¡Ayuda! Sácame de la Novela de mi Hermana - Capítulo 333
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Capítulo 333: ¿No se encuentra?
—¿Tan importantes son tus notas? —preguntó Heinz, mirando de reojo a Florián mientras esperaban en el silencioso pasillo a que Lucio regresara.
Lucio se había ofrecido a ir a buscar las notas de Florián, aludiendo a su capacidad para moverse con rapidez entre las alas del palacio. Cashew también lo había acompañado, probablemente para ayudar, ya que conocía las costumbres de Florián y dónde guardaba sus cosas.
Los pasillos estaban fríos y relucientes, y el sonido de sus pasos resonaba débilmente en la distancia.
Florián asintió, con la voz apenas por encima de un susurro. —Ahí está cada detalle de mi plan. Mi discurso está ahí. Lo necesito… para asegurarme de que la presentación sea perfecta.
Sus dedos se aferraban a la tela de la capa con la que Heinz lo había envuelto. El material grueso y cálido apenas lograba calmar la tormenta en su interior.
No siempre había sido tan ansioso, ¿pero hablar en público? Esa siempre había sido su debilidad.
Incluso en su primera vida, cuando no era más que un oficinista en un cubículo gris, las presentaciones siempre lo sumían en una espiral. Tartamudeaba al decir sus líneas, hablaba demasiado rápido o se le olvidaban por completo los puntos clave.
Una vez, llegó a confundir a dos departamentos enteros en una presentación de presupuesto y acabaron reasignándolo la semana siguiente.
¿Y ahora?
Ahora, se suponía que debía convencer a hombres poderosos y nobles con generaciones de orgullo y riqueza a sus espaldas.
Un solo paso en falso podría arruinarlo todo. Para él, para el reino… y para Heinz.
«Cálmate. Lucio va a por las notas. Así podré hacer una buena presentación. Solo respira», se dijo Florián a sí mismo, cerrando los ojos un momento mientras inhalaba y exhalaba lentamente.
Estaba profundamente, casi absurdamente, agradecido por la capa en ese momento: ocultaba el temblor de sus manos, le daba algo a lo que aferrarse, algo con lo que protegerse.
Se la ajustó más al cuerpo.
«¿Por qué estoy tan nervioso?», pensó, mientras su pie empezaba a golpetear el suelo inconscientemente. «Cashew está con Lucio. Él sabe dónde puse mis notas. Me vio trabajando en ellas ayer. Todo saldrá bien. Tiene que salir bien».
Pero el tiempo pasaba con una lentitud exasperante.
Solo habían pasado unos minutos, pero para Florián, cada segundo se sentía como una eternidad que se extendía sobre sus nervios. Algo le carcomía la boca del estómago: una sensación opresiva y amarga, un creciente presentimiento de que algo andaba mal.
«¿Por qué no han vuelto todavía? Es solo el ala de invitados… a menos que…».
La mirada de Florián se desvió hacia Lancelot, que estaba cerca, moviéndose con incomodidad como si no supiera muy bien qué hacer. No dejaba de mirar a Heinz para luego apartar la vista, claramente ansioso por hablar, pero conteniéndose. Florián solo podía imaginar por qué.
El recuerdo lo golpeó como una bofetada de agua fría.
Alexandrius. Su exigencia.
El hermano menor de Heinz había acorralado cruelmente a Lancelot, poniéndolo entre la espada y la pared: le dijo que si no permitía que Andrew, su hermano pequeño sin cualificación alguna, entrara en los caballeros reales, se le negaría el derecho a ver a su madre moribunda.
Los puños cerrados de Lancelot lo decían todo. Quería hablar con Heinz. Pero estaba esperando. Esperando el momento adecuado.
«Espero que tenga la oportunidad después de la cumbre… antes de que sea demasiado tarde», suspiró Florián suavemente, mientras la compasión florecía en su pecho.
Y entonces…, por fin.
Unos pasos resonaron más adelante.
El corazón de Florián dio un vuelco al verlos: Lucio y Cashew. El alivio inundó su rostro, y dio unos rápidos pasos hacia adelante, mientras sus ojos verdes se iluminaban.
