¡Ayuda! Sácame de la Novela de mi Hermana - Capítulo 406
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Capítulo 406: Una manera de torturar de un Rey.
Advertencia: Este capítulo contiene escenas gráficas de tortura física y psicológica, incluyendo violencia intensa y contenido relacionado con traumas. Se recomienda encarecidamente la discreción del lector.
«¿Por qué lloras, Alexandria?». La voz de Heinz era engañosamente suave, una cruel imitación de preocupación mientras se arrodillaba ante ella. Su mano enguantada le sujetó la barbilla con fuerza, obligando a su rostro surcado por las lágrimas a alzar la vista hacia la suya. «¿No estás enamorada de mí?».
Ella se estremeció, y sus labios temblaron mientras las lágrimas corrían por su rostro. Heinz entrecerró los ojos.
«¿No te gusta esto?», susurró… y entonces desató la corriente.
La electricidad crepitó en las yemas de sus dedos mientras lanzaba un pulso de magia directamente sobre su piel. El cuerpo entero de Alexandria se sacudió violentamente contra las ataduras.
Su espalda se arqueó, sus músculos se crisparon y su garganta se contrajo en un grito silencioso. El hechizo silenciador le había arrebatado incluso esa dignidad.
No la soltó.
«Dijiste que harías cualquier cosa por estar conmigo», dijo Heinz, con la voz volviéndose más afilada. «Acosaste, manipulaste, mataste solo para estar cerca de mí. Así que esto…», sus dedos se clavaron en su mejilla mientras otra descarga estallaba en su piel, «…debería ser lo que querías».
Idris comenzó a retorcerse en su propia silla, con los ojos desorbitados, emitiendo sonidos ahogados tras la mordaza. Parecía que intentaba gritar —suplicar—, pero Heinz lo ignoró.
Alexandria negaba con la cabeza con movimientos pequeños y frenéticos. Estaba suplicando, sin duda.
‘¿Suplicándome que pare, después de lo que le hiciste a Florián?’.
Heinz se inclinó más, y su tono bajó hasta convertirse en un gruñido grave.
«¿Qué parte de su sufrimiento fue culpa tuya, Alexandria?», susurró él. «Confiaba en ti. Te veía como una amiga».
Otra sacudida. Más fuerte. Sus ojos comenzaron a ponerse en blanco, su cuerpo se convulsionaba.
Entonces paró.
No por piedad, sino porque aún no había terminado.
No iba a morir así. No. Si Alexandria iba a morir, moriría delante de todos. Con su vergüenza expuesta a la vista de todo el mundo.
Se giró.
Hacia él.
Hacia Idris.
El que había lamido a Florián, lo había mordido, lo había apuñalado… lo había profanado.
El monstruo.
Heinz bajó la mirada. El asco le hizo torcer el labio al ver la carne lacia y expuesta del hombre.
«¿Esto?», masculló Heinz con frialdad. «¿Con esta cosa patética lo tocaste?».
La ira estalló en su interior. Levantó la bota… y pisó. Fuerte.
Idris se sacudió violentamente, su grito ahogado era desgarrador. Alexandria intentó cerrar los ojos, pero Heinz se dio cuenta.
«Cierra los ojos», dijo con voz gélida, «y te arrancaré uno».
Ella sollozó con más fuerza, su cuerpo temblando.
«Uno…», comenzó él con calma, levantando el pie del cuerpo crispado de Idris.
Alexandria seguía negando con la cabeza, intentando desviar la mirada.
Heinz la agarró del pelo y la obligó a mirar al frente. «Dos…».
Ella gimió, y Heinz le colocó un pulgar justo debajo del ojo, presionando con una lentitud peligrosa hasta que el pánico la obligó a abrirlo.
«Bien», siseó. «Mantenlos abiertos. A menos que quieras quedarte sin ellos».
Volvió a centrarse en Idris.
No hubo vacilación.
Heinz se puso uno de sus guantes, se agachó y agarró el miembro flácido del hombre con absoluto desdén.
«Asqueroso», masculló. Y entonces tiró.
Con fuerza.
Idris dejó escapar un gemido agudo y agónico tras la mordaza, mientras todo su cuerpo se convulsionaba en sus ataduras.
El grito de Alexandria, aunque todavía silenciado, estaba escrito en su rostro.
