¡Ayuda! Sácame de la Novela de mi Hermana - Capítulo 409
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Capítulo 409: ¿Qué es el amor?
Heinz estaba sentado en el sofá, con papeles esparcidos por la mesa de centro frente a él. Llevaba más de una hora trabajando: revisando propuestas, firmando permisos, corrigiendo edictos reales.
Detrás de él, en la cama, Florián permanecía sentado e inmóvil. Los ojos apagados, fijos en nada en particular. Su cuerpo se mantenía erguido, pero todo lo demás en él parecía hueco.
A su lado, Azure se había vuelto a acurrucar; el pequeño dragón azul levantaba la cabeza de vez en cuando para frotarla contra el costado de Florián y luego la volvía a apoyar con un suave suspiro. Hasta Azure podía sentir el vacío.
Cada pocos minutos, los ojos de Heinz se desviaban de los papeles y se posaban en Florián.
«Sigue sin haber nada…»
Ni un movimiento. Ni una palabra. Ni siquiera un atisbo de emoción.
Con una silenciosa exhalación, Heinz volvió a la lectura. —¿Por qué no se mueren de una vez esos dos y dejan que sus herederos tomen el control si van a ser tan problemáticos? —murmuró entre dientes.
Como de costumbre, Alexandrius y Alaric estaban siendo un grano en el culo.
A pesar de que el proyecto inicial estaba ganando impulso, los dos duques exigían más: más información, más influencia, más condiciones, antes de empezar a movilizar a la nobleza bajo su mando para que ofrecieran donaciones. Y lo que era peor, ahora estaban hurgando en los detalles de la ejecución de Alexandria.
Como si tuvieran derecho.
Los miembros del harén de Heinz estaban bajo su jurisdicción. La decisión fue legal y personal. La ejecución estaba justificada. Y, aun así, se atrevían a indagar como si Alexandria fuera suya para llorarla.
Al menos, los otros duques tuvieron el buen juicio de no cuestionarlo. Roland y Cedric ya habían avanzado con su parte del proyecto, y Elara… bueno, Elara era un caso interesante.
Heinz se reclinó ligeramente, y su mirada se desvió hacia una carta sellada que yacía intacta en una esquina de la mesa.
La había enviado Elara, dirigida a Florián. También había solicitado formalmente permiso para asignarle una «tarea especial» una vez que mejorara su salud. Heinz no había abierto la carta. Todavía no.
«¿Por qué Florián?»
No es que Elara no fuera de fiar, no exactamente. Había sido una amiga íntima de su madre, una de las pocas mujeres que Heinz recordaba que le hubieran mostrado algo de amabilidad de niño. Pero ella había apoyado la ascensión de Hendrix al trono tras la muerte del anterior rey… y solo eso ya hacía que Heinz desconfiara.
«Aun así… no parece peligrosa».
Los pensamientos de Heinz volvieron a la cama. La cabeza de Florián había empezado a inclinarse, y sus párpados se agitaban por el cansancio.
—Tiene sueño —murmuró Heinz, dejando los papeles a un lado. Se levantó, caminó hasta la cama y se sentó con cuidado en el borde.
Le puso una mano en la nuca a Florián y le acarició los suaves rizos con dedos cuidadosos. —Ya casi es tu hora de dormir, Florián —susurró.
No hubo reacción.
—¿Quieres tumbarte? —preguntó en voz baja, continuando las caricias rítmicas. Su voz adquirió un tono más bajo, más afectuoso.
Como Florián no respondió, Heinz ladeó la cabeza, fingiendo un pequeño y seco puchero. —Vamos. Si no respondes, empezaré a sentirme abandonado. —Su tono intentaba ser ligero—. ¿Ignorar así a tu rey? Qué cruel.
Siguió sin haber respuesta.
La sonrisa de Heinz se desvaneció, aunque no lo demostró. No del todo.
«Sí que me molesta…, ¿verdad?»
Pero no insistió en el pensamiento.
—Vamos a ponerte cómodo —dijo, deslizando un brazo por debajo de las rodillas de Florián y otro alrededor de su espalda. Lo levantó con facilidad y los tumbó a ambos suavemente en la cama.
Heinz no se apartó. En lugar de eso, atrajo a Florián a sus brazos, sujetándolo cerca de su pecho. Sus dedos trazaron lentos círculos a lo largo de la columna del príncipe, como si estuviera tratando de arrancarle un latido a la piedra.
Últimamente, había estado… afectuoso. Más de lo habitual. Físico. Tierno.
¿Era extraño?
Quizá.
Pero cuando Heinz era un niño, su madre solía abrazarlo así. Cuando los pasillos del palacio parecían demasiado oscuros, cuando el peso del silencio era excesivo, ella lo abrazaba y le susurraba que estaba a salvo.
Quizá eso era todo lo que estaba haciendo ahora: recrear algo cálido en medio del frío.
—Me pregunto… —murmuró Heinz, con la voz apenas por encima de un susurro. Su barbilla descansaba ligeramente sobre la cabeza de Florián—. Me pregunto si sigues ahí dentro.
