¡Ayuda! Sácame de la Novela de mi Hermana - Capítulo 416
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Capítulo 416: Vendría por ti’.
—Su Majestad, ¿se encuentra bien? —La voz de Afton era calmada y mesurada, pero atravesó la niebla en la mente de Heinz como un hilo que lo arrastraba de vuelta al presente.
Pero Heinz no respondió. Simplemente se quedó mirando el techo.
«¿Por qué todo se siente tan pesado ahora…?».
Ahora que estaba de vuelta en su propio cuerpo, era como si el peso de todo lo que acababa de ver se hubiera asentado finalmente sobre él. Sentía sus extremidades demasiado ancladas como para moverse, su respiración demasiado lenta, demasiado deliberada.
Podía oír voces, sentir la presencia de varias personas a su alrededor, pero aún no se atrevía a reaccionar; no hasta que pudiera confiar en que diría lo correcto.
—¿Pudo hablar con Su Alteza? —preguntó Afton, todavía sereno a pesar del silencio de Heinz.
—¿Por qué no se mueve? —murmuró Lucio desde cerca, con la preocupación teñida por una capa de recelo.
—Se está adaptando —respondió Afton con sencillez.
Y lo estaba.
Pero no al hechizo, no a la desorientación de un procedimiento mágico.
No. Se estaba adaptando a Florián.
A todo lo que había dicho. A todo lo que él era.
Los dedos de Heinz se crisparon ligeramente.
Había recuperado algo de control.
«Puedo moverme. Debería hablar ya y acabar con esto…».
—¡Su Alteza!
La voz llorosa de Cashew rasgó la silenciosa tensión de la habitación como el estruendo de un trueno.
Heinz giró la cabeza al instante hacia el príncipe que estaba a su lado.
Florián se movió.
Abrió los ojos de golpe y se incorporó bruscamente, boqueando en busca de aire como alguien que es sacado del agua.
—¡AH! —Se aferró a las sábanas, con los ojos muy abiertos mientras miraba a su alrededor con pánico—. Q-qué… Qué… ¿Dónde…?
Su voz temblaba, su mirada saltaba entre rostros desconocidos.
Heinz se sentó a su lado rápidamente, con la mano aún entrelazada con la de Florián, anclándolo a la realidad.
—Florián —lo llamó en voz baja.
Los ojos verdes de Florián encontraron los suyos, llenos de confusión y alarma.
—¿S-Su Majestad…? ¿Dónde… estoy? ¿Quiénes… son estos…? ¿Cashew?
Las palabras salieron a trompicones de su boca, fragmentadas pero familiares… conscientes.
Reconocía a Cashew.
Eso era suficiente.
Cashew sollozaba en silencio a un lado, abrumado. —¡Su Alteza! —gritó de nuevo, avanzando con cautela, sin saber si debía acercarse.
—Kraa… —graznó Azure suavemente desde los brazos de Cashew, percibiendo el miedo de Florián.
Florián parpadeó, con el ceño fruncido por la preocupación. —¿Cashew…, por qué lloras…? —preguntó con dulzura, extendiendo lentamente la mano hacia él.
Una frase completa.
Los ojos de Cashew se iluminaron mientras se abalanzaba hacia adelante, abrazando a Florián con fuerza. —¡Su Alteza, ha vuelto! —lloró.
—¿Que he vuelto…? —repitió Florián, con la voz teñida de confusión.
Heinz observó la escena en silencio, con una oleada de emoción con la que no estaba preparado para lidiar arañándole el pecho. Pero no era el momento.
Miró a su alrededor en la habitación.
—Todos en esta habitación, excepto Florián. Fuera. —Su voz era firme, autoritaria—. Eso te incluye a ti, Cashew. Necesito hablar con Florián a solas.
Florián se giró hacia él, sobresaltado. —¿Su Majestad…? —Luego bajó la vista y por fin se dio cuenta de sus manos, fuertemente entrelazadas.
Sus ojos se abrieron de par en par. —¿Qu…? —Intentó apartarse, pero el agarre de Heinz no hizo más que apretarse.
—Quédate —murmuró Heinz.
Cashew dudó, con la mirada saltando entre los dos. Estaba claro que quería hablar —protestar—, pero en vez de eso, asintió en silencio. Heinz había traído de vuelta a Florián. No iba a cuestionar eso.
Lucio se acercó a Afton y asintió. —Ven. Su Majestad hablará contigo más tarde.
Afton se ajustó el abrigo e hizo una leve reverencia. —Por supuesto.
—Lisandro, ve con ellos. Vigila la puerta —añadió Heinz sin mirar.
—Sí, Su Majestad —respondió Lisandro secamente y se giró para salir tras Afton y Lucio.
—Su Alteza —dijo Lancelot, acercándose y ofreciendo una sonrisa cálida e inusualmente amable—. Bienvenido de nuevo.
Lucio asintió con rigidez, aunque sus ojos dorados eran más suaves de lo habitual. —Es bueno tenerte de vuelta.