—¡Por fin! ¿Lo…?
Se detuvo a media frase.
Lucio tenía el ceño fruncido, su expresión era de confusión y tensión. Cashew, por otro lado, parecía pálido y visiblemente alterado, agarrando con nerviosismo el borde de su túnica.
No necesitaron ni hablar.
Florián lo supo. Lo supo.
Esa mirada en sus rostros… lo decía todo.
No.
No, no, no.
Lucio fue el primero en hablar, con voz cautelosa. —Su Alteza… ¿está seguro de que dejó sus notas en la habitación?
Florián se quedó helado. Se le hizo un nudo en la garganta. —S-sí, las dejé allí… ¿por qué…?
Preguntó aunque ya sabía la respuesta.
Cashew dio un paso al frente, asintiendo rápidamente. —¡Lo recuerdo! Su Alteza las estuvo usando anoche. Incluso ayudé a organizar el escritorio. Pero… ya no están. Registramos toda la habitación.
A Florián se le encogió el estómago.
«¿Cómo ha podido pasar? ¿Simplemente… han desaparecido?».
Un pavor helado le recorrió la espalda. No era que las hubiera perdido, sino que alguien se las había llevado.
Y eso solo podía significar una cosa…
Heinz se acercó entonces, presintiendo que algo iba mal. Su voz fue más firme esta vez. —¿Qué está pasando?
Y en ese momento…, Florián se dio cuenta.
Todo encajó. La ropa cortada. El atuendo manipulado. Las notas desaparecidas.
No era una coincidencia. No era mala suerte.
Fue intencionado.
«Mierda».
Su rostro perdió todo el color y su respiración se volvió superficial mientras miraba al suelo, atando cabos demasiado rápido para su gusto.
Alguien lo había saboteado.
Lucio, Lancelot y Cashew percibieron el cambio en su expresión. No dijeron nada. Pero por la forma en que sus miradas se oscurecieron al comprenderlo, habían llegado a la misma conclusión.
No se movieron. Esperaron… a que él hablara.
Solo Heinz permanecía ajeno a todo, mirando directamente a Florián. —Florián —dijo, con voz baja y aguda por la preocupación—. ¿Qué está pasando?
Las manos de Florián se aferraron a la capa. Apretó la mandíbula.
No quería decirlo.
No quería admitirlo en voz alta.
Pero no tenía otra opción.
—Mierda —masculló Florián por lo bajo, la palabra escapándosele como un escalofrío. Sus hombros se hundieron, y su última pizca de compostura se hizo añicos.
Se giró hacia Heinz y respiró hondo, con un temblor que no pudo ocultar.
«No tengo otra opción».
Florián le contó a Heinz todo lo que había sucedido ese día.
No intentó suavizar la verdad. Le contó cómo había encontrado su ropa rasgada, y cómo el atuendo que llevaba ahora no era más que una versión cosida, remendada a toda prisa para ocultar la agresión.
Le contó que él, Lucio y Cashew aún no estaban seguros de quién estaba detrás de todo. Y ahora, cómo sus notas —las que necesitaba con tanta desesperación— se habían desvanecido sin dejar rastro.
Cómo todas las señales apuntaban al mismo intruso. No, no solo «apuntaban». Era la misma persona. Tenía que serlo.
Habló en voz baja, con cuidado, intentando que no se notara el temblor en su voz. Pero estaba ahí, bajo la superficie, y sabía que Heinz podía oírlo.
No se atrevió a levantar la vista hacia él. Ni una sola vez.
Lucio, Lancelot y Cashew permanecían en silencio, escuchando. Observando. No interrumpieron, aunque el aire a su alrededor era tenso, como una espada que se desenvaina lentamente.
Azure, todavía posado en el hombro de Heinz, tampoco se movía. El pequeño dragón ladeó la cabeza, y sus ojos preocupados se movían de Florián a Heinz.
Florián exhaló lentamente. —Y… la razón por la que no quise decírselo a Su Majestad de inmediato —admitió—, es porque temía que cancelara la presentación.
