se ocupaba de que Florián estuviera presentable: le cepillaba el pelo, le ajustaba el ángulo del cuello de la camisa y le aplicaba polvos suavemente en el rostro para atenuar los signos de estrés y falta de sueño.
Florián permanecía quieto, con las manos fuertemente apretadas en su regazo mientras miraba fijamente su propio reflejo.
Sus ojos se desviaron hacia un lado y vislumbraron a Lucio y Lancelot intercambiando ideas en voz baja, probablemente discutiendo posibles sospechosos y desenlaces. Ninguno de los dos parecía relajado. Sus expresiones eran serias, concentradas.
Azure, por otro lado, yacía acurrucado sobre el tocador, con su reluciente cola azul moviéndose rítmicamente. El pequeño dragón observaba a Florián como un guardián leal, entrecerrando los ojos cada vez que Florián parpadeaba demasiado rápido.
Florián esbozó una sonrisa débil. Algo frágil.
«Así que no había señales de que hubieran forzado la entrada». Dejó escapar un suave suspiro.
Eso no le sorprendió. El hombre que lo había agarrado —su voz, sus manos, la sofocante sensación de que lo conocía— se había desvanecido con demasiada facilidad, como una sombra. Quienquiera que fuese, no había necesitado forzar la entrada.
«Entró sin más. O ya estaba aquí. Eso es lo aterrador».
Pero no podía decirlo. No ahora. Todavía no.
Así que, en lugar de eso, los dejó teorizar. Los dejó examinar las posibilidades y a las personas: doncellas con acceso al taller, comportamientos sospechosos en los registros diarios de Lucio, incluso la idea de interrogar al propio Drizelous. Pero Florián los había detenido.
—Dejad que termine el atuendo primero —había dicho, y ellos aceptaron. A regañadientes.
Y entonces…
—¡Magnífico! —exclamó Drizelous de repente, con los brazos levantados dramáticamente hacia los cielos—. ¡Gracias a las Obsidianas, a los Dioses y a mis ancestros por mi talento ilimitado e inigualable!
Todos en la habitación se giraron.
Florián parpadeó, sobresaltado, mientras observaba cómo el extravagante sastre sostenía la parte superior recién rehecha como si fuera un artefacto sagrado.
Abrió los ojos de par en par.
Era precioso.
Brillaba sutilmente con hilo de plata oscura, con detalles más intrincados que antes, casi ceremoniales. Se veía incluso mejor que el original, pero…, de alguna manera, más dramático. Más audaz. Hizo que el estómago de Florián se revolviera con inquietud.
«Se ha pasado… Voy a destacar más de lo que ya lo hago».
—Increíble, ¿verdad? ¿Fantástico? —sonrió Drizelous de oreja a oreja, buscando validación.
Florián abrió la boca para hablar, pero no tuvo la oportunidad.
—¿Qu…?
—¡No hay tiempo que perder, Querida Alteza! —lo interrumpió Drizelous, prácticamente embutiéndole la prenda en los brazos antes de agarrarlo por los hombros y hacerlo girar.
Antes de que pudiera parpadear, Florián se vio conducido —no, empujado— hacia el vestidor.
—¡Drizelous, espera…!
—¡Vamos, vamos, vamos! ¡Transfórmate en gloria, mi pequeño y maldito rayo de luna!
Lancelot se rio y le hizo un saludo perezoso a Florián. —Tiene razón. Queda poco tiempo, Su Alteza. Interrogaremos a Lord Drizelous mientras se cambia.
Lucio no habló, pero su mirada se detuvo en Florián, fija e indescifrable detrás de sus gafas. Había algo silenciosamente intenso en sus ojos, y eso hizo que Florián vacilara por un segundo.
Cashew asintió de forma alentadora. —¡Adelante, Su Alteza! ¡Se verá increíble!
Florián exhaló lentamente.
—De acuerdo, entonces… —murmuró, sujetando el atuendo con más seguridad mientras entraba en el vestidor.
Detrás de la puerta, su voz se redujo a un susurro, casi demasiado bajo para oírlo.
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Los ojos de Lancelot permanecían afilados como cuchillas, con los brazos cruzados firmemente sobre el pecho. Estaba de pie a solo unos metros de donde Drizelous revoloteaba, prácticamente brillando de orgullo por la exitosa reparación del atuendo de Florián.
Pero no era momento para teatralidades ni autocomplacencias.
—Lord Drizelous —dijo Lancelot con firmeza, su voz baja y firme, pero con el peso del mando—. Por favor, tome asiento.
Drizelous parpadeó en medio de una floritura, con una mano aún congelada en el aire como si dirigiera una orquesta invisible. —¿Un asiento? —repitió, parpadeando como un búho asustado—. Querido, no creo que sentarme me venga bien ahora mismo. ¡Estoy en pleno flujo creativo! Mi musa es…
—Por favor —repitió Lancelot, más frío esta vez. El tono cortés se había esfumado. No había lugar para protestas.
Drizelous se desinfló teatralmente, exhalando un largo y dramático suspiro que de alguna manera lograba sonar tanto herido como grandioso. —Oh, muy bien. Pero solo porque lo has dicho con tanta convicción —resopló.
Caminó con aire afectado hasta un taburete acolchado cercano y se sentó con la gracia de un artista experimentado que toma el centro del escenario. Piernas cruzadas, manos entrelazadas. —Interrogue sin miedo, Sir Caballero. Soy un libro abierto para usted.