Florián los miró confundido, pero no dijo nada mientras se daban la vuelta y salían de la habitación.
—Cashew —lo llamó Heinz, sin crueldad—. Llévate a Azure y espera en la habitación de Florián. Te mandaré a llamar más tarde.
Cashew pareció debatirse por un momento, pero luego asintió. —Vamos, Azure —susurró, abrazando a Florián una última vez antes de apartarse.
Azure se frotó contra el pecho de Florián antes de saltar de nuevo a los brazos de Cashew.
—Hasta pronto, Su Alteza —dijo el chico en voz baja.
Florián lo miró con una expresión aún confusa, pero consiguió asentir levemente.
Cashew salió en silencio, acunando a Azure de forma protectora.
Y entonces, por fin, estuvieron solos.
Heinz se giró hacia Florián, con los dedos aún entrelazados.
—Su Majestad… estoy confundido —dijo Florián en voz baja, con la mirada recorriendo la habitación—. ¿Por qué estoy en su habitación? ¿Quién era ese hombre junto a Lisandro? ¿Por qué… no puedo…?
Heinz no lo dejó terminar.
Sin decir palabra, atrajo a Florián hacia su pecho, pillando al chico completamente por sorpresa.
Florián dejó escapar un pequeño jadeo. —¿S-Su Majestad…?
Heinz pasó su brazo libre alrededor de él, sujetándolo con fuerza.
No un cascarón vacío.
No esa versión distante que apenas respondía.
Este era Florián; su Florián.
—¿Me está… abrazando? —volvió a preguntar Florián, con la voz temblorosa por la confusión y una incrédula turbación.
Este tonto ingenuo.
«Realmente es él…».
—Dime, Florián —dijo Heinz en voz baja, sin aflojar el abrazo.
—¿Decirle… qué? —masculló Florián, desconcertado.
—¿Qué recuerdas?
Florián parpadeó. —¿A qué se refiere…?
—Has estado dormido durante unos días —dijo Heinz con delicadeza—. Hace unos días… Delilah murió durante tu prueba. ¿Lo recuerdas?
Al oír eso, sintió el cuerpo de Florián tensarse contra el suyo.
«Tal como dijo el verdadero Florián… lo olvidó. O quizá… está tratando de olvidar».
Hubo unos segundos de silencio.
Heinz empezaba a preocuparse un poco cuando…
—Cierto… Delilah murió… —murmuró Florián—. Volví a mi habitación… hubo una explosión, y yo… me desperté y…
Sus palabras se desvanecieron en susurros confusos.
Entonces… sus dedos se aferraron con fuerza a la camisa de Heinz, temblando.
—Alexandria… ella… y… ¿cómo he podido olvidarlo…? —dijo con voz ahogada.
«Todo está empezando a calar».
Ahora tenía los ojos muy abiertos, rebosantes de pánico a medida que regresaban fragmentos de memoria.
Y entonces llegaron las lágrimas.
Silenciosas al principio; luego, a raudales.
—S-Su Majestad, yo estaba… —Florián se miró a sí mismo, y un destello de horror cruzó su rostro.
—Ellos… me tocaron… —dijo con voz temblorosa—. Alexandria les dijo que lo hicieran… Yo…
Empezó a temblar en los brazos de Heinz.
—Lo sé —susurró Heinz, con voz firme pero amable mientras lo atraía de nuevo, sujetándolo con más fuerza, como si lo protegiera de todo, incluso del recuerdo.
Y fue entonces cuando Florián se derrumbó.
Sollozó: un llanto áspero, desamparado, gutural.
—Les pedí que pararan —lloró—. Les pedí que pararan tantas veces…
—Lo sé —repitió Heinz, frotándole la espalda con una mano en movimientos lentos y constantes.
Las siguientes palabras de Florián fueron apenas audibles, ahogadas por los sollozos. —¿L-la explosión… fuiste tú?
Heinz no respondió de inmediato.
No podía.
Pero estrechó sus brazos alrededor de Florián, esperando que eso fuera suficiente.
—¿Viniste a por mí…? —preguntó Florián, con la voz apenas un susurro. Pequeña. Frágil. Incrédula.
Como si la sola idea fuera demasiado imposible de creer.
«De verdad pensó que no lo haría».
Y, ah.
Heinz lo sintió entonces: el peso de todo.
El Florián original había muerto con el corazón roto por su culpa… y Heinz lo había olvidado. Olvidado el dolor, las promesas, el amor.
Y ahora este Florián… esta versión —tan dulce, tan cuidadosa— ni siquiera había creído que Heinz iría a por él en primer lugar.
Ambas versiones de Florián.
Ambas sufriendo de maneras diferentes.
Y ambas eran culpa suya.
Heinz tragó saliva, con la voz grave y segura cuando por fin habló; sin esconderse, sin desviarse, sin negar.
—Por supuesto, Florián —susurró, con las palabras más pesadas de lo que parecían—. Por supuesto que vendría a por ti.
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