«Tú… o quizá el verdadero Florián. O alguien completamente distinto…»
—Me pregunto si siquiera puedes oírme.
Pero no hubo respuesta.
Solo el ritmo lento y constante de la respiración de Florián contra su pecho.
Y Heinz lo abrazó un poco más fuerte.
Heinz estaba confuso.
No, desconcertado. Desarraigado.
Un único suceso lo había desmoronado por completo. Él lo sabía. Y, sin duda, cualquiera que lo mirara con la suficiente atención también podría verlo.
En el momento en que vio a Florián en aquella cama —temblando, roto, demasiado hueco para hablar—, todo se derrumbó.
No era solo verlo ahora. Era el eco de aquello. La forma en que el Florián actual se desdibujaba en visiones del de la primera vida de Heinz. Momentos que se superponían: gritos, súplicas, sollozos silenciosos en la quietud de la noche.
Y luego estaban los susurros. Su propia voz, sin ser provocada, repitiéndose una y otra vez en su mente como un recuerdo maldito que no recordaba haber creado.
«Te quiero».
«¿Cuándo dije yo eso?». No tenía ningún recuerdo de ello. Ninguno. ¿Fue porque estaba borracho?
Ahora, estaba atrapado cuestionándoselo todo.
La culpa era obvia, ineludible. Pero ¿qué era todo lo demás? ¿Esos inquietantes fragmentos de emoción a los que no podía poner nombre?
¿Había amado alguna vez a Florián?
¿O era todo esto otra cosa?
No podía negar lo que pasaba cuando estaba borracho: cómo le hacía perder el conocimiento, olvidar, perder el control. La prueba era innegable ahora. Su noche con el Florián actual…
Lo había vuelto a hacer. Con el original. Probablemente más de una vez.
Y lo aterrador no era solo que hubiera ocurrido.
Era que no entendía por qué.
¿Qué parte de él —la sobria, la cruel o la desesperada— había permitido que sucediera?
¿Fue amor?
¿Podía alguien como él sentir amor?
Pero, ¿qué era el amor, después de todo?
El amor que él había conocido era el de su madre obsesionada con un hombre que nunca le correspondió, hasta que se ahorcó.
El amor que él había conocido era el de su padre adorando a la madre de Hendrix, mientras su propia madre —Anastasia— se consumía en la locura.
El amor que él había conocido era el de Delilah sacrificando todo para criarlo; no por deber, sino por amor a Anastasia. Un amor que la hizo descuidar a su propio hijo.
Y luego estaba Florián.
El Florián original lo había amado una vez. Desesperadamente. Desinteresadamente. Igual que Anastasia a su padre.
Y Heinz lo había ignorado. Una y otra vez. Dejó sin respuesta los lamentos de Florián, desestimó su sufrimiento. Incluso lo ejecutó.
Alexandria también había afirmado amarlo. Lo mató en la primera vida. Torturó a Florián en esta. Y, aun así, lo llamaba amor.
Entonces, ¿eso era amor?
¿Hacer cualquier cosa… incluso si significaba herir a todo el mundo?
Por otro lado, ¿cuándo le había importado herir a la gente?
Heinz parpadeó lentamente, bajando la mirada hacia Florián, que estaba acurrucado contra su pecho. Silencioso. Dormido.
—Dime, Florián… —murmuró Heinz, apoyando suavemente la barbilla en la cabeza del príncipe—. He matado a todas y cada una de las personas que te han hecho daño. Y si alguien vuelve a ponerte una mano encima, también lo mataré.
Su voz era ahora apenas un susurro.
—¿Eso es amor? ¿Te quiero?
No hubo respuesta.
Por supuesto que no la habría.
Pero aunque la hubiera, aunque Florián abriera los ojos y le dijera «sí» o «no», no solucionaría nada.
Porque la verdadera pregunta no era si amaba a Florián.
Sino ¿a cuál de ellos?
¿Al original? ¿A este? ¿O a ambos?
Y si no lo amaba… entonces, ¿por qué todo seguía doliendo?
¿Por qué sentía como si algo dentro de él se estuviera fragmentando, pedazo a pedazo?
—Ja… —soltó Heinz una risa queda y amarga. Levantó la mano y apartó el pelo de Florián con una dolorosa delicadeza.
Es demasiado.
Demasiado pesado.
Y, sin embargo, no tenía más remedio que cargarlo.
Entonces, unos golpes en la puerta.
—¿Su Majestad? —llegó una voz desde detrás de la puerta—. Soy Lisandro. He traído a alguien. Un amigo mío. Quizá pueda ayudar a Su Alteza.
El peso de sus pensamientos se hizo añicos en un instante.
Heinz miró hacia la puerta, con la mandíbula tensa. Lentamente, se apartó de Florián, aunque le dolió hacerlo.
—… Pase —dijo, incorporándose.
Lo que fuera que estuviera sintiendo.
Podía esperar.
Ahora mismo, solo había una cosa que importaba.
Ayudar a Florián a regresar.
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