—Pero… puede que el culpable todavía esté dentro del palacio ahora mismo. Pudo entrar en mi habitación sin que nadie se diera cuenta y robar algo que nunca debería haber sido tocado.
Entonces guardó silencio. Ya había soltado todas las palabras, y ahora esperaba… esperaba la respuesta de Heinz como un prisionero que aguarda un veredicto.
«¿Se enfadará porque le he ocultado esto? ¿Porque he tomado una decisión por mi cuenta?», pensó Florián mientras apretaba los costados de sus pantalones bajo la capa.
Heinz permaneció en silencio por un momento. Pero cuando por fin habló, su voz fue cortante y decidida.
—Lucio —dijo, girándose ligeramente sin mirarlo—, reúne toda la información que puedas. Investiga a cada sirviente. A cada guardia. A cada invitado. No me importa quién sea; si alguien tan solo respiró cerca de la habitación de Florián, quiero saberlo.
Florián parpadeó, levantando la vista instintivamente. El tono de Heinz no era solo serio; estaba furioso, contenido apenas por la delgada correa de la compostura real.
—Lancelot —continuó Heinz—, desplegad a todos los guardias disponibles. Alguien ha entrado. Alguien que no debería estar aquí. Registrad cada pasillo, cada sombra, cada centímetro de este palacio. Si no encontráis ni una sola pista de quién ha sido, os castigaré a los dos yo mismo.
Lucio y Lancelot inclinaron levemente la cabeza, con expresiones frías y firmes.
—Sí, Su Majestad —dijeron al unísono.
Los ojos de Florián se abrieron un poco más. Heinz rara vez amenazaba a sus ayudantes más cercanos. Que dijera eso significaba que estaba verdadera —verdaderamente— furioso.
No solo por la intrusión. Sino porque alguien se había atrevido con lo que era suyo. Y ya ni siquiera la mirada baja de Florián podía ocultar la verdad.
Entonces… —Cashew.
Florián se estremeció. Heinz casi nunca se dirigía directamente a Cashew.
Un repentino hoyo se abrió en el estómago de Florián.
«¿Por qué Cashew? ¿Sospecha de él? ¿Lo está poniendo a prueba? ¿Y si… y si Cashew estaba ayudando al “salvador” después de todo…?».
Cashew también se sobresaltó, pero levantó la cabeza cuando Heinz se dirigió a él. Sus manos se cerraron en pequeños puños a los costados.
—Lleva a Azure contigo —ordenó Heinz—. Tiene un agudo sentido del olfato. Quizá pueda rastrear a quienquiera que entrara en la habitación. Sigue su rastro. Búscalo.
Los ojos de Florián se desviaron hacia el pequeño dragón, que inmediatamente se elevó del hombro de Heinz y revoloteó suavemente hasta posarse en la cabeza de Cashew. La visión de aquello —extrañamente cómica y seria a la vez— hizo que a Florián le doliera el corazón.
«Pero… pensaba que Azure iba a estar con nosotros durante la presentación…».
Florián miró entonces a Cashew, lo miró de verdad. Y por un brevísimo instante, no pudo saber si Cashew solo estaba decidido a ayudar… o decidido a ocultar algo.
«Ha asentido demasiado rápido… ¿Es culpa? ¿O lealtad? ¿O… hay alguien más detrás de todo esto?».
Cashew asintió con firmeza. —Enseguida, Su Majestad.
—Bien —dijo Heinz—. Vosotros tres, podéis retiraros.
Lucio no perdió el tiempo. Dio un paso al frente, sacó su anillo de transporte y, con un destello de luz, los tres desaparecieron en un instante, dejando solo la más leve onda en el aire tras de sí.
Y así, sin más, Florián se quedó a solas con Heinz.
A Florián se le secó la garganta. Sus manos volvieron a crisparse bajo la capa, donde aún temblaban ligeramente.
Alzó la mirada lentamente, con sumisión. Heinz ya lo estaba mirando fijamente. Sus ojos carmesí eran agudos, intensos, pero indescifrables.
Suspiró.
—Florián…
Florián tragó saliva con dificultad, con el corazón martilleándole en el pecho.
—Su Majestad…
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