«Mantén los ojos abiertos, Alexandria», dijo Heinz, con la voz como el hielo mientras seguía tirando y retorciendo. «No tienes derecho a desviar la vista. Tienes que mirar».
Heinz tiró una vez.
Luego dos, más fuerte.
Ignoró los gritos confusos y las sacudidas, con una expresión impasible mientras observaba cómo la carne se desgarraba lentamente desde la base. Era asquerosamente lento… intencionado.
Y entonces…
La carne cedió.
El sonido del desgarro resonó con fuerza en la cámara.
La sangre salpicó con violencia, manchando el suelo de piedra y los guantes de Heinz. El grito de Idris fue visceral: tan agudo y puro que incluso la magia que sellaba su boca se hizo añicos por su fuerza.
«¡AGHH! ¡MIERDA! ¡JÓDETE, MALDITO PSICÓPATA DE M—!».
Antes de que pudiera terminar, Heinz se movió.
Rápido.
Con una calma escalofriante, Heinz tomó el miembro cercenado y ensangrentado y se lo hundió en la boca abierta a Idris, metiéndoselo con tal fuerza que los ojos del hombre se desorbitaron y su cuerpo se agarrotó.
«Ya que te encanta meter cosas donde no deben estar», masculló Heinz, con una voz como seda envenenada, «toma, para ti».
Lo empujó más adentro.
«¡Ggghh! ¡Gnnnghh!». Idris se ahogaba, gorgoteando con su propia carne mutilada. Las lágrimas caían libremente por su rostro. El olor a sangre y bilis flotaba pesado en el aire.
‘Asqueroso’, pensó Heinz, mirándolo con desprecio.
Entonces se dio cuenta.
Alexandria había girado la cabeza, con los ojos fuertemente cerrados, como si intentara desvanecerse en la oscuridad.
Eso no lo podía consentir.
Se apartó de Idris y se acercó a ella lentamente.
«Y ahora, ¿por qué», preguntó Heinz con frialdad, «cerrarías los ojos?».
Su voz era aterradoramente calmada, mucho más espantosa que cuando había estado gritando.
«¿Tanto te odias a ti misma?».
Ella gimió, negando con la cabeza… pero ya era demasiado tarde.
Llegó hasta ella, le tomó el rostro entre las manos y, sin previo aviso…
le hundió los pulgares en los ojos.
Su cuerpo se retorció violentamente en la silla. La sangre brotó a chorros de sus cuencas. Un grito ahogado y confuso brotó de su garganta. Se debatió con la fuerza que le quedaba, pero Heinz era inamovible.
Con un único y limpio movimiento, le arrancó los globos oculares y los dejó caer al suelo con un repugnante sonido húmedo.
Retrocedió un paso.
«Patético», masculló, limpiándose las manos empapadas en sangre contra las ataduras de ella. «Estuve a punto de dejar que Florián viera cómo me encargaba de vosotros dos. Se rio, ¿sabes?, cuando le volé la cabeza al primer secuestrador».
«Fue divertido». Se cruzó de brazos. «Pero entonces me di cuenta de que no quiero contaminar sus ojos más de lo que ya lo están».
Su voz se suavizó, pero la malicia en ella permaneció.
«Ni siquiera dejaré que vea tu ejecución. Me aseguraré de que sea como si nunca hubieras existido, Alexandria».
Se dio la vuelta, no porque hubiera terminado, sino porque estaba tentado a darlo por concluido.
Y entonces…
Las pesadas puertas se abrieron con un crujido.
Heinz no se giró. «¿Qué?».
Un instante de silencio.
Luego, la voz de Lancelot: vacilante, casi sin aliento.
«El príncipe Florián está despierto».
Heinz se quedó inmóvil.
Un atisbo de sorpresa cruzó sus facciones antes de que su mirada se agudizara, llena ahora de algo nuevo.
Urgencia.
Finalmente se giró, y su mirada se encontró con la de Lancelot.
«Terminad con esto. Mantenedlos con vida. Su ejecución es al amanecer».
No esperó una respuesta.
Con un destello de magia, Heinz desapareció, teletransportándose lejos de la cámara empapada en sangre.
Sus pensamientos ya no estaban en la venganza, sino en un muchacho de mejillas manchadas de lágrimas y ojos verdes.
‘Ya voy’, pensó.
Pero primero, tenía que lavarse la sangre de las manos. Se negaba a tocar a Florián ni con una sola gota de ella.
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