Lancelot no respondió a la extravagancia. Sacó una pequeña libreta encuadernada en cuero del bolsillo interior de su abrigo e hizo sonar su bolígrafo con un suave clic.
—¿Quiénes son las doncellas en las que confía para entrar y salir de su taller? —preguntó sin preámbulos, sus ojos ya deslizándose hacia un lado, donde Lucio permanecía en silencio, con los brazos a la espalda, la sombra siempre vigilante.
Drizelous ladeó la cabeza, con los labios fruncidos en señal de concentración. —Bueno, está Mirabel…, una chica encantadora, muy respetuosa, maneja mis sedas como si estuvieran hiladas con lágrimas de unicornio.
»Jemine hace un café divino y sabe guardar un secreto. Viola y Hanette…, esas dos limpian el lugar como si fuera su santuario y nunca, nunca cotillean. Una especie rara, de verdad.
Lancelot anotó los nombres sin siquiera levantar la vista. —¿Eso es todo?
—Sí —dijo Drizelous, con un pequeño resoplido—. No dejo que cualquiera se acerque a mi genio. La inspiración es frágil. La gente porta auras tan caóticas.
Lancelot volvió a dirigir la mirada hacia Lucio, quien asintió levemente. La lista había sido dada con honestidad.
—¿Ha sucedido algo así antes? —preguntó Lancelot, con un tono más frío ahora, que cortaba el dramatismo como una cuchilla.
Drizelous se llevó una mano al pecho, como si la mera sugerencia lo hubiera herido. —¡Por supuesto que no! Mis diseños han sido adorados, copiados, incluso codiciados…, pero nunca profanados. Atacar mi arte es atacarme a mí.
Otra mirada a Lucio. Otra negativa con la cabeza. Seguía diciendo la verdad.
La ceja de Lancelot se crispó. —De acuerdo —murmuró. Hizo una pausa y su voz bajó un tono—. Antes de que descubriera el daño, ¿pasó algo extraño? ¿Alguien intentó llamarlo para que se fuera? ¿Distraerlo?
Drizelous volvió a ladear la cabeza, frunciendo los labios mientras se daba golpecitos en la barbilla con un dedo. —Mmm… Mmmmmmm…
Lancelot entrecerró ligeramente los ojos, estudiando el exagerado proceso de pensamiento del sastre.
«Realmente está intentando recordar. Bien. Esto podría darnos algo».
Y entonces…, los ojos de Drizelous se iluminaron, los albores de una revelación brillando a través de ellos…
—¡Oh…!
… pero con la misma rapidez, se desvaneció. La chispa desapareció. Su expresión se volvió neutra, su sonrisa, fría y serena.
—No. No, nada. Solo un día normal lleno de brillantez artística y berrinches con las telas.
La mandíbula de Lancelot se tensó. Apretó el bolígrafo con un poco más de fuerza.
Volvió la cabeza hacia Lucio, que ya observaba con los ojos entrecerrados. La quietud de su postura se resquebrajó muy levemente: el más mínimo tic en su mandíbula.
Lucio no habló. No era necesario.
Está mintiendo.
Lancelot sintió una fría nota de frustración asentarse en sus entrañas.
«Había cooperado hasta ahora. ¿Por qué mentir? ¿Qué intenta ocultar?».
El engaño no parecía malicioso. Parecía deliberado. Cauteloso. Como si Drizelous no se estuviera cubriendo a sí mismo, sino quizás a otra persona.
Aun así, Lancelot insistió.
—¿Conoce a alguien que pudiera tener un motivo para destruir la ropa del príncipe Florián?
El silencio fue inmediato. Tenso. Cargado.
Las manos de Drizelous se movieron sutilmente: descruzó y volvió a cruzar las piernas. Sus dedos juguetearon con el encaje de sus puños.
—Yo… no —dijo finalmente—. De verdad.
Lucio dio un paso al frente. Su voz, aunque suave, tenía un inconfundible temple de acero.
—Eso es mentira.
Drizelous se estremeció. Apenas. Una onda en la superficie.
Pero no discutió.
El aire cambió, pesado por lo que no se había dicho.
Antes de que Lancelot pudiera indagar más, el suave clic de la manija de una puerta rompió la tensión como si fuera cristal.
Se giraron. Todos ellos. Como uno solo.
El vestidor se abrió… y Florián salió.
Por un momento, nadie se movió. Nadie habló.
Estaba… radiante.
Envuelto en el conjunto recién modificado, Florián parecía una figura surgida de la poesía. La tela de plata oscura se ceñía a su cuerpo con una precisión artística, y cada detalle bordado atrapaba la luz en sutiles y relucientes pulsos. Era majestuoso. Etéreo. Y lo hacía parecer intocable.
Un príncipe, sí, pero se parecía más a un monarca envuelto en fantasmas de una leyenda olvidada. Un alma tejida con luz de luna y desafío.
A Lancelot se le cortó la respiración.
«Se ve… increíble. Como una pintura que no merezco tocar».
Incluso Lucio, siempre sereno, inspiró bruscamente; un desliz excepcional que no pasó desapercibido.
Azure, acurrucado en el tocador, soltó un piar bajo y reverente.
Drizelous se cubrió la boca con una mano, con los ojos brillantes por las lágrimas no derramadas.
—Guau… —susurró, casi aturdido—. Este incidente… podría haber sido una bendición disfrazada.
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